Vamo’ los Pibes: cuando el escenario se convierte en espejo

Hay funciones que se miran. Y hay funciones en las que uno se ve.
Vamo’ los Pibes, en el Multiteatro Comafi, logra eso: convertir la platea en reflejo.
Sobre el escenario están Antonio Grimau, Osvaldo Laport, Raúl Lavié y Osvaldo Santoro, dirigidos por Federico Palazzo. Cuatro trayectorias enormes que no se apoyan en la nostalgia sino en algo mucho más potente: presencia.
La historia es simple. Ernesto (Lavié), un ex cantor, empieza a perder la audición. Sus amigos deciden ayudarlo a conseguir un audífono. Pero la obra no trata de un aparato. Trata del miedo a dejar de escuchar… y de ser escuchado.
Reírse y reconocerse
Uno se ríe con la obra. Se ríe mucho. Pero no es una risa vacía. Es una risa que tiene memoria.
En esos personajes aparecen los padres, los tíos, los abuelos. Aparecen esos amigos que se resisten a bajar la persiana. Y si en la platea hay afiliados al PAMI, también aparece algo más incómodo y hermoso: uno mismo.
La obra no habla “sobre” la tercera edad. Habla desde adentro. Y eso cambia todo.
Cuando dicen “para que la muerte nos encuentre vivos”, la frase no cae como consigna. Se siente como decisión. Como pacto entre ellos. Como pacto con el público.
Los guiños que abrazan al espectador

Hay momentos pequeños que valen oro.
El audífono que queda colgando como un aro. La imagen es mínima, pero eficaz. Grimau mira a Laport y suelta: “Parecés un gitano”, guiño directo a Soy Gitano. No estalla la sala. No hace falta. Los que saben, saben. La sonrisa se comparte en código.
Más adelante, aparece el “¡Dame fuego!”, inevitablemente asociado al Sandro que Grimau interpretó y que quedó grabado en la memoria colectiva. Y cuando evocan estar “desnudos como indios” mencionando a Catriel, el pasado televisivo vuelve como una foto sepia que todavía tiene calor.
No son golpes de efecto. Son señales de identidad. Son puentes invisibles entre escenario y platea.
El valor del oficio
El “rengo Mingo” de Grimau demuestra que la comedia física bien hecha no necesita exageración. Lavié aporta fragilidad sin perder dignidad. Santoro equilibra con precisión. Laport sostiene el ritmo con una escucha activa que solo da el oficio.
Nada está inflado. Nada está forzado. Se nota que se conocen. Se nota que confían. Y eso genera una atmósfera que el público percibe al instante.
Laport: coherencia que trasciende la ficción

Desde Editorial Estación Landon, es justo destacar a Osvaldo Laport. En escena administra tiempos y silencios con naturalidad. Fuera de escena confirma algo más importante.
Termina la función. El calor de Buenos Aires no da tregua. Sin embargo, Laport se queda. Saluda. Escucha historias. Se saca fotos. Agradece como si cada aplauso fuera el primero.
Ese gesto explica por qué la gente sigue acompañándolo. No es marketing. Es respeto.
Una obra que deja algo encendido
Vamo’ los Pibes no intenta revolucionar el teatro. Hace algo más profundo: recuerda que el deseo no tiene fecha de vencimiento.
Uno sale del teatro riéndose, sí. Pero también pensando en sus propios miedos, en sus propias resistencias. Y quizás con una decisión silenciosa: no dejar de estar vivo antes de tiempo.
Porque el escenario, por dos horas, demuestra algo contundente:
la edad es un dato. La energía es una elección.
Dónde: Multiteatro Comafi – Av. Corrientes 1283
Protagonistas: Grimau, Laport, Lavié y Santoro
Dirección: Federico Palazzo
Una comedia que no solo hace reír: hace reconocerse.
Editorial Estación Landon: cuatro trayectorias, un mismo latido

En tiempos donde la velocidad parece imponerse al contenido, ver a cuatro intérpretes sostener un escenario con oficio y verdad es un acto que merece ser reconocido.
Desde Estación Landon celebramos el encuentro de Antonio Grimau, Osvaldo Laport, Raúl Lavié y Osvaldo Santoro en Vamo’ los Pibes, actualmente en el Multiteatro Comafi.
No se trata solo de nombres reconocidos. Se trata de trayectorias que marcaron generaciones y que hoy siguen dialogando con el público desde la escena.
Raúl Lavié aporta una sensibilidad que conmueve sin estridencias. Su Ernesto tiene fragilidad, pero también dignidad. Cada gesto está cargado de historia.
Antonio Grimau demuestra, una vez más, su precisión en la comedia. Su manejo del cuerpo, sus pausas y su timing son prueba de un actor que entiende el ritmo interno del teatro.
Osvaldo Santoro equilibra el conjunto con sobriedad. Su presencia ordena, acompaña y sostiene el entramado dramático con una naturalidad que muchas veces pasa desapercibida, pero resulta indispensable.
Y en ese entramado aparece Osvaldo Laport.
Laport no solo interpreta a Barilatti, el pianista del grupo. Construye un eje. Maneja los tiempos con inteligencia, escucha a sus compañeros y aparece en el momento justo. Su actuación no busca protagonismo forzado; lo ejerce desde la presencia.
Pero hay algo más que trasciende la escena.
Desde Estación Landon observamos con atención aquello que sucede cuando cae el telón. Laport permanece. Saluda. Agradece. Escucha. Se toma el tiempo que cada espectador necesita. Ese gesto, repetido función tras función, habla de una coherencia entre el artista y la persona.
En una industria donde muchas veces la distancia parece convertirse en norma, ese vínculo directo con el público tiene un valor profundo.
Los cuatro sostienen la obra con experiencia y compromiso. Sin embargo, la impronta de Laport consolida un puente especial entre escenario y platea, entre pasado y presente, entre trayectoria y vigencia.
Vamo’ los Pibes es una celebración del oficio. Y el oficio, cuando está acompañado de humildad y respeto, trasciende cualquier moda.
Desde Estación Landon reconocemos a estos cuatro artistas por recordarnos que la experiencia no es un punto final: es una forma de liderazgo cultural.
Porque el talento puede ser admirado.
Pero la coherencia es lo que deja huella.
