El arquitecto y concejal Andrés Petrillo cuestionó la demolición del histórico
Club Bristol y reclamó una política de preservación patrimonial para General
San Martín. Estación Landon acompaña el pedido de explicaciones y advierte que
el progreso no puede construirse borrando la memoria de una comunidad.
Columna de Andrés Petrillo
Profesor Titular de la FADU-UBA, arquitecto y concejal de General San Martín
Hay pérdidas que trascienden la desaparición física de un edificio. Son pérdidas
que erosionan la memoria colectiva, la identidad de un barrio y el patrimonio
cultural de toda una comunidad.
Eso fue lo que ocurrió en la mañana del 10 de julio cuando, con enorme indignación,
observé el inicio de la demolición del histórico Club Bristol de Villa Ballester.
Una intervención que, según pude constatar, se realizaba sin un permiso de obra
provisorio ni vigente —como se aprecia en la imagen— y aprovechando un fin de semana largo, cuando el control estatal suele relajarse.
El Bristol no era una construcción más. Era una de las obras más representativas
de la arquitectura neocolonial de nuestro distrito y una pieza de enorme valor
patrimonial, diseñada por el arquitecto Rosendo Martínez, uno de los mayores
exponentes de este lenguaje arquitectónico en la Argentina.
Martínez dejó un legado de enorme jerarquía. Entre sus obras más reconocidas se
encuentra la sede del Centro Asturiano de Buenos Aires, con la emblemática Sala
Alejandro Casona, además de numerosas residencias y edificios institucionales
considerados parte del patrimonio arquitectónico argentino.
Su producción se caracterizó por una extraordinaria calidad compositiva, el cuidado
artesanal de los detalles y una interpretación refinada del estilo neocolonial.
El Club Bristol reunía muchas de esas virtudes. Sus arcos de medio punto, los vitrales
policromados, las molduras, las proporciones de sus fachadas y el cuidado de sus
elementos constructivos lo convertían en una obra singular dentro del paisaje urbano
de Villa Ballester.
No sólo tenía valor arquitectónico. Era un edificio profundamente ligado a la historia
social de la ciudad y al recuerdo de generaciones de vecinos que encontraron allí
un espacio de encuentro, deporte y vida comunitaria.
perdemos un capítulo de nuestra propia historia”.
La arquitectura también cuenta historias. Cada edificio histórico es un documento
construido que habla de una época, de una forma de vivir y de una identidad compartida.
Una demolición que podía evitarse
Hace tiempo presenté ante el Honorable Concejo Deliberante un proyecto de ordenanza para crear un régimen de preservación del patrimonio arquitectónico, histórico y cultural de General San Martín.
El objetivo era identificar los inmuebles con valor patrimonial, establecer mecanismos
de protección y evitar que decisiones irreversibles se tomaran sin una evaluación
técnica y sin la participación de la comunidad.
Lamentablemente, ese proyecto continúa sin tratamiento.
Mientras el Municipio posterga una política seria de preservación, los edificios
históricos siguen desapareciendo uno tras otro. Y cuando finalmente se advierte
el error, ya es demasiado tarde. El patrimonio demolido no puede reconstruirse.
La historia perdida no vuelve.
Preservar el patrimonio no significa impedir el desarrollo urbano. Significa comprender
que el crecimiento de una ciudad puede y debe convivir con la protección de aquellos
bienes que le dan identidad.
General San Martín necesita con urgencia reglas claras, inventarios serios, criterios
técnicos y la decisión política de proteger aquello que nos pertenece a todos.
Hoy el Club Bristol ya no podrá recuperarse. Pero todavía estamos a tiempo de impedir
que otras obras corran la misma suerte.
Ojalá esta dolorosa pérdida sirva para que el Concejo Deliberante trate, de una vez
por todas, la ordenanza de preservación patrimonial presentada.
Porque una ciudad que permite la demolición de sus edificios más valiosos sin
instrumentos eficaces de protección no sólo pierde arquitectura: pierde memoria,
identidad y futuro.
El patrimonio histórico no se hereda de nuestros padres: se toma prestado de nuestros
hijos. Cada demolición sin protección legal es una página de nuestra historia que
desaparece para siempre.
No se puede demoler el pasado para construir negocios futuros
Desde Estación Landon compartimos la preocupación expresada por el arquitecto y concejal Andrés Petrillo ante la demolición del histórico Club Bristol de Villa Ballester.
No estamos en contra del crecimiento ni del desarrollo urbano. Una ciudad necesita nuevas viviendas, inversiones, comercios y obras. Pero avanzar no puede significa destruir indiscriminadamente aquello que forma parte de nuestra identidad.
Llamar “progreso” a cualquier demolición es una simplificación peligrosa.
Hay edificios que no son solamente propiedades privadas o estructuras antiguas.
Son testimonios de una época, puntos de referencia para los vecinos y espacios
atravesados por historias familiares, deportivas y comunitarias.
El Club Bristol era uno de ellos
Ante la denuncia formulada por Petrillo sobre la inexistencia de un permiso provisorio
o vigente visible al momento del inicio de los trabajos, corresponde que las autoridades municipales brinden una respuesta pública, concreta y documentada.
La comunidad tiene derecho a conocer:
• Quién autorizó la demolición y bajo qué número de expediente.
• Qué intervención tuvieron las áreas municipales competentes.
• Si existió una evaluación previa sobre el valor arquitectónico e histórico del inmueble.
• Si se estudió la preservación de su fachada, vitrales u otros elementos representativos.
No corresponde prejuzgar ni formular acusaciones sin pruebas. Pero tampoco corresponde
guardar silencio cuando una obra de estas características comienza a ser demolida sin que los vecinos tengan acceso a información clara.
La transparencia no debería aparecer después de las máquinas. Debe existir antes de que una decisión irreversible sea ejecutada.
Una pared puede reconstruirse. Un edificio nuevo puede levantarse. Pero la autenticidad de una obra histórica, sus materiales, sus vitrales, sus molduras y la memoria construida durante décadas no pueden recuperarse después de una demolición.
Por eso resulta necesario que el Honorable Concejo Deliberante trate el proyecto
de preservación patrimonial y que el Municipio elabore un inventario público,
accesible y técnicamente fundamentado de los edificios históricos de General San Martín.
No alcanza con lamentarse cada vez que desaparece una casona, un club o una fachada emblemática.
La protección debe existir antes de que llegue la orden de demolición.
Preservar no significa congelar una ciudad en el tiempo. Significa integrar su pasado al presente, establecer límites razonables y encontrar alternativas que permitan desarrollar nuevos proyectos sin borrar todo lo que existía antes.
No se puede permitir que los vacíos normativos, la falta de controles o la demora política terminen facilitando intereses económicos a costa del patrimonio colectivo.
Hoy hablamos del Club Bristol. Mañana puede ser otra casona, otro teatro, otra institución o cualquier edificio que todavía conserve una parte de la historia de nuestros barrios.
Es momento de que las autoridades expliquen qué ocurrió, exhiban los permisos correspondientes y adopten medidas concretas para que una situación semejante no vuelva a repetirse.
La memoria de una ciudad no se defiende después de la demolición. Se defiende antes.


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