Bonanza fanfic Black friday 7

ESTACIÓN LANDON · NOVELA POR ENTREGAS

Bonanza: Después de los créditos

BLACK FRIDAY

El hombre que volvió a casa

CAPÍTULO 7

La vida que quedaba

Bonanza fanfic Black friday 7

La urgencia en el comedor

La puerta de la cocina entró en el hotel llevada por cuatro hombres que tuvieron que detenerse antes de llegar a la escalera. El marco del corredor era demasiado estrecho. Hollis apartó una mesa con el cuerpo y un vaso cayó al suelo, pero nadie se volvió a recogerlo. Joe iba junto a la cabeza de Steve, sosteniéndole la mano sin conseguir que los dedos de su amigo dejaran de enfriarse.

Geis miró hacia arriba, calculó el giro del descansillo y cambió de idea.

—El comedor. Despejen una mesa.

Lo dijo con una firmeza que hizo moverse a todos. La mujer de la cocina apareció con un montón de telas y retiró platos, un salero, una jarra donde quedaban dos flores secas. Uno de los hombres llevó las sillas hasta la pared. La luz entraba oblicua por las ventanas altas y descubría en el aire una cantidad de polvo que Joe nunca había visto dentro de aquella habitación.

Steve se quejó cuando lo levantaron de la puerta. No fue un grito, sino un sonido roto que intentó contener antes de poder hacerlo. Joe quiso ayudar desde el lado derecho y el brazo le falló. Rudd lo sustituyó sin una palabra. El cuerpo de Friday llegó hasta las mantas extendidas sobre la mesa y Geis colocó un paño bajo su hombro izquierdo.

Joe miró la sangre que le cubría los dedos. Había polvo pegado entre ellos. No recordaba en qué momento se había hecho un corte pequeño en el nudillo, ni si era suyo aquel escozor. Le pareció que las manos pertenecían todavía a la calle y que el resto del cuerpo había entrado en el hotel por error.

—Necesito que se lave —dijo Geis.

Joe levantó los ojos.

—Puedo sujetarlo.

—Necesito que se lave —repitió el médico—. Y después se sentará donde yo pueda verlo.

La mujer acercó una palangana. Joe hundió las manos y el agua perdió su transparencia casi de inmediato. Se frotó los dedos con torpeza. El roce le abrió el ardor de la palma derecha, la misma con que había intentado no perder a Cochise en el arroyo. Por un instante aquella otra caída se mezcló con la de Steve, y vio piedras donde solo había baldosas.

Rudd le puso una toalla sobre el hombro sano.

—Despacio.

Joe no sabía qué parte de sí mismo debía obedecer. Se secó sin mirar y volvió junto a la mesa. Geis había abierto la camisa de Friday y cortaba la tela pegada a la herida. La bala había entrado alta, cerca de la unión del pecho con el hombro. Al mover con cuidado el brazo izquierdo, Steve aspiró por la boca y volvió la cara hacia Joe.

—No te vayas —murmuró.

Joe sintió una contracción tan honda que no consiguió contestar enseguida. Seguía viendo el cilindro vacío en la mano del sheriff. Había algo insoportable en que Steve le pidiera permanecer allí después de haber salido a la calle sin darle la oportunidad de detenerlo.

—No me he ido.

Geis escuchó la respiración, comprobó el pulso y pasó una mano bajo la espalda de su paciente. Su concentración hizo que Joe dejara de esperar una explicación a cada movimiento. Miraba la cara del médico como si en ella pudiera leer el lugar exacto donde se encontraba la muerte.

—No parece haber entrado en el centro del pecho —dijo Geis—. Eso es bueno. No sabemos todavía lo suficiente para decir más.

Friday cerró los ojos. Joe vio cómo se movían bajo los párpados y pensó que tal vez estaba escuchando cada palabra. Se inclinó un poco, procurando que la voz llegara hasta él sin obligarlo a despertar.

—La carreta está en el patio. No se va a marchar sin ti.

Steve movió la mano. Joe la tomó con la izquierda, porque la derecha empezaba a temblarle. Al otro lado de la mesa el médico preparó lo que necesitaba. La mujer de la cocina permaneció junto a él, atenta a las indicaciones, con el delantal doblado sobre la cintura para que no estorbara. Nadie le preguntó si tenía miedo.

Cuando Geis acercó el paño para dormir a Steve, Joe tuvo que apartarse. El olor le produjo una náusea inmediata. Se apoyó en el respaldo de una silla, esperando que pasara, y fue entonces cuando el costado dejó de ser una punzada y se convirtió en una presión que parecía ocupar toda la mitad derecha del cuerpo.

No quería sentarse. Sentarse significaba quedar más abajo que los demás, perder de vista las manos del médico y dejar de saber si el pecho de Steve continuaba moviéndose. Dio un paso hacia la mesa. Rudd lo sujetó antes de que la habitación empezara a inclinarse.

