Bonanza fanfic dol de sangre y veneno 3

ESTACIÓN LANDON · BONANZA

Sol de sangre y veneno

Bonanza fanfic dol  de  sangre  y veneno 3

Un drama de Bonanza escrito por CRIS LANDON

Episodio 3: La voz entre las piedras

Hoss no vio primero la sangre. Vio la tierra vuelta del revés.

Hasta aquel punto, el sendero había conservado el dibujo reconocible de tres caballos que avanzaban en fila: las herraduras hundidas en los sectores blandos, los bordes deshechos cuando alguna montura buscaba un apoyo mejor. Pero allí, donde el camino se estrechaba sobre la quebrada, una franja de grava se había desprendido hacia el vacío. Entre las huellas había una marca larga, demasiado ancha para pertenecer a un casco, y una mata de artemisa se inclinaba ladera abajo con las raíces expuestas.

Levantó una mano para detener a los demás. Lo hizo sin volverse, porque todavía no sabía qué iba a encontrar al otro lado del borde y necesitaba unos segundos antes de que su padre pudiera leerle la cara.

Ben detuvo a Buck tan cerca que Hoss oyó el movimiento del freno. El calor se había vuelto una presencia casi material sobre sus espaldas; a esa altura, la piedra devolvía la luz con tal violencia que obligaba a entrecerrar los ojos. Hoss desmontó y dejó las riendas a Adam. Después avanzó despacio, probando el suelo antes de apoyar todo su peso.

Había una impresión de dedos en el polvo, muy cerca del borde.

Hoss se quedó mirándola. Podía imaginar aquella mano tratando de encontrar algo firme, pero no sabía si se había aferrado para evitar una caída o para provocarla. Más abajo distinguió piedras removidas, ramas partidas y una línea irregular que desaparecía detrás de un saliente.

—Aquí pasó algo —dijo, procurando que su voz no cambiara.

Ben ya estaba en el suelo. Se acercó con una rapidez que obligó a Hoss a extender el brazo, no para impedirle mirar, sino para mantenerlo sobre el tramo seguro. Durante un instante se encontraron los ojos. Ninguno de los dos mencionó la posibilidad más terrible. Adam amarró las monturas a cierta distancia y vino hacia ellos con la bolsa de las vendas.

—Se detuvieron —añadió Hoss—. Mira las vueltas de ese caballo. Y ahí hay pisadas de un hombre.

Ben no estaba mirando las huellas. Buscaba abajo, entre las rocas, con el cuerpo inclinado y una mano apoyada en el hombro de Hoss. Había esperado encontrar el verde de una chaqueta o el azul de una camisa; sin embargo, todo lo que distinguía pertenecía al mismo mundo de piedra clara, polvo y vegetación quemada. El fondo de la quebrada quedaba parcialmente oculto. Podía haber alguien allí sin que ellos lo vieran.

—¡Joseph!

El nombre golpeó la ladera y regresó deshecho. Adam dejó de moverse para escuchar. Hoss sostuvo el aire un momento, atento a cualquier ruido que no perteneciera al viento.

No hubo respuesta.

Ben volvió a llamarlo, esta vez separando las sílabas, como si el cuidado con que pronunciaba aquel nombre pudiera hacerlo llegar más lejos. Después quedó inmóvil. Hoss sentía la presión de sus dedos a través de la camisa y comprendió que su padre ni siquiera sabía que seguía sujetándolo.

—Voy a buscar una bajada —dijo.

Adam asintió y miró el descenso por el que había rodado la grava. No serviría: cualquier hombre que intentara bajar por allí podía terminar al fondo junto con un desprendimiento de piedras. Se desplazó unos pasos hacia el otro lado y descubrió un quiebro del terreno que se abría más allá de la curva.

Ben continuó mirando abajo. Por primera vez desde que había salido de Virginia City tuvo miedo de dejar aquel lugar, incluso para encontrar un acceso. Si Joe estaba bajo el saliente y oía sus pasos alejarse, podía creer que habían pasado de largo.

—¡Soy yo, hijo! —llamó—. Si me escuchas, contesta.

La voz se le quebró apenas al final. Esperó, con los ojos fijos en una estrecha franja de sombra, mientras Adam y Hoss empezaban a reconocer el terreno a su alrededor.


