PARTE 1: CRÓNICA PERIODÍSTICA
San Martín bajo el agua: Crónica de una desidia anunciada y el grito ahogado de los barrios olvidados
En el cierre del 2025, el programa «Quién Dijo Café» destapó la realidad que el brindis oficial intentó tapar. Mientras el municipio celebraba con la prensa, vecinos como Demian perdían su sustento y Damián de San Martín denunciaba la «mafia» del silencio que impera en el distrito.
El contraste fue brutal. Por un lado, los canapés del brindis de fin de año organizado por la intendencia de San Martín para los medios locales. Por el otro, el barro, el olor a humedad y la desesperación de las familias que, a pocas cuadras de la Avenida Márquez, vieron cómo el agua les arrebataba la dignidad en cuestión de minutos.
En su última emisión del año, Cristina, conductora del ciclo, decidió no ser cómplice del silencio. Junto a ella, dos voces clave desnudaron la situación: Demian, una víctima directa de la inundación, y Damián de San Martín, comunicador y activista barrial.
«Tuve que subir a mis hijos a la cucheta»
El relato de Demian (alias Hernán para los vecinos) es la radiografía de la supervivencia. Vive en una casilla prefabricada de madera que tiene años de antigüedad. Cuando la tormenta golpeó, no hubo aviso ni tiempo.
«El agua entró un metro diez dentro de casa. Tengo tres hijos: un bebé, una nena de 5 y uno de 8 años. Los tuve que subir a la parte alta de la cama cucheta mientras lloraban porque pensaban que se iban a ahogar», relató con la voz entrecortada pero firme.
Demian no pide caridad, pide dignidad. Es un emprendedor que se gana la vida cocinando pizzas y empanadas que reparte en bicicleta —porque ya le robaron la moto—. La inundación no solo mojó sus muebles; se llevó su mercadería, su capital de trabajo. Sin embargo, su mayor miedo hoy no es el hambre, sino el techo: «Las paredes de madera se hincharon, están rajadas y la casa se mueve. Tengo miedo de que se nos caiga encima. No pido una tele ni colchones, pido materiales para asegurar la estructura».
La denuncia de Damián: «Se maneja mucho la mafia»
Si el testimonio de Demian fue el corazón de la nota, la intervención de Damián de San Martín fue el puño sobre la mesa. Influencer, con gran caudal de seguidores- Conocedor de los pasillos y las calles del distrito, Damián explicó por qué, ante semejante desastre, se escucha poco reclamo público.
«La gente tiene miedo. No quieren salir en cámara ni dar sus nombres porque hay represalias. Se maneja mucho la mafia: si hablás, te sacan el plan o no te dan la chapa que necesitás», disparó sin vueltas.
Damián fue letal al describir la gestión municipal: «Tenemos 10.000 empleados municipales. Cuando hay elecciones, los ves a todos repartiendo folletos. Pero ahora que hay agua y barro, no hay nadie ayudando a limpiar los sumideros ni asistiendo a la gente. Juegan a que pase el tiempo y la gente se olvide».
También se mencionó el rumor, voz populi en el barrio, sobre las compuertas que supuestamente se cerraron o no se gestionaron bien debido a eventos privados, priorizando el negocio sobre la seguridad de los vecinos.
«Somos los olvidados, los marginados. Pagamos impuestos como en Capital, pero vivimos como en el campo, en calles de tierra y barro», sentenció Demian, apoyado por Damián.
Un Estado ausente y una comunidad presente
La respuesta oficial que recibieron los vecinos al acercarse al municipio fue de una frialdad burocrática pasmosa: «Posiblemente se vuelva a inundar«. No hubo promesas de obras hidráulicas, ni planes de contingencia. Solo la resignación impuesta.
Ante esto, la única red de contención fue la propia comunidad. Los clientes de Demian, sabiendo que había perdido todo, le compraron mercadería por adelantado o le donaron insumos para que pudiera volver a amasar y vender al día siguiente.
Para ayudar a Demian y su familia
Se necesitan materiales de construcción, madera, chapas o herramientas para asegurar su vivienda. Aunque lo ideal serían ladrillos
Alias: victoriaabril.1999 (A nombre de su esposa, Victoria Trujillo).
PARTE 2: EDITORIAL DE CRISTINA

La empatía no es un slogan, es una trinchera
Por Cristina, conductora de «Quién Dijo Café»
Se ha puesto de moda la palabra «empatía». La vemos en los posteos de LinkedIn, en los discursos de campaña, en los carteles de las oficinas públicas. Pero tras los eventos de esta semana en San Martín, creo que es hora de que dejemos de usar esa palabra en vano y entendamos, de una vez por todas, de qué se trata.
Ayer estuve en el brindis del municipio. Vi las sonrisas, las copas en alto y el clima de celebración. Y no pude evitar sentir un nudo en el estómago, porque mientras allí se festejaba, a pocas cuadras, Demian y sus hijos miraban con terror cómo el agua negra de la calle se tragaba su casa.
Hay un malentendido enorme. La empatía no es sentir lo mismo que el otro. Si yo me pongo a llorar al lado de Demian, no lo ayudo; simplemente duplicamos la angustia. Eso es contagio emocional, y tiene fecha de vencimiento. La verdadera empatía es otra cosa. Es una herramienta estratégica, inteligente y, sobre todo, activa.
La empatía real es comprender el dolor ajeno sin apropiárselo, para tener la claridad mental de hacer algo. Es entender que cuando un vecino te dice «tengo miedo de que se me caiga la casa», no necesita que le digas «pobrecito», necesita clavos, madera y un Estado presente.
Lo que vemos en San Martín no es falta de recursos, es falta de humanidad disfrazada de burocracia. Cuando un funcionario le dice a una víctima «y… probablemente se vuelva a inundar», no está siendo realista; está siendo cruel. Está naturalizando la desidia. Nos quieren convencer de que vivir con miedo a la lluvia es normal, de que perderlo todo cada dos años es «parte del clima».
No. Eso no es clima, eso es abandono.
Escuchando a Damián de San Martín, entendí también que la falta de empatía se manifiesta en el miedo que han sembrado. ¿Qué clase de ayuda social es aquella que te amenaza con quitarte un techo si te atreves a quejarte de que se te inunda el piso? Eso es extorsión, es la antítesis de la comunidad.

Hoy cierro este 2025 con un sabor amargo, pero también con una certeza. La salvación no va a venir de los que brindan en salones refrigerados mientras afuera diluvia. La salvación viene de nosotros, de la gente común que, aunque no tenga mucho, entiende que si el de al lado se cae, nos caemos todos.
La empatía no es un like en redes sociales. La empatía es comprarle las empanadas a Demian para que recupere su trabajo. La empatía es denunciar lo que está mal aunque te tiemble la voz. La empatía, señores, es la única trinchera que nos queda cuando el agua sube.
Brindo por eso. Por la empatía que se ensucia las manos de barro.

