Bonanza fanfic: Los pacientes del doctor Harrow — Capítulo 1: El hombre que dejó caer la pala

ESTACIÓN LANDON · NOVELA POR ENTREGAS

Bonanza: Después de los créditos

LOS PACIENTES DEL DOCTOR HARROW

CAPÍTULO I

Bonanza fanfic: Los pacientes del doctor Harrow — Capítulo 1: El hombre que dejó caer la pala

Joe enferma cuando investiga las condiciones de un campamento minero. Un médico competente consigue estabilizarlo y se gana la confianza de Ben. Después, durante su convalecencia, Joe descubre algo que resulta difícil demostrar: algunos hombres continúan dentro de la clínica después de haber recibido oficialmente el alta.

El hombre que dejó caer la pala

La pala cayó de canto sobre una piedra y el golpe se oyó por encima de las ruedas.

Joe volvió la cabeza. Hasta ese momento había estado mirando la pendiente, calculando cuánto faltaba para que la carreta dejara atrás el tramo de barro. Hoss conducía con las riendas recogidas entre las manos y una paciencia que los animales parecían agradecer. Desde el fondo de la caja llegaba el crujido de las cadenas que habían servido para asegurar la madera. Ya habían descargado; solo quedaban dos travesaños rechazados por una grieta y el olor húmedo de la corteza.

Junto a la zanja, un hombre permanecía inclinado sobre el mango de una herramienta que ya no sostenía.

Joe tardó un instante en comprender la postura. El trabajador tenía las manos extendidas hacia abajo, los dedos algo separados, como si la pala todavía debiera estar entre ellos. Después apoyó una rodilla en tierra.

—Espera.

Hoss tiró suavemente de las riendas. Joe bajó antes de que las ruedas acabaran de detenerse y cruzó el borde del camino, donde las pisadas habían mezclado serrín con barro. El hombre quiso incorporarse al verlo. No lo consiguió a la primera.

—No se levante —dijo Joe—. Se le ha caído esto.

Recogió la pala para darle tiempo. El trabajador respiraba por la boca. Bajo la barba sin afeitar tenía la piel de un tono ceniciento que el polvo volvía más difícil de juzgar.

—La mano me resbaló.

Joe dejó la herramienta contra un tocón.

—Puede esperar ahí.

El hombre apretó los labios y llevó una mano al vientre. El movimiento fue breve, casi furtivo. Joe lo había visto otras veces: alguien que se comprobaba una herida antes de decidir si convenía admitir que existía.

Un caballo se acercó desde el cobertizo de herramientas. Su jinete llevaba un abrigo de lona y un cuaderno doblado en el bolsillo. Se detuvo lo bastante cerca para que el animal obligara a Joe a apartarse medio paso.

—Vale. Esa cuneta no se termina sola.

El trabajador bajó la mano.

—Ya sigo, señor.

—Llevas toda la mañana con el mismo trecho.

Hoss había asegurado la carreta. Al acercarse miró primero al hombre arrodillado y después la longitud de la zanja: tierra endurecida arriba, piedras trabadas debajo, raíces que habría sido necesario cortar una a una.

—Parece un trecho bastante malo —observó.

El encargado lo reconoció. Su expresión cambió lo justo para dejar de ser una reprimenda dirigida exclusivamente al peón.

—Hay trechos malos en cualquier trabajo, Cartwright.

Joe sintió la respuesta antes de ordenar las palabras. El hombre a sus pies trataba de limpiarse la palma en el pantalón, pero el temblor le impedía alisar la tela.

—También hay hombres que necesitan sentarse.

—Este estuvo sentado varios días. En casa del médico.

Vale levantó la cabeza.

—Volví el lunes.

—Y el lunes dijiste que podías trabajar.

La vergüenza apareció en su rostro con más claridad que el dolor. Joe conocía aquel impulso de retirar una petición antes de que alguien pudiera negarla. Había dicho «estoy bien» con una venda empapada bajo la camisa; había montado demasiado pronto para ahorrarse la mirada de su padre. Pero siempre había habido una habitación esperándolo y alguien dispuesto a discutir con él hasta hacerlo entrar. Aquel hombre miraba una pala.

—Podemos acercarlo a la cocina —dijo Hoss—. Nos queda de paso para dar la vuelta.

