ESTACIÓN LANDON · NOVELA POR ENTREGAS
Bonanza: Después de los créditos
LOS PACIENTES DEL DOCTOR HARROW
CAPÍTULO II

Agua para los hombres
Ben descubrió que Joe había dejado enfriar el café cuando le pidió por segunda vez que acercara la mantequilla.
Su hijo estaba mirando la ventana. Afuera, una franja de sol alcanzaba las ruedas de la carreta, todavía oscuras por el rocío. Hoss había cargado las abrazaderas antes de entrar a desayunar; la lona que las cubría sobresalía por un costado.
—Joseph.
Joe se volvió y vio la mano de su padre extendida sobre la mesa.
—Perdón, Pa.
Le pasó el plato. Adam levantó los ojos de un comprobante que había apoyado junto a su taza, pero esta vez se abstuvo de comentar la distracción. Hoss partía una tostada con el cuidado de quien ya estaba calculando cuánto tiempo faltaba para la siguiente comida.
Joe tomó el café, descubrió su temperatura y lo dejó otra vez.
—Daniel me pidió que avisáramos a su mujer si volvían a ingresarlo —dijo—. Ayer no te lo conté.
Ben dejó el cuchillo sobre el borde del plato.
Joe explicó lo de la casa en el camino de Six Mile, los dos niños y la demora de la primera vez. Mientras hablaba, la conversación del cobertizo le parecía más difícil de transmitir que la disputa con el encargado. Allí había habido palabras que podía repetir y una conducta fácil de juzgar. Le costaba describir la manera en que Daniel había mirado hacia la cocina antes de mencionar a su familia.
—¿Sabes si ella tiene a alguien que pueda llevarla? —preguntó Ben.
—No se lo pregunté.
—Averígualo cuando lo veas. Si necesita transporte, podemos arreglarlo.
Hoss acercó la fuente de huevos a Joe.
—Primero come algo. No pienso explicarle a Hop Sing por qué has vuelto hambriento después de pasar media mañana sentado delante de esto.
Joe aceptó una porción. Le molestaba un poco que los demás pudieran continuar desayunando, hasta que se dio cuenta de que él también tenía hambre. El olor de la mantequilla caliente seguía siendo agradable. Había trabajo pendiente y una mañana despejada. La desgracia de Daniel no había cambiado esas cosas, y precisamente por eso le costaba dejar de pensar en ella.
Adam dobló el comprobante.
—Voy al despacho de Whitmore. Además de las cuentas, preguntaré por Vale.
—No aceptes solamente que te digan que está mejor.
—Pensaba preguntar si lo ha visto el médico y cuándo.
Joe reconoció el tono. Su hermano había oído el reproche implícito y estaba eligiendo no responder con otro. Aun así, añadió:
—Ayer nadie sabía cuándo iba a ir.
Adam guardó el papel en el bolsillo interior de su chaleco antes de mirarlo.
—Entonces esa es una buena pregunta.
La respuesta desarmó una discusión que Joe ya había empezado a preparar. Ben lo observaba desde la cabecera. Había en su expresión una paciencia atenta que a Joe le resultaba más difícil soportar que una orden.
—Pasa por la ferretería antes de alcanzar a Hoss —dijo su padre—. Necesitamos los clavos que encargué. Y lleva lo de la tienda de Sutton si lo tiene preparado.
Joe asintió y apartó la taza fría para alcanzar la cafetera.
* * *
Virginia City estaba levantando las contraventanas cuando llegó.
El sol todavía no alcanzaba el fondo de la calle. Bajo los aleros persistía un frío húmedo, con olor a ceniza de los fogones y al heno que acababan de barrer de una entrada. Un muchacho empujaba una carretilla cargada de leña entre los caballos atados; desde algún lugar llegaba una discusión sobre el precio de una mula.
Joe desmontó junto a la carpintería de los Bennett y se encontró con Will tratando de hacer pasar una hoja de puerta por un espacio demasiado estrecho. Habían compartido banco en la escuela durante dos años, tiempo suficiente para conocer las consecuencias de que uno de los dos empezara a reír durante una lección. Ahora Will tenía una barba incipiente y una quemadura de cola caliente en la muñeca; a Joe todavía le parecía extraño verlo trabajando a las órdenes del mismo padre que antes iba a buscarlos cuando se metían en problemas.
—El otro lado —dijo Will, sin saludar.
Joe sujetó la madera antes de que golpeara una barrica.
Entre los dos la llevaron hasta los caballetes del interior. El taller olía a viruta fresca y aceite. Will se limpió las manos en el delantal y le dio una palmada en el hombro.
