ESTACIÓN LANDON · NOVELA POR ENTREGAS
Bonanza: Después de los créditos
BLACK FRIDAY
El hombre que volvió a casa
CAPÍTULO 9
El silencio en la mesa

De nuevo en casa
El olor de la casa lo alcanzó antes de que Ben terminara de cerrar la puerta. Había leña encendida, café y algo que se doraba en la cocina; debajo de aquellos aromas reconoció la cera de los muebles y el cuero de los sillones, la mezcla familiar que nunca había tenido que distinguir para saber dónde estaba. Joe se quedó quieto sobre la alfombra. Había imaginado aquel momento tantas veces que la realidad le exigió unos segundos para encontrarlo.
Ben dejó las gafas sobre el escritorio y se volvió hacia él.
—Ven a sentarte.
Joe miró el sofá. La distancia era pequeña, pero al empezar a recorrerla descubrió que el cuerpo había estado sosteniéndose por la promesa de llegar. Ahora que estaba allí, cada movimiento parecía pedirle el cansancio que había dejado para después.
Su padre lo acompañó sin sujetarlo más de lo necesario. Joe se sentó con cuidado y apoyó la espalda despacio. La suavidad del almohadón le produjo un alivio que estuvo a punto de hacerlo cerrar los ojos. Quería permanecer despierto, mirar a Ben, escuchar la casa. No quería que su primera hora de regreso desapareciera dentro del sueño.
—¿Hace cuánto te caíste? —preguntó su padre.
Joe se frotó la rodilla izquierda con la palma.
—Antes de volver. En un arroyo.
Ben esperó. Joe advirtió que no había contestado del todo.
—Hace más de una semana.
Su padre se sentó frente a él. La preocupación empezaba a ordenar su rostro de aquella manera que Joe conocía desde niño: la voz más baja, los movimientos precisos, la quietud antes de hacer una pregunta que no aceptaría una respuesta descuidada.
—¿Y has venido montando con ese dolor?
—Me quedé unos días. El doctor Geis me revisó antes de salir. Hice el viaje despacio.
Ben miró sus botas cubiertas de polvo y después el brazo que mantenía cerca del cuerpo.
—Quiero que te vea Paul.
Joe abrió la boca para decir que no hacía falta. Vio la cara de su padre y se detuvo. Había regresado deseando que alguien pudiera encargarse de una parte del peso. No tenía sentido empezar rechazando la primera mano que se lo ofrecía.
—Está bien.
La aceptación pareció preocupar a Ben más que una protesta. Se inclinó para acercarle el escabel y dejó que Joe acomodara los pies por sí mismo. Después llamó hacia la cocina.
Hop Sing apareció secándose las manos. La alegría le iluminó la expresión durante un instante antes de detenerse en el cansancio del recién llegado. Se acercó, lo miró con detenimiento y le puso una mano breve sobre el hombro.
—La cena puede esperar. Tú no has comido suficiente.
Joe intentó sonreír.
—No sabes lo que he comido.
Hop Sing observó la camisa prestada y luego su cara.
—Veo lo que ha quedado.
Volvió a la cocina sin dejarle espacio para discutir. Joe siguió el ruido de sus pasos y sintió una emoción absurda por el golpe de una tapa contra una olla. Era el mismo sonido que había oído centenares de veces, un ruido corriente que de pronto parecía haberlo estado esperando.
Hoss entró con las alforjas y la chaqueta. Había dejado a Cochise atendido y le explicó a Ben que el caballo necesitaba descanso, pero estaba bien. Joe levantó la cabeza al oírlo. Su hermano lo vio hacerlo y añadió que tampoco pensaba permitir que ningún peón lo utilizara al día siguiente.
—Ni siquiera tú.
Joe soltó una risa que tuvo que cortar a mitad.
Hoss dejó de sonreír.
Ben lo envió a buscar a uno de los hombres para que fuera por el médico. No levantó la voz. Joe agradeció que no lo hiciera y se sintió, al mismo tiempo, muy lejos de la facilidad con que había pensado entrar contando una historia breve sobre un amigo enfermo.
Cuando quedaron solos, Ben miró el cinturón que todavía llevaba puesto.
—Estarás más cómodo sin eso.
Joe bajó los ojos. No lo había advertido. Durante el viaje, quitarse el arma había sido un gesto que hacía únicamente cuando ya conocía la habitación donde iba a dormir.
Su padre acercó la mano para ayudarlo a aflojar la hebilla.
Joe se tensó antes de poder decidirlo.
Ben se detuvo. No retiró la mano de golpe ni intentó terminar el movimiento. Esperó hasta que Joe levantó la cabeza.
—¿Quieres hacerlo tú?
Joe sintió calor bajo el cuello. Estaba en el sofá de su casa. La persona inclinada delante de él era su padre. Necesitó repetirse ambas cosas sin palabras antes de encontrar aire para responder.
—Sí. Puedo.
