ESTACIÓN LANDON · NOVELA POR ENTREGAS
Bonanza: Después de los créditos
BLACK FRIDAY
El hombre que volvió a casa
CAPÍTULO 8
La distancia hasta casa

La lluvia en Chiso
La lluvia empezó el sábado por la tarde, cuando Joe había dejado de esperarla. Primero fueron unas manchas oscuras sobre el polvo del patio; después, el ruido lento de las gotas contra las tejas, cada vez más próximo. Hollis salió a recoger una cuerda de ropa y Rudd cubrió la carreta con una lona. Dentro del cuarto, Steve volvió la cabeza hacia la ventana abierta y respiró el olor de la tierra mojada con una atención que Joe no le había visto poner en nada desde que despertara.
Joe se levantó para cerrar un poco la hoja. El costado le dolió al estirar el brazo, pero ya conocía el límite y pudo detenerse antes de que la punzada se apoderara de toda la respiración. Dejó una abertura estrecha. Entraba aire fresco sin que las gotas alcanzaran la cama.
—En la Ponderosa empieza de otra manera —dijo Steve.
Joe lo miró. Su amigo tenía la vista puesta en el cobertizo.
—¿La lluvia?
—Se oye antes en los árboles.
Joe apoyó la mano en el alféizar. Reconoció enseguida aquel rumor: el agua avanzando por las agujas de los pinos antes de llegar al techo, el suelo oscureciéndose alrededor de los troncos. Le sorprendió que Steve lo recordara. Había pensado tanto en lo que su amigo había dejado atrás que casi había olvidado que podía conservarlo dentro.
Se sentó de nuevo. Durante unos minutos hablaron del rancho sin hablar de regresar. Steve recordó un novillo que derribaba cercas por el mismo sitio y Hoss empeñado en que el animal tenía más memoria que algunos peones. Joe se rio con cuidado. La risa le dolió, pero pudo terminarla.
La mujer de la cocina apareció con una lámpara. Al descubrir que estaban conversando, la dejó en el cajón y se retiró sin preguntar cómo se encontraban. Joe agradeció aquella pequeña libertad. A veces necesitaba que alguien lo mirara sin empezar por las vendas.
Steve se cansó pronto. Las palabras fueron separándose hasta que dejó de buscarlas. Joe permaneció a su lado, oyendo la lluvia, y comprendió que por primera vez desde el martes no estaba midiendo el tiempo que podía faltar para que alguien llegara a matarlo.
Aquella tranquilidad no alcanzó hasta la noche. Al cerrar los ojos vio otra vez a Jakes, pero el sueño cambió antes de llegar al disparo: la mano debajo del chaleco se convirtió en la de Steve buscando la culata. Joe despertó con el brazo izquierdo extendido y un dolor violento en las costillas. Estaba solo en la cama del cuarto vecino. No había sacado ningún revólver. Tardó un rato en conseguir que el cuerpo aceptara aquella diferencia.
Se quedó sentado hasta que oyó a Geis hablar con Hollis. Después se acostó otra vez. No pidió nada. Todavía le parecía que necesitar ayuda para dormir pertenecía a un territorio que no tenía derecho a ocupar mientras Steve siguiera herido.
La respuesta de Ben
El domingo trajo un cielo claro y la respuesta de Ben. Hollis le entregó el aviso cuando Joe terminaba de desayunar. Había pan tostado, huevos y una taza de café que había tenido que dejar enfriar para poder sostenerla sin hacer fuerza con el brazo derecho.
Ben no se preocupaba por la compra. Le pedía noticias de Steve y le recordaba que también debía cuidarse él. Había añadido que Hoss seguía dispuesto a recibir cualquier toro que no intentara comerse las cercas. Joe reconoció la mano de su hermano en aquella última parte y se quedó mirando el papel mientras la tostada se enfriaba.
Era una respuesta a lo que había contado. Nada más. Su padre no podía descubrir por sí solo la manga ensangrentada, el golpe en el arroyo ni un hombre muriendo sobre los tablones. La claridad de aquel hecho le produjo una soledad inesperada. Se había acostumbrado a pensar en Ben como en alguien que siempre sabría dónde buscarlo. Ahora comprendía cuánto dependía eso de permitirle saber algo.
Guardó el aviso entre sus cosas. No preparó otra respuesta.
Rudd llegó con una propuesta que le dio una tarea concreta. Había hablado con su mujer. Podían recibir a Steve durante la recuperación si Geis consideraba seguro el traslado. Tenían un cuarto bajo, con ventana al corral, y sitio suficiente para que el médico se quedara una noche. No habría escalones que subir ni hombres esperando debajo de la ventana.
Joe dejó la taza.
—Usted ofreció unas horas.
—Eso fue lo que me pidió entonces.
Rudd se sentó frente a él y extendió las manos sobre la mesa. Había limpiado la tierra de las uñas antes de entrar. El detalle, pequeño y doméstico, hizo que Joe imaginara de golpe la casa que había visitado el jueves: la mesa de madera, el olor del café, la mujer acercando un plato sin preguntarle primero a quién pretendía ayudar.
