ESTACIÓN LANDON · NOVELA POR ENTREGAS
Bonanza: Después de los créditos
BLACK FRIDAY
El hombre que volvió a casa
Prólogo
Joe Cartwright llega a Chiso para comprar ganado. Lleva un encargo de su padre, dinero para cumplirlo y la confianza de quien espera regresar con algunos días de camino sobre los hombros. Pero en ese pueblo encuentra a Steve Friday, un hombre al que conoció en otra época, cuando su nombre todavía estaba ligado al trabajo en la Ponderosa y no al miedo que podía provocar una mano cerca de un revólver.
Ahora Steve está enfermo. Necesita agua, una cama y alguien dispuesto a permanecer a su lado. Alrededor hay hombres que esperan, puertas que se cierran y una muerte que parece haberse decidido antes de que llegue el momento de disparar.
Joe se queda.
Ese gesto abre el camino de esta novela. Un gesto sencillo en apariencia, que irá exigiéndole mucho más de lo que pudo imaginar al ofrecer ayuda.
Inspirada en el episodio «Black Friday», esta historia desarrolla una versión alternativa de sus acontecimientos y se detiene en las consecuencias que acompañan a Joe más allá de Chiso. La tensión entre los pistoleros, el peso de una reputación y la crueldad de quienes prefieren mirar desde lejos forman parte de un conflicto que también deja heridas difíciles de reconocer.
Estación Landon presenta «Black Friday: El hombre que volvió a casa», una historia de amistad, coraje y familia, publicada por entregas dentro de «Bonanza: Después de los créditos».
El viaje comienza en Chiso, con un hombre que necesita ayuda y otro que decide quedarse a su lado.
CAPÍTULO 1
El agua que nadie quería dar
El primer animal que Joe Cartwright vio caer en Chiso fue un novillo colorado, vencido por el calor junto a la manga del corral. Había llegado andando desde el extremo opuesto del cercado, despacio, con una obstinación que Joe reconoció antes de advertir el temblor de las patas delanteras. El animal apoyó el hocico contra la madera, buscó una sombra que a esa hora apenas alcanzaba para cubrirle los ojos y se dobló sobre las rodillas. Los otros se apartaron con un movimiento pesado de lomos y cuernos. Alguien soltó una maldición. El hombre que estaba mostrándole los reproductores a Joe dejó de hablar de ascendencias y precios y golpeó la cerca con el extremo de una soga.
—Arriba, condenado.
Joe le sujetó la muñeca antes del segundo golpe. Lo hizo sin brusquedad, aunque con la firmeza suficiente para que el otro mirara primero la mano que lo retenía y después su rostro.
—Tiene calor. Si lo levanta a golpes, seguirá teniendo calor.
El vendedor retiró el brazo. Era un hombre de barba entrecana, camisa descolorida y una cicatriz que le partía la ceja izquierda. Se llamaba Mercer; Joe había anotado el apellido esa mañana, junto con las edades de dos toros que quizá merecieran el largo viaje de regreso a Nevada. Durante los últimos veinte minutos, Mercer había insistido en que no había animales más resistentes en todo el territorio.
—Se echa cada vez que le da la gana —dijo.
Joe pasó entre los travesaños, procurando no enganchar la cartuchera. Dentro del corral, el olor a estiércol caliente se mezclaba con el de la tierra removida y la sal del cuero. Se acuclilló a una distancia prudente de la cabeza del novillo. El animal respiraba con la boca entreabierta; una hebra de saliva le colgaba del labio. Joe observó el vientre, las encías y el movimiento de los flancos. Después siguió con los ojos la línea del cercado hasta el abrevadero.
—¿Desde cuándo está seco?
Mercer se colocó el sombrero hacia atrás.
—Estamos reparando la conducción.
—Eso no contesta mi pregunta.
Un peón joven, detenido junto a la manga, bajó la mirada. Joe esperó unos segundos, pero ninguno de los dos añadió nada. Del otro lado del cercado había una bomba y una tina de lavar. Bastaba recorrer unos cuantos pasos. Se levantó, buscó un balde y fue a llenarlo. La manivela estaba tan caliente que tuvo que envolverla con el pañuelo antes de moverla.
Cuando volvió, Mercer seguía esperándolo con la libreta de ventas abierta.
—No puede juzgar un establecimiento entero por una tubería rota.
Joe dejó el balde al alcance del animal y permitió que bebiera despacio. Tenía polvo hasta dentro de las botas, la camisa pegada a la espalda y un dolor sordo entre los hombros después de varias jornadas de camino. Había imaginado su llegada de una manera bastante más agradable: un baño, una comida que no hubiera salido de una sartén ennegrecida y una cama donde pudiera estirarse sin descubrir una piedra debajo de la cadera. En cambio, llevaba una hora discutiendo precios bajo un sol que parecía empujarlo hacia la tierra.