Desabrochó el cinturón con la izquierda y lo dejó junto al brazo del sofá. El cuero hizo un ruido pequeño sobre la madera. Ben no lo miró enseguida. Seguía observando a su hijo.
—No he querido hacerte daño.
—No me lo has hecho.
Joe oyó el esfuerzo que llevaba su propia voz y bajó la mirada. Ben se enderezó despacio. La mano que no había llegado hasta la hebilla terminó apoyándose sobre su hombro sano, en el mismo sitio donde había estado al recibirlo.
Hop Sing regresó con caldo y pan. Joe sostuvo el cuenco sobre una bandeja y comió mientras su padre permanecía cerca, ordenando unos papeles que no parecían necesitar ningún orden. No le hizo más preguntas durante aquellos minutos. Joe sabía que estaba concediéndole tiempo. Saberlo le produjo una gratitud dolorosa y otra obligación que todavía no podía cumplir.
La habitación de Joe
Subieron después de que terminara de comer. Hoss quiso ayudarlo por un lado de la escalera y Ben por el otro. Joe les dijo que necesitaba un brazo, no una procesión. La broma consiguió que su hermano sonriera, pero no que se alejara demasiado.
Al llegar al descansillo tuvo que detenerse. Ben permaneció a su lado, sin preguntar si le dolía. Era evidente. Joe miró el corredor y encontró su puerta entreabierta. La luz de la tarde había llegado hasta el interior y dejaba un rectángulo dorado sobre el suelo.
Su habitación olía a ropa limpia. La cama estaba hecha, las cortinas apartadas y la jarra de agua descansaba donde siempre. Hoss había llevado las alforjas, pero no las había abierto. Joe apoyó los dedos en el respaldo de la silla y sintió que había entrado en un lugar que conservaba exactamente el espacio que él ocupaba antes de marcharse.
No sabía cómo explicarle a nadie lo extraño que resultaba que todo siguiera cabiendo allí.
Ben le ayudó a quitarse la chaqueta. Después esperó mientras Joe desabotonaba la camisa. La tela cedió sobre los hombros y dejó ver el vendaje del brazo derecho, los restos de un morado que se extendía por el costado y la piel todavía irritada alrededor de la muñeca.
Su padre se quedó muy quieto.
Joe habría preferido una exclamación. Aquella pausa lo obligaba a mirar lo que estaba intentando resumir con dos palabras.
—El golpe fue fuerte —dijo.
Ben levantó los ojos hacia él.
—Eso lo veo.
Hoss había llegado hasta la puerta con una palangana. Dejó el agua sobre la cómoda y se volvió para buscar toallas sin decir nada. Joe advirtió que apretaba la mandíbula. Su hermano sabía contener la fuerza incluso cuando no sabía dónde poner la preocupación.
Se lavó sentado en el borde de la cama. El agua estaba tibia y el paño tenía el olor del jabón de casa. Ben se ocupó de lo que Joe no podía alcanzar sin torcerse, con una atención tan sencilla que terminó por dolerle en otro sitio. En Chiso había necesitado ayuda para cosas que le avergonzaba no poder hacer. Allí tenía que aceptar que su padre viera cuánto la había necesitado.
—¿Steve también se cayó? —preguntó Ben.
Joe dejó inmóvil el paño.
—No.
Su padre esperó.
—Estaba enfermo cuando lo encontré. Tenía fiebre. No podía quedarse solo.
—¿Qué tenía?
—Geis no le puso un nombre que arreglara nada. Fiebre, debilidad. Después necesitó más cuidados.
Ben apartó el recipiente de agua sucia y colocó el limpio junto a su mano.
—Me dijiste que vivía como si hubiera estado a punto de no hacerlo.
Joe miró el fondo de la palangana. Había un hilo de polvo descendiendo despacio hacia el fondo.
—Lo estuvo.
La frase era cierta. La incomodidad vino de todo lo que necesitaba dejar fuera para que siguiera pareciendo una respuesta.
Ben se sentó en la silla de al lado.
—¿Quién está con él ahora?
Joe pudo contestar aquello. Habló de Rudd, de la casa, de su mujer y del cuarto que daba al corral. Explicó que Geis había ido con ellos y volvería a revisarlo. Contó lo del potro que no aceptaba el bocado, la manera en que Steve había empezado a discutir sobre caballos antes de poder levantarse sin ayuda.
La sonrisa de Ben apareció despacio.
—Eso sí se parece a él.
Joe asintió. Durante un momento estuvieron hablando del mismo hombre, de un recuerdo que no llevaba debajo ningún disparo. Quiso quedarse en aquel sitio.
Su padre recogió la camisa prestada del borde de la cama.
—¿Y esta?
—Es de Hollis. El hombre del hotel. Las mías necesitaban lavarse.
Ben miró la tela, la dobló y la dejó sobre la silla. Joe supo que estaba oyendo algo más que las palabras. Había aprendido a reconocer los esfuerzos de su padre por no convertir una duda en una acusación.