—No sabe cuánto tardará —dijo Joe.
—Geis tampoco. Por eso no he empezado a contarle los días.
Joe permaneció callado. Quería aceptar tan deprisa que le resultó difícil no desconfiar de su propio alivio. Durante días había construido la salida alrededor de la obligación de estar allí. Rudd le estaba mostrando una posibilidad en la que Steve seguía acompañado aunque él tomara otro camino.
Hablaron del viaje, de los animales y del precio de las provisiones. Joe insistió en contribuir y Rudd aceptó una cantidad para comida y mantas sin transformar la conversación en una competencia de generosidad. Después quedaron en consultarlo con Steve. La decisión también tenía que pertenecerle al hombre que iba a ocupar la cama.
Friday escuchó la propuesta sentado contra las almohadas. La fiebre había bajado, aunque el esfuerzo de mantenerse incorporado le oscurecía la piel junto a los ojos. Miró a Rudd, luego a Joe.
—No tengo mucho con qué pagarle.
—Ahora no está en condiciones de hacer otra cosa —respondió Rudd—. Cuando mejore ya veremos si recuerda cómo se cuida un caballo.
Steve bajó la vista hacia el brazo sujeto al pecho. Joe temió que la oferta de trabajo le sonara a una forma amable de recordarle lo que ya no podía hacer. Pero su amigo levantó los ojos y preguntó cuántos animales tenían.
Rudd empezó a enumerarlos. No lo hizo como quien distrae a un enfermo, sino con la precisión de alguien que llevaba semanas preocupado por un potro que no aceptaba el bocado. Steve lo escuchó hasta el final. Cuando dijo que quizá estuvieran empezando demasiado pronto con el hierro, Joe vio al comerciante fruncir el ceño y defender su criterio.
La discusión duró apenas unos minutos. A Joe le produjo más alivio que cualquier promesa. Habían encontrado algo sobre lo que podían discrepar sin que un revólver tuviera que resolverlo.
Geis aceptó valorar el traslado para el martes, si la noche siguiente no traía cambios. Iría con ellos. Permanecería en casa de Rudd hasta comprobar que el camino no había hecho daño y dejaría instrucciones a su mujer. Joe escuchó todo aquello sin discutir el día. Dos jornadas antes habría considerado insoportable cualquier demora. Ahora el martes tenía por primera vez la forma de un plan.
La llegada del magistrado
El magistrado llegó el lunes en un coche cubierto que salpicó de barro la entrada del almacén. Era un hombre delgado, con la barba recortada y una manera lenta de quitarse los guantes. No llevaba el aire de alguien dispuesto a corregir al pueblo desde el primer escalón. Pidió un cuarto tranquilo, agua y que reunieran las declaraciones tomadas hasta entonces.
Wyllit no se acercó a dirigirlo. Joe lo vio cruzar la calle y quedarse junto a la oficina, esperando como los demás. Aquello no le produjo satisfacción. Había vivido demasiadas cosas deseando que ese hombre dejara de tener poder para alegrarse de verlo reducido a una espera.
Escucharon primero al sheriff y a Kessler. Después llamaron a Hollis. Joe aguardó sentado junto a la ventana del hotel, con la chaqueta sobre las piernas. Era la primera vez que se vestía para salir sin que alguien necesitara acomodarle la manga. Lo había conseguido despacio, deteniéndose cuando el brazo tiraba demasiado del vendaje.
Cuando llegó su turno, Rudd lo acompañó hasta la oficina. Berry estaba sentado al otro lado del escritorio, sin cinturón. Tenía el pelo recién peinado y una marca roja sobre la muñeca donde se había frotado la piel. Levantó la cabeza al verlo y después miró la forma en que Joe protegía el costado al sentarse.
Joe dejó el sombrero sobre sus rodillas. No quería que aquel hombre supiera cuánto le había costado cruzar la calle.
El magistrado le preguntó su nombre, dónde vivía y si necesitaba descansar antes de comenzar. Joe dio la dirección de la Ponderosa y negó con la cabeza. Berry permaneció inmóvil, pero la atención de sus ojos cambió apenas al escuchar el nombre del rancho.
Las preguntas no siguieron el orden de sus recuerdos. Volvieron varias veces a la distancia entre ambos hombres, a la mano de Steve y a la posición de Joe cuando se produjo el disparo. Joe respondió lo que sabía y dijo que no estaba seguro cuando no lo estaba. Le resultó más difícil delante de Berry. Había una parte de él que quería obligarlo a bajar los ojos, y para hacerlo habría necesitado una historia más sencilla que la verdad.
—Friday sabía que el arma estaba descargada —dijo el magistrado—. ¿Usted lo sabía antes de verlo caer?
—No.
—¿Tiene alguna razón para afirmar que Berry lo supiera?
Joe sintió la presión del sombrero contra sus dedos.
—No puedo afirmarlo.
Berry se movió en la silla. El magistrado levantó una mano antes de que hablara y volvió a preguntar por el momento posterior al disparo. Joe describió el cañón bajando hacia ellos, la manera en que sacó arrodillado y la llegada de Kessler. No intentó decir qué habría sucedido si no hubieran estado allí. El hombre del otro lado del escritorio habría encontrado demasiado fácil discutir una muerte que todavía no había conseguido.
