ESTACIÓN LANDON · NOVELA POR ENTREGAS
Bonanza: Después de los créditos
BLACK FRIDAY
El hombre que volvió a casa
CAPÍTULO 2
El precio de quedarse

La primera vez que Steve pronunció el nombre de Dora, Joe creyó que le estaba pidiendo otra cosa. Se inclinó para oírlo mejor, con la compresa todavía suspendida entre los dedos, y vio que el enfermo había vuelto la cara hacia la almohada improvisada. La camisa limpia de Joe estaba oscureciéndose bajo su nuca. Friday movió la boca, quiso incorporarse y se quedó escuchando algo que no parecía proceder de aquella habitación.
—Está en la puerta —murmuró.
Joe miró hacia el pasillo vacío. La luz había cambiado de posición sobre las tablas y el calor empezaba a desprender un olor agrio de la palangana. No había nadie. Cuando volvió a mirar la cama, Steve había cerrado una mano sobre la sábana y estaba tirando de ella para apartarla.
—No hay nadie, Steve. Estás en el hotel.
El enfermo lo miró sin reconocerlo. Tenía los ojos brillantes, la frente mojada, una expresión de esfuerzo tan intensa que Joe sintió que estaba asistiendo a algo que no le correspondía ver. Lo sostuvo por un hombro antes de que intentara levantarse. Friday opuso resistencia durante unos segundos; después soltó el aire y se dejó caer otra vez. La mano que había buscado la sábana quedó abierta sobre el colchón.
Joe recordó a Dora de pie junto al cercado de la Ponderosa, con un vestido azul que el viento apretaba contra sus rodillas. No habría podido decir qué habían hablado aquella tarde ni por qué Steve estaba con ella. Conservaba, en cambio, la imagen de una risa y la forma en que Friday había levantado una mano para quitarle una brizna de hierba del cabello. Era extraño que un gesto tan pequeño sobreviviera con tanta precisión cuando tantas jornadas enteras de aquellos años se habían borrado.
—¿Dónde está Dora? —preguntó con suavidad.
Steve giró la cabeza. Durante un instante pareció entenderlo. Luego un escalofrío le recorrió el cuerpo y Joe dejó la pregunta para otro momento. Cambió la compresa, apartó la manta y se quedó junto a él hasta que la respiración recuperó un ritmo menos inquietante. Había empezado a reconocer los intervalos en que la fiebre lo devolvía a la habitación: primero aflojaba los dedos, después abría los ojos y por último miraba hacia la ventana, como si necesitara comprobar que el hombre de enfrente seguía allí.
Joe también lo comprobó. Había vuelto a sentarse.
La vigilancia resultaba más cansadora de lo que esperaba. Cada sonido reclamaba su atención: el crujido de un tablón, la vajilla que chocaba abajo, una risa en la calle. Nunca tenía la certeza de que pudiera dejar de escuchar. Cuando intentaba acomodarse en la silla, la mano de Steve se movía hacia el revólver y Joe volvía a inclinarse, preparado para sujetarlo si la confusión lo llevaba a hacer algo peligroso.
Al cabo de un rato fue a su habitación y sacó otra camisa. La puerta comunicaba con el mismo pasillo; desde el umbral podía ver la cama de Friday si mantenía abierta la de enfrente. Se lavó la cara con un poco de agua, se cambió y guardó el dinero de la compra en el bolsillo interior de la chaqueta. Al hacerlo se detuvo, con los billetes todavía entre los dedos. Aquella mañana había pensado en llevar a casa dos toros. Ahora estaba calculando cuánto tiempo podía pagar comida y alojamiento para dos hombres sin tocar los fondos de su padre.
Tenía recursos suficientes para varios días. Lo que no tenía era una idea clara de cómo conseguir que se los aceptaran.
Volvió al cuarto de Steve y encontró al empleado del hotel junto a la puerta. Traía una lámpara sin encender y una toalla doblada. Al ver a Joe con la camisa limpia pareció tranquilizarse, como si hubiera temido encontrarlo ya con las alforjas preparadas.
—El señor Wyllit desea hablar con usted.
Joe dejó la chaqueta en el respaldo de la silla.
—Pues ya sabe dónde estoy.
El empleado miró hacia la cama. Steve tenía los ojos cerrados, aunque la tensión de su mandíbula indicaba que estaba escuchando.
—Lo espera abajo para cenar.
Joe advirtió el cuidado con que había sido formulada la invitación. Nada de órdenes, nada de amenazas. Una mesa puesta en el comedor de un hotel y la posibilidad de hablar con el hombre cuyo nombre todos parecían conocer. También una oportunidad de averiguar hasta dónde llegaba su influencia y si existía alguna forma de sacar a Steve del pueblo sin que alguien empezara a disparar.
—Antes iré a ver al sheriff.
El empleado bajó los ojos hacia la toalla.
—Está al final de la calle.
—¿Tiene nombre?
El hombre tardó un momento en comprender que Joe se refería a él.
—Hollis. Me llamo Hollis.
—Señor Hollis, ¿podría quedarse aquí unos minutos? Steve necesita que alguien lo ayude si intenta levantarse.