—Mi padre dice que si sigues apareciendo justo cuando hace falta cargar algo, voy a tener que pagarte.
—Prefiero que me devuelvas mis dos dólares.
—No sé de qué hablas.
—Es sorprendente que conserves memoria de todo lo que ocurrió en la escuela y hayas perdido únicamente esa parte.
Will sonrió. Joe dejó que la conversación se demorara un poco, preguntó por la muñeca y oyó los planes para una ventana que estaban preparando para una casa nueva. Su amigo estaba orgulloso del encargo. Lo llevó hasta el fondo para mostrarle el marco y esperó en silencio mientras Joe recorría la unión con el pulgar.
—Está bien hecho.
Will bajó la cabeza, satisfecho.
—Ahora falta que el cliente piense lo mismo cuando le diga lo que cuesta.
Al salir, quedaron en buscar un rato libre para ir a pescar antes de que empeorara el tiempo. Will preguntó por Hoss y le encargó que le agradeciera unas indicaciones sobre un caballo que había comprado su padre. Joe prometió hacerlo. Se marchó con una sensación de ligereza que no había tenido durante el desayuno.
En la tienda de Sutton, Clara estaba arrodillada delante de una caja abierta. Se incorporó al oír la puerta, con una cinta azul que le había quedado enganchada en la manga. Joe la desprendió antes de que la muchacha la arrastrara contra un clavo del mostrador.
—Ibas a llevarte una parte del negocio.
Clara tomó la cinta de sus dedos.
—Estoy esperando encontrar a alguien dispuesto a pagarlo entero.
—Podría recomendarte a mi hermano Adam. Hace preguntas sobre cada centavo, pero eso suele significar que tiene alguno.
Ella se rio y buscó el paquete de Ben en un estante. Joe la siguió con la mirada sin mucho esfuerzo por disimular. Clara lo advirtió al volverse y dejó el envoltorio fuera de su alcance.
—¿No tienes trabajo esta mañana?
—Estoy haciéndolo.
—Con una lentitud admirable.
Joe apoyó los antebrazos en el mostrador y sonrió. Sabía cuándo aquella sonrisa encontraba respuesta; la vio en la forma en que Clara bajó un instante los ojos antes de volver a mirarlo. Le gustaba conseguirlo, y le gustaba todavía más que ella no se lo pusiera demasiado fácil.
La muchacha había corregido cuidadosamente una cuenta que él trajo equivocada semanas atrás. Desde entonces le reservaba los paquetes, aunque cualquiera de sus hermanos pudiera pasar a buscarlos. Joe conocía esas pequeñas preferencias. No estaba seguro de cuánto significaban y, aquella mañana, tampoco se obligó a averiguarlo.
—Habrá música en casa de los Watson —dijo Clara mientras ataba el papel—. Si consigues terminar tus importantes obligaciones.
—¿Me estás invitando?
—Te estoy informando. La invitación la tienes en el paquete desde el martes.
Joe miró el envoltorio y después a ella.
—Entonces será mejor que lo abra personalmente.
Clara se lo entregó, pero añadió que tendría que llegar a una hora decente: pensaba ayudar con la comida y no pasarse la noche esperando a un hombre que siempre encontraba una historia para explicar sus retrasos.
Joe le aseguró que aquella vez tendría una buena. Ella lo señaló con la cinta, fingiendo una severidad que no consiguió mantener hasta la puerta.
* * *
Roy estaba de pie frente a la oficina, examinando una correa de su silla. Al ver los paquetes, miró a Joe con desconfianza afectuosa.
—Tu padre lleva una semana esperando que Sutton termine de reunir esas cosas.
—Ya están reunidas.
—Eso veo. Solo falta que lleguen.
Joe se acercó a Cochise y aseguró el envoltorio detrás de la montura. Roy terminó de comprobar la hebilla y le preguntó si Hoss había logrado arreglar el cercado sur. Habían hablado con Ben el día anterior, antes de que los muchachos regresaran del campamento.
Joe le contó lo de la ternera, adelantándose a la versión de sus hermanos. Roy lo escuchó con el gesto serio que utilizaba cuando estaba disfrutando demasiado de una historia para interrumpirla.
—Tiene que haber sido un animal muy listo.
—Voy a venderla antes de que se reúna con ustedes.
Roy soltó una risa breve. Joe se apoyó en el poste y miró el interior de la oficina: el escritorio, una silla apartada, el sombrero de repuesto colgado cerca de la pared. Durante años había entrado allí sin pensar si estaba interrumpiendo. Conservaba esa facilidad, aunque ya sabía esperar cuando Roy atendía a alguien.