—Ya lo tiene —le dijo junto al oído—. Geis ya lo tiene.

Joe quiso responder que no era eso. No encontró las palabras. El ruido de la calle se alejó y después volvió demasiado fuerte. Sintió el borde de una silla contra las piernas y se dejó caer sobre ella con una vergüenza que no tenía ninguna utilidad.

Rudd le aflojó el cuello de la camisa. Joe permaneció con la cabeza inclinada, procurando respirar sin mover las costillas. Al cabo de unos segundos distinguió otra vez las baldosas, el pie de la mesa y una gota de agua cayendo desde la toalla que había dejado sobre el suelo.

Geis lo miró por encima del hombro.

—¿Se ha golpeado la cabeza?

Joe negó.

—El costado.

El médico le hizo unas preguntas breves y esperó las respuestas. Después volvió a Steve. Rudd permaneció junto a la silla, con una mano apoyada en el respaldo, hasta que Joe pudo enderezarse sin que se oscurecieran las ventanas.

—No me he desmayado —dijo.

—No he venido a discutir una palabra.

La respuesta de Rudd le permitió callarse. Tenía miedo de que, si intentaba explicar cuánto le dolía, alguien decidiera llevarlo a otra habitación. Se quedó mirando un trozo de mesa que aún podía ver entre los hombros de los hombres. Desde allí alcanzaba a distinguir la mano derecha de Steve, abierta sobre la manta.

El tiempo perdió la forma que había tenido en el patio. Una mosca golpeaba un cristal. Hollis entró con otra jarra y salió para cerrar la puerta que daba a la calle. La mujer pidió agua limpia sin levantar la voz. Joe oyó el choque de un instrumento contra un recipiente y apretó los dedos sobre el borde de la silla.

Había querido salvar a Steve de un hombre que pretendía matarlo. Ahora comprendía que también había tenido que salvarlo de algo que su amigo había llevado consigo hasta la puerta del hotel. No sabía cómo se luchaba contra eso sin hacerle daño a la persona que seguía tendida sobre la mesa.

Cuando Geis pidió que lo ayudaran a girarlo un poco, Joe se levantó antes de pensarlo. Rudd le puso una mano en el pecho, con una suavidad que no admitía dudas, y llamó a uno de los hombres que aguardaban fuera. Joe se quedó de pie junto a la silla, viendo cómo otros sostenían el peso que él había querido cargar solo.

Volvió a sentarse antes de que se lo pidieran.

Después de la operación

Geis dejó un pequeño objeto oscuro dentro de un recipiente y apoyó ambas manos en el borde de la mesa. Solo entonces Joe se dio cuenta de cuánto tiempo había pasado sin verle cambiar de postura. El médico permaneció así unos segundos, con la cabeza baja. Luego pidió hilo y una tela más seca.

Joe no miró dentro del recipiente. Le bastaba saber que aquella parte había terminado.

La bala había quedado alojada hacia la parte posterior del hombro. Geis se lo explicó cuando pudo dejar a Steve cubierto, con el brazo sostenido y el vendaje asegurado. No había encontrado el daño que más temía, pero su amigo había perdido sangre y llevaba días enfermo. La respiración tendría que vigilarse. También la fiebre. También demasiadas cosas que Joe no podía resolver por estar dispuesto a no dormir.

—¿Va a vivir?

Geis miró a Friday antes de responder.

—Ha salido de esto respirando por sí mismo. Ahora debemos conseguir que siga así.

Joe habría querido una certeza más grande. La vio imposible en el cansancio del médico y tuvo que conformarse con aquella. Se acercó a la mesa. Steve tenía los labios secos, la cara más estrecha de lo que recordaba y un mechón pegado a la sien. Joe lo apartó con los dedos limpios.

La mujer de la cocina le tocó apenas el codo.

—Tenemos una habitación abajo. Da al patio. Cabe una cama si quitamos los sacos.

Hollis se volvió hacia ella. Durante un instante pareció a punto de recordar que aquel cuarto se utilizaba para otra cosa. Después pidió a Rudd que lo acompañara y ambos desaparecieron por el corredor. Se oyeron muebles arrastrados, una protesta por una caja demasiado pesada y el chirrido de una ventana que llevaba mucho tiempo cerrada.

Joe permaneció al lado de Steve. Podía sentir el calor que salía de su piel sin llegar a tocarle la frente. Pensó en todas las veces que había querido verlo vestido, incorporado, capaz de decidir. Aquella mañana había confundido una pequeña mejoría con la posibilidad de dejar de temer.

—Le dije que me esperara —murmuró.

No supo si hablaba con el médico, con la mujer o con el hombre dormido. Geis se quitó las gafas y las limpió despacio.

—Ojalá eso bastara siempre.