La petición produjo un efecto visible. Hollis observó la cama, después la ventana y por último la lámpara que llevaba entre las manos. Joe vio cómo se cerraban sus dedos alrededor del asa. Aquel hombre estaba dispuesto a entregar una toalla, incluso a permanecer en el umbral; sentarse junto al enfermo parecía exigirle algo mucho mayor.
—No le estoy pidiendo que lo defienda —añadió Joe—. Solo que no lo deje caer.
Hollis entró. Colocó la lámpara en la cómoda y se quedó de pie junto a la silla. Steve abrió los ojos entonces, despacio.
—Que traiga tabaco cuando vuelva —dijo.
Joe lo miró con una mezcla de alivio y exasperación.
—Lo que te faltaba para la tos.
—Siempre hay algo que falta.
Hollis hizo un movimiento que pudo haber sido una sonrisa. Joe aprovechó ese instante para marcharse antes de que el hombre cambiara de opinión.
La oficina del sheriff estaba en una construcción baja, con el techo de chapa abollado en un extremo. Delante había un banco, un barril y una argolla de hierro empotrada en el poste. El viento levantaba pequeñas espirales de polvo que morían antes de llegar al cruce. Joe pasó junto a un grupo de hombres que discutían el precio del forraje y oyó cómo la conversación se interrumpía apenas lo reconocían.
Dentro de la oficina encontró al sheriff ocupado con una espuela. La tenía apoyada sobre una rodilla y estaba quitando del engranaje una tira de cuero enredada. Era un hombre de unos cincuenta años, de bigote corto y manos grandes. Había una taza de café junto a la ventana y un montón de clavos sobre el escritorio. En el fondo, las puertas de las celdas permanecían abiertas.
—Cartwright —dijo, antes de que Joe se presentara.
Joe se quitó el sombrero.
—Empiezo a pensar que soy el último en enterarme de las cosas.
El sheriff dejó la espuela sobre la mesa. No lo invitó a sentarse, pero tampoco se mostró hostil. Lo observó con la expresión fatigada de quien sabe qué conversación va a tener y ya está cansado de ella.
Joe explicó dónde había encontrado a Friday, el estado en que se hallaba y la negativa de la gente a darle agua. Procuró hablar sin adornar nada. Mencionó la carabina de la ventana y el encuentro con Jakes. A medida que avanzaba, advirtió que el sheriff no se sorprendía ni una sola vez. Se limitaba a mover un clavo con el extremo del índice, separándolo del montón y devolviéndolo luego a su sitio.
—Necesito que vaya al hotel —terminó Joe.
—¿Para detener a quién?
La pregunta lo hizo callar un instante.
—Para que dejen de impedir que un enfermo reciba ayuda.
—Friday puede recibir ayuda. Usted se la está dando.
Joe apoyó el sombrero sobre una silla. Lo hizo con más cuidado del necesario porque estaba empezando a enfadarse otra vez.
—Hay un hombre vigilando su ventana con un rifle.
—Enos Lowe. Tiene una carabina. Y tiene permiso del dueño de ese edificio para estar allí.
—¿Eso le parece una explicación suficiente?
El sheriff se reclinó en la silla. El cuero crujió bajo su peso. A través de la ventana se veía la sombra de una rueda, larga y torcida sobre la calle.
—Lo que me parece es que usted quiere que arreste a la mitad del pueblo por algo que todavía no ha ocurrido.
Joe sintió que una parte del problema acababa de mostrar su forma. Todos estaban esperando. El médico sabía que Steve no debía quedarse solo; el hotelero sabía por qué no podía subir una jarra; el hombre de la ventana sabía a quién vigilar. Y el sheriff necesitaba un disparo para considerar que aquellas cosas podían estar relacionadas.
—Si alguien lo mata desde esa ventana, ¿entonces sí irá?
La cara del sheriff se endureció.
—No permita que su preocupación por un amigo lo vuelva insolente.
Joe bajó la vista un momento. Podía oír a Ben aconsejándole que no desperdiciara una conversación útil por el placer de tener la última palabra. Respiró, recogió el sombrero y volvió a mirar al hombre del escritorio.
—¿Hay alguna orden contra Steve Friday?
—Aquí, ninguna.
—¿Puede salir de Chiso?
—Si puede montar y quiere irse, yo no voy a impedírselo.
Era la primera respuesta concreta que recibía. Joe la conservó con cuidado, aunque algo en la manera de pronunciarla le hizo desconfiar. El sheriff no había dicho que nadie fuera a impedírselo.
—¿Y Wyllit?
El hombre tomó la espuela otra vez, sin llegar a continuar el trabajo.
—El juez puede hablar por sí mismo.
—¿Es juez de este distrito?
—Es un hombre que ha resuelto muchas disputas por estas tierras. Mucho antes de que hubiese una oficina como esta.
Joe miró la estrella prendida en la camisa del sheriff. No parecía estar pidiéndole una explicación sobre un apodo, sino descubriendo quién había conservado la autoridad después de que llegaran las instituciones que debían reemplazarla. Se puso el sombrero y se dirigió a la puerta. Antes de cruzar el umbral se detuvo.
—Si necesito ayuda esta noche, ¿puedo venir a buscarlo?
El sheriff sostuvo su mirada. Por primera vez, el cansancio de su rostro dejó ver algo parecido al malestar.
—Si alguien intenta entrar por la fuerza en esa habitación, venga.