Para Joe, la voz llegó desde un sitio equivocado.

No venía de las rocas. Venía del otro lado de una puerta que no conseguía abrir, de una casa donde había dejado algo importante y a la que debía regresar antes de que se hiciera tarde. Tenía la boca tan seca que al intentar contestar solo produjo un movimiento de labios. La cabeza le pesaba contra la piedra; cada esfuerzo por levantarla hacía que el hombro derecho le recordara el disparo, y entonces la puerta desaparecía y volvía el cauce vacío.

Reconoció el cielo entre dos salientes. Reconoció su propia pierna, recogida en una posición que ya no recordaba haber elegido. El dolor había cambiado: a veces el hombro parecía lejano y la pantorrilla ocupaba todo el cuerpo; otras veces un movimiento mínimo reunía ambas heridas en una sola sacudida que le impedía pensar.

Había oído a su padre.

O había querido oírlo.

Joe intentó distinguir entre esas dos cosas, pero la diferencia se le escapaba. Desde que había encontrado la sombra, Pa había estado allí muchas veces sin estar realmente. Había sentido su mano acomodándole una manta, lo había oído hablar en el patio, había confundido el roce de la hierba con el sonido de sus botas. No quería dejarse engañar otra vez. La decepción de abrir los ojos y encontrarse solo empezaba a doler tanto como algunas de sus heridas.

Entonces volvió a escuchar su nombre.

Esta vez hubo algo distinto: la voz venía de arriba y traía un esfuerzo que Joe conocía. Era la manera en que Ben lo llamaba cuando trataba de hacerse oír por encima del ganado, con el pecho abierto y las últimas sílabas sostenidas hasta que alguien levantaba la cabeza.

Joe separó los labios. Sintió el tirón de la piel reseca y una punzada en el costado al buscar aire.

—Pa…

No supo si había conseguido decirlo. La palabra apenas alteró el silencio inmediato. Intentó otra vez, pero una tos breve le sacudió el pecho y lo dejó doblado sobre sí mismo, con los ojos llenos de agua. El miedo regresó de golpe, limpio, casi despierto: podían estar allí y no encontrarlo. Podían marcharse mientras él los escuchaba.

Movió la mano izquierda sobre el suelo hasta tocar una piedra pequeña. Quiso levantarla y golpear con ella la roca de su espalda. Los dedos la sujetaron, pero el brazo no consiguió completar el movimiento. La piedra se le escapó y rodó unos centímetros, deteniéndose junto a la bota.

Joe la miró con una desesperación silenciosa. Nunca algo tan pequeño le había parecido tan lejos.


Fue Hoss quien encontró el tronco.

La bajada que Adam había localizado desembocaba en una lengua de tierra más firme, desde la que pudieron alcanzar el cauce sin desprender una lluvia de piedras. Ben llegó detrás de ellos con una mano ensangrentada por haberse apoyado en una arista. No había notado el corte. Su atención se detenía en cada mancha de color que pudiera ser ropa, en cada sombra que tuviera la forma de un cuerpo.

Al pie del tronco, Hoss se arrodilló. Había tierra aplastada y una señal oscura en la madera. Más allá encontró el comienzo de un surco discontinuo, la marca de una rodilla y después otra, como si alguien hubiera avanzado a través del fondo de la quebrada llevando consigo un peso que no podía levantar.

—Se movió —dijo.

Ben se volvió hacia él. Aquellas dos palabras lo alcanzaron con tanta fuerza que durante un segundo no pudo preguntar nada. Se había movido. Joe había sobrevivido a la caída lo suficiente para elegir una dirección, para buscar refugio, para intentar salvarse otra vez.

Hoss siguió las marcas con la vista. El cauce doblaba a unos pasos y un grupo de bloques de granito proyectaba una sombra estrecha. Caminó hacia ellos, apartando una rama con el antebrazo.

Se detuvo.

Ben vio cómo cambiaba su expresión antes de ver a Joe.

Su hijo estaba recogido contra la base de una roca, con la cabeza inclinada y la mano izquierda apoyada sobre el hombro. La chaqueta tenía el borde desgarrado; la camisa se había pegado al cuerpo y el polvo había formado una costra desigual sobre la tela húmeda. El rostro parecía más pequeño dentro de toda aquella suciedad. Tenía los labios entreabiertos y los párpados apenas levantados.

