Mi noche en el concierto de Ráfaga en el Teatro Coliseo

Anoche, cuando entré al Teatro Coliseo en Buenos Aires, sentí un cosquilleo en el estómago. Ráfaga, los reyes de la cumbia que han sido parte de mi vida desde que tengo memoria, estaba a punto de subir al escenario para celebrar sus 29 años. El lugar estaba a reventar, con fans de todas las edades, algunos con remeras de la banda, otros ya moviendo el cuerpo al ritmo de la música de fondo. El cartel de “localidades agotadas” en la entrada me advirtió: esta noche iba a ser épica.

Cuando las luces se apagaron y la voz inconfundible de Ariel Puchetta retumbó en el teatro, el público estalló. Arrancaron con “Ráfaga de Amor”, y fue como viajar en el tiempo a mis días de adolescente, cantando ese tema a todo pulmón. Todo el mundo coreaba, y yo no pude resistirme: me uní, mezclando mi voz con la de desconocidos que, por un rato, se sintieron como amigos. El escenario era un espectáculo de luces y colores, y la energía de la banda era puro fuego. El güiro de Ulises Piñeyro y la trompeta de Lautaro Jordan Cariboni hacían vibrar el aire, metiéndose directo en el corazón.
El momento que me voló la cabeza fue cuando Richard Rosales invitó a Yamila Amaro al escenario para un dúo de guitarras. ¡No lo vi venir! Sus instrumentos se hablaron entre sí en una danza electrizante que hizo que todos gritáramos. Fue Ráfaga en su máxima expresión: cumbia de raíz, pero con una audacia que te dejaba sin aliento. Y cuando sonó “Mentirosa”, el teatro se convirtió en una pista de baile gigante. Salté, bailé y canté hasta quedar afónica, atrapada en la fiebre de ese hit que, con el remix de Maria Becerra, ha conquistado el mundo otra vez.
El repertorio fue imparable. Con “Una Cerveza” levanté un vaso imaginario, riendo con los que estaban a mi lado mientras gritábamos el estribillo. Las canciones nuevas, como “Amapola” con Papaya Dada, sonaban frescas pero con ese sello inconfundible de Ráfaga. Los mixes de reggaetón y cuarteto fueron una sorpresa total; no sabía que necesitaba esa fusión hasta que me vi bailando sin parar.
Lo que más me llegó fue la conexión. Ariel Puchetta no solo cantaba, vivía cada nota, alimentándose de la energía del público. La química entre los integrantes de la banda, una familia que lleva casi tres décadas haciendo música, era contagiosa. Sentí que estaba en una fiesta colectiva, una celebración de la cumbia, de Buenos Aires, de la vida misma.
Cuando los acordes finales de “Agüita” se desvanecieron, me quedé ahí, transpirada, con la voz rota y más feliz de lo que estuve en mucho tiempo. Ráfaga no solo dio un concierto; armó una fiesta que me recordó por qué su música ha sido la banda sonora de tantos momentos de mi vida. Salí a la noche fresca de Buenos Aires sabiendo que este recuerdo me va a acompañar siempre. La fiesta de Ráfaga sigue más viva que nunca, y yo ya estoy contando los días para volver a verlos.