Joe asintió. No era mucho. Se marchó sabiendo, sin embargo, que quizá terminara aferrándose a aquellas palabras antes de que acabara la noche.
Cuando regresó al hotel encontró a Hollis donde lo había dejado. El hombre estaba sentado en el borde de la silla, con las rodillas juntas y las manos entrelazadas. Steve dormía. Sobre la mesa había una segunda toalla, húmeda, y el paño de la frente estaba doblado de una manera diferente.
Joe lo miró. Hollis se levantó enseguida.
—Quería agua. Le di un poco.
—Gracias.
El empleado hizo un gesto incómodo, como si el agradecimiento lo comprometiera más que la ayuda. Se alisó la chaqueta y anunció que el señor Wyllit ya estaba en el comedor. Después salió, dejando la puerta abierta.
Steve esperó a que los pasos se alejaran antes de abrir los ojos.
—Te ha ido bien con el sheriff.
Joe comprendió por el tono que no era una pregunta.
—Dice que no puede impedirte salir.
—Qué generoso.
—Podríamos conseguir una carreta. Montar sería demasiado, pero una carreta con mantas…
Friday lo miró con una atención que detuvo la frase. Hasta ese momento Joe había supuesto que, por debajo del orgullo y de la enfermedad, Steve deseaba salir de allí tanto como él deseaba sacarlo. La expresión de su amigo le hizo comprender que todavía había algo que no había considerado.
—¿Y después? —preguntó Steve.
—Después te verá un médico que se atreva a tocarte.
—Siempre hay un después contigo.
Joe se sentó junto a él. La luz de la tarde le daba ahora a la cara de Friday un color cobrizo. Había ganado algo de lucidez desde que tomó la medicina, aunque el esfuerzo de cada respiración seguía marcándole el pecho bajo la camisa.
—Con los vivos suele haberlo.
Steve volvió los ojos hacia la ventana. Joe vio el movimiento y sintió un desagrado nuevo, más profundo que la irritación. No quería que su amigo se acostumbrara a mirar aquel edificio como si de él debiera llegar una respuesta.
—Voy a hablar con Wyllit —dijo—. No prometas nada mientras estoy abajo.
Friday soltó una respiración que pudo haber sido una risa.
—No creo que vengan a ofrecerme matrimonio.
Joe se levantó. Al acomodarse el cinturón, advirtió que Steve estaba observando el revólver. No con envidia ni con recelo; con una especie de concentración ausente que lo hizo sentirse, por primera vez en su vida, incómodo por llevarlo puesto.
—Enseguida vuelvo.
—Come algo —dijo Friday, cerrando los ojos—. Llevas horas sosteniéndote de mal humor.
Joe bajó con aquella frase todavía en la cabeza. Le había alegrado oírla. Sonaba al hombre de la Ponderosa, al peón que sabía cuándo un muchacho agotado necesitaba un plato de comida antes que otra lección. La alegría duró hasta que entró en el comedor y vio quién lo esperaba.
Josh Wyllit se había instalado en una mesa junto a la pared, de manera que podía ver la escalera sin girar la cabeza. Vestía una levita oscura a pesar del calor, un chaleco de buen paño y una corbata sujeta con un alfiler discreto. Había dejado el sombrero en una silla vacía. Su cabello era gris en las sienes; las uñas, limpias y cortas. Sobre el mantel descansaban dos platos, un cestillo de pan y una botella de vino sin abrir.
Jakes estaba sentado a unos pasos, junto a otra mesa. Tenía una taza entre las manos y parecía interesado en el fondo de ella. Joe comprendió enseguida que había elegido el lugar desde el cual podía ver su costado izquierdo.
—Señor Cartwright —dijo Wyllit, poniéndose de pie—. He sabido que tuvo un viaje largo.
La voz era grave, educada, ligeramente áspera. Joe habría podido imaginarla discutiendo la compra de un terreno con su padre. Aquel parecido involuntario le produjo más desconfianza que el cinturón bajo de Jakes.
—Lo suficiente para necesitar una cena.
—Entonces siéntese. Podemos hablar mientras comemos.
Joe miró la silla que le ofrecían. Si se sentaba, tendría la escalera a su derecha y a Jakes casi detrás. Movió la silla hacia el extremo de la mesa antes de ocuparla. Lo hizo con naturalidad, como si buscara una corriente de aire. Wyllit lo observó sin comentar nada. Jakes dejó la taza sobre el plato.
Una muchacha trajo carne, patatas y judías en una fuente. Joe esperó a que sirvieran al hombre mayor y después empezó a comer. El primer bocado le recordó cuánta hambre tenía. Eso lo irritó un poco: habría querido que el apetito no pudiera coexistir tan fácilmente con lo que estaba sucediendo arriba. Pero tenía el estómago vacío desde la mañana, y Steve había tenido razón. La indignación no iba a sostenerlo toda la noche.
Wyllit dejó pasar unos minutos antes de hablar de ganado. Conocía las edades de los toros de Mercer, sus ascendencias y los precios que estaban pidiendo por ellos. Mencionó otros establecimientos, algunas ventas recientes y una sequía que había obligado a mover varias manadas. Joe respondió con cautela. Las observaciones del hombre eran precisas. Por momentos, habría podido tratarse de cualquier conversación de negocios en el comedor de cualquier hotel.