—Joseph.

Ben llegó hasta él sin recordar los pasos intermedios. Se arrodilló tan cerca que la rodilla golpeó una piedra, pero ni siquiera bajó la vista. Antes de tocarlo buscó el movimiento del pecho. Lo encontró, pequeño y rápido, y el alivio fue tan violento que casi le hizo perder el equilibrio.

—Joe, mírame. Soy Pa.

Le apoyó una mano en la mejilla. La piel estaba caliente por el sol; debajo de la suciedad, sin embargo, la palidez tenía un tono que Ben conocía y temía. Joe tardó en volver los ojos hacia él. Primero miró su cuello, luego la boca, y solo después pareció encontrar el rostro completo.

La mano izquierda se desprendió del hombro.

Ben la atrapó antes de que cayera. Los dedos de Joe intentaron cerrarse alrededor de los suyos, sin fuerza suficiente para conseguirlo del todo.

—Te… oí.

Era una voz gastada, difícil de reconocer como la del muchacho que había bromeado aquella mañana junto al establo. Ben acercó la frente a la suya por un instante. Había imaginado tantas cosas durante el camino que ahora necesitaba comprobar la realidad de aquel contacto: el cabello bajo sus dedos, el aire de Joe contra su cara, una mano que todavía buscaba la suya.

—Lo sé. Ya te encontramos.

Joe cerró los ojos. El pequeño pliegue entre sus cejas se aflojó y su cuerpo cedió un poco hacia delante. Ben lo sostuvo por el lado sano, evitando que el hombro derecho chocara contra su pecho. Hoss se agachó al otro lado con la cantimplora y la bolsa; Adam permaneció un instante detrás de ellos, mirando a su hermano como si todavía no pudiera decidir dónde terminaba la ropa y empezaba la sangre.

Después se quitó el sombrero y lo dejó sobre una roca. Necesitaba tener las manos libres.


Joe no comprendía por qué seguía doliendo.

En la confusión del último rato, la llegada de su padre se había convertido en el final de todo lo demás: Pa aparecía y él dejaba de tener sed, de estar herido, de esperar a una serpiente escondida entre las piedras. Pero Ben estaba allí y el hombro continuaba latiendo; la pierna le ardía debajo del pantalón y el cuerpo temblaba aunque ya no necesitara arrastrarse.

Se aferró a la mano que lo sostenía. Esa parte sí era distinta. Había dedos alrededor de los suyos y una voz que no desaparecía cuando abría los ojos.

Hoss humedeció un paño y le limpió con cuidado la tierra de la boca. Joe quiso beber demasiado deprisa; la mano de Ben lo ayudó a incorporarse apenas y tuvo que conformarse con una pausa, con volver a respirar antes de intentarlo de nuevo. Se sintió torpe y muy cansado. Le avergonzó que sus hermanos lo vieran así, incapaz de sostener siquiera la cabeza sin ayuda.

Adam se arrodilló junto a la bolsa. Cuando apartó con cuidado la chaqueta, Joe se puso rígido. Ben lo sintió antes de oír el gemido y le acomodó mejor el brazo sano contra su cuerpo.

—Despacio —dijo, sin saber si hablaba con Adam o consigo mismo.

La tela cedió con dificultad. Había un pañuelo doblado contra la herida, adherido a la camisa. Adam dejó de tirar en cuanto lo vio. Intercambió una mirada con Hoss y buscó la tela limpia que habían traído de la ciudad.

Joe abrió los ojos. Detrás de los hombros de su padre veía las piedras y, entre ellas, una grieta oscura. El recuerdo apareció entero antes de que pudiera nombrarlo: el sonido seco, la cabeza levantada, su bota enganchada en el suelo.

Tiró débilmente de la mano de Ben.

—La pierna…

Ben bajó la vista. Hasta entonces había observado el hombro, el rostro y la manera en que respiraba. La pierna derecha estaba recogida, cubierta de polvo; no había nada que explicara de inmediato el espanto que acababa de volver a los ojos de Joe.

—¿Te golpeaste al caer?

