Venezuela: instrucciones para salvar un país (según los que nunca viven ahí)
Por Cristina Landon. Directora Estación Landon (Periodista, productora, escritora)
Para que quede claro desde el comienzo y nadie se ofenda al final:
Maduro se tiene que ir.
No mañana, no “cuando se den las condiciones”, no después de otro discurso. Se tiene que ir porque gobernar no es resistir eternamente y mandar no es lo mismo que representar.

Ahora bien, dicho esto, Venezuela se despertó con explosiones.
Nada dice “transición democrática” como una ciudad sacudida de madrugada. El sonido fue claro, fuerte y sin metáforas. El mensaje también, aunque todavía no sepamos bien quién lo escribió ni cómo piensa firmarlo.
Estados Unidos bombardeó infraestructura militar y explicó que era necesario. Siempre es necesario cuando se decide desde lejos. Según dijeron, la acción “envía un mensaje al mundo”. El mundo lo recibió. Algunos lo entendieron como advertencia, otros como déjà vu.
Donald Trump fue más práctico: anunció que Estados Unidos gobernará Venezuela hasta que haya una transición segura. Gobernará. La palabra suena prolija, casi ordenada. Como si gobernar otro país fuera cuidar la casa de un vecino mientras vuelve de vacaciones. Nadie aclaró cuándo vuelve el vecino ni quién paga los arreglos si algo se rompe.
Maduro fue anunciado como detenido. Anunciado, no mostrado. Una detención de palabras, de esas que existen mientras nadie haga demasiadas preguntas. Al mismo tiempo, se habló de llamados, contactos y diálogos para iniciar una transición. Primero el estruendo, después el teléfono. Cada uno tiene su método para conversar.

Desde el chavismo, la respuesta fue inmediata y conocida: agresión imperial, soberanía violada, derecho internacional herido. Francia levantó la mano jurídica. Otros países acompañaron el gesto. La patria volvió a escena, bien planchada, justo cuando más se la necesita.
Ahora, pongamos los pies en la tierra, que no suele gustar pero ayuda.
Sacar a Maduro es necesario. Aplaudible. Urgente.
Creer que con eso alcanza es ingenuo.
Porque la pregunta no es solo quién se va, sino quién se queda.
Y, sobre todo, por cuánto tiempo.
Trump no es alguien que entra a un lugar para salir rápido y en silencio. Necesita mostrar victoria, aunque sea simbólica. Orden, control, un nuevo liderazgo, una foto que cierre el álbum. Irse sin premio no está en su manual. Así que no, no será fácil sacarlo del centro de la escena.
Mientras tanto, Venezuela corre el riesgo de quedar en ese lugar incómodo que ya conoce demasiado bien: el del país al que todos quieren ayudar, pero pocos dejan decidir. Sin Maduro, pero con tutores. Sin chavismo, pero con órdenes externas. Una transición tan larga que empieza a parecer otra forma de espera.
La democracia, esa palabra tan usada últimamente, no llega en aviones ni se mantiene con promesas. Llega cuando la gente puede elegir, equivocarse, volver a elegir y vivir sin miedo. Todo lo demás son explicaciones bien redactadas.
Que Maduro se vaya, sí.
Que no nos vendan la intervención como poesía.
Que no nos digan que gobernar un país ajeno es un favor desinteresado.
Y que nadie se sorprenda si la gente, después de tanto ruido, solo quiere algo simple: vivir normal.
Venezuela no necesita héroes extranjeros ni villanos eternos.
Necesita que la dejen hablar sin gritos, sin bombas y sin subtítulos.
Porque al final, como pasa siempre, los que dan órdenes duermen lejos del ruido.
Y los que viven ahí se despiertan con las consecuencias.