—Su padre ha sabido hacer crecer una propiedad difícil —dijo Wyllit—. Siempre he respetado eso.
Joe cortó un trozo de carne antes de responder.
—Ha trabajado mucho.
—Imagino que espera lo mismo de sus hijos.
—Suele darnos ocasión de demostrarlo.
Wyllit sonrió apenas. Jakes no se movió. Al fondo del salón, alguien recogió unos cubiertos y el sonido resultó demasiado fuerte en aquella quietud. Joe dejó el cuchillo junto al plato.
—¿Por qué no permite que suban comida a Steve?
La sonrisa desapareció sin violencia del rostro de Wyllit. Se limpió la boca con la servilleta, la dobló y la dejó junto al tenedor. Por primera vez desde que se habían sentado, pareció un hombre de la edad que tenía.
—Antes de responderle, necesito saber cuánto conoce de Steven Friday.
Joe apoyó la espalda en la silla. Había esperado amenazas, condiciones, quizá una explicación sobre deudas. Aquella pregunta lo obligaba a regresar a un pasado que hasta entonces había utilizado como argumento sin examinarlo demasiado.
—Trabajó para nosotros. Era un buen hombre con los animales. Cumplía su palabra.
—Eso debió de ser hace tiempo.
—Hace unos años.
Wyllit miró el plato de Joe. Había quedado una patata cortada a la mitad junto a un pequeño charco de salsa. El gesto no tenía nada de especial, pero Joe sintió de pronto la distancia entre aquella mesa y la cama del piso superior.
—¿Sabe cuántos hombres han muerto desde entonces? —preguntó Wyllit.
Joe había oído historias. Lo mismo que había oído hablar de Jakes en una posta, había escuchado el nombre de Friday asociado a ciudades que no conocía y a duelos narrados por hombres que tampoco habían estado presentes. Nunca había sabido cuánto había de cierto. Durante un tiempo quiso creer que se trataba de otro Friday. Después prefirió no seguir preguntando.
—Sé lo que cuentan.
—Yo enterré a uno de ellos.
Wyllit no levantó la voz. La frase salió con una sencillez que Joe no había previsto. El comedor se volvió más pequeño alrededor de ambos. Incluso Jakes dejó de parecerle, durante unos segundos, el centro del peligro.
—Mi hijo —añadió el hombre—. Billy.
Joe permaneció inmóvil. La mano derecha de Wyllit estaba apoyada sobre la mesa, cerca de la servilleta. Tenía una mancha oscura junto al nudillo, propia de la edad. Joe la miró y pensó, contra su voluntad, en la mano de su padre descansando junto a una taza.
—No lo sabía —dijo.
Wyllit asintió una sola vez, como si aquella respuesta confirmara algo que llevaba rato esperando.
—Entonces quizá sea hora de que escuche antes de decidir a quién quiere proteger.
Wyllit habló de un muchacho que había querido ser hombre demasiado pronto. No lo hizo con facilidad. En algún momento perdió el hilo, volvió sobre una fecha y se quedó mirando el borde de su copa antes de continuar. Billy había tenido dieciocho años, una montura nueva y una facilidad para irritarse que su padre ahora mencionaba con una ternura dolorosa. Una tarde entró en un salón donde estaba Friday. Hubo whisky, palabras, una discusión. Después el hijo de Wyllit quedó tendido junto a una mesa volcada y alguien fue a buscar al padre.
Joe escuchaba sin tocar los cubiertos. Había detalles en aquel relato que nadie debía de haber necesitado contarle al hombre: el polvo sobre la manga del muchacho, una hebilla torcida, el pequeño movimiento de una mano cuando intentaron levantarlo. Otros procedían claramente de conversaciones posteriores, y cada vez que Wyllit llegaba a ellos la voz se volvía más segura, como si hubiera pasado años afilándolos hasta encontrar la forma exacta que debían tener.
Friday había sido rápido. Friday había sabido lo que hacía. Friday había abandonado aquella ciudad por su propio pie.
Billy no.
Joe sintió un peso incómodo en el pecho. Su padre había vivido pérdidas que nunca explicaba por completo. Había aprendido a reconocerlas en el silencio con que Ben escuchaba ciertas noticias, en la manera de quedarse junto a una ventana cuando creía que nadie lo observaba. Durante un instante vio a Wyllit desde ese lugar y sintió compasión. Era posible que Steve hubiera arrancado a aquel hombre algo que ya nunca podría recuperar.
También era posible sentir compasión y seguir viendo a Jakes sentado a pocos pasos.
—¿Se investigó lo ocurrido? —preguntó.
Wyllit tomó la copa, pero no bebió.
—Hubo testigos. Dijeron que mi hijo había sacado el arma.
—¿Y lo hizo?
El hombre dejó la copa sobre el mantel con un cuidado excesivo.
—Mi hijo era un muchacho. Friday llevaba años viviendo de esto.
Joe volvió la cabeza hacia Jakes. El pistolero lo observaba ahora sin disimulo. Tenía el pulgar apoyado en el borde de la taza y una tranquilidad que empezaba a parecer estudiada.
—Usted ha contratado a otro hombre que vive de lo mismo.