Joe negó apenas. La palabra tardó en formarse, como si pronunciarla fuera a devolver la serpiente al lugar del que había salido.

—Cascabel.

Hoss se quedó inmóvil con la cantimplora entre las manos.

Adam levantó la cabeza.

Ben sintió que el cuerpo se le enfriaba por dentro, pero mantuvo la mano donde estaba. Joe lo miraba con una atención aterrada, pendiente de su rostro. No podía permitirse apartarse de él para tener miedo.

—¿Dónde, hijo?

La mano de Joe intentó señalar. Ben siguió el movimiento hacia la pantorrilla y Hoss apartó con cuidado la tela. El silencio de los tres hombres cambió. Ya no era el de la llegada, lleno de cosas que aún estaban descubriendo. Era un silencio consciente, contenido, en el que ninguno quería que Joe escuchara el pensamiento del otro.

—Aquí —murmuró Hoss.

Ben vio la marca y la piel que empezaba a hincharse alrededor. Miró después a Adam. Su hijo mayor ya se había incorporado.

—Voy por Paul.

No hubo discusión. Adam recogió su sombrero y la cantimplora que aún conservaba agua. Antes de marcharse, se inclinó cerca de Joe y le apoyó una mano en el brazo izquierdo.

—Escúchame, pequeño. Voy a buscar al médico. Hoss y Pa se quedan contigo.

Joe lo observó con dificultad. Ben vio la lucha por entender, por ordenar las palabras dentro del cansancio. Al fin los dedos de su hijo se movieron levemente entre los suyos.

Adam sostuvo la mirada de Ben. Había una pregunta en sus ojos que ninguno podía responder, y una promesa para la que no necesitaban voz. Después se volvió hacia la salida del cauce.

—La vieja parada de carga —dijo Hoss antes de que se alejara—. Si conseguimos sacarlo de aquí, iremos allí. Por el camino del este.

Adam asintió. Conocía el lugar: un cobertizo de piedra y madera junto a una derivación del camino de carretas, abandonado desde que los transportistas habían elegido otra ruta. El arroyo cercano había dejado de correr en verano, pero el edificio aún ofrecía techo y acceso para un carro. Era un sitio al que un médico podía llegar sin bajar a aquella quebrada.

—Los encontraré —dijo.

Joe oyó sus pasos alejarse y quiso levantar la cabeza. Ben lo sostuvo un poco más cerca.

—Va a volver.

Esta vez fue necesario decírselo también a sí mismo.


Cuando quedaron solos con él, Hoss buscó otra posición de sombra mientras Ben permanecía arrodillado junto a la roca. El sol había avanzado lo suficiente para tocar la punta de una bota de Joe; la claridad seguía moviéndose aunque a Ben le pareciera que el mundo llevaba horas detenido en el mismo lugar.

Había cosas que hacer y las hizo una por una, siguiendo a Hoss cuando necesitaba un paño, sujetando a Joe cuando debían acomodarle la ropa, respondiendo a sus breves movimientos con una palabra antes de que se transformaran en miedo. Sin embargo, una parte de su mente seguía en la calle de Virginia City, viendo aquel revólver junto a la sien. Se descubrió mirando alrededor como si Rafe pudiera aparecer detrás de las piedras y volver a llevárselo.

Joe también vigilaba. Cada vez que el viento movía la vegetación, los ojos se le abrían un poco más. Al principio Ben creyó que buscaba a Adam, pero después reconoció la dirección de su mirada.

—¿Fue ahí? —preguntó, señalando la grieta.

Joe movió apenas la cabeza. Ben comprendió entonces por qué no conseguía descansar ni siquiera cuando el agotamiento le cerraba los párpados. Hoss regresó y los ayudó a cambiar unos pasos de lugar, hasta una sombra más amplia, alejada de aquel hueco. El movimiento fue breve, pero dejó a Joe temblando contra el pecho de su padre.

Ben lo sostuvo mientras recuperaba el aliento. Con el brazo izquierdo alrededor de él, podía sentir la delgadez de su espalda bajo la chaqueta y el esfuerzo irregular de cada respiración. Había levantado a aquel hijo muchas veces a lo largo de los años; nunca se había acostumbrado a que un cuerpo joven pudiera volverse tan pesado cuando ya no podía ayudarse a sí mismo.