—Te he preparado ropa limpia —dijo Ben—. Lo demás puede esperar hasta que te vea Paul.
Joe lo miró salir hacia el corredor. La puerta quedó abierta. No había ningún cerrojo que explicara por qué, aun allí, le costaba tanto dejar entrar a alguien.
La visita de Paul
El doctor Martin llegó cuando ya estaban encendiendo las lámparas. Hoss subió con él y Ben cerró el libro que llevaba un buen rato abierto sobre la misma página. Joe había logrado dormitar, pero se incorporó al oír pasos y el movimiento le arrancó una mueca antes de poder saludar.
—Así que has encontrado una manera nueva de alargar un viaje —dijo el médico, dejando el maletín.
Joe intentó sonreír.
—No la recomiendo.
Paul le preguntó por la caída, por el tiempo que llevaba con dolor y por los cuidados recibidos. Joe describió el golpe contra el borde del arroyo, la raíz, la dificultad para montar después. No añadió la voz que había llegado desde la ladera ni la bala que lo había hecho esconderse entre las piedras. El médico lo escuchó antes de examinarle el pecho y el costado.
Ben se quedó cerca de la ventana. Hoss esperaba junto a la puerta, demasiado grande para el poco espacio que intentaba ocupar.
Cuando Paul retiró la venda del brazo, Joe miró hacia otra parte. La herida era una línea irregular que empezaba a cerrarse, sin nada de la violencia con que había aparecido en el camino. El médico comprobó la piel y le preguntó cuándo le habían puesto los puntos.
Joe dio el día.
—Ya podemos quitarlos.
Ben se acercó un paso. Joe se quedó quieto mientras Paul preparaba las tijeras. Hubo pequeños tirones que le resultaron más molestos por la atención de los demás que por el dolor. El médico dejó los hilos sobre una gasa y revisó también la palma y la muñeca.
—Te han limpiado esto con cuidado. ¿Se ha abierto durante el viaje?
—No.
—¿Has tenido fiebre?
Joe negó con la cabeza. Se concentró en responder lo que le preguntaban, como había hecho delante del sheriff. La diferencia le produjo una vergüenza inesperada. Allí estaba utilizando la precisión para dejar partes de sí mismo fuera de la habitación.
Paul terminó de comprobarle la respiración y se enderezó. No había encontrado una complicación que exigiera salir de la cama en mitad de la noche, pero el viaje no le había hecho ningún favor a las costillas. Le pidió descanso, comida y unos días sin cargar peso ni ponerse a trabajar con caballos que no supieran comportarse.
Hoss soltó aire por la nariz.
—Voy a escribirlo en la puerta del establo.
Joe volvió la cabeza hacia él.
—Los caballos no leen.
—No es para los caballos.
Ben sonrió apenas. Joe sintió que la habitación recuperaba durante unos segundos la forma que había tenido antes de su regreso. Fue un alivio tan intenso que casi consiguió convencerlo de que bastaría repetir aquellas bromas unos días para que lo demás perdiera fuerza.
Paul guardó el material, pero no se marchó enseguida. Se sentó en la silla que Hoss le acercó y preguntó si había conseguido dormir durante el camino. Joe miró el maletín cerrado. Habría sido más fácil contestar mientras el médico aún tenía algo que hacer con las manos.
—Dormía cuando paraba.
Paul lo observó sin dar por terminada la pregunta.
—¿Descansabas?
Joe se pasó la lengua por los labios. Recordó las ventanas de las posadas, el revólver sobre la mesa, el esfuerzo de reconocer las monedas que un hombre sacaba de debajo del chaleco.
—Algunas noches más que otras.
El médico asintió. No trató de convertir aquella respuesta en algo que Joe no había dicho. Se limitó a recordarle que el descanso también necesitaba tiempo y que no esperaba encontrarlo en una silla de montar al día siguiente.
Al levantarse le apoyó la mano en el hombro sano. Joe no se apartó esta vez. Ben lo vio y bajó la mirada hacia la gasa con los hilos retirados. Después acompañó a Paul al corredor. Hoss permaneció un rato, acomodando sobre la cómoda objetos que ya estaban bastante bien colocados.
—¿Cómo está Cochise? —preguntó Joe.
Su hermano volvió la cabeza.
—Comiendo. Ha encontrado tiempo para mirarme mal cuando he comprobado la marca del cuello.
Joe dejó de moverse.
Hoss esperó apenas antes de continuar.
—Es pequeña. No tiene la piel abierta. ¿Se enganchó con algo?
Joe miró el borde de la manta.
—Una cuerda. En el arroyo. Tuve que sujetarlo.
Hoss asintió despacio. La explicación servía para la marca. No alcanzaba para todo lo que empezaba a ver alrededor.
—Has tenido una caída bastante larga, hermano.
Joe levantó los ojos. Hoss no estaba sonriendo.
—Fue un mal día.