Joe miró hacia la puerta. Había seguido a Steve desde una habitación hasta un vaso de agua, desde el pueblo hasta el camino de Rudd, desde el hotel hasta una calle donde creía que al fin habría quien impidiera el disparo. Cada vez parecía haber una puerta más lejos.

—No puedo vigilarlo cada minuto.

Geis volvió a ponerse las gafas.

—No.

La respuesta lo hizo levantar la cabeza. El médico no añadió nada que suavizara aquella imposibilidad. Joe sintió que el pecho se le cerraba por una razón que no estaba en las costillas. Había pasado días actuando como si, con suficiente atención, pudiera obligar a los otros hombres a conservar la vida.

Al otro lado del corredor, Rudd anunció que el cuarto estaba listo. Trasladaron a Steve entre cuatro, sin volver a utilizar la puerta. Joe caminó detrás, sosteniendo una esquina de la manta para que no arrastrara. Era una ayuda pequeña. Se obligó a seguir haciéndola.

La nueva habitación olía a cal, a costales vacíos y a aire recién entrado. Tenía una ventana baja que daba al patio y una cama estrecha junto a la pared. Habían colocado un jarro sobre un cajón cubierto con una tela. Desde allí se oía a Cochise mover los cascos cerca del carro preparado.

Joe miró al caballo a través del cristal. La yegua levantó la cabeza y volvió a bajarla hacia el agua. Los dos seguían enganchados, aguardando un viaje que ya no podía hacerse.

—Que los suelten —dijo.

Rudd se volvió hacia él.

—Ya iba a hacerlo.

Joe asintió. El movimiento le tiró del cuello. Hasta ese momento había seguido pensando en la carreta como en una salida que bastaba mantener preparada. Ver a Rudd llevarse los animales hacia el establo convirtió la demora en algo que pudo sentir físicamente: un peso inmóvil detrás de las rodillas.

Geis le indicó la silla que habían colocado junto a la cama. Joe se sentó antes de que el médico terminara la frase. Esta vez no había ningún orgullo que defender. Necesitaba mirar cómo respiraba Steve y no caerse mientras lo hacía.

Las heridas de Joe

El dolor terminó por obligarlo a mirar hacia sí mismo. Geis lo llevó al cuarto de al lado, donde guardaban mantelería y una cama sin armar, y le pidió que se quitara la camisa. La tela estaba pegada al vendaje del brazo. Joe trató de liberarla con la izquierda y se quedó sin aire cuando el costado se contrajo.

El médico lo ayudó sin hacer comentarios. Debajo de las costillas, el morado de la primera noche se había extendido hacia la espalda. La caída del arroyo había añadido otro dolor, más profundo, y el golpe contra el suelo al sujetar a Steve acababa de reunirlos. Geis le pidió que señalara con un dedo el sitio que peor sentía. Joe apoyó dos.

—Ahí no hay sitio para tantas desgracias —dijo el médico.

Joe intentó sonreír y tuvo que dejarlo a medias. Geis palpó con cuidado, volvió a escucharle el pecho y lo hizo respirar una vez más. La certeza de que nadie iba a obligarlo a levantarse enseguida permitió que el cansancio se mostrara entero.

—Puede haber una costilla dañada —dijo Geis—. Con estos golpes no voy a prometerle que solo es un morado. No quiero que cargue nada. No quiero verlo en la silla de un caballo.

Joe cerró los ojos un momento. La orden no tenía una duración. Por eso resultaba más difícil encontrarle un borde contra el cual protestar.

—Tengo que volver a mi casa.

—Ahora tiene que conseguir llegar hasta la silla sin que lo recojan del suelo.

Geis revisó también el brazo. La herida no se había abierto del todo, pero una pequeña mancha nueva atravesaba el vendaje. Joe vio el enfado contenido del médico y decidió no fingir sorpresa. Le ardía desde que había intentado sujetar el cuerpo de Steve.

—¿Me va a decir que hice mal?

Geis levantó los ojos.

—No. Voy a decirle que después de hacerlo necesita cuidados.

La diferencia le quitó una respuesta que ya tenía preparada. Joe permaneció quieto mientras le limpiaban la piel. En el cuarto contiguo alguien movió una silla y Steve hizo un ruido bajo al respirar. Joe volvió la cabeza por reflejo.

—Está Hollis —dijo Geis—. Le he explicado qué tiene que mirar.

Joe trató de recordar la cara de Hollis en la calle, la mano que no había llegado al brazo de Friday. No sabía todavía si estaba enfadado con él. Le habría resultado más fácil estarlo. El enfado podía dirigirse hacia alguien; la imagen de las recámaras vacías no dejaba un lugar tan claro.