—No quería… —empezó Joe.

Ben inclinó la cabeza para oírlo.

—No quería que…

Las palabras se interrumpieron. Joe tragó con dificultad y frunció el ceño, enfadado por no conseguir terminar. Su padre esperó. Podía distinguir una parte de la antigua obstinación en aquel gesto y se aferró a ella con una gratitud que no habría sabido explicar.

—No tienes que hablar ahora.

Pero Joe insistió. La mano izquierda buscó un pliegue de su camisa y lo sujetó entre dos dedos.

—La niña… tenía el arma…

Ben cerró los ojos un instante. La señora Higgins en la calle, su hija diciendo que Joe iba a mostrarle el caballo, el sobre con la huella roja. Había guardado todas esas cosas en algún lugar de sí mismo para poder seguir cabalgando. Ahora regresaban juntas.

—Lo sé, Joseph. Su madre me lo contó. Las dos están bien.

Joe pareció escuchar cada palabra por separado. Después el ceño cedió un poco y dejó caer la cabeza contra su padre. Ben le apartó de la frente un mechón pegado por el sudor.

Habría querido decir que estaba orgulloso. Lo estaba. También estaba furioso, aterrorizado y tan cerca de suplicar que tuvo que tomarse unos segundos antes de volver a hablar. No quería que Joe confundiera nada de aquello con un reproche.

—No estoy enfadado contigo, hijo.

La frase hizo que Joe lo mirara. Ben no sabía si había acertado con un miedo concreto o si su hijo solo trataba de seguir su voz. De todos modos, volvió a decírselo, más bajo, con la mano apoyada en su pelo.

—Conmigo puedes descansar un momento. No tienes que explicarme nada.

Joe soltó una respiración temblorosa. Los dedos que sujetaban la camisa de Ben no se abrieron.


Hoss subió por los caballos con una determinación tranquila que no tenía nada de calma.

Al volver a la cornisa encontró el sombrero de Joe atado a la silla de Buck. Lo desenganchó antes de ocuparse de las riendas. Durante un instante lo sostuvo en ambas manos, mirando el borde gastado por los dedos de su hermano. Hacía unas horas había estado riéndose de su chaqueta. Joe había entrado en el establo con aquella manera suya de moverse, rápida incluso cuando no tenía prisa, y Hoss ni siquiera se había vuelto para verlo montar.

Ahora no podía quitarse de la cabeza la marca de sus rodillas en el cauce.

Guardó el sombrero con cuidado y buscó un acceso para las monturas. No podía hacerlas bajar por el mismo tramo que ellos; tuvo que avanzar hasta que la ladera perdió altura y el terreno se abrió en un paso menos abrupto. Desde allí dejó que los animales reconocieran las piedras, sin apresurarlos, aunque cada detención le tensaba el cuerpo entero.

Cochise se inquietó al acercarse al fondo. Hoss le habló en voz baja y el pinto volvió una oreja hacia él. Al otro lado de la curva, Ben continuaba con Joe entre los brazos.

Su hermano levantó los ojos al oír las monturas. Durante un instante pareció buscar algo, y Hoss creyó reconocer en su mirada una pregunta que no llegaba a hacerse.

—También vino tu caballo —le dijo, acercándose—. No íbamos a dejarlo esperando en la ciudad.

Joe miró el costado blanco y negro. La boca se le movió apenas. Hoss no oyó ningún nombre, pero vio que los dedos se aflojaban un poco contra la camisa de Ben.

Habían encontrado un sitio de su vida que todavía reconocía.

Sacar a Joe de allí exigió más tiempo del que ambos hubieran deseado. El terreno obligaba a detenerse y elegir cada paso; no podían tratar su cuerpo como una carga ni pedirle una ayuda que ya no tenía fuerzas para dar. Hoss asumió el mayor peso mientras Ben se mantuvo cerca de la cabeza de su hijo, sosteniéndolo cuando el movimiento le arrancaba una queja. Al llegar al paso más firme, todos tuvieron que descansar.

Joe dejó de intentar disimular el dolor. A Ben aquello le produjo un alivio doloroso: al menos ya no gastaba fuerzas en fingir que podía soportarlo solo. Cuando volvieron a acomodarlo para continuar, le explicó lo que iban a hacer antes de tocarlo.

