San Martín: manual rápido para negar una tragedia (con ayuda de amigos)

La inundación ocurrió el 23 de diciembre.
La marcha fue hoy, 29.
Entre una fecha y otra hubo agua, barro, pérdidas totales, riesgo sanitario… y seis días completos sin intendente.
No apareció en los barrios.
No apareció en las casas inundadas.
No apareció en los medios.
No apareció.

Pero algo sí apareció rápido: el relato.
Mientras los vecinos todavía sacaban muebles destruidos y trataban de salvar lo mínimo indispensable, cierto periodismo local —casualmente muy amigo de la Municipalidad— salió a escribir, casi en tiempo real, que la movilización prevista era “una marcha política”. No “vecinos damnificados”. No “familias que perdieron todo”. No “reclamo legítimo”. Política. Fin del análisis.
El libreto funcionó a la perfección.
Porque al instante de instalarse esa etiqueta, la Municipalidad activó el protocolo búnker:
puertas cerradas, rejas bajas, llamado al GAD y a la policía, y la gente —pacífica, desarmada, empapada de realidad— quedó afuera.
El edificio público fue protegido.
Los ciudadanos, no.
La escena fue grotesca: vecinos que habían perdido sus casas mirando desde la vereda una Municipalidad custodiada como si esperara una invasión extranjera. Adentro, según relatan quienes lograron ingresar —de a diez, como en una oficina de trámites—, la explicación fue todavía más insultante: “esto es un golpe político”.
Notable nivel de imaginación.
Porque el agua no distingue ideologías.
Porque el barro no milita.
Porque las heladeras no flotan por consigna.
Y porque los perros y gatos de la calle que murieron ahogados o enfermos no tenían banderas políticas. No cortaron calles. No marcharon. No opinaron. Igual murieron. Quizás también se diga que se auto-inundaron con cisternas para desestabilizar la gestión.
En octubre, San Martín ya había sufrido inundaciones. Todavía había heridas abiertas cuando el 23 de diciembre el agua volvió a entrar, como si nadie hubiera aprendido nada. Dos inundaciones en menos de dos meses no son mala suerte: son desidia sostenida.
¿Y el ministro de Obras Públicas?
El mismo que en campaña se subía a colectivos para pedir el voto, esta vez no se subió a ninguno para ir a los barrios inundados. Ni para escuchar. Ni para prometer. Ni siquiera para sacarse la foto incómoda de rigor. Brilló por su ausencia, igual que el intendente.
Mientras tanto, el foco mediático amigo no estuvo en el riesgo sanitario, ni en las infecciones, ni en los chicos durmiendo en casas húmedas, ni en los adultos mayores expuestos. Estuvo en desacreditar la protesta. En correr el eje. En transformar una tragedia en una sospecha.
Mark Twain advertía que cuando el poder se siente cuestionado, suele refugiarse en la farsa. Hoy, en San Martín, la farsa fue llamar “política” a una marcha pacífica de vecinos devastados, para justificar rejas, uniformes y silencio.
Esto no fue una marcha violenta.
Fue una marcha empujada por seis días de abandono.
Esto no fue un complot.
Fue lo que pasa cuando el Municipio no está.
El agua bajó.
El barro queda.
La ausencia también.
Y ningún editorial amigo, por más rápido que salga, puede tapar lo esencial:
cuando la gente necesitó a sus gobernantes, los gobernantes eligieron esconderse y culpar al mensajero.
Ellos comenzaron un proyecto hace poco, que es el de hacer pizzas y otras comidas y estas dos malditas inundaciones, están cortando ese sueño
Como muchos otros vecino perdieron todo…pero a ellos en cualquier momento, su casita se viene abajo
No es de cemento, y el agua la pudrió.
Podemos ayudarlos de varias maneras, con cosas que a ellos le hagan falta, comprandoles comida o una forma mas simple que es a través de un
CBU DIRECTO A ELLOS, SIN INTERMEDIARIOS
VICTORIAABRIL.1999