Wyllit se inclinó un poco sobre la mesa.
—He contratado al hombre que puede terminarlo.
La frase permitió a Joe comprender por fin la fecha que Steve había mencionado. Miró hacia la escalera, invisible desde el lugar donde se había sentado, y después volvió los ojos al rostro del hombre mayor.
—¿El viernes?
Wyllit asintió.
—Al mediodía.
Joe apoyó las manos sobre sus piernas. Le resultó extraño descubrir que las tenía frías. El comedor seguía caliente y en la ventana había moscas, pero algo se había enfriado dentro de él desde que aquella intención recibió una hora.
—Ahora apenas puede caminar.
—Tiene tres días.
—Necesita esos tres días para seguir vivo.
—Mi hijo no tuvo ni siquiera una noche.
Joe apartó la mirada. Era difícil responder sin parecer indiferente a un muchacho muerto. Wyllit lo sabía. Lo había sentado frente a su dolor antes de mostrarle el precio que quería cobrar por él, y Joe no encontraba una manera limpia de separarlos. Pensó en Steve diciendo un nombre en sueños, en la mujer escondiendo un cubo y en el médico cerrando el maletín. Todos debían de haber escuchado aquella historia.
—No sé cómo ocurrió —dijo al fin—. Voy a hablar con él.
—¿Cree que va a contarle la verdad?
—Creo que tengo que escucharlo.
Wyllit permaneció callado. Más allá de la ventana empezaban a encender las primeras lámparas. La luz del día aún alcanzaba para distinguir las caras en el porche, pero el interior del comedor se había vuelto pardo y pesado. La muchacha que los había servido pasó junto a la puerta, vio que no habían terminado y retrocedió hacia la cocina.
El hombre mayor recogió la servilleta y la dejó sobre la mesa.
—Tengo dos animales que podrían interesarle. Mejores que los de Mercer. Puede verlos mañana por la mañana. Después, si quiere, quedarse unos días en mi propiedad para hacer los arreglos del traslado. Estará cómodo.
Joe lo miró. Ahora comprendía por qué la cena había empezado con una conversación tan precisa sobre ganado. No se trataba solo de averiguar cuánto sabía un visitante. Wyllit había preparado una salida en la que pudiera conservar la cortesía, cumplir el encargo de su padre y alejarse del hotel sin tener que llamarlo abandono.
Durante un instante la vio entera: un cuarto limpio, peones que atendieran a Cochise, una mañana ocupada en examinar buenos animales. A varios kilómetros de allí, la vida podía continuar con una normalidad que parecía casi indecente.
—¿Hay lugar para un enfermo? —preguntó.
Wyllit lo observó largamente.
—La invitación es para usted.
Joe asintió. Sacó dinero y lo dejó junto a su plato.
—La cena ha sido buena.
—Es mi invitado.
—Prefiero pagarla.
Se puso de pie. No hizo ningún movimiento hacia el revólver ni miró de nuevo a Jakes. Tenía la impresión de que, si le concedía una sola parte de su atención, el pistolero encontraría cómo apropiarse de toda la conversación. Recogió el pan que había quedado en su plato y lo envolvió en la servilleta.
Wyllit siguió el gesto con los ojos.
—No confunda un recuerdo con el hombre que está arriba, señor Cartwright.
Joe ajustó la tela alrededor del pan. Había oído una advertencia parecida muchas veces: sobre empleados, sobre hombres que pedían trabajo, sobre desconocidos que un día habían llegado a la Ponderosa sin otra cosa que una historia. A veces había tenido razón quien advertía. Algunas personas hacían daño incluso a quienes intentaban ayudarlas. Eso no volvía razonable lo que Wyllit estaba preparando.
—Voy a necesitar caldo —respondió—. Dígale a su gente cuánto tengo que pagar para que no finjan que se ha terminado.
El rostro de Wyllit cambió. Fue apenas una rigidez alrededor de los ojos, pero Joe supo que había perdido la última posibilidad de ser considerado un visitante confundido.
—Yo no obligo a nadie a servir en su mesa.
—Entonces quizá les venga bien oírselo decir.
Salió del comedor con el pan debajo del brazo. Al llegar a la escalera advirtió que tenía el estómago encogido alrededor de la comida. No era miedo a Jakes, o no solamente. Había escuchado a un padre hablar de su hijo muerto y se había sentido cerca de comprenderlo. Aquello hacía más difícil recordar que el hombre acababa de señalar una hora para matar a otro.
En el primer peldaño se detuvo. Necesitaba ver a Cochise, comprobar que tenía agua y que la montura seguía donde la había dejado. También necesitaba aire que no hubiera respirado antes alguien vigilándolo.
Subió primero a dejar el pan. Friday dormitaba con la boca entreabierta y una mano descansando cerca del cinturón. Joe le cambió la compresa, dejó una taza de agua al alcance de sus dedos y le dijo que regresaría en pocos minutos. Steve hizo un movimiento vago con la cabeza. No parecía haberlo entendido del todo.
La caballeriza estaba más fresca que la calle. Olía a heno, cuero y animales cansados. Desde algún punto del patio llegaba el sonido de un cubo arrastrado sobre piedra. Cochise levantó la cabeza en cuanto reconoció sus pasos y soltó un resoplido bajo. Joe apoyó la frente un instante contra el costado de su cuello antes de revisar el pesebre. Encontró avena y agua suficiente. La montura descansaba sobre un caballete, bien acomodada.