Su hermano lo miró durante unos segundos y después se sentó en el borde de la cama, procurando no moverla demasiado. El colchón cedió bajo su peso y aquel pequeño cambio hizo que Joe se sintiera acompañado de una forma que no había sabido cuánto necesitaba.
—Podrías habernos avisado de eso también.
Joe no encontró una respuesta que no sonara a otra parte de la historia recortada.
—Pensaba volver antes.
Hoss bajó la cabeza. Tenía una pequeña abrasión cerca de un nudillo, una herida de trabajo que Joe habría reconocido sin preguntarle cómo se la había hecho. Durante un momento deseó que todas las marcas fueran así de fáciles de entender.
—Ya estás aquí —dijo su hermano.
La frase no cerraba la conversación. La dejaba descansar junto a él. Joe apoyó la cabeza contra la almohada y pudo mirar a Hoss sin prepararse para defender nada.
Hablaron de un ternero que se había metido en el huerto de Hop Sing y de una mula que habían comprado para un trabajo en la parte alta. Hoss exageró las dificultades del animal hasta conseguir una sonrisa. Joe reconoció el esfuerzo y, aun así, le hizo bien. Necesitaba oír algo que no tuviera que responder con la verdad más difícil de su vida.
Cuando su hermano se levantó, Joe alargó la mano izquierda y le tocó apenas la manga.
—Gracias por Cochise.
Hoss miró la mano y después su cara.
—No vas a darme las gracias por cada cosa que haga en mi propia casa.
Joe soltó una risa breve. Su hermano salió antes de que pudiera encontrar otra razón para agradecerle.
La primera noche
Esa noche no bajó a cenar. Hop Sing llevó una bandeja y Ben ocupó la silla junto a la cama con su propia taza. La lámpara dejaba un círculo de luz sobre las mantas y el resto del cuarto conservaba la penumbra tranquila de una habitación conocida.
Joe comió más despacio de lo que pretendía. Tenía hambre, pero el cansancio llegaba antes de terminar. Ben no lo apresuró. Habló de las lluvias en la zona norte y de un cercado que había decidido cambiar de sitio, asuntos que pertenecían al rancho y podían esperar su opinión sin exigirle que se pusiera de pie.
Cuando retiraron la bandeja, Joe señaló las alforjas.
—El dinero está ahí. No compré los toros.
Ben dejó la taza.
—Podemos hablar de eso mañana.
—Quiero devolvértelo.
Su padre lo observó un momento antes de levantarse. Sacó el paquete que Joe le indicó y lo sostuvo sin abrirlo.
—¿Necesitaste parte para ayudar a Steve?
—No. Utilicé lo mío.
Le explicó la compra de la yegua y la carreta, la necesidad de sacarlo acostado, los arreglos para quedarse con Rudd. Ben escuchó con el dinero entre las manos. Cuando Joe terminó, lo dejó sobre la cómoda y se sentó otra vez.
—No tenías que hacerlo todo con lo tuyo.
Joe miró a su padre. En Chiso había cuidado aquella separación de los billetes como si fuera una manera de no arrastrar a su familia dentro de lo ocurrido. Ben acababa de mirarla desde un lugar que no necesitaba ninguna cuenta.
—Fue una decisión mía.
—Ayudarlo, sí. Pensar que debías hacerlo sin nosotros también fue una decisión tuya.
No había dureza en su voz. Eso hizo que Joe bajara la cabeza. Habría sabido responder a una reprimenda. No sabía qué hacer con la posibilidad de haber estado solo, en parte, porque se había empeñado en seguir estándolo.
—No quería preocuparte.
Ben tomó la taza y la sostuvo un momento antes de contestar.
—Cuando no sé qué te pasa, me preocupo con menos ayuda.
Joe miró hacia la ventana. La cortina estaba quieta. No había ningún hombre detrás de un cristal al otro lado de la calle. El recuerdo apareció de todos modos, tan preciso que tuvo que seguir la costura de la tela hasta encontrar otra vez el cuarto.
Su padre dejó la taza.
—¿Hay algo más que necesitas decirme?
Joe sintió el nombre de Jakes acercándose de nuevo. Le habría bastado pronunciarlo una vez. Después tendría que explicar el segundo revólver, el cuerpo en los tablones, la manera en que su propia mano había conseguido ser más rápida que el pensamiento.
Ben lo habría escuchado. Joe lo sabía con una certeza que hacía más difícil entender por qué no podía empezar.
—No puedo hablar de todo esta noche —dijo al fin.
Su padre permaneció inmóvil. Después asintió.
—Eso sí puedo entenderlo.
Joe levantó los ojos. Ben no parecía satisfecho, pero había dejado de esperar una respuesta que su hijo no podía darle sin romperse por alguna parte.
—Descansa —añadió—. Mañana seguiremos aquí.
Al acostarse, Joe comprobó que el revólver estuviera en el cajón de la mesilla. Lo había subido Hoss con el cinturón y dejado sobre la silla. Guardarlo había sido una decisión suya, un intento de permitir que la habitación volviera a ser solo una habitación. Se quedó mirando el tirador de madera hasta que el sueño empezó a deshacerle los contornos.