—Le estoy preguntando por el agua, señor Mercer. Los toros podemos verlos mañana.
El vendedor cerró la libreta con un golpe seco.
El peón ayudó a traer un segundo balde. Entre ambos consiguieron que el novillo se incorporara y avanzara hasta la sombra del cobertizo. Joe se quedó observándolo un momento. Había recuperado algo de firmeza en las patas. No parecía necesario hacer más, por ahora.
Cuando salió del cercado, Mercer ya se había alejado. El muchacho le alcanzó el pañuelo mojado y preguntó si de verdad venía de la Ponderosa.
—Eso dice mi padre. Aunque, si tardo mucho en comprarle los toros, quizá empiece a negarlo.
El joven sonrió, pero la sonrisa le duró poco.
—No se quede demasiado, señor Cartwright.
Joe se detuvo con una mano en la montura de Cochise.
—¿Por el calor?
El muchacho miró hacia una pequeña puerta abierta en el muro posterior del hotel, al otro lado de la calle. Una mujer acababa de salir con un recipiente lleno de mondaduras. Lo vació junto a un carro y regresó deprisa al interior.
—Por aquí las cosas se ponen feas cuando la gente no tiene nada que hacer.
Era una respuesta extraña, pero Joe había oído advertencias igualmente vagas en otros pueblos. A veces anunciaban una pelea de borrachos; otras, una rivalidad que los habitantes consideraban importante y que a un forastero no le concernía en absoluto. Se ajustó el sombrero, agradeció la ayuda y condujo a Cochise hacia la calle principal.
Chiso tenía un color amarillento que el mediodía volvía casi blanco. Las fachadas parecían entornadas contra el resplandor, igual que los hombres sentados en los porches. Una lona se agitaba con golpes secos sobre el escaparate de la talabartería. Más allá, un perro dormía debajo de una carreta, tan inmóvil que Joe observó su costado hasta comprobar que respiraba. Había moscas en los bordes de las ventanas y una hilera de barriles vacíos frente al almacén. Desde alguna cocina llegaba olor a cebolla frita, suficiente para recordarle que apenas había desayunado.
Dejó el caballo en la caballeriza y pasó varios minutos cepillándole el cuello y comprobando el ajuste de una herradura. El hombre del establo lo observaba desde un taburete, con la mirada detenida en las manchas negras y blancas del animal.
—Es un buen caballo.
—Él también lo cree.
El hombre aceptó el dinero y lo guardó sin contarlo. Joe pidió avena, agua limpia y que no dejaran la montura apoyada sobre una pared húmeda. Luego se echó las alforjas al hombro y cruzó hacia el hotel. Había avanzado hasta el costado del edificio cuando oyó el ruido.
No fue un grito. Primero hubo una tos profunda, cortada a la mitad, y después el roce de algo pesado contra una cerca. Joe volvió la cabeza hacia el pasaje entre el hotel y el almacén. Un hombre se sostenía junto a la puerta de la cocina, doblado sobre sí mismo, con una mano cerrada alrededor de una taza de hojalata. Llevaba la camisa abierta en el cuello y el cinturón torcido. Su sombrero estaba en el suelo.
La mujer de las mondaduras se había quedado detrás del umbral. Entre ambos había un cubo de agua.
—Ya le dije que no —murmuró ella.
El hombre intentó responder, pero la tos volvió a sacudirlo. El movimiento le arrebató el poco equilibrio que le quedaba. Joe soltó las alforjas y llegó antes de que golpeara la cabeza contra los tablones. Lo sujetó por debajo de un brazo y recibió de inmediato el peso de un cuerpo mucho más caliente de lo que debía estar, incluso bajo aquel sol.
—Despacio. Apóyese aquí.
El desconocido trató de apartarlo. Tenía la fuerza desordenada de los enfermos que ya no distinguen una ayuda de una amenaza. Joe afirmó las piernas, evitando que ambos terminaran en el suelo. Por un instante, la cara del hombre quedó a pocos centímetros de la suya: barba de varios días, labios agrietados, ojos hundidos bajo unas cejas que le resultaron familiares.
Joe volvió a mirarlo.
—¿Steve?
La mano que había empezado a buscar el revólver se quedó inmóvil sobre el cinturón.
—Steve Friday.