—Hoss te lleva. Yo voy a tu lado.

Los ojos de Joe se movieron hacia su hermano. Hoss sostuvo aquella mirada con el rostro muy cerca del suyo.

—No tienes que hacer nada, Joe. Déjame a mí.

El trayecto hasta la parada de carga comenzó despacio. Hoss cabalgaba con Joe sostenido delante de él; Ben avanzaba junto a Chubb siempre que el ancho del camino se lo permitía. Habían dejado de seguir el rastro de los ladrones. Cada vez que aparecía una bifurcación, Ben miraba hacia la ruta que los alejaba de aquellos hombres y elegía la que pudiera llevar a su hijo bajo un techo.

No sentía que estuviera renunciando a encontrarlos. Simplemente no quedaba lugar para ellos dentro de aquella tarde.


El cobertizo apareció detrás de una hilera de álamos resecos, con parte de la cerca caída y una puerta que rozaba el suelo al abrirse.

Hoss lo conocía mejor que Ben. Había pasado por allí durante una búsqueda de ganado y sabía qué parte del techo seguía firme. Entró primero, apartó un cajón vacío y abrió el postigo para que circulara el aire. Olía a madera vieja, polvo y cuero abandonado. En un rincón quedaban restos de cuerda y una herradura oxidada; nada que pudiera convertir aquel lugar en una casa, pero había sombra suficiente y el suelo estaba seco.

Prepararon un sitio con las mantas que llevaban en las monturas. Ben se sentó detrás de Joe mientras Hoss terminaba de acomodarlo, cuidando el hombro y la pierna. La transición del movimiento a la quietud no trajo un alivio inmediato. Joe mantuvo el cuerpo rígido durante un rato, como si todavía esperara la siguiente sacudida del camino.

—Ya paramos —le dijo Ben, apoyándole la mano en la frente—. Estamos bajo techo.

Joe miró hacia la puerta. La luz del exterior dibujaba un rectángulo blanco sobre las tablas, y más allá se veían las patas de Buck. Trató de reconocer el lugar. Ben advirtió el esfuerzo y se lo explicó sin esperar una pregunta, diciéndole dónde estaban, que Adam iba a encontrarlos allí, que Hoss se ocupaba de los caballos.

No sabía cuánto entendía. Algunas veces Joe respondía con una mirada; otras, parecía escuchar desde muy lejos. La pierna le dolía más y el cansancio se había vuelto algo que Ben podía observar en el tiempo que tardaba en volver a abrir los ojos.

Hoss se detuvo junto al postigo. Desde allí se veía el camino de carretas y una extensión de terreno por la que tendría que llegar Adam. Se quitó el sombrero y se pasó una mano por el cabello húmedo. Luego volvió hacia su padre.

—¿Quieres que lo tenga un rato?

Ben negó antes de pensarlo. Después levantó los ojos y vio la manera en que Hoss miraba a Joe: el cuidado con que mantenía las manos quietas para no tocar donde pudiera doler, la necesidad de acercarse sin saber si iba a estorbar.

—Siéntate aquí —dijo.

Hoss ocupó el espacio junto a ellos. Apoyó una mano grande sobre la izquierda de su hermano, sin apretar, y Joe movió los dedos como si hubiera reconocido el contacto antes que la cara. Durante unos minutos, Ben pudo descansar parte de la espalda contra la pared. No dejó de sostener a su hijo.

La luz fue cambiando dentro del cobertizo. El rectángulo de la puerta se alargó y perdió su blancura. Afuera, los caballos removían la tierra y se escuchaba el roce de las riendas contra una argolla. Ben se descubrió contando las respiraciones de Joe y tuvo que obligarse a detenerse: cada pausa empezaba a parecerle demasiado larga, cada movimiento insuficiente.

Su hijo abrió los ojos una vez y miró la manga de su padre. Había sangre seca cerca del puño, del pequeño corte que Ben se había hecho al bajar. Joe intentó tocarla.

—No es nada —le dijo Ben, comprendiendo al fin—. Me raspé con una piedra.

Joe tardó en apartar la vista. Aquella preocupación mínima, tan fuera de lugar dentro de todo lo que estaba soportando, le deshizo a Ben algo que llevaba horas manteniendo en pie. Bajó la cabeza y le besó el cabello, sin encontrar palabras que pudiera pronunciar de manera firme.