No oyó el primer ruido de la casa. Oyó un golpe contra unos tablones y volvió a ver a un hombre intentando respirar con la boca abierta. Cuando abrió los ojos estaba incorporado, con la camisa pegada a la espalda y un dolor que le impedía saber si había llegado a gritar.
La puerta seguía abierta unos centímetros.
Desde el corredor llegó la voz de Ben.
—Joe.
Se llevó la mano al costado. La otra estaba vacía sobre la manta. No había abierto el cajón.
Su padre entró con una lámpara. Joe quiso decirle que había tropezado al levantarse, o que necesitaba agua. Tenía demasiado cansancio para elegir una explicación que pudiera sostener.
—Me he despertado —dijo.
Ben dejó la lámpara en la cómoda, lejos de sus ojos.
—Te he oído.
Joe miró el vaso. Su padre lo llenó y esperó a que lo tomara. El cristal estuvo a punto de golpearle los dientes, como había ocurrido junto a Steve después de la muerte de Jakes. Bajó la mano antes de beber. No quería descubrir que también había traído aquello a casa.
Ben acercó la silla.
—¿Quieres que me siente un rato?
Joe sostuvo el vaso entre las manos.
—Si no tienes que levantarte temprano…
—Tengo tiempo.
Su padre se sentó. No le pidió que describiera el sueño ni intentó explicarle qué parte de él estaba a salvo. Permaneció allí, con una mano apoyada sobre el borde de la cama, mientras Joe conseguía beber sin derramar el agua.
Al volver a acostarse, el costado le dolió. Ben acomodó una almohada detrás de su espalda y esperó a que encontrara una postura soportable. Joe sintió el roce de sus dedos junto al hombro y cerró los ojos con una emoción tan inmediata que no pudo ocultarla del todo.
—Papá.
La palabra salió apenas. Ben levantó la cabeza.
Joe estuvo a punto de continuar. Vio otra vez la cara de Jakes, pero esta vez estaba detrás del rostro de su padre, ocupando el lugar donde quería dejarlo entrar. Apretó los labios y tuvo que respirar antes de poder decir otra cosa.
—Quédate un poco.
Ben le apoyó la mano sobre el brazo sano.
—Aquí estoy.
Joe se durmió antes de saber cuánto tiempo permaneció. Al despertar una vez más, cerca del amanecer, la silla estaba vacía y la lámpara apagada. Había una manta mejor colocada sobre sus pies. No intentó averiguar en qué momento su padre había terminado de acomodarla.
El desayuno en familia
El desayuno del día siguiente encontró a Joe sentado a la mesa mucho antes de lo que Hoss esperaba. Llevaba una camisa propia, limpia, con el cuello bien colocado y la manga derecha abotonada para que no se viera el vendaje pequeño que Paul había dejado sobre la herida. Había tardado bastante en vestirse. Le hizo bien que nadie pudiera saber cuánto.
Hop Sing le sirvió café y colocó la comida cerca de su mano izquierda. Hoss tomó asiento enfrente y fingió examinar el plato de Joe antes de decidir que no le habían concedido ningún privilegio extraordinario. Ben llegó desde el escritorio con unas cuentas que dejó a un lado en cuanto lo vio.
Joe sintió el deseo absurdo de parecer despierto. Se enderezó demasiado, el costado protestó y su padre bajó los ojos hacia el movimiento sin comentarlo.
Durante un rato hablaron del trabajo. Joe escuchó los nombres de los peones, los sitios donde se había movido el ganado y las pequeñas dificultades de cada día. Conocía aquellas preocupaciones. Podía comprenderlas sin mirar primero dónde estaban las manos de quien hablaba.
Al pasar la fuente de pan, Hoss preguntó cómo eran los toros que había ido a ver.
Joe empezó a describirlos. Recordaba la anchura de uno, la forma de moverse del otro, las dudas que Mercer había querido cubrir con elogios. La conversación lo llevó hasta el corral y el ternero sediento. Contó lo de la bomba, la tierra seca alrededor del bebedero y el muchacho que lo había ayudado a llenar agua.
Hoss escuchaba con la ceja levantada. Ben había dejado el tenedor.
—No parecía un sitio del que yo quisiera comprar animales —concluyó Joe.
—Entonces has vuelto con el dinero por una buena razón —dijo su padre.
Joe asintió. Aquella parte del viaje podía ponerse sobre la mesa entera. Le resultó tan fácil contarla que por un momento creyó que había empezado a hablar de lo demás.
Después Hoss preguntó cómo había encontrado a Steve.
La cocina siguió produciendo ruidos al otro lado de la puerta. El reloj avanzó dentro del salón. Joe miró el borde de su taza y sintió que el callejón se abría a un paso de la mesa.
—Estaba mal —dijo—. Lo llevé al hotel.