El encargado volvió la vista hacia las otras herramientas. Dos trabajadores habían detenido su tarea. Uno reanudó los golpes en cuanto se sintió observado.

—Que no se convierta en una costumbre.

Se marchó sin aguardar respuesta. Las herraduras desplazaron pequeñas piedras hasta el borde de la zanja.

Joe se agachó.

—¿Puede ponerse de pie si lo ayudamos?

—Puedo hacerlo solo.

Vale apoyó una mano en el tocón. El esfuerzo le endureció el cuello y, durante un momento, pareció que iba a lograrlo. Luego el brazo cedió. Hoss se inclinó a su otro lado sin prisa.

—Me hará un favor si se agarra aquí. Así no tengo que adivinar cuándo piensa levantarse.

Le ofreció el antebrazo. Vale lo miró y acabó aceptando.

Lo llevaron hasta un tronco que servía de asiento junto al cobertizo. Apenas eran veinte pasos. Al final del trayecto, Joe tenía los dedos del hombre cerrados alrededor de su manga con una fuerza desesperada. Cuando lo soltó, Vale se quedó mirando las marcas oscuras que había dejado.

—Lo siento.

Joe se sacudió el polvo.

—Mi hermano consigue ensuciarme mucho más sin necesitar ayuda.

Hoss le dirigió una mirada ofendida que habría resultado más convincente si no hubiera tenido una mancha de grasa en la mejilla. Vale dejó escapar una respiración corta, casi una risa. Después se inclinó hacia delante y esperó a que pasara el dolor.

Un trabajador se acercó con una chaqueta. Era delgado, de cabello rojizo y manos grandes; llevaba una astilla prendida en el puño.

—Toma, Daniel. Aquí corre aire.

Vale negó con la cabeza, pero el otro dejó la chaqueta sobre el tronco.

—¿Desde cuándo está así? —preguntó Joe.

Daniel se frotó lentamente una rodilla.

—Hoy estoy algo flojo.

El pelirrojo miró hacia el cobertizo, comprobando dónde se había detenido el encargado.

—Ayer tampoco pudo terminar la cena.

—No te he preguntado a ti, Curtis.

No hubo verdadera agresividad en la respuesta. Curtis bajó la mirada y se arrancó la astilla del puño.

—Lo sé.

Joe se sentó en cuclillas, a una distancia que no obligaba a Daniel a alzar la cabeza.

—¿Le ha ocurrido antes?

Daniel tardó en contestar. Más allá de la empalizada, una polea chirriaba con cada ascenso. El campamento seguía trabajando alrededor de ellos; aquel ruido continuo parecía exigirle que se levantara.

—Empezó hace unas semanas. Retortijones. Ciertas noches no podía dormir. Pensé que era la comida, hasta que me faltaron las fuerzas.

—¿Lo vio un médico?

—Harrow. Estuve unos días en su casa. Me puso otra vez en pie.

Lo dijo con gratitud, aunque todavía miraba el suelo.

—¿Y después?

—Después volví aquí.

Curtis se pasó una mano por la nuca.

—A mí me dobló el estómago el jueves. Se me pasó. Debió de ser el guiso.

—Tú cenaste dos veces —murmuró Daniel.

—Por eso mismo.

Hoss no sonrió. Joe lo vio observar la boca reseca de Vale, la camisa demasiado holgada en los hombros. Su hermano tenía una manera de quedarse quieto que hacía sentir a los demás que disponían de tiempo.

—Podemos llevarlo al pueblo —propuso—. O buscar a ese doctor.

Daniel alzó por fin los ojos.

—No hace falta. Viene por aquí. Whitmore lo tiene contratado.

—¿Cuándo viene? —preguntó Joe.

—Hoy no lo sé.

La respuesta dejó un silencio incómodo. Curtis miró otra vez al encargado.

—Puedo llevarlo a la cocina —dijo—. Allí estará mejor que aquí.

Joe quiso insistir. Hoss lo miró apenas, sin negarle nada; una advertencia pequeña, familiar. Daniel había empezado a cerrarse de hombros bajo las preguntas. No era posible ayudarlo obligándolo a defenderse también de ellos.

—Si empeora, mande a alguien —dijo Joe—. Estamos trabajando en el cercado del camino sur hasta media tarde. Después, en la Ponderosa.

Daniel asintió.