Habían pasado años, pero Joe recordó enseguida una mañana de lluvia en el establo de la Ponderosa. Steve sostenía la pata de una yegua mientras él intentaba sacar una piedra encajada junto a la herradura. Joe era más joven, más impaciente, y había conseguido que el animal le pisara dos veces. Steve no se había reído hasta que todo terminó. Después sí, se había reído tanto que Ben salió a preguntar qué estaban haciendo con aquella pobre yegua.
El hombre que tenía entre los brazos olía a sudor viejo y a ropa que llevaba demasiadas noches sin secarse del todo.
—Soy Joe —dijo, inclinándose para que lo oyera—. Joe Cartwright.
Friday levantó la cabeza. En sus ojos apareció una vacilación, seguida de algo que pudo haber sido reconocimiento. Movió la boca sin producir sonido. Después apartó la mirada hacia las alforjas tiradas en la entrada del pasaje.
—Mal sitio… para comprar ganado.
Joe sintió un alivio tan repentino que estuvo a punto de sonreír.
—Empiezo a darme cuenta.
Miró a la mujer.
—Necesito agua.
Ella no se movió. Tenía las manos enrojecidas por el trabajo y una pequeña quemadura junto a la muñeca. Miraba a Steve con una angustia que no se parecía al desprecio.
—No puedo.
Joe creyó haber entendido mal.
—Hay un cubo detrás de usted.
La mujer volvió la cabeza hacia el interior de la cocina. Se oyó una voz masculina que preguntaba con quién estaba hablando. Ella retrocedió, recogió el cubo y cerró la puerta.
Durante unos segundos Joe se quedó mirando las tablas. Steve respiraba contra su hombro, haciendo un esfuerzo doloroso para mantenerse en pie. El agua había estado tan cerca que Joe había visto las pequeñas ondulaciones en la superficie.
—Vamos al hotel —dijo al fin.
—Ya estoy… en el hotel.
—Entonces nos ahorraremos el paseo.
Recogió el sombrero de Steve, lo encajó de cualquier manera bajo el brazo y lo ayudó a avanzar hasta la entrada del pasaje. Para recuperar las alforjas tuvo que apoyar a Friday contra el muro. Steve cerró los ojos, humillado por aquella dependencia. Joe fingió no advertirlo. Conocía ese gesto: lo había visto en hombres mayores, en buenos jinetes derribados por una mala caída, en su propio padre durante alguna enfermedad. No insistió en hablarle hasta que pudieron alcanzar el porche.
Dos hombres sentados junto a la entrada los observaron pasar. Uno retiró los pies para que no tropezaran. El otro giró la silla hacia la calle.
Ninguno se ofreció a ayudar.
Dentro del hotel había una penumbra fresca y olor a cera, café recalentado y tabaco. Joe recibió aquel cambio de temperatura con una gratitud casi física. Detrás del mostrador, el empleado dejó una pluma sobre el libro de registro. Su mirada descendió hasta el brazo de Friday, apoyado sobre los hombros de Joe.
—El señor Friday ya tiene habitación.
—Muy bien. Dígame cuál.
El empleado apretó los labios.
—La del fondo, arriba.
Joe esperó. El hombre miró hacia la escalera y luego hacia las alforjas.
—También necesito una para mí —añadió Joe—. Y alguien que suba una jarra de agua.
—Puede firmar después.
La evasiva empezó a irritarlo. No era la rudeza habitual de un hotel de paso, ni el recelo comprensible ante un forastero armado. Allí había algo más organizado. Lo había sentido en el corral, en la advertencia del muchacho y, sobre todo, en la rapidez con que aquella mujer había escondido el cubo.
—El agua también puede subir ahora —dijo.
Friday le clavó los dedos en el hombro.
—Escaleras, Joe.
Era una petición, aunque hubiera intentado darle forma de orden. Joe miró la cara cenicienta de su amigo y renunció por el momento a discutir. Empezaron a subir. En el sexto peldaño, Steve tuvo que detenerse; en el noveno, la rodilla le cedió. Joe lo sostuvo contra la baranda y sintió el golpe de la culata del revólver ajeno junto a las costillas. Friday aspiró aire entre los dientes. Le temblaban los músculos del cuello.
—Un poco más —murmuró Joe—. El último tramo.
La habitación estaba al final del pasillo, donde el aire apenas circulaba. Tenía una cama estrecha, un lavabo con el esmalte saltado y una cómoda cuyo cajón superior no cerraba bien. La persiana proyectaba franjas de luz sobre una manta arrugada. Había una palangana seca bajo la ventana y un vaso tumbado en el suelo.
Joe ayudó a Steve a sentarse. Antes de que pudiera sostenerlo por la espalda, el enfermo se dejó caer de costado sobre el colchón.
—¿Cuánto llevas así?
