«EL CONSTRUCTOR DE FUTURO: SARDELLA AL FRENTE, EL ROSTRO HUMANO DEL PROYECTO POLÍTICO QUE SACUDIRÁ SAN MARTÍN»

 

En nuestro diario tenemos por costumbre contar lo que vivimos como lo vivimos. No somos robots ni cronistas encorsetados. A veces, cubrimos actos oficiales; otras, compartimos charlas de café donde se nos cuela la emoción. Esta vez fue lo segundo…

La vela violeta sobre la torta parecía bailar con vida propia. Y no, no es exageración mía, lectores queridos. Había algo en ese fuego que se movía raro, como queriendo decirnos que ese cumpleaños no era solo un festejo más. Era una especie de ritual íntimo.

Foto tomada de nuestro video en Café Literario
Hernán Sardella en Cafe Liberal  (foto tomada de video propio)

 

Estábamos en el local liberal de La Libertad Avanza San Martín, ese espacio donde , Marcelo Ballester,(Concejal del Bloque de La Libertad Avanza San Martín) organiza, piensa, discute..

Pero esta vez el protagonista era otro: Hernán Sardella (si el mismo que estuvo en las boletas de elección presidencial 2023, como candidato a Intendente de San Martín). Empresario, educador, dirigente político… sí, todo eso. Pero esa noche fue más bien un tipo que abrió su corazón sin filtro, sin discurso armado, y que nos desarmó un poco a todos con su forma de contar.

No era un acto para la selfie, ni había frases de campaña. Las personas que estaban ahí (fuimos invitados como prensa local )  Querían entender. Ver de qué está hecho este hombre. Y él, en vez de irse por las ramas, se metió en lo profundo. Lo que contó, lo que se le escapó, lo que nos mostró… fue crudo, fue real.

«Mi mamá siempre decía que la educación sola no alcanza», largó de una. Y se quedó mirando al fondo, como buscando en el aire la imagen de esa madre que vivió épocas de miedo, de secuestros, y que en vez de paralizarse, armó una Fundación para ayudar. Ahí entendés de dónde viene.

Hernán también la pasó fea. En 2001 lo secuestraron. Y sí, podría haberse ido del distrito, hacer la suya en otro lado. Pero no. Se quedó, reforzó sus empresas, siguió con sus colegios. La típica frase de «el que se quema con leche ve una vaca y llora» con él no aplicó.

Contó que hace las compras, que lleva al hijo al cole, que lava los platos. Que trabaja en el cole también. No se vende como superhéroe ni como mártir. Se muestra así, tal cual. Como alguien que se mete en política porque ya no le alcanza con criticar desde la mesa de su casa.

En el distrito tiene cinco instituciones educativas, dos siguen estando en manos de su familia. Y dice algo que, con lo políticamente correcto que anda todo hoy, casi nadie se anima: «En mis colegios, al ser privados, nunca tuvimos un alumno que pase hambre». Lo dice con orgullo, pero sin soberbia. Como quien sabe lo que cuesta mantener algo en pie y que funcione.

Cuando habla de política y de economía, no le tiembla la voz. «Yo nunca usé plata ajena en esto», dice. Y uno se queda pensando… ¿cuántos pueden decir lo mismo? Él lo dice. Que todo lo que pone viene de su bolsillo y del equipo que lo banca. Que está cansado de ver cómo otros se hacen millonarios solo con cargos en el Estado.

Su conexión con Milei tampoco fue un manotazo de último momento. Dice que creyó en él cuando apenas medía 8 puntos. Que lo que decía Milei era lo que ellos venían sintiendo. Lo dice sin vueltas, sin calcular cómo va a sonar. Lo dice porque lo siente.

En medio de la charla se le escapa una sonrisa cuando habla de los excombatientes de Malvinas. De cómo se metió a ayudarlos sin necesidad de foto ni acto oficial. Que una vez los dejaron plantados, pero él no aflojó. Que viajó a Bahía Blanca con donaciones que llegaron gracias a familias que se coparon. Que cuando hay voluntad, no hace falta el circo.

Y ahí entra Marcelo Ballester, su compañero de ruta política. «Con él tengo diferencias, pero nos bancamos. Peleamos, sí. Pero también nos queremos». Raro escuchar eso en un ambiente donde todos se tiran con de todo. Raro y lindo. Como si todavía se pudiera hacer política con afecto, sin clavar puñales todo el tiempo.

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Hernán Sardella y un abrazo que lo dice todo junto al Concejal por LLA Marcelo Ballester

Ya medio tarde, cuando la noche se iba apagando y la torta quedaba con las velas apagadas pero el aire aún cargado de energía, Sardella dejó salir otro pedacito de él.

¿Sabés qué toca? Batería. Sí, batería. Y cuando le pregunté qué tocaría para cerrar la noche, tiró sin pensar: El Muelle de San Blas, de Maná.  La historia de la mujer que espera y espera a su amor que no vuelve. Una espera eterna, pero llena de amor. ¿Será que él también espera algo así, en política, en la vida? Quedó flotando la pregunta.

Y para los que andan contando los bienes ajenos, tiró una bomba: «Me compré una Ferrari. Era un sueño de mi vieja. Está todo blanqueado. No lo escondo». ¿Y sabés qué? Lo dijo con una mezcla de orgullo y rebeldía. Como quien se cansó de tener que pedir disculpas por haber trabajado toda la vida.

Entre recuerdos del taller mecánico de su papá, libros que está escribiendo (va por el tercero, se llama Rehenes del dinero), y esa batería que le pone ritmo a sus días, Hernán Sardella se mostró entero. Humano. Contradictorio. Sincero.

Y al final, cuando se estaba yendo, tiró una frase que nos quedó retumbando:
«No se puede ser feliz entre infelices.»

Tal vez por eso hace lo que hace. Tal vez por eso, esa noche, no fue solo una nota. Fue un encuentro. Y nos quedamos pensando que, si la política tuviera más Sardellas, quizás volveríamos a creer un poquito más.


 

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