Hoss miró hacia la puerta. No intervino. Se quedó con su mano sobre la de Joe hasta que oyó, mucho después, un ruido distinto en el camino.


Adam llegó delante de un carro ligero.

No entró anunciando que todo estaba resuelto. Desmontó, dejó las riendas y cruzó la puerta con el rostro cubierto de polvo. Ben lo vio buscar a Joe inmediatamente. Solo después de encontrarlo entre las mantas, todavía sostenido contra su padre, el mayor de los Cartwright consiguió respirar de otra manera.

Paul Martin venía detrás con su maletín. Hoss se levantó para dejarle sitio y el médico se arrodilló junto a ellos sin gastar tiempo en preguntas que podía responder mirando. Saludó a Joe por su nombre y esperó a que los ojos se volvieran hacia él. La respuesta tardó demasiado para el gusto de Ben.

Adam contó lo que sabían: el disparo en el banco, la caída, la mordedura. Habló con precisión, separando lo que habían visto de lo que Joe había conseguido decir. Paul escuchó mientras examinaba a su paciente. Cuando descubrió la pantorrilla, su expresión se cerró un poco, pero sus manos mantuvieron la misma delicadeza.

Ben observaba cada movimiento. Había llevado a sus hijos ante aquel hombre suficientes veces para conocer sus silencios, y ahora buscaba en ellos algo que pudiera sostenerlo. Paul no le ofreció una sonrisa tranquilizadora. Tampoco lo apartó de Joe.

—Voy a necesitar que lo sigas sujetando, Ben.

Aquella petición concreta fue un alivio. Ben acomodó el brazo de su hijo y esperó las indicaciones. Podía hacer eso. Podía sostenerlo, mantenerlo cerca, responder cuando lo llamara.

Joe volvió la cabeza al sentir unas manos distintas sobre la ropa. El miedo le tensó la boca y buscó a su padre antes de comprender que no lo habían separado de él.

—Aquí estoy —dijo Ben enseguida—. Es Paul. Adam lo trajo.

El médico levantó la vista hacia Joe y le habló con voz baja, explicándole lo suficiente para que pudiera seguirlo. No le exigió respuestas largas. Cuando tuvo que mover la tela cerca del hombro, se detuvo hasta que Joe recuperó el aire y Ben dejó de sentir aquella contracción desesperada bajo sus manos.

La tarde había perdido el calor más cruel, pero dentro del cobertizo nadie lo notaba. Adam se quedó junto al maletín, alcanzando lo que Paul pedía. Hoss salió por agua y regresó casi de inmediato. Cada uno encontró una tarea pequeña con la que ocupar el miedo.

Solo Ben permaneció donde estaba.

En un momento, Joe levantó apenas la mano izquierda. Los dedos rozaron la camisa de su padre y se cerraron en el mismo pliegue que habían encontrado en la quebrada.

—No te vayas.

Ben bajó el rostro hasta quedar a su altura. Había imaginado esa petición durante todo el camino de búsqueda, como si escucharla hubiera bastado para salvarlo. Ahora que la oía de verdad, comprendió que encontrar a Joe solo había sido el comienzo de otra espera.

—Me quedo contigo, hijo.

Joe no soltó la camisa. Paul continuó trabajando a su lado y Adam se agachó para acercar la lámpara que Hoss acababa de encender. La luz amarilla alcanzó el rostro de los cuatro Cartwright, reunidos por fin en un lugar demasiado pequeño para todo lo que temían.

Ben sostuvo a su hijo mientras el último resplandor del camino desaparecía de la puerta. Esta vez, cuando Joe cerró los ojos, tuvo una mano entre el cabello y la voz de su padre cerca del oído.

Y Ben siguió hablándole, aun después de que dejó de saber si podía escucharlo.


Continuará en el episodio 4.

0 Interacciones
Conversación en Vivo
Comunidad Segura
🕒 Puedes volver a comentar en 60s...
Opiniones de la Comunidad

¿Nadie ha roto el hielo todavía?

Tu opinión es importante para nosotros. Sé la primera persona en dejar un comentario.

Empezar conversación ahora