🟣 “Al fin y al cabo, es mi vida”: el tipo de teatro que te deja sin palabras

Anoche el teatro me atravesó: fui a ver “Al fin y al cabo, es mi vida” y todavía estoy temblando

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Por Cristina Landon 

No sé ni por dónde empezar. Anoche fui al Teatro Metropolitan a ver Al fin y al cabo, es mi vida y sinceramente… salí movilizada. Me pasó algo fuerte. A veces una va al teatro esperando entretenerse o distraerse un rato, pero esta vez fue distinto. Sentí que algo me tocó por dentro, como si me hubieran corrido el piso.

Silvia Kutika está simplemente impresionante. De verdad, no exagero. Su papel es el de Clara, una escultora que queda cuadripléjica y decide pelear por su derecho a morir. Y está todo el tiempo postrada, sin moverse… y aun así logra transmitir tanto con la cara, con la voz, con las pausas, que en más de un momento me encontré con los ojos llenos de lágrimas. Es una actuación que no se ve todos los días. De esas que te quedan dando vueltas mucho después de que se baja el telón.

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Y el resto del elenco acompaña de manera impecable. Fabio Aste, como el médico que se opone a la decisión de Clara, construye un personaje lleno de matices. No es el «malo», ni cerca. Es un tipo que está atrapado entre lo que siente, lo que piensa y lo que debería hacer. Y Mirta Wons, como la abogada que defiende a Clara, tiene una presencia que reconforta. Me encantó su manera de habitar ese rol tan difícil: cercana, cálida, firme.

Después está Morena Pereyra, la enfermera. Qué hallazgo. Su personaje tiene una mezcla de humor, desparpajo y ternura que te salva justo cuando el nudo en la garganta empieza a apretar demasiado. Me hizo reír en el momento justo. Y eso también es un arte.

 «Pese a lo que parece hablar sobre la vida, la muerte es parte de la vida.»

La dirección de Mariano Dossena logra un equilibrio perfecto. Nada sobra. Nada falta. Todo está donde tiene que estar. La escenografía es simple, pero muy efectiva, y te mete de lleno en esa habitación donde se juega una vida… o una muerte.

No sé qué más decir sin emocionarme. Esta obra no se ve: se vive. Se siente. Te deja con preguntas difíciles, de esas que una no siempre se anima a hacer. ¿Y si me pasara a mí? ¿Qué haría? ¿Quién tendría el derecho a decidir?

Te deja con preguntas difíciles, de esas que una no siempre se anima a hacer. ¿Y si me pasara a mí? ¿Qué haría? ¿Quién tendría el derecho a decidir?

“Al fin y al cabo, es mi vida” no es solo una obra. Es una experiencia. Y no tengo dudas de que va a quedar entre esas funciones que una recuerda toda la vida. Vayan. Lloren. Rían. Y después charlen. Porque este tipo de teatro vale oro.