Friday no respondió. Tenía los ojos abiertos, fijos en la pared, y tardó varios segundos en entender que Joe estaba intentando quitarle el cinturón.
Lo sujetó por la muñeca.
—Eso se queda.
Joe mantuvo la mano inmóvil. A tan corta distancia pudo ver que Steve tenía una cicatriz fina en el nacimiento del pulgar. No la recordaba. Había otras señales nuevas en él, cosas que la enfermedad no explicaba: una rigidez en la boca, la manera de escuchar incluso cuando parecía a punto de perder el conocimiento.
—Te está lastimando la cadera.
—Se queda.
Joe soltó el cinturón.
—De acuerdo.
Le quitó las botas, dejó el sombrero sobre la cómoda y abrió la persiana unos centímetros más. En el edificio de enfrente había un hombre sentado detrás de una ventana. No se apartó al verlo. Entre sus rodillas descansaba un objeto largo que Joe no alcanzó a distinguir con claridad. Permaneció allí mientras Joe probaba el marco, hinchado y casi imposible de levantar.
Friday volvió a toser.
Al darse vuelta, Joe vio una mancha húmeda extendiéndose sobre la camisa de su amigo. Le tocó la frente y después el cuello. El calor era intenso. Steve cerró los párpados bajo su mano y, durante un breve instante, dejó de resistirse.
—Voy a buscar un médico.
—No gastes el dinero.
—Todavía no he comprado los toros. Me queda algo.
Steve abrió los ojos.
—Siempre tan listo.
Esta vez Joe sí sonrió un poco. Sacó su cantimplora de las alforjas. Quedaba menos de lo que había calculado: unos cuantos tragos entibiados por el viaje. Sostuvo la cabeza de Steve y lo ayudó a beber. El enfermo quiso aferrarse al recipiente, pero Joe lo retiró después del segundo sorbo.
—Despacio. No sabemos cuándo traerán la jarra.
Steve lo miró de una manera que borró la sonrisa de su rostro.
—¿Qué ocurre aquí? —preguntó Joe.
Durante un momento solo se oyó el crujido del colchón bajo el peso del enfermo. En la calle pasó un carro; las ruedas hicieron vibrar suavemente el vidrio de la ventana. Friday se volvió hacia la pared, como si el esfuerzo de aquella conversación fuera superior al que había necesitado para subir.
—Pregúntales a ellos.
Joe dejó la cantimplora en la mesa, a su alcance, y se aseguró de que no pudiera rodar. Luego recogió la taza de hojalata que había conservado sin darse cuenta durante todo el trayecto. Tenía una abolladura junto al borde y un poco de tierra pegada al fondo. La limpió con un extremo del pañuelo, aunque no había agua suficiente para enjuagarla.
—Volveré pronto.
Cuando llegó a la puerta, Steve habló sin mirarlo.
—Joe. Si ves un caballo que te guste, compra el caballo. Si ves un toro, compra el toro. Haz lo que hayas venido a hacer.
Joe permaneció con la mano en el picaporte.
—Ahora mismo he venido a buscarte un médico.
Salió antes de que Friday pudiera discutir.
En el pasillo olía a ropa guardada y madera caliente. Joe cerró con cuidado, comprobó la ubicación de la habitación respecto de la escalera y bajó. Lo hacía sin pensarlo: observar una salida, recordar una ventana, saber dónde había dejado el caballo. Su padre le había enseñado aquellas cosas mucho antes de permitirle viajar solo. Hasta entonces siempre le habían parecido precauciones razonables. En Chiso empezaban a resultar insuficientes.
El empleado del hotel había vuelto a su libro.
Joe apoyó la taza vacía sobre el mostrador.
—El médico.
—Dos edificios después del almacén. Tiene una placa en la puerta.
—Gracias. Mientras tanto, haga subir el agua.
El hombre levantó la vista, pero Joe ya se dirigía a la calle.
El doctor Geis estaba colocando una tira de tela alrededor de la mano de un niño. Su madre esperaba de pie, con el sombrero sujeto contra el vientre, y olía a harina y a un perfume de violetas tan tenue que Joe apenas lo percibió al entrar. Había una mosca atrapada entre el cristal y la cortina. En los estantes se alineaban frascos oscuros con etiquetas escritas a mano, y sobre el escritorio descansaba una naranja partida por la mitad.
Joe se quitó el sombrero y aguardó junto a la puerta. El médico terminó el vendaje, dio unas instrucciones a la madre y le permitió al niño escoger un botón de una caja de lata. El pequeño eligió uno enorme, de latón, que se guardó como si acabaran de entregarle una moneda de oro. Geis lo despidió con una caricia sobre el cabello.
