El viaje que nadie va a olvidar en la Línea 161

Un chofer que nos recordó lo mejor de nosotros

Por Cristina Landon

En tiempos donde solemos correr de un lado a otro, donde la paciencia parece un lujo y la empatía a veces escasea, este 15 de noviembre de 2025 la Línea 161 nos regaló una escena que devuelve esperanza y humanidad.

andres diaz.jpg
Linea 161 Andrés Diaz, mismo apellido que Batman y creo que hoy fue en parte nuestro heroe ,

Ocurrió en el interno 1275, conducido por Andrés Díaz, de la empresa Larrazábal. Era una tarde sofocante —casi 30 grados, sin sombra y sin un solo árbol en la calle— cuando un joven de unos 20 años, con condición de autismo, se negó a bajar del colectivo. Su mamá, ya pasada varias cuadras de su destino, intentaba por todos los medios convencerlo: con palabras suaves, con un alfajor, con la promesa de un  helado. Nada parecía funcionar.

Los pasajeros, alrededor de diez, también nos sumamos a ayudar. Mujeres que le hablaban con dulzura, un vecino que trataba de animarlo, yo misma diciéndole que el recorrido ya terminaba, mientras le hacía una seña al chofer. Y ahí ocurrió lo inesperado.

Andrés entendió al instante.
Detuvo el colectivo sin dudarlo y, con una calma admirable, se acercó al joven para explicarle, casi como un hermano mayor, que había que bajar. Pero el chico necesitaba ver para creer… así que todos, absolutamente todos, nos levantamos y descendimos para acompañar esa pequeña puesta en escena necesaria para ayudarlo.

Fueron quince minutos de paciencia, empatía y comunidad. Ni una mala cara. Ni una frase apurada. Ni un “tengo que seguir”. Solo humanidad en estado puro.

Finalmente, con la ayuda del grupo y el gesto de otro pasajero que le regaló un llavero, el joven bajó. Su mamá, agotada y conmovida, logró contenerlo. Él se sentó en el refugio y rompió en llanto. Esa imagen nos atravesó a todos. Una vecina me decía, con la voz quebrada: “Estoy segura de que me subió la presión de la angustia”. No era angustia: era sensibilidad.

Y en medio de todo, Andrés Díaz mantuvo siempre la misma actitud: calma, respeto y una enorme solidaridad. No avanzó, no apuró, no exigió. Solo estuvo ahí, como si la vida le hubiera dado un rol mucho más grande que manejar un colectivo.

A veces uno se cruza con ángeles.
Hoy, en el 161 de Martelli por  Laprida, frente a la LONGVIE, como todos conocemos la parada, camino a Puente Saavedra, ese ángel estaba al volante.

Gracias, Andrés. Por recordarnos que todavía hay lugar para la empatía, para la comunidad y para esos gestos que, sin saberlo, cambian el día —y a veces la vida— de muchas personas.


Para la mamá de hoy

A vos, mamá del chico que viajaba en el 161:

No tenías que pedirnos perdón.
De verdad, no.

Vos estabas haciendo lo que hace una madre que ama:
cuidar, contener, intentar mil veces… aun con el corazón en la boca.

Si alguien tenía que agradecer hoy, éramos nosotros.
Gracias por dejarnos ayudar.
Gracias por permitirnos acercarnos a tu hijo con respeto.
Gracias por recordarnos que todavía podemos ser comunidad, incluso entre desconocidos.

Tu lucha silenciosa nos enseñó más que cualquier discurso.
Y tu ternura, aun en el cansancio, nos unió a todos en un mismo gesto.

Ojalá lo sepas:
no estuviste sola.
No tenías que disculparte.
Hoy fuiste la puerta que nos permitió ser mejores personas.

💛 Gracias por eso.