El alivio le aflojó un poco los hombros. Pasó la mano por el lomo del caballo, buscó alguna rozadura bajo la crin y se quedó allí, respirando el olor conocido de su piel. Por primera vez desde el mediodía no tenía a nadie reclamándole una respuesta. Cochise volvió la cabeza para olfatearle el bolsillo, convencido de que aquel rato de atención debía de esconder una recompensa.
—Hoy tendrás que conformarte conmigo —murmuró Joe.
El caballo insistió. Joe sonrió y le rascó el lugar donde nacía la crin.
—Sí, ya sé. Es una oferta bastante pobre.
Oyó pasos detrás de él antes de ver al hombre. Venía desde el patio, con la carabina apoyada contra un hombro. Tenía el cabello oscuro salpicado de gris y un chaleco que le quedaba ancho sobre el pecho. Al reconocer la forma de la cabeza, Joe supo quién era. Había pasado buena parte de la tarde observándolo a través de una ventana.
Enos Lowe se detuvo junto al extremo del pesebre.
—Su caballo está bien.
—Lo veo.
Joe retiró despacio la mano del cuello de Cochise. El animal percibió el cambio y levantó las orejas. Enos bajó la carabina hasta sostenerla delante del cuerpo, con el cañón hacia el suelo. No apuntaba, pero la había colocado donde podía utilizarla sin necesidad de cambiar de postura.
—Para eso le pagan al hombre del establo —añadió—. Puede dejarlo hacer su trabajo.
Joe miró hacia la entrada. El caballerizo estaba en el umbral del patio, inmóvil, con un manojo de paja entre los dedos. Había oído lo suficiente para saber que aquella conversación no trataba del caballo.
—Solo estoy comprobando cómo está.
Enos dio un paso más. Olía a tabaco fuerte y a una pomada que debía de haberse puesto en las manos. Sus ojos descendieron hasta el cinturón de Joe y volvieron a su cara.
—Por aquí cuidamos bien a los animales. Los animales no eligen con quién andan.
Joe sintió el cansancio de toda la tarde acumulándose detrás de los ojos. Podía responder, enfadarse, decirle lo que pensaba de un hombre que vigilaba a un enfermo desde una ventana. Nada de eso iba a servirle a Steve. Dio una palmada suave en el cuello de Cochise y se volvió para salir.
Enos se movió hacia el pasillo.
—Yo tenía un hermano.
Joe se detuvo. La manera en que lo dijo le hizo recordar inmediatamente la mesa del comedor. Sin embargo, allí no había mantel ni servilletas dobladas. El hombre estaba demasiado cerca de su caballo y sujetaba la carabina con ambas manos.
—Se llamaba Daniel —continuó Enos—. Cuando Friday lo mató, llevaba más de un día sin dormir. Ni siquiera le dio tiempo a entender lo que estaba pasando.
Joe sostuvo su mirada. No sabía nada de Daniel Lowe. De pronto le pareció que el pueblo entero contenía muertos cuyos nombres solo iba a conocer cuando alguien quisiera utilizarlos contra él.
—Siento lo de su hermano.
La cara de Enos se contrajo.
—No lo siente lo suficiente para quedarse quieto.
Joe vio elevarse la carabina y retrocedió antes de pensar. La culata pasó junto a su hombro y golpeó el poste del pesebre con un ruido seco. Cochise se apartó bruscamente. El pasillo era estrecho; si Joe retrocedía hacia el animal, podía acabar contra la pared o debajo de sus patas. Se movió hacia Enos, atrapó la madera de la carabina con la mano derecha y empujó el cañón hacia arriba.
El hombre respondió con un golpe de codo que lo alcanzó en las costillas. Joe perdió aire. Sintió el mismo punto dolorido que había recibido el roce del arma de Steve en la escalera, ahora convertido en una punzada que le atravesó el costado. Aferró con más fuerza la carabina para impedir que Enos volviera a levantarla y le asestó un golpe corto con la izquierda.
No hubo nada limpio en la pelea. Las botas resbalaron sobre la paja, el poste le raspó la muñeca y alguien gritó desde el patio. Enos trató de recuperar el arma tirando de ella con todo su peso. Joe dejó de oponer resistencia de golpe y lo empujó en la misma dirección. El hombre chocó contra el caballete de la montura. El cuero cayó al suelo y Cochise relinchó detrás de ellos.
Joe consiguió arrancarle la carabina de las manos. Retrocedió, respirando con dificultad, y la sostuvo atravesada delante del pecho.
—Basta.
Enos se incorporó llevándose una mano a la boca. Tenía sangre en el labio y una furia que el golpe había vuelto menos controlable. Joe desplazó el peso hacia la pierna de atrás. No quería disparar. Tampoco iba a dejar que aquel hombre recuperara el arma mientras siguiera mirándolo de aquella manera.
El chasquido del revólver llegó desde la entrada.
Jakes estaba bajo el dintel, con el arma dirigida hacia el abdomen de Joe. Había dejado el sombrero lo bastante alto para que la luz del exterior le iluminara los ojos. Detrás de él, el caballerizo se apartó del umbral hasta desaparecer junto a la pared.