Cuando terminaron, Berry pidió hablar.
—Yo vi a Friday sacar. Cualquiera que lo conociera habría hecho lo mismo.
Joe levantó la vista.
—Yo lo conocía.
El joven lo miró. Durante un instante pareció a punto de sonreír, pero debió de encontrar algo en su cara que no le sirvió para hacerlo.
—Usted estaba a su lado.
—Y traté de impedir que sacara.
El magistrado los interrumpió antes de que la conversación se convirtiera en otra cosa. Joe apoyó la espalda en la silla. Tenía el pulso demasiado alto para la quietud de la habitación y necesitó fijar la vista en un tornillo del escritorio hasta poder volver a escuchar.
Le pidieron que esperara fuera. Rudd no hizo ninguna pregunta al verlo salir. Lo condujo hasta la sombra y permaneció a su lado mientras la calle recuperaba sus ruidos habituales. Alguien estaba remendando una correa cerca del establo. El sonido de la lezna contra el cuero recordó a Joe el primer encuentro con Berry y le produjo una aversión tan súbita que tuvo que mirar hacia otro sitio.
Por la tarde escucharon a Steve en su habitación. Geis permitió la visita después de dejar claro cuánto tiempo podía durar. Joe aguardó en el patio, junto a la carreta, oyendo sin distinguirlas las voces que llegaban por la ventana. No quiso acercarse. Había cosas que su amigo debía decir sin tener que mirar primero su cara para decidir si podía soportarlas.
Hollis salió antes que el magistrado. Se quedó junto al brocal del pozo y se lavó unas manchas de tinta en los dedos. Había repetido lo que Berry gritó desde el porche. Wyllit también declaró que el joven sabía, desde primera hora del viernes, que ya no habría ningún encargo suyo.
—No tenía por qué quedarse esperándolo —dijo Hollis.
Joe miró la ventana.
—Quería verlo salir.
No necesitó añadir para qué. El agua corrió por las manos de Hollis y cayó al cubo con un sonido sereno que hizo más desagradable el recuerdo.
La decisión llegó cuando las sombras empezaban a alargarse sobre la calle. El asunto seguiría adelante y habría una audiencia posterior, con las declaraciones reunidas y la evolución de la herida de Friday. Berry podría esperar en libertad si depositaba la fianza exigida y comparecía cuando lo llamaran. El magistrado le advirtió que cualquier presión sobre quienes habían declarado sería un hecho nuevo del que tendría que responder.
Joe recibió la noticia dentro de la oficina. Miró al sheriff, que no parecía satisfecho ni sorprendido. El hombre le sostuvo la mirada sin buscar una explicación que la hiciera menos incómoda.
—No ha terminado —dijo.
Joe lo sabía. Lo difícil era aceptar que tampoco había una puerta cerrada entre Berry y el resto del pueblo.
El joven disponía del dinero. Joe no preguntó de dónde lo había sacado. Lo vio contar los billetes y dejarlos sobre el escritorio con un cuidado que se parecía demasiado a la manera en que había soltado el revólver en el polvo. Después escuchó la fecha que tendría que respetar y pidió sus pertenencias.
El sheriff se las entregó al concluir los trámites. Joe vio el cinturón sobre la madera, limpio otra vez, y tuvo que apartar los ojos. No quería seguir encontrando hombres enteros dentro de un trozo de cuero.
Berry salió antes que él. Se detuvo bajo el porche para ajustarse la hebilla y levantó la vista hacia la ventana del hotel. Joe permaneció en el umbral. El joven no hizo ningún ademán hacia el arma; parecía cuidarse mucho de no ofrecer una razón sencilla para volver a encerrarlo.
—Friday ha tenido suerte —dijo.
Joe apoyó el sombrero en la cabeza.
—Está en una cama con una bala recién sacada del hombro.
—Por eso he dicho que ha tenido suerte.
Joe sintió la vieja necesidad de avanzar, de obligarlo a reconocer que aquello no era una hazaña. El dolor del costado le recordó hasta dónde había llegado ya siguiendo los movimientos de otros. Se quedó en el escalón.
—Apártese del hotel.
Berry miró detrás de él. El sheriff había llegado a la puerta.
—Ya me marchaba.
Cruzó hacia el establo sin apresurarse. Joe lo observó hasta que entró y después se volvió hacia el hombre que permanecía a su lado.
—¿Cree que va a presentarse?
El sheriff miró la calle.
—Si no lo hace, lo buscaremos. No voy a prometerle lo que ese hombre decidirá mañana.
Joe asintió. Era una respuesta honrada. Había empezado a descubrir cuánto podía doler recibirlas cuando uno necesitaba otra cosa.
Antes de marcharse preguntó por Parr. Seguía en el consultorio, mejor, a la espera de que pudieran trasladarlo para responder por lo ocurrido en el camino. Enos había tenido que entregar la carabina después de las declaraciones sobre el ataque del establo. El sheriff le había dejado claro que no volvería a permitirse acercarse al hotel a buscar a Friday.