Aquello tranquilizó a Joe. El hombre tenía manos firmes y una voz que sabía apaciguar el miedo. Parecía exactamente la clase de médico que necesitaba Steve.
—¿Un accidente? —preguntó Geis cuando quedaron solos.
—Fiebre. Bastante alta. Casi no puede mantenerse en pie.
El médico se secó las manos en una toalla. Preguntó desde cuándo, si había vómitos, si el enfermo reconocía a las personas y cuánto había bebido. Joe respondió lo mejor que pudo. Al mencionar el hotel, Geis detuvo el movimiento de la mano sobre la toalla.
Fue una pausa pequeña. La suficiente.
—¿Qué habitación?
Joe lo observó.
—La del fondo del piso superior.
El médico dejó la toalla sobre el respaldo de la silla. Había envejecido durante aquellas pocas palabras. Miró el maletín, que ya había abierto, y cerró uno de los compartimentos.
—Puedo darle algo para la fiebre.
—Necesita que lo examine.
—Conozco su estado.
—¿Lo ha visto?
Geis apartó la mirada hacia la naranja. En el silencio, Joe oyó el zumbido de la mosca contra el cristal y la respiración del médico, más corta que antes.
—Lo vi en la calle ayer.
Joe se colocó el sombrero sobre una rodilla. Tenía ganas de levantar la voz. Lo frenó el recuerdo del niño, de aquellas mismas manos ocupándose de una herida pequeña con tanta paciencia. Necesitaba comprender qué podía obligar a un hombre así a dejar enfermo a otro, a menos de cien pasos de su consultorio.
—He tenido que cargarlo por las escaleras. No sé cuánto tiempo lleva sin comer. Apenas le quedaba fuerza para sostener una taza. Usted tiene un maletín y yo puedo ayudarlo a subir. ¿Qué falta?
Geis se pasó dos dedos por el puente de la nariz.
—Usted no vive aquí.
La frase quedó entre ambos con una claridad desagradable. Joe pensó en la mujer de la cocina y en el peón que había bajado la mirada junto al abrevadero. De pronto pudo imaginar la conversación que todos mantenían después de que un desconocido se marchara: quién había hecho qué, quién lo había visto, quién tendría que pagar por ello.
—¿Quién le ha dicho que no vaya? —preguntó.
—Voy a prepararle unos polvos. Puede disolver una dosis en agua y comprobar si la tolera. Si no la vomita, continúe según las indicaciones que escribiré en el sobre.
Joe no recogió el papel que el médico puso sobre la mesa.
—¿Quién?
Geis alzó los ojos. Había vergüenza en ellos, pero también un miedo concreto que hizo contenerse a Joe. Por primera vez desde su llegada, deseó saber cuántos años llevaba aquel hombre en el pueblo, si tenía hijos, si había alguien esperándolo detrás de la puerta del fondo.
El médico acercó el sobre.
—Si lo que quiere es ayudar a su amigo, lléveselo. Ahora.
Joe aceptó la medicina. Pagó sin discutir y escuchó las instrucciones, obligándose a prestar atención. Antes de salir, se detuvo junto a la cortina y la apartó lo suficiente para dejar libre a la mosca. El insecto tardó un momento en encontrar la abertura. Geis lo observó hacerlo desde el escritorio.
—Que no esté solo esta noche —añadió.
Joe dejó caer la cortina.
—¿Por la fiebre?
El médico bajó la cabeza. Joe esperó una respuesta que no llegó y salió al sol.
Frente al hotel, el hombre de la silla había cambiado de postura. Otro, alto y de hombros estrechos, conversaba con él apoyado contra un poste. Joe vio primero las botas, bien cuidadas a pesar del polvo, y después el cinturón colocado más bajo de lo habitual. La culata del revólver estaba despejada. No había nada accidental en la manera de sostener el brazo derecho.
El desconocido dejó de conversar cuando Joe se acercó.
Joe siguió hasta la entrada. Necesitaba agua limpia para la medicina y algo que Steve pudiera comer. No había recorrido ni la mitad del porche cuando el hombre se separó del poste.
—Cartwright.
Se detuvo. No recordaba haberle dado su nombre a nadie salvo a Mercer, al muchacho del corral y al empleado del hotel. En un pueblo de aquel tamaño era suficiente, pero el tono con que lo había pronunciado el desconocido no le gustó.
—¿Nos conocemos?
—Todavía no.
El hombre se acercó hasta quedar a poco más de dos pasos. Tenía los ojos pálidos y una marca junto a la oreja que podía proceder de una quemadura. Su camisa estaba limpia; el cuello, cuidadosamente abotonado. Joe pensó que debía de ser de los pocos hombres del pueblo que no parecían sufrir el calor.