Ben esperó. Hoss también.
Joe acercó el plato, aunque ya no tenía hambre.
—Geis lo atendió. Luego lo llevamos a casa de Rudd.
El espacio que había entre ambas cosas quedó tan desnudo que ninguno intentó fingir que no lo veía. Hoss apoyó los antebrazos sobre la mesa. Su padre miró hacia la mano con que Joe sujetaba el tenedor.
—Ayer me dijiste que no podías hablar de todo —dijo Ben—. No tienes que convertirlo ahora en algo pequeño para que dejemos de preguntar.
Joe sintió calor en la cara. Había querido proteger la mañana, conservar el café, el ruido del comedor y la broma de Hoss sin poner un muerto entre ellos. En cambio, había conseguido que todos cuidaran hasta la manera de respirar.
—No sé por dónde empezar.
Ben se quedó callado unos segundos. Después acercó la cafetera, llenó la taza de su hijo y volvió a dejarla en su sitio.
—Cuando lo sepas, estaremos escuchando.
Joe bajó los ojos. No era una salida que le permitiera seguir callando sin costo. Era confianza. La sintió sobre la mesa, al alcance de la mano, y todavía no supo cómo tomarla.
Los días de recuperación
Los días siguientes tuvieron la lentitud impuesta por un cuerpo que ya no admitía órdenes demasiado grandes. Joe caminaba hasta el corral, se sentaba al sol y volvía antes de que el costado empezara a dolerle con fuerza. Ben dejaba algunas cuentas cerca de su sillón y aceptaba su ayuda cuando no exigía más que leer, recordar una compra o discutir el precio de un lote.
Le hacía bien que su padre siguiera pidiéndole una opinión. También le resultaba difícil descubrir que podía trabajar durante una hora sin que nadie se olvidara de cómo se había detenido al subir la escalera.
El miércoles Hoss lo encontró en el establo. Joe estaba acariciando a Cochise con la mano izquierda, los dedos hundidos en la crin. Había ido sin cinturón y llevaba la chaqueta abierta. El olor de la paja y la respiración de los caballos llenaban un espacio donde los recuerdos de Chiso perdían un poco de precisión.
—Ha estado esperando que vinieras —dijo Hoss.
Joe siguió acariciándolo.
—Ya he venido dos veces.
—No he dicho que sea razonable.
Su hermano se acercó a revisar un cierre de la pesebrera. Joe lo miró trabajar, reconociendo cada movimiento antes de que llegara a producirse. Hoss tenía una forma particular de probar las cosas: primero empujaba con cuidado, escuchaba y después aplicaba la fuerza justa. Hasta las maderas parecían darle tiempo para decidir.
—Paul dice que puedo ir mañana al pueblo contigo —comentó Joe.
Hoss se volvió.
—A que te mire el brazo. En el carro.
—Eso también es ir al pueblo.
—Mientras lo recuerdes cuando veas una silla de montar.
Joe sonrió. Cochise le tocó la manga con los labios y él apartó la tela antes de que decidiera probarla. El movimiento tiró del costado, pero no le quitó el aire. Hoss lo vio corregir la postura y continuó revisando el cierre sin ofrecerle ayuda enseguida.
Joe agradeció que empezara a distinguir cuándo la necesitaba.
Desde fuera llegó el ruido de una tabla que caía. Uno de los hombres estaba reparando el carro de trabajo y había soltado una pieza junto al cobertizo. Joe se volvió demasiado deprisa. Durante un segundo encontró el suelo del establo debajo de sus botas y no estuvo seguro de qué hacía allí, tan lejos de la cama donde Steve intentaba respirar.
Cochise levantó la cabeza al sentir tensarse su mano.
Joe aflojó los dedos. Se obligó a reconocer el caballo, la puerta abierta, el hombro de Hoss cerca del suyo. Su hermano no había avanzado para sujetarlo. Permanecía lo bastante próximo para hacerlo si el cuerpo terminaba por fallarle.
—Era una tabla —dijo Hoss.
Joe asintió. El corazón seguía golpeándole demasiado deprisa.
—La he oído.
Hoss bajó los ojos hacia la mano que acababa de soltar la crin. Después se apoyó en la separación de madera y dejó pasar un rato antes de hablar.
—¿También te pasa cuando no estás pensando en el viaje?
Joe miró hacia la puerta. Podía decir que el ruido lo había tomado por sorpresa. Era verdad y no explicaba casi nada. Empezaba a cansarse de aquella clase de verdad.
—A veces.
Su hermano permaneció callado. Al otro lado, Cochise bajó la cabeza y volvió a buscar la mano de Joe. El animal no pedía una explicación, solo que continuara donde había dejado de acariciarlo.
—No sabía si me iba a pasar aquí —añadió Joe.
Hoss lo miró con una tristeza breve, abierta, que no intentó disimular detrás de una broma.
—No tienes que estar bien antes de volver a casa.