No eran soluciones completas. Joe no sabía si existían. Al salir sintió, por lo menos, que ya no estaba sosteniendo todas aquellas amenazas con la misma mano.
Pasó por el consultorio para buscar a Geis. El médico estaba en el cuarto del fondo y le pidió que esperara. Joe se quedó junto al escritorio, mirando los frascos alineados sobre el estante. La mosca que había golpeado el cristal el martes ya no estaba. Le produjo una impresión extraña advertir que hasta las cosas más pequeñas podían haber terminado su recorrido mientras él seguía tratando de salir del mismo lugar.
Parr lo reconoció desde la cama situada al otro lado de la puerta abierta.
—Cartwright.
Joe volvió la cabeza. El hombre llevaba el brazo sujeto y tenía la barba crecida. Se había quedado sin la agresividad torpe del arroyo, pero Joe no supo si lo que veía en su lugar era arrepentimiento o el miedo de alguien que ya conocía una parte de las consecuencias.
—Geis dice que está mejor —respondió.
Parr asintió. Movió los dedos de la mano herida con una atención inquieta.
—¿Es verdad lo de Jakes?
Joe miró hacia el cuarto del médico. No llegó ningún ruido que pudiera permitirle posponer la respuesta.
—Sí.
El hombre bajó los ojos. Joe no supo qué significaba Jakes para él antes de contratarlo. Tal vez nada que se pareciera a un amigo. Tal vez solo un hombre cuya seguridad le había permitido creer que no habría un precio que pagar por obedecerlo.
—No pensé que terminaría así —dijo Parr.
Joe se apoyó contra el marco. La frase lo cansó de una manera que sintió en las piernas. La había escuchado sin palabras en la cara de Wyllit y en el silencio del sheriff. También la había pensado él cuando decidió quedarse con un enfermo. Las decisiones no eran iguales porque todos lamentaran después una parte de lo ocurrido.
—Yo tampoco.
Parr lo miró como si hubiera encontrado en aquella respuesta un principio de acuerdo. Joe se mantuvo quieto hasta que el hombre comprendió que todavía no lo tenía.
—Diga lo que pasó —añadió—. Todo. Aunque no le guste cómo queda dentro de la historia.
El rostro de Parr se tensó. Después asintió, más despacio que antes. No pidió a Joe que hablara por él ni le agradeció otra vez el traslado desde el arroyo. A Joe le pareció mejor así. Haberle impedido morir no lo obligaba a conseguirle una versión cómoda de lo que había hecho.
Geis salió con una venda limpia sobre el brazo. Miró a los dos hombres, percibió algo de la conversación y no preguntó. Joe se apartó para dejarlo pasar. Al volver hacia el hotel, descubrió que había pedido a Parr algo que él mismo todavía no sabía si sería capaz de hacer delante de su padre.
No tenía una declaración falsa en el cuaderno del sheriff. Había contado lo que vio, lo que hizo y lo que no alcanzó a comprender. Sin embargo, al imaginar la mesa de la Ponderosa, las mismas palabras dejaban de obedecerle. Allí tendría que pronunciarlas viendo cómo cambiaba la cara de Ben.
Llegó al porche y se detuvo unos segundos antes de subir. El hotel ya no le impedía marcharse. El resto del camino iba a exigirle algo distinto.
La salida del pueblo
El martes amaneció con tierra húmeda y un cielo que empezaba a abrirse hacia el oeste. Joe se levantó antes de que llevaran el desayuno. Había dejado preparadas las alforjas, la chaqueta y el dinero que aún necesitaba para la cuenta. Se vistió despacio. La camisa prestada por Hollis ya no le parecía tan extraña, aunque el cuello seguía quedándole ancho.
Geis revisó a Steve antes de permitir que lo movieran. Lo había hecho comer, beber y permanecer incorporado el tiempo suficiente para saber que el viaje no empezaría con un desmayo. El vendaje se mantenía seco. La fiebre no había vuelto a subir durante la noche. Nada de aquello convertía el camino en fácil, pero el médico dejó de mirar la puerta como si fuera un riesgo imposible de aceptar.
Rudd enganchó los animales con ayuda de Kessler. El colchón seguía firme y habían añadido una lona que podía levantarse sobre unas varillas si volvía la lluvia. Joe observó la preparación desde el cuarto, con Steve sentado en la cama. Su amigo tenía el rostro tenso, aunque procuraba que no se notara.
—No tienes que demostrar que aguantas —dijo Joe.
Steve lo miró.
—Tú tampoco.
La respuesta habría provocado una discusión días antes. Joe se limitó a acomodar una hebilla de las alforjas, dejando que la observación conservara su parte de razón.
Lo sacaron por el patio. Geis y Rudd lo ayudaron a llegar al carro; Kessler sostuvo el borde del colchón mientras lo acomodaban y Hollis acercó el escalón que habían improvisado con una caja. Joe solo tuvo que entregar la manta. Steve buscó su mano al terminar el movimiento y la soltó cuando pudo respirar sin cerrar los ojos.
