HISTORIAS · MEMORIA · VILLA BALLESTER
Panchi quería ser famoso. Hoy todo Ballester sabe quién fue
Francisco “Panchi” Regidor vivió más de seis décadas ligado a la Escuela de Educación Secundaria N.º 13 “General Don Manuel Belgrano”, el histórico Comercial de Villa Ballester. Después de dos ACV y una internación, denunció que no le permitieron regresar al lugar que había sido su casa desde los tres años. Hoy ya no está. Y quizás recién ahora comprendemos que Panchi consiguió aquello que tantas veces quiso: ser inolvidable.

“Yo quiero ser famoso”, decía Panchi.
Tal vez nunca imaginó que un día buena parte de Ballester iba a pronunciar su nombre para despedirlo.
Hoy despiden a Panchi. Y todavía me cuesta escribir esa frase. Porque para mí Panchi sigue estando en aquel colegio de Villa Ballester. Paso por ahí y todavía puedo pensar, casi automáticamente: “Debe estar adentro”.
Pero ya no está. Y aceptar eso duele.
El Comercial no era solamente el lugar donde vivía
Hay un detalle imprescindible para entender esta historia. Panchi no llegó un día al colegio buscando dónde quedarse. Sus padres habían sido porteros y habían vivido allí. Francisco Regidor creció ligado a ese establecimiento y residió en ese lugar desde que tenía apenas tres años.
Estamos hablando de la actual Escuela de Educación Secundaria N.º 13 “General Don Manuel Belgrano”, ex Escuela Nacional de Comercio de Villa Ballester. El Comercial, como lo conocemos todos.
Después de la muerte de sus padres, Panchi permaneció allí. Pasaron los años. Pasó prácticamente una vida. Hasta sus 64 años.
Por supuesto que puede existir una discusión administrativa o legal acerca de si correspondía o no que continuara utilizando aquella vivienda. Esa discusión tendrá sus normas, sus documentos y sus responsables. Pero esa no es toda la historia.
Una cosa es resolver una situación administrativa. Otra muy distinta es cómo se trata a un ser humano cuando se la resuelve.
Panchi fue desalojado. No quiero borrar esa palabra
Tampoco quiero suavizar esta parte de su historia. Después de sufrir dos ACV y permanecer internado, Panchi recibió el alta. Cuando intentó regresar al Comercial de Ballester, no lo dejaron volver a entrar.
Él mismo lo contó públicamente. Relató que le prohibieron el ingreso y que incluso llamaron a la policía. Recién salido de una internación, quedó esperando afuera hasta que alguien pudiera recibirlo.
La historia trascendió Villa Ballester. Estudiantes, exalumnos, docentes y vecinos reclamaron por él. No solamente discutían dónde iba a vivir. Discutían algo todavía más elemental: la forma en que había sido tratado.
No voy a adjudicarle esa decisión a una persona determinada sin tener delante el documento que permita establecer quién la ordenó. Pero tampoco voy a escribir como si nada hubiera ocurrido. A Panchi no le permitieron regresar al lugar donde había vivido más de seis décadas.
Afuera estaban Panchi y Chicho
(ACÁ TENDRIA QUE IR LA FOTO DE EL, BAJO LA LLUVIA JUNTO A CHICHO, LOS DOS ECHADOS A LA CALLE, PERO NO PUEDO VERLA, ME DA RABIA, IMPOTENCIA)
Yo recuerdo especialmente aquellos días. Hacía frío, hubo lluvia y estaba Chicho, su perro. Uno puede escribir “situación habitacional irregular” en un expediente y probablemente sea una expresión administrativamente correcta. Pero afuera de ese expediente había un hombre enfermo, recién salido de una internación, acompañado por su perro.
Y detrás de aquella puerta quedaban más de sesenta años de recuerdos.
Y estaban sus libros
Si había algo de lo que Panchi se sentía orgulloso era de su biblioteca. Se jactaba de ella. Sus libros eran parte de su identidad. No eran simplemente objetos guardados dentro de una habitación: eran años, historias, lecturas, recuerdos. Una parte de él.
Por eso me dolió profundamente saber que sus pertenencias y sus libros quedaron involucrados en aquella salida y que muchos terminaron descartados.
Hay cuestiones sobre el destino exacto de todas sus pertenencias que todavía merecen ser documentadas. Pero hay algo que no necesita ningún expediente para ser comprendido: a una persona también se la puede lastimar destruyendo aquello que para ella tiene valor.
Pero Panchi era muchísimo más que aquella última injusticia
No quiero que cuando alguien busque su nombre dentro de unos años encuentre solamente al hombre desalojado. Panchi era mucho más.
Era el tipo que cuando había una fiesta en el colegio se vestía de traje. El que se tomaba en serio su lugar. El que no abandonaba su puesto fácilmente. Y cuando tenía tiempo libre hacía otra de las cosas que amaba: radio.
Mi compañero de radio