—Deje eso en el suelo, Cartwright.
Joe no se movió. Le dolía respirar hondo y la muñeca derecha había empezado a arder. Miró a Jakes, después a Enos. El hombre esperaba, inclinado hacia delante, preparado para aprovechar cualquier distracción.
—Si la dejo, él se aparta.
Jakes observó a Enos con una impaciencia desagradable.
—Apártate.
—Ha estado llevando agua…
—Te he dicho que te apartes.
Enos retrocedió un paso. Joe mantuvo el cañón dirigido hacia el techo mientras bajaba la carabina. La apoyó sobre una bala de heno y retiró las manos despacio. Jakes siguió cada movimiento. Cuando Joe quedó erguido, el pistolero miró la sangre que le corría desde la muñeca hasta los dedos.
—No ha venido a comprar ganado de la forma más tranquila.
Joe dejó pasar un segundo antes de responder. Necesitaba aire y sabía que Jakes lo estaba notando.
—Su amigo puede contarle cómo ha empezado.
Enos hizo un ademán de avanzar, pero Jakes desplazó apenas el revólver. Bastó para detenerlo. Durante aquel movimiento Joe vio algo que le desagradó más que el arma: el pistolero estaba de mal humor porque el ataque había sido torpe. No había indignación en su cara, ni sorpresa, ni preocupación por el hombre que sangraba junto al pesebre.
Jakes se apartó lo justo para dejar libre un lado de la puerta.
—Vuelva al hotel.
Joe miró la montura caída. Cochise seguía inquieto, moviendo la cabeza por encima del separador. Dejarlo así le resultaba casi insoportable, pero sabía que agacharse con aquel revólver apuntándolo podía convertir una pelea en algo peor.
—Levante la silla —le dijo al caballerizo—. Y revise que no se haya lastimado.
El hombre asintió desde la pared. Joe pasó junto a Jakes sin rozarlo. La calle le recibió el rostro con un aire que seguía caliente, aunque ya había perdido el resplandor de la tarde. Caminó despacio hasta el hotel. No quiso concederles la satisfacción de verlo sujetarse el costado.
Solo al llegar a la escalera apoyó una mano en la baranda y se detuvo a recuperar el aliento.
Hollis estaba detrás del mostrador. Miró su muñeca, la camisa manchada y después la puerta de entrada. No preguntó nada. Sacó una toalla limpia de un estante y se la ofreció cuando Joe pasó.
—Gracias —murmuró Joe.
En el piso superior se encerró primero en su cuarto. Dejó correr un poco de agua sobre el raspón, retiró dos astillas pequeñas y se envolvió la muñeca con una tira arrancada del borde de una camisa vieja que llevaba para el camino. No parecía profundo. El costado era peor: al levantarse la tela vio una mancha que empezaba a oscurecerse sobre las costillas. Presionó con cuidado. El dolor le cortó la respiración, pero no sintió nada que se moviera de manera extraña.
Se quedó unos segundos junto al lavabo. La pelea había sido breve; su cuerpo, sin embargo, parecía recordarla entera. Le temblaban los dedos, tenía sed otra vez y una pulsación incómoda en la sien. Miró el reflejo deformado de su rostro en el pequeño espejo. No parecía un hombre que hubiera llegado esa mañana para comprar toros.
Al otro lado de la pared, Steve tosió.
Joe bajó la camisa, se lavó la sangre de los dedos y fue a verlo.
Friday estaba despierto. Lo observó entrar, siguió con la mirada el vendaje improvisado y levantó lentamente los ojos hasta su rostro. Joe dejó la toalla sobre el lavabo y buscó la taza.
—¿Puedes beber un poco más?
—¿Quién?
Joe vaciló.
—Enos Lowe.
Steve cerró los ojos. El movimiento de su garganta fue casi imperceptible, pero Joe lo vio.
—¿Por qué no me lo has dicho? —preguntó.
—¿Qué cosa? ¿La cantidad de gente que quiere verme muerto?
—Que también iban a intentarlo conmigo.
Friday volvió el rostro hacia la ventana. Joe dejó la taza con más fuerza de la necesaria. El agua tembló junto al borde.
—Mírame, Steve.
Tardó en hacerlo. Cuando por fin se volvió, parecía más agotado que antes de la fiebre. Joe se quedó de pie junto a la cama, sintiendo el latido de las costillas cada vez que respiraba.
—Me has dejado bajar sin decirme nada.
—Te he dicho que te fueras.
—Y sabías que no iba a hacerlo.
Steve guardó silencio. Era una respuesta suficiente, aunque Joe hubiera preferido que discutiera. Miró la mano apoyada junto al revólver y recordó la manera en que su amigo había observado su propia arma antes de la cena.
—Wyllit me ha hablado de Billy.
Friday apartó los ojos. Joe sintió que había llegado a la pregunta que llevaba toda la tarde evitando.
—Necesito saber qué pasó.
Por un momento creyó que Steve iba a contárselo. El enfermo se humedeció los labios, acomodó un hombro contra la almohada y aspiró aire. Pero la tos llegó antes que las palabras. Se dobló sobre sí mismo con una violencia que le arrebató el poco color que le quedaba. Joe se inclinó para sostenerlo y la punzada del costado lo obligó a apretar los dientes. Aun así, mantuvo una mano detrás de su espalda y acercó la palangana con la otra.