La mujer de la cocina llevó comida envuelta y una jarra protegida con un paño. No quiso cobrarla. Joe iba a insistir cuando ella le señaló la manga prestada.
—Devuelva esa camisa algún día. Con eso podemos empezar.
Joe sonrió apenas. Le agradeció mirándola a los ojos. Era la misma mujer que había dejado pan junto a la puerta cuando todavía no se atrevía a quedarse al otro lado para ver quién lo recogía. Pensó en decírselo, pero comprendió que no necesitaba recordarle el miedo para reconocer lo que acababa de hacer.
Hollis sujetó la cabezada de Cochise mientras Joe subía al pescante por el lado izquierdo. Rudd conduciría. El caballo de Geis estaba atado cerca del portón; el médico iba a montar y mantenerse junto a ellos. Kessler los acompañaría hasta pasado el arroyo antes de volver al pueblo.
Joe miró la silla de su propio caballo, bien sujeta detrás del carro. Había algo humillante y al mismo tiempo profundamente reparador en no tener que fingir que podía montarlo todavía.
Wyllit apareció cuando ya estaban a punto de salir. No llevaba dinero en la mano. Se detuvo a una distancia de la carreta que no obligó a Steve a levantar la cabeza.
—He declarado lo que correspondía —dijo.
Friday lo observó en silencio. La luz de la mañana le dejaba una sombra azul debajo del vendaje.
—Eso era lo que podía hacer —respondió.
Wyllit asintió. No pidió despedirse mejor ni transformó la respuesta en un perdón. Al apartarse, Joe alcanzó a verle el esfuerzo de sostener la cara quieta. Hubiera querido que aquel hombre encontrara otra cosa que hacer con la muerte de Billy. No podía encontrarla por él.
Rudd hizo avanzar a los animales. Las ruedas cruzaron el portón con un golpe sordo y Joe volvió la cabeza hacia Steve. Su amigo había apretado la manta con la mano derecha, pero mantenía los ojos abiertos. Geis se acercó al costado del carro y preguntó si debían parar.
Steve tardó en contestar, ocupado en recuperar el aire.
—Siga un poco más.
Joe lo miró hasta estar seguro de que hablaba del camino.
Salieron por la calle posterior. No hubo un grupo esperando el espectáculo de verlos marcharse. Un hombre apartó una caja para dejar pasar la rueda; una niña se quedó mirando al caballo de Geis y su madre la hizo volver al interior. El hotel desapareció detrás de una pared de adobe. Joe no pudo verlo por última vez aunque se volvió a buscarlo.
Más allá de las últimas casas, la tierra conservaba las marcas de la lluvia. Los arbustos despedían un olor áspero y limpio cuando las ruedas rozaban sus ramas. Cochise caminaba junto a la yegua con una obediencia que hizo aflojarse a Joe un poco contra el respaldo. Había recorrido aquel camino creyendo que el peligro estaba delante. Ahora lo dejaba atrás sin saber cuánto conseguía llevarse consigo.
Al llegar al descenso del arroyo, la mano izquierda se le cerró sobre el borde del asiento.
No había nadie entre las piedras. Kessler avanzó primero y se volvió para indicar a Rudd por dónde bajar. El lugar se había estrechado bajo una pequeña acumulación de ramas arrastradas por el agua. Joe distinguió la curva donde había sujetado a Parr y, más arriba, la elevación desde la que había oído la voz de Jakes.
El cuerpo recordó antes que él. Se le secó la boca. Los caballos siguieron andando, pero durante un instante Joe sintió la cuerda quemándole otra vez la palma y el suelo desapareciendo debajo de la pierna. Se inclinó hacia delante, incapaz de encontrar un lugar cómodo para las costillas.
Rudd disminuyó el paso sin preguntarle nada. Geis miró desde el otro lado del carro y se quedó cerca.
—Aquí —dijo Rudd, señalando un tramo firme—. Por aquí saldremos mejor.
Joe miró el sitio indicado. Vio las huellas, una piedra plana y la pata de la yegua apoyándose sin resbalar. Se obligó a seguir aquel movimiento en lugar de buscar en la ladera un hombre que ya no podía estar allí.
Cuando cruzaron, se dio cuenta de que le temblaban las piernas. No intentó ocultarlas más. Steve estaba despierto, con los ojos vueltos hacia él desde el fondo de la carreta. Su amigo no habló. Joe agradeció que le permitiera terminar de salir antes de preguntarle cómo se encontraba.
Kessler los dejó al otro lado de la cerca de piedra. Se acercó al pescante, estrechó la mano izquierda de Joe y le pidió que regresara alguna vez en mejores condiciones. La rueda no daría problemas, aseguró, aunque la prudencia seguía pareciéndole una buena idea. Joe le agradeció ambas cosas. Vio al carretero montar y volver por el camino con una mano apoyada en el arzón, más cómodo con su ropa de trabajo que con el arma que había tenido que aprender a llevar.
El resto de la jornada se dividió en distancias pequeñas. Hasta una arboleda donde Steve pudo beber. Hasta el tramo llano que permitía un paso más firme. Hasta un lugar seco junto a una cerca donde Geis revisó el vendaje y Joe se bajó para estirar las piernas. Nunca llegaron a estar cómodos, pero el viaje dejó de parecer una prueba que debían superar sin quejarse.