Cuando fueron a levantarlo, pidió que esperaran. Buscó en el bolsillo y sacó una ficha de latón, gastada por un borde.

—La herramienta. Tengo que devolverla.

Curtis tomó la ficha.

—Yo me encargo.

Esta vez Daniel no discutió.

* * *

Hoss dejó atrás el desvío del campamento sin hacer chasquear las riendas. Joe iba a su lado con los codos sobre las rodillas y el sombrero entre las manos. El camino descendía entre pinos, y las ruedas encontraban, de trecho en trecho, una piedra que transmitía su golpe a toda la carreta.

—Deberíamos haberlo llevado —dijo.

—Nos dijo que no.

—También dijo que podía levantarse.

Hoss contempló el lomo de los caballos.

—Sí.

Joe esperó una objeción. Su hermano no se la dio.

—Ese hombre le estaba exigiendo que siguiera cavando.

—Lo he oído.

—Entonces, ¿por qué me miraste así?

Hoss tardó unos segundos en responder.

—Porque Vale estaba mirándote a ti como si también tuviera que convencerte de algo.

Joe giró el sombrero entre los dedos. En el ala había quedado una impresión de barro que no recordaba haber tocado.

—Solo quería que aceptara ayuda.

—Lo sé, hermano.

El tono, libre de reproche, le dejó menos sitio para defenderse. Volvió a ponerse el sombrero y miró hacia atrás. El campamento había desaparecido detrás de los árboles.

Al llegar al cercado encontraron dos postes vencidos y una ternera al otro lado, muy satisfecha con su descubrimiento. El animal huyó de Joe durante diez minutos y después permitió que Hoss la guiara por el hueco como si aquella hubiera sido su intención desde el principio. Joe protestó; Hoss atribuyó el resultado a su encanto personal. La discusión los acompañó mientras retiraban la madera rota.

El trabajo devolvió al día sus proporciones conocidas. Había que tensar, afirmar, buscar piedras para calzar un poste. Joe se quitó la chaqueta cuando el sol alcanzó la ladera. Sintió el peso agradable de los músculos trabajando y el hambre que empezaba a abrirse paso bajo las costillas. Cada vez que apoyaba una pala para cambiar de posición veía las manos vacías de Daniel.

Al mediodía, Hoss repartió el pan y la carne fría que Hop Sing les había preparado. Comieron sentados a la sombra de la carreta.

—Voy a llevar mañana las abrazaderas que faltan —dijo Hoss—. Podemos preguntar cómo sigue.

Joe lo miró.

—¿Ya pensabas hacerlo?

—Pensaba llevar las abrazaderas. Lo de preguntar se me ha ocurrido mientras cierta persona perseguía una ternera.

Joe le lanzó una corteza de pan. Hoss la recogió antes de que llegara al suelo.

Durante un rato hablaron del cercado. Luego Hoss guardó lo que quedaba de comida y dijo que terminaría el último tramo; Joe podía ir a buscar las dos reses apartadas en la quebrada. Su padre las quería en el corral antes de la noche.

Joe ensilló a Cochise, que había venido atado detrás de la carreta. Al apoyar el pie en el estribo miró sus propias manos. Una raspadura reciente le cruzaba un nudillo. Cerró los dedos y subió de un movimiento.

* * *

Ben estaba en el patio cuando llegaron. Tenía una cuenta abierta sobre el asiento del pescante y discutía con Adam acerca de una entrega que alguien había prometido para el martes anterior. Joe dejó a las reses en el corral, desmontó y se acercó al abrevadero para lavarse.

—¿Terminaron? —preguntó Ben.

—El cercado sí. Mi reputación con el ganado ha sufrido algunos daños.

—Una ternera —explicó Hoss mientras bajaba de la carreta.

Adam levantó los ojos del papel.

—Una rival considerable.

Joe se echó agua en la nuca. Estaba fría y le corrió por debajo del cuello de la camisa.

—Me alegra haber traído una historia que los mantendrá entretenidos todo el invierno.

Ben sonrió, pero la sonrisa se desvaneció cuando Hoss mencionó a Daniel. Cerró el cuaderno y escuchó mientras desenganchaban los animales. Joe dio primero los hechos con precisión; después, al recordar las palabras del encargado, empezó a hablar más deprisa.

—No podía sostenerse, Pa. Y ese hombre seguía hablando de la cuneta.