Ese era mi Panchi. El compañero. El colega. El que si le decías que había que cubrir una nota en la punta del Obelisco a las tres de la mañana y no coincidía con sus obligaciones en el colegio, probablemente aparecía. El que estaba cuando alguien no podía hacer un programa.
Antes de la pandemia llegamos a juntar nuestras horas y hacer una especie de programa ómnibus: cuatro horas de radio. Y nos quedaban cortas.
Hasta las historias de terror terminaban siendo un disparate. Nos tentábamos, nos reíamos, improvisábamos y seguíamos. Hay gente con la que uno trabaja. Y hay gente con la que uno construye recuerdos sin darse cuenta de que algún día esos recuerdos van a convertirse en un tesoro.
Después llegó la enfermedad
Después todo empezó a hacerse más difícil. Los ACV. La internación. Los medicamentos. Los trámites. La búsqueda de una pensión. Los requisitos. Las llamadas.
Yo hablé con personas. Pregunté. Busqué ayuda. Intenté mover cosas. Sé que lo hice. Pero la muerte tiene una costumbre cruel: cuando alguien se va, todo lo que hicimos parece poco.
¿Y si hubiera insistido más?
Esa pregunta me acompaña. ¿Y si hubiera llamado otra vez? ¿Y si hubiera golpeado otra puerta? ¿Y si hubiera hecho más ruido?
Sé que me moví. Pero cuando leí que había muerto apareció esa culpa irracional que aparece cuando queremos a alguien y comprendemos que ya no podemos volver atrás.
Hay un audio que todavía no puedo escuchar
Después descubrí algo. En otro celular tengo un audio que Panchi me había enviado y que yo no había visto. Está ahí. Todavía no me animo a apretar “play”.
No sé qué dice. Y por ahora necesito que siga sin decirlo. Porque mientras no lo escuche siento, de una manera extraña, que todavía queda algo nuevo de Panchi esperándome. Una última conversación que todavía no ocurrió.
Él quería ser famoso
Y entonces aparece uno de esos recuerdos que hoy hacen sonreír y llorar al mismo tiempo. A Panchi le gustaba la idea de ser famoso. Quería que lo conocieran. Quería hacer radio. Quería estar. Quería contar. Quería que su voz llegara.
No sé si alguna vez sintió que lo había conseguido. Ojalá hubiera podido ver lo que sucede hoy.
Porque Villa Ballester sabe perfectamente quién es Panchi. Lo saben sus exalumnos. Lo saben estudiantes, docentes y vecinos. Lo sabemos quienes compartimos una radio con él y quienes alguna vez cruzaron la puerta del Comercial y se encontraron con aquel hombre que parecía formar parte del edificio desde siempre.
Una decisión pudo dejarlo fuera de la casa de toda su vida en un abrir y cerrar de ojos.
Lo que no pudo hacer fue borrarlo.
Porque mientras desde un escritorio podía hablarse de una “situación irregular”, afuera había una comunidad que veía algo que ningún papel podía explicar completamente: ahí estaba Panchi.
Y la gente de bien que lo quiso, lo acompañó, pidió por él, compartió una radio, una escuela o una parte de su vida hizo algo que ninguna resolución puede deshacer: lo hizo inolvidable.
Cuando alguien se va
Todo esto me deja pensando. Corremos detrás del trabajo. Queremos crecer. Discutimos. Nos enojamos. Defendemos causas. Sostenemos orgullos. Dejamos llamadas para mañana y postergamos un café porque estamos ocupados.
Creemos que nuestros amigos van a seguir ahí. Que tendremos otro viernes, otro programa, otra discusión, otro abrazo.
Hasta que un día abrimos una red social y descubrimos que el tiempo no esperaba.
Una pequeña reflexión
Nos llenamos las manos de trabajo y creemos que así sostenemos el mundo.
Construimos orgullos como si fueran casas eternas.
Dejamos un abrazo para mañana porque suponemos que mañana nos pertenece.
Pero llega la muerte y no pregunta quién tenía razón.
Entonces quedan un perro, unos libros, cuatro horas de radio, una voz guardada en un teléfono y todas las palabras que todavía queríamos decir.
Tal vez vivir no sea llegar primero. Tal vez sea mirar hacia el costado antes de que sea tarde.
Hasta siempre, Panchi

Querías ser famoso.
Mirá vos, Panchi. Al final lo conseguiste.
No por una cámara. No por un escenario. No por tener miles de seguidores.
Sino porque dejaste tu historia adentro de muchísima gente.
Te dejaron afuera de tu lugar.
Pero no pudieron borrarte de Ballester.
Ahora sí sos inolvidable.
Ahora sí sos eterno.
¿Nadie ha roto el hielo todavía?
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