Rudd preguntó por Hoss. Joe se encontró hablando de él durante un largo trecho: su manera de discutir con un animal como si el animal pudiera considerar una propuesta mejor, las cantidades de comida que consideraba razonables, la paciencia que los demás confundían con no darse cuenta. Desde el colchón, Steve añadió una historia que Joe había olvidado y corrigió otra que recordaba demasiado a su favor.
El aire fue enfriándose al caer la tarde. Cuando apareció la casa de Rudd, Joe sintió el mismo alivio que el jueves al verla por primera vez. Esta vez supo que no provenía solo de haber encontrado un lugar con caballos y agua. Provenía de que allí nadie parecía estar esperando que uno de ellos hiciera algo para merecer una cama.
La mujer de Rudd salió antes de que detuvieran el carro. Se había recogido las mangas y llevaba un paño limpio sobre el hombro. Miró primero a Geis, recibió su asentimiento y abrió la puerta hasta dejarla apoyada contra la pared.
—La habitación está lista.
Steve abrió los ojos al oírla. Joe vio que intentaba incorporarse y le apoyó la mano sobre la manta.
—Ya hemos llegado.
No supo a cuál de los dos necesitaba decírselo.
Bajo el techo de Rudd
Geis se quedó aquella noche y la mañana siguiente. Joe durmió en un catre bajo una ventana donde se oían los animales del corral. No había pasos en el corredor del hotel ni voces pronunciando su apellido al otro lado de una pared. Aun así, se despertó cuando Rudd cerró el portón. Estaba sentado antes de reconocer el ruido.
Permaneció inmóvil con los pies sobre el suelo frío. La casa olía a ceniza apagada y a una masa que la mujer había dejado cubierta cerca del fogón. Escuchó a Rudd hablarle a un caballo, y el sonido tuvo la virtud de devolverle, poco a poco, el tamaño real de la habitación.
Por la mañana encontró a Steve mirando el corral. Habían colocado su cama de modo que pudiera ver la puerta del establo sin incorporarse. La herida había soportado el trayecto mejor de lo que Joe temía; el cansancio se veía en el rostro, pero ya no tenía la misma palidez del viernes.
—Ese potro no quiere ir donde lo llevan —dijo Friday.
Joe siguió la dirección de su mirada. Rudd intentaba conducir a un animal joven hasta un poste. El potro levantaba la cabeza y hundía las patas cada vez que la cuerda se tensaba.
—Se parecen bastante —respondió.
Steve lo miró con una sombra de sonrisa.
—No le aprietes la cuerda a Rudd. Se ofende.
Joe se rio y tuvo que llevarse la mano al costado. Friday esperó a que pasara el dolor antes de preguntarle cuándo pensaba regresar a casa.
La pregunta llegó sin reproche. Precisamente por eso Joe tardó en contestarla.
—Cuando pueda montar.
—Geis dice que podrías intentarlo pronto. Trayectos cortos al principio.
Joe miró el vendaje de su amigo. Steve había hablado a solas con el médico y con Rudd. No estaba pidiéndole que se marchara para quedarse sin nadie. Había hecho sitio para que otra persona permaneciera allí.
—No te estoy echando —añadió—. Pero ya no necesitas esperar a que me ponga de pie para volver con los tuyos.
Joe apoyó los codos en las rodillas, con cuidado. Había deseado oír aquellas palabras y ahora le costaba aceptarlas sin sentir que estaba abandonando algo.
—Hay cosas de las que todavía tenemos que hablar.
Friday asintió.
—Podemos seguir vivos mientras las hablamos.
Joe levantó los ojos. Su amigo sostenía la mirada sin aquella resignación que lo había asustado antes de salir a la calle. No era una promesa suficiente para resolver todos los días que vendrían. Sí era una decisión que Steve estaba tomando despierto, delante de él, y que no necesitaba una culata para completarse.
Geis revisó a Joe antes de marcharse. Le quitó el vendaje del brazo y observó la piel que empezaba a cerrar alrededor de los puntos. El médico atendía también las cosas que mejoraban; Joe había llegado a olvidar que pudiera hacerlo. Las costillas seguían obligándolo a moverse despacio, pero ya podía respirar con más amplitud y levantarse sin apoyarse en dos sitios.
—Hoy no se va —dijo Geis—. Pruebe mañana a montar un rato con Rudd. Si el cuerpo protesta, le hará caso. El rancho no va a desaparecer por una noche más.
Joe quiso responder algo sobre lo mucho que tardaba su familia en alimentar a sus caballos cuando él no estaba. No consiguió encontrar la broma entera. Pensó en Ben y el deseo de oírlo se le volvió tan intenso que tuvo que mirar hacia la ventana.
El médico terminó de guardar sus cosas.
—Puede contar que le ha costado, Cartwright. No tiene que llegar como si el viaje hubiera sido fácil.
Joe no prometió hacerlo.