Joe apoyó la frente unos segundos contra el cuello del caballo. El calor de la piel y la aspereza de la crin le permitieron dejar de vigilar su propia cara. Hoss siguió a su lado, mirando hacia el patio.
Al volver a la casa no hablaron de la tabla. Su hermano se quedó cerca mientras él recorría el último tramo, ajustando sin decirlo su paso al de Joe. La ayuda no tuvo que pasar por una caída para llegar a tiempo.
La salida a Virginia City
El jueves salieron después de desayunar. Hop Sing había colocado una manta doblada sobre el asiento del carro y Hoss fingió que era para proteger una costura del cuero. Joe se sentó encima sin discutir. Había llegado a comprender que algunas formas de cuidado necesitaban una excusa para no convertirse en conversación.
Ben se acercó cuando ya estaban preparados. Entregó a Hoss una lista para el almacén y se quedó junto a Joe, observando la forma en que había acomodado las piernas.
—No hay prisa para regresar —dijo—. Si Paul quiere que descanses un rato, lo harás.
Joe asintió.
Su padre mantuvo la mano sobre el borde del pescante. Parecía a punto de añadir algo más. Finalmente le tocó el brazo sano y retrocedió para dejarlos salir.
El camino hasta Virginia City no tenía nada que Joe necesitara recordar a la fuerza. Conocía el sitio donde la tierra cambiaba de color, el árbol partido junto a la curva y la bajada que Hoss tomaba siempre un poco más despacio. Se permitió mirar aquellas cosas mientras su hermano hablaba de lo que necesitaban comprar.
Durante buena parte del trayecto el silencio fue sencillo. Joe no tenía que llenarlo para impedir una pregunta. Hoss sabía estar acompañado sin reclamar una voz a cada momento, y aquella mañana la cualidad le pareció más valiosa que nunca.
Entraron en el pueblo a media mañana. Había carros frente al almacén, hombres cruzando con paquetes y un perro echado en un lugar donde todos parecían haber aceptado rodearlo. Una mujer salió de la panadería con un envoltorio que despedía olor a masa caliente. Joe sintió hambre y se sorprendió de que el deseo llegara antes de preguntarse dónde estaban las armas.
Hoss dejó el carro cerca del consultorio y lo acompañó hasta la puerta. Paul los recibió con una mirada al paso de Joe y otra al brazo que ya podía separar un poco más del cuerpo. Lo examinó, comprobó que la herida siguiera cerrando y le dijo que el viaje de aquella mañana no había deshecho lo que empezaba a mejorar.
—No lo confundas con permiso para arreglar una cerca al volver —añadió.
—Me conformaré con criticar cómo la arregla Hoss.
—Lleva años de práctica —dijo su hermano.
Paul sonrió y guardó el material. Joe se puso la camisa sin que nadie tuviera que sostenerle la manga. Aquella pequeña independencia le produjo una satisfacción que no quiso explicar. Aceptó quedarse sentado un rato mientras Hoss iba por los clavos y otras piezas de la lista.
Cuando su hermano salió, el médico le preguntó cómo dormía en casa. Joe miró hacia la calle antes de contestar.
—Mejor cuando no intento dormir solo.
La frase lo sorprendió a él mismo. No había pensado decirla.
Paul lo observó sin apresurarse a responder.
—¿Ben lo sabe?
Joe asintió. Recordó la silla junto a su cama, la lámpara colocada lejos de sus ojos.
—Se quedó la primera noche.
—Puedes pedirle que se quede otra.
Joe bajó la vista. Quería explicar que el problema no era únicamente conciliar el sueño. Que había una mano moviéndose dentro de él, una rapidez que otros parecían considerar admirable y que a él le impedía confiar del todo en el espacio entre una decisión y un disparo.
No lo dijo. Paul tenía otra persona esperando y Joe todavía estaba aprendiendo a nombrar la parte que menos dolía.
Salió al cabo de un rato. El aire se había calentado y la luz hacía brillar las ventanas del otro lado de la calle. Hoss seguía en la ferretería, hablando con el dueño junto a una caja de herramientas. Joe podía verlo a través de la puerta abierta.
Se quedó bajo el porche, con el sombrero en la mano. No había necesidad de ir a buscarlo enseguida. Podía esperar, mirar al perro que ahora se había movido hacia la sombra, decidir si tenían tiempo para comprar algo en la panadería antes de emprender el regreso.
—Parece que aquí lo atienden mejor.
La voz llegó desde su derecha.
Joe volvió la cabeza y encontró a Cole Berry junto al poste de la esquina.
Durante un instante no consiguió reunir la cara con la calle. El joven llevaba la misma soltura en los hombros, el mismo cinturón bien ajustado y un sombrero que acababa de quitarse para sacudirle el polvo. Virginia City siguió moviéndose alrededor de ellos, ajena a la violencia con que el pasado acababa de encontrar un lugar exacto.
Joe se puso el sombrero.
—¿Qué hace aquí?
Berry miró el consultorio, después la ferretería.