—¿Vas a Cedar Basin? —preguntó el sheriff.
Joe asintió. Al hablar de las abrazaderas recordó a Daniel y el buen humor se le fue apagando de manera tan visible que Roy dejó de ocuparse de la silla.
—¿Qué ha pasado?
Joe se lo contó sin acelerar las partes que más le enfurecían. Roy lo dejó terminar. Preguntó el nombre del trabajador y si lo habían llevado al médico después de encontrarlo en la zanja.
—Dijo que Harrow iba allí. Hoy vamos a averiguarlo.
—Es un buen sitio para empezar.
Joe desprendió una hebra de cuerda del poste.
—Adam me ha dicho algo parecido.
—A veces tu hermano tiene razón. No se lo repitas como si hubiera sido idea mía.
El comentario lo hizo sonreír. Roy le preguntó por la familia de Daniel y Joe repitió lo que sabía, incluyendo el nombre de Ellen. El sheriff conocía el camino, aunque no podía recordar haber hablado con ella.
—Si necesitan que le hagan llegar aviso, dímelo. Alguno de mis recorridos pasa cerca.
Lo dijo como había dicho muchas otras cosas a lo largo de la vida de Joe: dando por sentado que podían ocuparse de ellas entre ambos.
Joe recordó una noche en que Ben había viajado y él se alojaba en casa de los Coffee. Había insistido hasta conseguir acompañar a Roy en su última ronda. La esposa del sheriff le había arreglado el cuello del abrigo antes de dejarlos salir, y él había esperado con impaciencia que terminara, preocupado por que Roy cambiara de opinión. En la calle descubrió que una ronda podía consistir en comprobar un cerrojo, devolver una mula a su establo y escuchar a un hombre que necesitaba hablar de su hermano muerto. Volvió con sueño y con la satisfacción de haber conocido una parte del pueblo que desde la escuela no se veía.
—Todavía haces la vuelta larga —dijo.
Roy siguió su mirada hacia el extremo de la calle.
—Cuando hace falta.
—Yo creía que buscabas una excusa para que tu esposa no me mandara a dormir tan pronto.
—Tú creías que no se me ocurría nada sin tu ayuda.
Joe se separó del poste. Antes de que montara, Roy le tocó el brazo.
—Haz las preguntas, muchacho. Después ven y cuéntame qué te han contestado.
* * *
Hoss estaba descargando la última abrazadera cuando Joe llegó al campamento. Lo ayudaba un hombre de barba oscura y hombros estrechos que tenía un pie apoyado en el borde de la carreta, evitando cargar peso sobre el talón.
—Pensé que te habían contratado en la ferretería —dijo Hoss.
Joe desmontó y le entregó los clavos.
—He trabajado en una carpintería. Están buscando a alguien competente. Les he dicho que tú ya tienes ocupación.
El desconocido rio. Hoss lo presentó como Peter Sloane, el arriero que había ayudado a sacar una carreta de harina del barro la primavera anterior. Joe recordó los animales mucho antes que el rostro. Peter no pareció ofenderse; afirmó que aquellos machos eran bastante más memorables que él.
Una tabla se había levantado en el fondo de la caja. Joe subió para liberar la lona que había quedado atrapada debajo, y entre los tres acomodaron la carga que debía regresar al rancho. Peter hizo una mueca al bajar. Hoss lo observó caminar hasta un tocón.
—¿Qué le ocurre al pie?
—Un clavo. Estoy esperando que el herrero tenga tiempo.
Hoss le pidió que se quitara la bota. La pieza estaba gastada junto al talón; una tira de cuero se había abierto y dejaba pasar humedad hasta la media. Joe sujetó la montura de Cochise mientras su hermano buscaba un trozo de suela entre los restos que llevaba para reparaciones de arneses.
Se entretuvieron casi media hora. Peter protestó por tener que quedarse sentado, pero acabó aprovechando para pelar una manzana con su navaja. Contó que su hija había decidido aprender a coserle un chaleco y estaba utilizando como modelo uno de su hermano mayor. Él todavía no había averiguado cómo iba a explicarle la diferencia entre las dos tallas.
—Puede engordar —propuso Hoss, sin levantar la cabeza.
Joe miró el trozo de manzana que Peter acababa de ofrecerle.
—No debería darle ideas. Se toma esas cosas en serio.