El jueves montó a Cochise con ayuda de un escalón. Rudd sostuvo la cabezada y después subió a otro caballo para acompañarlo por el camino que bordeaba los corrales. Joe reconoció el movimiento de la montura bajo el cuerpo y sintió una gratitud casi dolorosa. Había pasado una semana desde el arroyo. El caballo seguía siendo el mismo, paciente con sus manos y dispuesto a detenerse cuando tiraba apenas de las riendas.
Al volver necesitó sentarse. No ocultó el esfuerzo. Rudd le llevó agua y se quedó cerca mientras el sudor se enfriaba sobre la nuca. Era un viaje largo hasta la Ponderosa. Joe lo sabía. También sabía que podía dividirlo en jornadas, pagar una cama cuando la necesitara y permitir que Cochise descansara sin considerar cada parada una derrota.
Rudd le compró la yegua y la carreta. Había visto trabajar al animal, conocía el estado de la rueda y disponía de espacio para ambas cosas. Acordaron un precio sin fingir que el carro valía lo mismo después de utilizarlo. Joe recuperó buena parte de lo gastado y dejó resuelta su contribución a los cuidados de Steve. El dinero de los toros permaneció intacto, guardado aparte. Tendría que entregárselo a Ben y explicar por qué había vuelto sin ganado.
Esa explicación todavía le parecía posible.
La despedida de Steve
Se despidió de Steve el viernes después de desayunar. No quiso despertarlo antes. Cuando entró, su amigo estaba mirando el techo, con el cabello revuelto y una expresión que Joe recordó de otra mañana mucho más antigua, en las barracas de la Ponderosa.
—Tengo comida para más días de los que Cochise quisiera tardar —dijo Joe.
Steve giró la cabeza.
—La señora Rudd no cree que los hombres sepan cuánto tienen que comer.
—Después de conocerme, quizá tenga razones.
Joe se acercó a la cama y se quedó de pie junto al cajón donde descansaban el jarro y el vaso. Había ensayado una despedida mientras preparaba la montura. Ahora le parecía hecha para otra persona.
Steve extendió la mano derecha. Joe la tomó con la izquierda. Ninguno intentó convertir el gesto en una prueba de fuerza.
—Lo de Jakes… —empezó Friday.
Joe se tensó.
—No necesito que me digas que lo olvide.
—No iba a hacerlo.
Su amigo esperó hasta que volvió a mirarlo.
—No hice bien dejándote creer que ibas a tener que entenderlo solo porque yo lo entendiera. A mí también me costó. Con algunos todavía me cuesta.
Joe sintió el peso de aquellas palabras de una manera distinta a la del jueves, cuando la muerte de Jakes aún estaba ocurriendo cada vez que cerraba los ojos. No lo aliviaron de golpe. Le quitaron la obligación de saber ya qué hacer con ella.
—No quiero que termine pareciéndome normal —dijo.
Steve sostuvo su mano un momento más.
—Entonces no permitas que la gente que quiere mirarte sacar sea la única con la que hables.
Joe pensó en Berry bajo el porche, ajustándose la hebilla. Después pensó en la casa de su padre y apartó ambas imágenes antes de tener que reunirlas.
Le pidió a Steve que no se levantara para despedirlo. Su amigo aceptó sin discutir y luego le hizo prometer que avisaría al llegar. Joe asintió. No le pidió una promesa equivalente sobre todas las noches que faltaban. Rudd estaba en la casa. Su mujer también. Geis volvería y el sheriff sabía dónde encontrarlo. El cuidado ya no dependía de una sola silla junto a una cama.
Al salir, Joe vio a Steve volver la cabeza hacia el corral. El potro había aceptado acercarse al poste y Rudd lo acariciaba sin intentar sujetarlo todavía. Friday se quedó siguiendo el movimiento de aquella mano.
Joe cerró despacio.
El camino a la Ponderosa
El camino de regreso tuvo más noches de las que habría elegido antes de Chiso. La primera se quedó en una parada donde el dueño del establo le alcanzó las alforjas sin preguntar por qué no las bajaba él. La segunda cenó junto a un matrimonio que discutía por el precio del heno y descubrió que podía escuchar una conversación entera sin buscar una amenaza dentro.
Hubo momentos peores. Una carreta que pasó demasiado cerca hizo que Cochise se apartara y el tirón le llevó el dolor hasta el hombro. Un hombre apoyó la mano sobre el chaleco al levantarse de una mesa y Joe sintió que sus propios dedos buscaban la culata antes de comprender que solo estaba sacando unas monedas. Se quedó sentado, con el corazón golpeándole contra las costillas, mientras los demás seguían hablando.
Aquella noche dejó el revólver sobre la mesa antes de acostarse. Lo miró un buen rato. Era el arma de siempre, con las marcas pequeñas que conocía desde mucho antes de aquel viaje. Había limpiado el polvo y comprobado las municiones en casa de Rudd. No conservaba ninguna señal visible del instante en que Jakes había dejado de vivir.
Joe apagó la lámpara. Se acostó del lado menos dolorido y permaneció mirando la claridad gris de la ventana hasta que empezó a oír de nuevo el viento. No había nadie al otro lado de la pared que pudiera decirle si aquella inquietud también necesitaba un nombre.