—Jakes —dijo el desconocido.
Joe había oído el apellido. Recordó una conversación en una posta, un hombre señalando una mesa vacía y un relato que los demás habían escuchado sin interrumpir. Entonces el nombre no había significado nada más que una historia desagradable al final de una jornada de viaje. Ahora tenía un rostro y estaba demasiado cerca.
Joe acomodó el sobre de medicina dentro del bolsillo de la camisa.
—¿Qué quiere?
Jakes siguió el movimiento con los ojos.
—Saber si ha encontrado los toros que buscaba.
—Todavía estoy mirando.
—Mercer tiene buenos animales.
—Necesita darles más agua.
La mirada del pistolero se endureció apenas. El hombre sentado dejó de balancear la silla.
—Parece preocupado por el agua.
Joe sintió un leve tirón en la nuca. El sobre de medicina le rozaba la piel a través de la tela húmeda. Durante unos segundos tuvo plena conciencia del lugar donde se encontraba su mano izquierda, del peso del revólver en ese mismo lado y de la distancia que lo separaba del borde del porche. La calle no estaba vacía. Había un carro detenido frente al almacén y una mujer comprando algo en la ventana de una panadería. Cualquiera podía resultar herido si aquel hombre decidía hacer algo estúpido.
—Mi caballo ha tenido una jornada larga —respondió.
Jakes sonrió.
—Al caballo no le faltará nada.
Joe lo sostuvo con la mirada. Fue entonces cuando comprendió que el hombre se estaba divirtiendo: había elegido cuidadosamente cada palabra y esperaba verlo enfurecer. Joe recordó la presión de los dedos de Steve en la escalera. Necesitaba regresar a la habitación. Lo demás podía esperar hasta que su amigo hubiese bebido y tomado la medicina.
—Me alegra oírlo.
Se movió para pasar. Jakes adelantó un pie, sin llegar a cortarle del todo el camino.
—Tiene un buen apellido. Sería una lástima que lo gastara donde no hace falta.
La mención de su familia terminó de borrar la paciencia que Joe había conseguido reunir. Se volvió hacia él, tan cerca que pudo ver una pequeña gota de sudor deslizándose desde la línea del cabello hasta la sien. El hombre sí padecía el calor. Solo había aprendido a disimularlo mejor.
—Mi apellido no necesita que usted lo cuide.
Durante un instante, ninguno se movió. Joe oyó cómo se detenía la silla a su espalda. Jakes inclinó levemente la cabeza, estudiándolo con una atención nueva. Ya no sonreía.
La puerta del hotel se abrió antes de que alguno hablara. El empleado apareció con una bandeja vacía y se quedó inmóvil al verlos. Joe aprovechó aquella interrupción: giró, entró y se apartó del umbral sin precipitarse. Tuvo que controlar el impulso de mirar hacia atrás.
Solo cuando estuvo junto al mostrador soltó el aire que había retenido.
—Necesito un plato de caldo —dijo—. Pan, si tiene. Y la jarra que le pedí.
El empleado dejó la bandeja detrás del mostrador.
—La cocina acaba de cerrar.
Joe miró el reloj de pared. Todavía faltaba un rato para que terminara la hora habitual de la comida. En una mesa del salón contiguo había dos platos servidos y una fuente de carne que soltaba vapor.
—Puedo esperar mientras la abren.
El hombre desvió los ojos hacia la ventana. Jakes permanecía afuera, convertido en una silueta oscura detrás del vidrio. Joe apoyó ambas manos sobre el mostrador y se inclinó un poco, procurando que su voz no llegara al porche.
—Escúcheme. Ahí arriba hay alguien que podría morirse. No le estoy pidiendo que se enfrente a nadie. Entrégueme la jarra y yo me encargo de subirla.
El empleado tenía un pequeño corte en el mentón, reciente, quizá de aquella mañana al afeitarse. Joe se encontró observándolo mientras esperaba. Era más sencillo mirar aquella herida insignificante que ver cómo un hombre adulto decidía si podía permitirse llenar una jarra.
—No sabe en qué se está metiendo —susurró el empleado.
—Entonces dígamelo.
El otro negó con la cabeza. Después sacó una llave y la dejó sobre el libro de registro.
—La habitación contigua está libre. Si la quiere.
Joe miró la llave. Había pedido una cama para él antes de saber todo aquello. Ahora el ofrecimiento parecía tener un significado diferente. El empleado no levantó la mirada.
—La quiero.
Firmó. Pagó por adelantado y llevó sus alforjas al piso superior. Friday seguía en la misma posición, aunque se había apartado la manta con un movimiento impaciente. La cantimplora descansaba sobre su pecho, casi vacía. Al oír entrar a Joe, abrió los ojos y trató de incorporarse.