Cuando terminó, ambos estaban sudando. Joe lo ayudó a recostarse y se quedó un momento con la palma apoyada sobre su hombro, esperando que el pecho dejara de moverse de aquella manera.
—Después —dijo al fin—. Me lo contarás después.
Friday abrió los ojos. Había algo en ellos que Joe no supo nombrar. Agradecimiento, quizá, mezclado con una vergüenza demasiado antigua para pertenecer solo a aquella noche.
—Dora decía lo mismo —susurró—. Que después hablaríamos.
Joe no insistió. Le acomodó la camisa bajo la cabeza, humedeció la compresa y descubrió que la jarra había quedado por debajo de la mitad. Le alcanzaría para varias tomas si tenía cuidado. Para lavar la palangana, no. Miró el recipiente vacío del lavabo y empezó a ordenar las cosas con la atención severa que habría dedicado a unas provisiones en mitad del desierto.
Mientras estaba ocupado, oyó detenerse unos pasos en el pasillo.
Joe se volvió, con la mano izquierda libre junto al cinturón.
Era Hollis. Traía una bandeja con una taza de caldo y una cuchara. La sostuvo durante unos segundos sin cruzar el umbral, como si necesitara que Joe la recibiera para terminar de creer que la había llevado hasta allí.
—El señor Wyllit dijo que la cocina podía servirlo —murmuró.
Joe dejó la compresa sobre el borde de la palangana. De pronto volvió a ver la mesa, la carne cortada, el hombre mayor escuchándolo preguntar por el precio de un plato de sopa. Miró hacia la escalera detrás de Hollis. No había nadie más.
—¿Cuánto debo?
El empleado negó con la cabeza.
—Está pagado.
Joe recibió la bandeja. El caldo olía a cebolla y a huesos cocidos; había una película de grasa sobre la superficie. Steve lo miraba desde la cama con la expresión cerrada de quien comprende un lenguaje que el otro apenas está empezando a aprender.
Hollis se quedó un momento más.
—Dice que por la mañana le tendrá preparado un caballo para ir a ver los animales. Si decide aceptar.
Joe sintió una fatiga que no procedía de la pelea. Hasta aquella taza había sido utilizada para abrir una negociación. Bajó la mirada al caldo, calculó cuánto podría tolerar Steve y dejó la bandeja sobre la mesa.
—Dígale que mi caballo está en la caballeriza.
Hollis no preguntó si aquello era una aceptación o una negativa. Se limitó a asentir y cerró la puerta al marcharse.
Joe acercó la silla. Friday consiguió tomar varias cucharadas, con pausas entre una y otra. No hablaron de Wyllit. Joe advirtió que, después de cada trago, su amigo dejaba descansar la cabeza como si comer exigiera una fuerza que debía reunir de nuevo. Al terminar, tenía los párpados pesados. Joe apartó la bandeja y le aflojó un poco la manta alrededor de los pies.
La lámpara encendida convirtió el vidrio de la ventana en un rectángulo oscuro. Ya no podía ver al vigilante del edificio de enfrente. En cambio, comprendió que desde allí debían de distinguirse sus movimientos con mucha más claridad que durante el día. Se levantó, corrió la cómoda unos centímetros y trasladó la lámpara hacia el rincón más protegido del cuarto.
Steve lo observó sin decir nada.
Después Joe probó el marco de la ventana otra vez. Seguía atascado, aunque consiguió abrir un resquicio suficiente para dejar pasar algo de aire. Con la puerta cerrada, la habitación olía a caldo, sudor y medicina. Su propia cama lo esperaba a pocos pasos, limpia, pagada, inútil por el momento.
Se sentó junto a Friday y apoyó con cuidado el brazo derecho sobre una rodilla. El vendaje le apretaba un poco. Aflojó el nudo con los dientes y volvió a acomodarlo, procurando no despertar al enfermo.
—No me des la espalda cuando tenga fiebre —dijo Steve de pronto.
Joe levantó los ojos.
Su amigo estaba mirando el cinturón que no había permitido que le quitaran. Durante unos segundos, la advertencia del médico, las frases incompletas de la tarde y los movimientos de Steve en sueños se reunieron dentro de Joe con una claridad que le hizo olvidar el dolor del costado.
Se inclinó despacio.
—Puedo dejar el arma aquí, sobre la cómoda.
Friday negó con la cabeza. Los dedos se cerraron alrededor de la culata antes de que Joe terminara la frase.
Joe se quedó inmóvil. Vio la mano temblorosa, las uñas hundidas en la madera, el esfuerzo que estaba haciendo Steve para mantener los ojos abiertos. No intentó tocarlo. Al cabo de un momento volvió a apoyar la espalda en la silla, de frente a la cama.
—De acuerdo —dijo—. Estoy aquí.
Friday lo miró un instante. Luego cerró los ojos sin soltar el revólver.
Joe permaneció despierto, escuchando la respiración del hombre al que había decidido salvar y los pasos que, cada tanto, se detenían al otro lado de la puerta.
Continuará
BONANZA: DESPUÉS DE LOS CRÉDITOS
ESTACIÓN LANDON
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