—He oído hablar mucho de este pueblo.
Joe se quedó donde estaba. Había un espacio suficiente entre ambos y dos hombres pasaban cerca llevando un cajón. No iba a dar un paso que Berry pudiera convertir en otra historia.
—Tiene que volver cuando lo llame el magistrado.
—Lo sé. No me prohibieron viajar.
Berry lo dijo con una corrección cuidadosa, como si hubiera aprendido qué clase de frases convenía dejar detrás de sí. Joe reconoció aquella prudencia. La había visto bajo el porche de la oficina al recuperar sus armas.
—¿Cómo está Friday? —preguntó el joven.
Joe sintió la pregunta como una mano intentando abrir una puerta que no le pertenecía.
—Vivo.
—Eso ya lo sabía.
La respuesta hizo que Joe mirara sus manos. Berry las mantenía a los lados, lejos del revólver. Parecía disfrutar de que no necesitara acercarlas para conseguir toda su atención.
—Pues no necesita que yo le cuente nada más.
El joven dejó de sacudir el sombrero y lo colocó sobre su cabeza. Su expresión se volvió más quieta.
—En Chiso no hablaban de otra cosa cuando me marché. Cartwright hizo esto. Cartwright hizo aquello. Hasta cuando contaban lo de Friday acababan hablando de usted.
Joe oyó el nombre de Jakes sin que Berry tuviera que pronunciarlo. Le dolió descubrir cuánto podía seguir ocupando aquel hombre dentro de una conversación que pretendía sonar casual.
—No me interesa lo que cuenten.
Berry lo miró a los ojos.
—A otros sí.
La calle pareció reducirse al espacio entre el poste y la puerta del consultorio. Joe recordó el ruido de la tabla en el establo, la mano de Hoss esperando cerca de su hombro. Si permitía que aquel joven eligiera el ritmo, terminaría respondiendo antes de decidir qué estaba dispuesto a hacer.
Se apoyó con naturalidad contra la pared, dejando la mano izquierda a la vista.
—Usted declaró lo que vio cuando Jakes disparó al sheriff. No tiene ninguna cuenta conmigo.
—Yo no he dicho que la tenga.
—Entonces siga su camino.
Berry sonrió apenas. Miró otra vez hacia la ferretería. Hoss estaba sacando un paquete de clavos y deteniéndose para que otro cliente pasara por delante.
—¿Es su hermano?
Joe separó la espalda de la pared.
El joven volvió a mirarlo de inmediato. No había necesitado más que una pregunta, y Joe sintió la ira de reconocer que se la había contestado con el cuerpo.
—Déjelo fuera de esta conversación.
Berry levantó una mano, vacía.
—Solo he preguntado.
Una mujer pasó entre ambos con dos niños. Joe se apartó lo justo para dejarlos cruzar. El movimiento le recordó el dolor de las costillas y le devolvió una medida de sí mismo que el enfado estaba intentando quitarle.
Cuando volvió a mirar, Berry ya se había separado del poste.
—Nos veremos, Cartwright.
Joe no contestó. Lo siguió con la mirada hasta que cruzó hacia el extremo del porche. No había sacado un arma, no había formulado una amenaza que pudiera repetirse con facilidad delante de otro hombre. Sin embargo, el encuentro había terminado exactamente donde Berry quería: con Joe mirando cómo su hermano salía a la calle sin saber que alguien acababa de fijarse en él.
Hoss llegó con el paquete bajo un brazo y una pieza de hierro en la otra mano.
—¿Ya te ha dejado libre Paul?
Joe tardó un momento en responder. Su hermano siguió la dirección de su mirada y vio a Berry alejarse entre dos carros.
—¿Conocido tuyo?
Joe sintió la posibilidad de decir que apenas, que lo había visto durante el viaje, que no era nada que tuviera que interrumpir aquella mañana. Las frases llegaron con una facilidad que lo asustó más que el silencio de la noche anterior.
Miró a Hoss. Recordó cómo había dejado los cubos para ir a recibirlo, el brazo ofrecido junto a Cochise, la paciencia con que había permanecido a su lado en el establo. No podía permitir que su hermano entrara en el camino sin saber siquiera de dónde venía la sombra.
—Se llama Cole Berry. Estuvo en Chiso.
Hoss dejó de mirar la calle para observarlo a él.
—¿Amigo de Steve?
Joe negó con la cabeza. Tenía el pulso demasiado rápido y una necesidad casi dolorosa de encontrar por fin una voz que no estuviera hecha para disimular.
—No. Necesito hablar con Roy antes de que volvamos a casa.
Su hermano cambió el paquete de brazo. No pidió que le explicara todo allí, bajo el porche. Se colocó a su lado y esperó a que Joe eligiera hacia dónde empezar a andar.
Esta vez Joe no tuvo que recorrer solo la calle.
Continuará
BONANZA: DESPUÉS DE LOS CRÉDITOS
ESTACIÓN LANDON
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