—Te han hablado.
Joe dejó el sobre en la mesa.
—He conseguido la medicina.
—No te he preguntado eso.
—Y yo te he preguntado qué ocurre aquí.
Steve cerró la boca. Joe sacó una camisa limpia de las alforjas, la dobló y la colocó debajo de su cabeza para que pudiera respirar un poco mejor. El enfermo se dejó ayudar con una docilidad agotada. Bajo la tela, sus hombros parecían más estrechos de lo que Joe recordaba.
—Vi a Jakes —añadió.
Friday desvió los ojos hacia él.
El reconocimiento de ese nombre fue muy distinto del que había mostrado al descubrir a Joe. Se le tensaron los músculos junto a la mandíbula. Después miró el sobre, la cantimplora y, por último, las manos vacías de su amigo.
—No te han dado agua.
Joe dejó de acomodar la camisa.
—La conseguiré.
Steve soltó una risa breve que terminó en tos. Cuando pudo recuperar el aliento, parecía aún más cansado.
—Todavía tienes tiempo de buscar otra ciudad para comprar ganado.
Joe se sentó en el borde de la silla. Necesitaba unos segundos para pensar. Tenía hambre, sed y una irritación que empezaba a volverse peligrosa. En casa, a esa hora, tal vez Hoss estuviera quejándose de que el trabajo de la mañana le había abierto el apetito, como si alguna vez le hubiera hecho falta trabajar para conseguirlo. Ben habría extendido los papeles sobre su escritorio. La imagen fue tan clara que pudo recordar el tacto del respaldo de su sillón y el sonido de una taza apoyada junto a su mano.
Antes de marcharse, su padre le había pedido que no comprara por entusiasmo el primer ejemplar hermoso que viera. Joe había respondido que intentaría limitarse a los feos. Ben lo había mirado por encima de las gafas, resignado y divertido, y le había deseado buen viaje.
Hacía apenas unos días.
Joe se inclinó y apoyó los codos sobre las rodillas.
—¿Por qué Jakes está aquí, Steve?
Friday tardó en contestar. Desde la calle llegaba el ruido de un martillo y, a intervalos, el golpe de una mosca contra la persiana. El enfermo tenía los ojos fijos en la franja más luminosa de la pared.
—Por mí.
—¿Quién lo ha contratado?
—Un hombre que puede pagarlo.
Joe levantó la cabeza, impaciente.
—Necesito algo más que eso.
Steve volvió el rostro hacia él. La fiebre lo había despojado de muchas cosas, pero aún conservaba una forma seca de mirar que Joe nunca le había conocido en la Ponderosa.
—¿Para qué? ¿Para ir a decirle que está obrando mal? ¿Para recordarle que tienes padre, un rancho y gente que vendrá a preguntar por ti?
La crueldad de la pregunta lo sorprendió. Joe se incorporó despacio. Hubiera sido más fácil enfadarse si Steve no hubiera apartado enseguida los ojos, como un hombre arrepentido que carece de fuerzas para pedir disculpas.
Joe recogió la palangana.
—Para saber a quién tengo que mirar cuando salga de esta habitación.
Friday cerró los párpados. Una gota de sudor le atravesó la sien y desapareció junto a la oreja. Joe esperó, sosteniendo la palangana con ambas manos.
—Wyllit —dijo por fin Steve—. Josh Wyllit.
El apellido no le resultaba conocido. Lo repitió en silencio, procurando retenerlo. Steve parecía haberse dormido después de pronunciarlo, pero cuando Joe se movió volvió a hablar.
—Y mira las ventanas.
Joe se detuvo junto a la puerta. Pensó en el hombre sentado al otro lado de la calle y en el objeto largo entre sus rodillas.
—¿Desde cuándo te vigilan?
No obtuvo respuesta. Steve respiraba con esfuerzo, ajeno de pronto a la conversación. Joe dejó la palangana sobre la cómoda y le tocó el hombro.
—Voy a buscar agua. Me quedaré en la habitación de al lado.
Los dedos de Friday se movieron sobre la sábana.
—No hace falta.
Joe recogió la jarra vacía del lavabo.
—Ya la pagué.
Salió con ella, bajó las escaleras y cruzó el salón sin detenerse ante el mostrador. Había visto la bomba junto al corral. Si el hotel no iba a darle agua, podía conseguirla allí. El empleado abrió la boca al verlo pasar, pero Joe siguió andando. Se había cansado de las medias palabras.
En el porche, Jakes ya no estaba.