A la mañana siguiente se levantó, comió y siguió andando.
Reconoció el aire de Nevada antes de divisar los lugares que esperaba. El paisaje fue cambiando de color, las distancias se volvieron familiares y Cochise levantó la cabeza al encontrar una bifurcación que conocía. Joe le permitió elegir durante unos pasos. El caballo tomó el ramal de casa sin vacilar.
Durante la última jornada no tuvo que preguntarse dónde encontraría agua. Sabía qué arroyo seguiría llevando corriente, dónde había sombra para detenerse y cuánto faltaba desde cada cerca hasta la siguiente. Esa familiaridad no eliminó el cansancio. Le dio un lugar donde apoyarlo.
Al entrar en las tierras de la Ponderosa se detuvo junto a unos pinos. Apoyó la palma izquierda sobre la corteza de uno de ellos y dejó que Cochise descansara con las riendas flojas. Olía a resina, a hierba seca y a tierra removida por cascos conocidos. Cerró los ojos. Por primera vez desde que había dejado Chiso, el silencio no se parecía a una habitación donde alguien podía dejar de respirar.
Quiso quedarse allí unos minutos más.
Después imaginó la voz de Hoss preguntando si pensaba dormir a caballo a tan poca distancia de una cama, y sonrió sin hacerse daño. Ajustó las riendas y continuó hacia la casa.
El humo de la chimenea apareció por encima del tejado cuando la tarde empezaba a perder luz. Había un carro junto al establo y una puerta abierta que Joe recordó haber dejado cerrada la mañana de su partida. Todo era suyo de una manera que no dependía de poseerlo. La baranda, las ventanas, la tierra apisonada del patio: los miró con una atención que habría parecido absurda si alguien le hubiera preguntado qué estaba buscando.
Hoss salió del establo con un cubo en cada mano.
Se quedó quieto al verlo. Después dejó los cubos sobre el suelo y cruzó el patio con aquella rapidez suya que siempre sorprendía a quienes confundían el tamaño con lentitud.
—¡Joe!
La voz le llegó antes que el abrazo que todavía no se había producido. Joe abrió la boca para responder y descubrió que tenía la garganta demasiado cerrada.
—Ya era hora de que volvieras —continuó Hoss, tomando la cabezada de Cochise—. Empezábamos a pensar que ibas a traer el ganado a pie, uno por uno.
Joe consiguió sonreír. Bajó el pie izquierdo buscando el suelo y el costado le dio una punzada que le borró la expresión antes de que pudiera evitarlo.
Hoss levantó la cabeza.
—Espera.
No preguntó nada más. Sujetó el caballo y le ofreció el brazo. Joe quiso decir que podía hacerlo solo; se había bajado de la montura durante todo el camino. Miró la mano ancha de su hermano y aceptó apoyarse.
Al tocar tierra necesitó quedarse quieto. Hoss mantuvo el brazo donde estaba hasta que Joe pudo enderezarse. Después lo observó con una atención que no tenía nada de distraída.
—¿Qué te ha pasado?
La puerta de la casa se abrió antes de que Joe contestara.
Ben apareció en el porche sin sombrero, con las gafas todavía en una mano. La alegría le cambió el rostro al reconocerlo. Bajó los escalones y Joe sintió, de golpe, cuánto había necesitado verlo durante todos aquellos días.
Su padre le puso una mano sobre el hombro sano. El gesto era el de siempre. Joe tuvo que mirar hacia el suelo para que no se le deshiciera la poca voz que había encontrado.
—Has tardado —dijo Ben.
—Lo sé.
Hoss seguía junto a Cochise. Ben miró la camisa demasiado ancha, el rostro adelgazado y la forma en que Joe mantenía el brazo derecho cerca del cuerpo. La alegría no desapareció. Se volvió más cuidadosa.
—¿Estás herido?
Joe pensó en el arroyo. Era una parte de la verdad que podía decir sin escuchar otra vez el disparo.
—Tuve una mala caída. Ya me ha visto un médico.
Ben no retiró la mano.
—¿Y Steve?
—Vive. Está con gente que va a cuidarlo.
El aire de la tarde movió apenas la manga de Ben. Joe reconoció el olor de su chaqueta, la mezcla de cuero y jabón que había llevado consigo en los recuerdos de aquellas noches. Por un instante estuvo a punto de decirlo todo. El nombre de Jakes llegó hasta la garganta y se quedó allí.
Hoss tomó las alforjas. Ben le indicó que dejara a Cochise en sus manos y condujo a Joe hacia la casa, sin apresurarlo. Al llegar al primer escalón, Joe se detuvo para tomar aire. Su padre esperó a su lado.
—Primero entrarás —dijo—. Después veremos qué más necesitas.
Joe asintió. Había llegado con la idea de que bastaría cruzar aquella puerta para que Chiso quedara lejos. Se sostuvo un poco más en el brazo de Ben y entró, llevando todavía dentro todo lo que no había conseguido contarle.
Continuará
BONANZA: DESPUÉS DE LOS CRÉDITOS
ESTACIÓN LANDON
¿Nadie ha roto el hielo todavía?
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