La conversación se fue hacia las familias. Peter vivía lejos para volver todas las noches, pero procuraba marcharse cuando terminaba la última jornada de la semana. Durante un rato habló con la comodidad de alguien que podía ser otra cosa además de un hombre contratado para mover cargas.
Hoss sujetó el remiendo con dos pequeñas hileras de puntadas. Para dar más firmeza al borde, utilizó una tira de cuero más claro que el resto. Peter apoyó el pie y probó el peso con cautela. Luego dio un par de pasos, volvió y le tendió la mano.
—Por lo menos deje que le pague el material.
—Aún no hemos convenido cuánto vale una manzana —respondió Hoss.
Joe se limpió las manos con el pañuelo. El sol había calentado el espacio entre el cobertizo y la cocina; después del esfuerzo, la camisa se le pegaba a la espalda. Preguntó dónde podía beber y Peter le señaló una puerta abierta, detrás de las barricas vacías.
Encontró un cubo sobre una mesa y un cucharón colgado de un clavo. Bebió, se echó un poco de agua sobre los dedos para quitarse una mancha de grasa y dejó el utensilio donde estaba. Al salir se cruzó con una mujer que llevaba una bandeja de tazones. Se apartó para dejarla pasar.
Curtis apareció junto al cobertizo. Conservaba el cansancio del día anterior en los ojos, aunque aquella mañana trabajaba con la camisa arremangada y parecía satisfecho de poder hacerlo. Joe le preguntó por Daniel.
—Está adentro. Clasificando fichas y herramientas. Lo sentaron allí después de desayunar.
—¿Lo ha visto Harrow?
—Anoche vino. Dijo que convenía que descansara. Whitmore le dio una tarea más liviana.
La noticia alivió a Joe. Buscó a Daniel por la puerta del almacén y lo vio junto a una mesa, ordenando piezas de latón en pequeños montones. Tenía un chaleco puesto y una manta doblada cerca del asiento. Al reconocerlo levantó una mano.
No parecía un hombre recuperado, pero tampoco el que había encontrado de rodillas junto a la zanja. Joe se acercó, preguntó por la noche y recibió una respuesta breve. Esta vez recordó hacer la pregunta de Ben. Daniel le explicó que una vecina podía acercar a Ellen hasta el cruce, siempre que alguien le avisara a tiempo.
Joe no prolongó la visita. Antes de salir vio a Curtis recoger una herramienta de la mesa y preguntarle a Daniel por una ficha. La conversación siguió sin él.
* * *
Adam llegó pasado el mediodía. Había encontrado cerrado el despacho de Virginia City y averiguado que Whitmore estaba en el campamento. Traía los comprobantes de la madera dentro de la alforja y una expresión que hizo pensar a Joe que la mañana había exigido más paciencia de la habitual.
Hoss se quedó arreglando una cincha. Joe acompañó a su hermano hasta la caseta donde Whitmore llevaba las cuentas. El administrador los recibió con cortesía, apartó unos papeles y reconoció el error en una suma antes de que Adam tuviera que señalarlo por segunda vez.
Sobre una silla había un abrigo de buena tela. El suelo estaba recién barrido y, junto al escritorio, una caja sostenía varios frascos envueltos en papel. Whitmore comprobó los recibos, corrigió la cifra y firmó despacio.
Adam guardó su copia.
—Mi hermano encontró ayer a uno de sus hombres bastante enfermo.
Whitmore miró a Joe como si acabara de recordar por qué le resultaba conocido.
—Vale. Se lo agradezco. Harrow vino anoche. Hoy le hemos evitado las tareas pesadas.
—¿Hay más hombres enfermos? —preguntó Joe.
El administrador acomodó la pluma antes de responder.
—Hay hombres que se indisponen. Tenemos más de una cuadrilla. En cuanto hay motivo para llamar al médico, lo llamamos.
Joe pensó en Curtis y en el jueves que había mencionado. Adam pidió saber si el número de ausencias había aumentado. Whitmore abrió un registro, lo recorrió y señaló varias anotaciones, algunas por lesiones que nada tenían que ver con el estómago. Había un hombro lastimado, una caída y un hombre que no había regresado de su descanso. Joe tuvo que reconocer que el conjunto era menos sencillo de lo que había imaginado.
—El doctor está atendiendo los casos —añadió Whitmore—. Pueden hablar con él. Prefiero que pregunten a alguien que sabe de esto.
Al levantarse, Adam se detuvo junto a la ventana. En el exterior había un carro pequeño con dos toneles secos.
—¿Ya no trae agua Baines?
Whitmore siguió la dirección de su mirada.