La ausencia le produjo menos alivio del que habría esperado. Observó la calle: la carreta frente al almacén, la lona sobre la talabartería, los hombres refugiados en las pequeñas franjas de sombra. Luego miró hacia arriba. En la ventana de enfrente, la figura permanecía inmóvil. Esta vez distinguió la carabina.
Joe mantuvo la jarra en la mano derecha y siguió caminando.
Al llegar al extremo del hotel encontró al peón de Mercer descargando unos sacos. El muchacho reconoció el recipiente y se quedó mirándolo. Luego volvió los ojos hacia la ventana, con una rapidez que confirmó lo que Joe empezaba a comprender.
—¿La bomba sigue funcionando? —preguntó.
El joven asintió.
—El señor Mercer dijo que no vuelva a dejarlo entrar en el corral.
Joe miró la cerca. La bomba quedaba fuera, junto a la tina.
—Entonces será una suerte que no necesite entrar.
Llenó la jarra. El primer chorro salió caliente; después el agua adquirió la frescura subterránea que había estado buscando desde que encontró a Steve. La dejó correr sobre sus dedos unos segundos y bebió de la palma. Le dolió la garganta al tragar. Solo entonces advirtió cuánta sed tenía.
El peón seguía junto a los sacos.
—No lo saben todavía —dijo en voz baja.
Joe dejó de bombear.
—¿Qué cosa?
El muchacho miró hacia el corral y después al hotel. Estaba calculando hasta dónde podía hablar. Joe no lo apuró.
—Que la bomba de atrás funciona. El pozo del patio se secó. Por eso traemos de aquí el agua para los animales.
Joe comprendió el favor que acababa de hacerle. Asintió una sola vez, sin darle las gracias en voz alta.
—Vuelve a tu trabajo.
Regresó por el pasaje, protegiendo con el cuerpo la jarra. Cerca de la cocina oyó pasos al otro lado de la puerta. Por debajo apareció un pequeño paquete envuelto en un paño. Joe miró alrededor antes de agacharse. Había dos trozos de pan y una patata cocida, todavía tibia.
No llamó. Se guardó el paquete debajo del brazo y continuó hasta la entrada.
Cuando volvió a la habitación, Friday dormía. Joe dejó el agua sobre la mesa con un cuidado que no había puesto en muchos objetos valiosos. Se quitó la chaqueta, la colgó en el respaldo de la silla y abrió la medicina. Las instrucciones del médico estaban escritas en letra pequeña y regular. Las leyó dos veces. Después llenó la taza, disolvió la dosis indicada y despertó a Steve sosteniéndole suavemente la nuca.
Friday bebió con dificultad. Parte del líquido le corrió por el mentón y Joe lo secó con el pañuelo. Lo ayudó a masticar un poco de patata y esperó a que la tragara antes de darle más. La habitación seguía siendo sofocante, pero había una jarra llena sobre la mesa y algo de alimento en el estómago de su amigo. Por primera vez desde que lo encontró, Joe sintió que había conseguido avanzar.
Steve siguió con los ojos el movimiento de su mano hacia el agua.
—¿A quién has tenido que golpear?
—A nadie.
—Qué decepción.
Joe soltó una risa cansada. Fue breve, pero alivió algo de la dureza que se había instalado entre ambos. Steve cerró los ojos con un resto de aquella expresión en la boca. Un momento después, Joe le puso una compresa húmeda sobre la frente.
Permaneció sentado junto a la cama mientras el calor de la tarde se acumulaba detrás de la persiana. Desde allí podía ver un trozo del pasillo por la puerta entreabierta y, al mover apenas la cabeza, la ventana del edificio de enfrente. No era una buena posición para descansar. Era la mejor que tenía.
Friday habló cuando Joe creyó que ya dormía.
—Te irás mañana.
Joe escurrió el pañuelo sobre la palangana. El agua caía en pequeños golpes limpios.
—Mañana veremos cómo estás.
—El viernes no puedes estar aquí.
Joe dejó de mover las manos. Miró el rostro de su amigo, que había vuelto a quedar inmóvil sobre la camisa doblada.
Era martes.
Al otro lado de la calle, el hombre de la carabina se levantó por fin. Durante unos segundos quedó recortado contra la oscuridad de la ventana; luego desapareció del cuarto. Joe contó los pasos que oyó en una escalera ajena, aunque sabía que desde allí no podía distinguirlos de otros ruidos del pueblo.
Dejó el pañuelo sobre la frente de Steve y acercó su silla un poco más a la puerta.
Todavía quedaban tres días para el viernes.
Continuará
BONANZA: DESPUÉS DE LOS CRÉDITOS
ESTACIÓN LANDON
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