CAPÍTULO 1: DOS MUNDOS, UNA LLAMA

Lucía vivía en Buenos Aires, en un departamento antiguo del barrio de San Telmo. Su vida era, a simple vista, perfectamente normal: despertaba con el murmullo de los colectivos, tomaba café fuerte sin azúcar, y trabajaba como editora en una pequeña editorial de libros espirituales. Pero desde hacía meses, una sensación persistente la habitaba: un vacío dulce, una certeza inexplicable de que algo, o alguien, faltaba.
No era tristeza. No era soledad. Era más bien una nostalgia de algo que no podía nombrar.
Por las noches, soñaba con un hombre que no conocía. Siempre estaba ahí, en el mismo lugar: un campo abierto, con nubes suaves flotando sobre sus cabezas. Él le hablaba, pero su voz no tenía sonido. Ella despertaba con el corazón acelerado, como si algo importante hubiera sido dicho y olvidado al despertar.
A miles de kilómetros, en un pequeño pueblo de Alsacia, en Francia, Cael caminaba cada tarde por el bosque. Se había mudado allí tras una ruptura que lo dejó sin ganas de volver a París. Restauraba muebles antiguos y evitaba el contacto social, salvo lo estrictamente necesario.
Y sin embargo, algo lo inquietaba. Cada vez que cerraba los ojos, la imagen de una mujer desconocida lo invadía. Su cabello caía como una cascada sobre sus hombros, y tenía una mirada que no podía olvidar. Era como si esa mirada lo conociera desde siempre.
Una noche, Cael soñó con ella. Caminaban juntos bajo una lluvia fina. No hablaban. No hacía falta. Él le ofrecía su abrigo, y ella lo tomaba sin miedo. El sueño fue tan vívido que despertó con el corazón en la garganta.
Lucía, al mismo tiempo, despertó en Buenos Aires con el pelo húmedo por el sudor, convencida de haber caminado bajo la lluvia con alguien. Alguien que no conocía… ¿o sí?
Durante el día, todo parecía volver a la normalidad. Pero cada tanto, una canción en la radio le revolvía el pecho. Una palabra en un libro le daba escalofríos. Y a veces, mientras editaba textos sobre conexiones del alma, Lucía sentía que alguien la observaba amorosamente desde lejos. No con los ojos. Con el alma.
Cael comenzó a escribir cartas que nunca enviaba. Las dejaba dentro de una caja de madera, como si algún día esa mujer invisible pudiera leerlas. En una de ellas, escribió:
«No sé quién sos, pero cada vez que cierro los ojos, siento que estás ahí. Y si algún día te encuentro, sé que no voy a preguntarte tu nombre. Porque ya lo sé.»
Lucía también comenzó a escribir. Diario íntimo, pensamientos sueltos. Y en una hoja escribió:
«No sé si existís o si te inventé en un sueño. Pero cuando el mundo se pone gris, tu presencia me sostiene. Aunque no estés. Aunque nunca hayas estado.»
Ambos comenzaron a notar señales. En Buenos Aires, Lucía veía constantemente el número 11:11. En las tapas de libros, en el reloj, en el boleto del colectivo. Cael encontraba plumas blancas en su taller, aunque no tenía ventanas abiertas. Ambos sentían un zumbido suave en el pecho al mirar la luna.
Una tarde, mientras navegaba sin rumbo por internet, Lucía se topó con un video sobre “llamas gemelas”. No sabía por qué hizo clic. Pero al escuchar la descripción, se le erizó la piel. Era como si alguien le hablara directamente a ella. Cerró la computadora y se quedó en silencio.
Cael, en otra parte del mundo, entró a una librería y un libro cayó de un estante. En la tapa, una sola frase: “El alma recuerda lo que la mente no puede entender.” Lo compró sin pensarlo. Esa noche, durmió con el libro bajo la almohada.

La energía entre ellos comenzaba a intensificarse. Sin saberlo, estaban despertando. Las almas se estaban llamando. A pesar de los kilómetros, de la diferencia horaria, de las culturas, algo se estaba moviendo.
Y aunque todavía no lo sabían, sus caminos ya habían comenzado a cruzarse. Un libro que Lucía editaba tenía como autora a la prima de Cael. Una melodía que Cael escuchaba en el bosque había sido compuesta por el vecino músico de Lucía.
El universo ya estaba tejiendo los hilos del encuentro.
Dos mundos. Una llama.
Y una promesa invisible empezaba a cumplirse.
Pasaron los días y los sueños comenzaron a tomar más forma. Lucía empezó a recordar más detalles: un tatuaje en el brazo de él, una especie de símbolo en forma de espiral. Cael, por su parte, comenzó a escribir los sueños como si fueran capítulos de una novela. Soñaba con una voz que le decía: “Ella también sueña contigo.”
La realidad empezaba a parecerse al sueño.
Un día, mientras Lucía esperaba el subte, una mujer se le acercó sin motivo aparente y le dijo: “Él también te está buscando.” La mujer siguió su camino sin mirar atrás. Lucía se quedó helada, mirando su reflejo en el vidrio del vagón que llegaba. No supo si lo había imaginado.
En Francia, Cael caminaba por el bosque como todos los días, pero esa tarde, escuchó una melodía que lo hizo detenerse. Provenía de una casa a lo lejos. La canción era en español. No entendía la letra, pero cada nota le parecía familiar. Como si ya la hubiera escuchado antes, en otra vida.
A medida que la conexión se intensificaba, ambos comenzaron a sentir pequeños temblores en el cuerpo. Lucía sentía cosquilleos en la palma de la mano izquierda sin razón. Cael tenía sueños donde ella le tomaba esa misma mano y la besaba suavemente.
Sin embargo, la mente intentaba justificarlo todo. ¿Estaban enloqueciendo? ¿Era posible enamorarse de alguien que no existe?
Pero lo que el alma sabe, el corazón no puede negar por mucho tiempo.
Una noche de luna llena, ambos se sintieron impulsados a escribir a una dirección de correo electrónico que no sabían de dónde conocían. La dirección era la misma. Cuando apretaron “enviar”, el sistema les devolvió el mensaje: “Esta cuenta no existe.”
Y sin embargo, en sus sueños esa noche, se encontraron por primera vez en el mismo campo abierto del primer sueño de Lucía. Esta vez, se tomaron de las manos. Y sonrieron. Sin decir una palabra.
No sabían aún cuándo se encontrarían. Pero algo en ellos ya lo sabía: el alma había dicho que sí.
Porque cuando dos mundos arden con una misma llama, tarde o temprano, el fuego guía el camino.
Y ese camino, ya había comenzado.
CAPITULO 2 (CONTINUARÁ)
Una producción de Tarot Landon,
donde cada carta es una puerta al alma.
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