—Para las bestias, cuando hace falta. Conectamos un ramal cerca de los alojamientos. Nos ahorra buena parte del acarreo.
Adam preguntó desde cuándo y recibió una referencia al mes anterior. La conversación pasó al estado del camino, porque una lluvia fuerte podía impedir la siguiente entrega de madera. Joe esperó junto a la puerta, mirando el polvo de sus botas sobre las tablas limpias.
Cuando salieron, la cocina estaba sirviendo comida. El olor a cebolla le recordó que llevaba horas sin comer. Adam caminó con él hasta la carreta antes de ajustar la alforja.
—No me gusta cómo responde —dijo Joe.
—No esperaba que te gustara.
—Entonces sabes lo que quiero decir.
Adam apoyó una mano en el borde de la caja.
—Sé que cambió de tema cuando preguntaste por los enfermos. También sé que hizo llamar al médico y apartó a Vale de la zanja. Tenemos ambas cosas.
Joe se quitó el sombrero y se pasó una mano por el cabello húmedo. Le parecía que su hermano colocaba cada hecho a una distancia que lo volvía menos urgente.
—Daniel no podía levantarse.
La expresión de Adam cambió ligeramente.
—Te creo, Joe.
Lo dijo sin añadir nada. Joe sostuvo su mirada y tuvo que apartar la propia para dejar de discutir con algo que su hermano no estaba diciendo.
—Roy me pidió que le contara qué encontrábamos.
—Esta tarde pasaré por su oficina. Dile a Pa que llegaré un poco después.
Le acomodó con dos dedos el ala del sombrero, deformada por la forma en que lo apretaba. Joe se lo arrebató con una protesta automática. Adam sonrió apenas y fue a buscar su caballo.
* * *
Hoss aceptó una comida a cambio de revisar la cincha de otra carreta. Joe lo encontró sentado con Peter en un banco, comiendo pan junto a un plato de guiso. Le hicieron sitio. Durante un rato hablaron de la próxima temporada, del precio del heno y de un animal que Peter pretendía comprar cuando terminara de pagar una deuda.
Al otro lado del patio, un trabajador se apoyó contra la pared de la cocina y permaneció inclinado hasta que otro se acercó. Desde donde estaba, Joe no pudo oír lo que se decían. Uno señaló el camino de los alojamientos. El hombre negó con la cabeza y, después de unos segundos, regresó al cobertizo.
Peter había seguido la misma escena. Continuó comiendo, pero más despacio.
—¿También está enfermo? —preguntó Joe.
—Tiene días.
Hoss dejó el pan junto al plato.
—Podría pedir que lo pusieran con Vale.
Peter miró hacia la caseta de Whitmore. Habían abierto la ventana y se oía el pasar de las hojas del registro.
—Hay pocas tareas de esas.
Joe esperó. Peter partió un trozo de pan y lo utilizó para recoger lo último del guiso. La bota reparada descansaba bajo el banco, al lado de la otra, cubierta por el mismo polvo.
—¿Y Harrow? —insistió Joe—. ¿Por qué no le dicen cómo están cuando viene?
Peter dejó el plato sobre las rodillas.
—Porque puede decir que hace falta dejar de trabajar.
La respuesta desconcertó a Joe lo suficiente para que no hablara enseguida. Peter se volvió hacia él, sin dureza.
—Si me llevan a su casa, pierdo los viajes de estos días. Si me mandan con mi familia, pierdo el puesto. Y todavía tendría que pagar la comida del próximo mes.
Hoss miraba sus manos. Joe pensó en ofrecer algo, algún trabajo en el rancho o dinero que pudiera adelantarle sin ofenderlo. No sabía qué necesitaba Peter ni qué había prometido ya a otras personas. Comprendió que estaba a punto de decir cualquier cosa para librarse de la incomodidad de no poder arreglarlo.
Peter se levantó y probó una vez más el talón. Agradeció a Hoss el remiendo, recogió los platos y los llevó hasta la cocina.
Joe permaneció en el banco. Al otro lado del patio, el trabajador que había vuelto al cobertizo salió cargando un rollo de cadena. Caminaba despacio para que no se le golpeara contra las piernas. Lo siguió con la mirada hasta que desapareció detrás de una carreta.
Antes de marcharse tendría que pedirle su nombre.
Continuará
BONANZA: DESPUÉS DE LOS CRÉDITOS
ESTACIÓN LANDON
¿Nadie ha roto el hielo todavía?
Tu opinión es importante para nosotros. Sé la primera persona en dejar un comentario.
Empezar conversación ahora