Ben dejó una mano sobre la madera del pescante.

—¿Aceptó que lo llevaran al médico?

—Dijo que Harrow va al campamento.

—Lo conozco —dijo Ben—. Lo he visto trabajar.

Joe se volvió hacia él.

—Entonces quizá deberíamos avisarle.

Adam dobló la cuenta.

—¿Vale trabaja para Whitmore?

—Sí.

—Mañana tengo que revisar los comprobantes de la madera. Puedo preguntarle si el médico ha vuelto a verlo.

—Whitmore te dirá que todo está arreglado.

—Es posible. Aun así, conviene escuchar lo que dice antes de decidir qué está ocultando.

Joe abrió la boca y la cerró. Adam lo miraba sin desafío.

—No he dicho que oculte nada.

—Todavía no.

Ben recogió la chaqueta que Joe había dejado sobre el borde del abrevadero antes de que una manga cayera al agua.

—Mañana preguntaremos —dijo—. Y si ese hombre necesita que lo lleven, le ofreceremos la carreta. Por ahora, atiendan a los caballos. Hop Sing lleva una hora calculando cuánto puede retrasar la cena antes de venir a buscarlos con ella.

La conversación terminó en tareas. Adam se llevó las cuentas, Hoss abrió el establo y Joe tomó las riendas de Cochise. Ben lo alcanzó junto a la puerta.

—Hiciste bien en detenerte.

Joe mantuvo la mirada en la hebilla de la brida.

—No hicimos mucho.

—Le diste un lugar donde sentarse. A veces hay que empezar por eso.

Su padre le devolvió la chaqueta y le apretó brevemente el hombro. Joe sintió el cansancio del día en aquel punto, como si hasta entonces no hubiera tenido permiso de notarlo.

* * *

Antes de la cena salió a buscar una correa de recambio al cobertizo. Allí encontró, entre sacos vacíos, el rollo de lona que Hoss había apartado para las abrazaderas. Lo acomodó junto a la puerta para la mañana siguiente y permaneció un momento con la mano encima.

Había algo que no le había contado a su padre. Durante el regreso lo había considerado un detalle, demasiado pequeño junto al dolor de Daniel y la furia que le había provocado el encargado. Ahora le volvía con una claridad incómoda.

Habían dejado ya al trabajador cerca de la cocina. Curtis sostenía la puerta con la espalda y desde dentro llegaba el ruido de platos. Hoss había ido por la carreta. Joe estaba a punto de despedirse cuando Daniel lo llamó.

—Cartwright.

Joe regresó los dos pasos que acababa de dar. De cerca pudo verle las canas entre la barba y una pequeña quemadura vieja sobre el dorso de la mano.

—Mi mujer vive en el camino de Six Mile. Una casa baja, con el tejado remendado en la esquina. Se llama Ellen.

Joe asintió, sin comprender todavía qué le pedía.

Daniel miró la puerta abierta. Curtis se había vuelto hacia alguien que hablaba desde la cocina.

—Cuando me llevaron la otra vez, tardaron en avisarle. Ella pensó que yo… —Se interrumpió y se alisó el pantalón sobre la rodilla—. Tenemos dos niños. El mayor ya entiende cuando pasan los días.

—¿Quiere que vayamos a buscarla?

—No. No la asuste. Si descanso un rato, esto puede pasar.

La respiración le hizo detenerse. Joe esperó, con una mano en el marco.

—Pero si tengo que volver a ingresar —dijo Daniel—, ¿podría alguien avisarle esta vez?

Joe había respondido que sí. Había repetido el nombre y el lugar para demostrarle que los recordaría. Daniel lo había mirado entonces con una gratitud que no correspondía a lo poco que le estaba prometiendo.

En el cobertizo de la Ponderosa, Joe retiró la mano del rollo. Desde la casa llegó la voz de Hoss, anunciando que no pensaba responder por la comida de nadie. Olía a leña encendida. En el piso de arriba había una ventana abierta para ventilar su habitación; su padre acostumbraba cerrarla si la noche refrescaba antes de que él subiera.

Joe recogió la correa y salió. Al cruzar el patio volvió a decirse el nombre de la mujer, esta vez sin mover los labios.

Ellen Vale. Camino de Six Mile. El tejado remendado en la esquina.

Continuará

BONANZA: DESPUÉS DE LOS CRÉDITOS
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