Cuando regresó junto a Steve, la mujer de la cocina había colocado un plato en el cajón. Había caldo con arroz, una cuchara y un trozo de pan humedecido para que pudiera partirlo con una mano. Joe se sentó, miró la comida y comprendió que alguien había tenido que pensar en sus limitaciones mientras él seguía ocupado en odiarlas.

—Gracias —dijo.

La mujer asintió. Tenía el pelo recogido con dos horquillas que empezaban a soltarse y las mangas remangadas de manera desigual.

—No lo deje hacerse una pasta.

Joe comió. El caldo le calentó el estómago y le produjo sueño casi de inmediato. Luchó contra él durante unos minutos. Después Hollis acercó una segunda silla, se sentó al otro lado de la cama y dijo que iba a permanecer allí hasta que lo relevaran.

Joe miró a Steve una última vez antes de cerrar los ojos. Su amigo seguía pálido, pero cada respiración levantaba un poco la tela sobre el pecho. Se quedó dormido contando aquel movimiento. Cuando despertó, ya no recordaba en qué número lo había dejado.

Hollis estaba donde había prometido.

La luz del patio había cambiado de dirección. Joe se incorporó despacio y encontró una manta sobre sus piernas. Durante un momento solo oyó el agua que alguien vertía cerca del establo. Después Hollis se frotó ambas manos y dijo que necesitaba explicarle lo ocurrido antes de que Steve saliera.

Joe apartó la manta.

—Lo escucho.

Hollis miró hacia la cama. Friday no dio señales de haber despertado.

—Berry no subió. Se quedó en el porche y lo llamó desde abajo. Yo estaba en la recepción. Le dije que el señor Friday no iba a recibir a nadie.

Joe mantuvo los ojos en las manos del hombre. Tenía una pequeña quemadura cerca de la muñeca, tal vez del agua caliente de aquella mañana.

—¿Qué le dijo?

—Que quería verlo antes de que lo sacaran escondido. Eso dijo. Y que Cartwright no iba a poder hablar por él toda la vida.

Joe sintió una presión detrás de los ojos. No era una amenaza que pudiera llevarse cerrada dentro de un puño. Era peor en otro sentido: una frase hecha para que el hombre enfermo tuviera que darle el resto de su significado.

Hollis continuó. Steve había aparecido en la escalera mientras él intentaba que Berry se alejara del porche. Le pidió que subiera otra vez. Friday respondió que solo necesitaba aclarar una cosa. Hollis trató de colocarse delante y Steve le dijo, con una voz que aún podía sonar muy dura, que no era su preso.

—Debí sujetarlo.

Joe se quedó mirando la cama. Recordó el codo de Steve retirándose de su mano, la determinación que había confundido con valentía otras veces, en otros hombres.

—Yo lo tenía sujeto —dijo al fin.

Hollis levantó los ojos. Joe no añadió nada. No era un perdón ni una absolución que tuviera derecho a ofrecer. Era lo único verdadero que podía poner junto al reproche del hombre.

El sheriff llegó al caer la tarde. Se había cambiado la camisa, pero llevaba el mismo cansancio en la cara. Kessler permaneció en la oficina con Berry y el hombre de la caballeriza había aceptado relevarlo durante la cena. Joe escuchó aquellos detalles con un alivio que no quiso mostrar demasiado. Necesitaba saber dónde estaba el revólver de Berry sin tener que bajar a comprobarlo.

Hablaron en el cuarto de la mantelería. Hollis se quedó con Steve y Geis permitió que Joe se levantara después de hacerlo beber. El sheriff se sentó frente a él, con el cuaderno abierto sobre una rodilla. Ninguno parecía tener fuerzas para fingir que aquello era una visita de cortesía.

—Quiero escribir lo que vio antes de que el pueblo termine de decidirlo por su cuenta —dijo.

Joe asintió. Relató la voz desde el patio, la posición de Friday y Berry, las palabras que alcanzó a escuchar. Al llegar al momento en que Steve buscó la culata, tuvo que detenerse para ordenar la secuencia. Era importante. Lo sabía incluso antes de que el sheriff dejara inmóvil la pluma.

—Mi amigo movió la mano primero.

El hombre sostuvo su mirada.

—¿Está seguro?

—Sí.

—Berry dice que vio salir el arma antes de disparar.

Joe cerró los dedos sobre el pantalón. Había una respuesta que habría servido mejor a Steve, una versión donde su mano permanecía quieta y Berry disparaba contra un hombre que no había hecho nada. No era lo que había visto.

—No puedo decirle qué alcanzó a ver él. Yo lo vi buscarla y me lancé para sujetarlo. Después oí el disparo. El revólver apareció abajo, junto a su pierna. Nunca lo vi apuntar.

El sheriff escribió. Joe esperó hasta que terminara y añadió lo que había ocurrido después, cuando Friday ya caía y el cañón de Berry volvió a buscarlo.

—Ahí saqué yo.

—Kessler también lo vio mantener el arma sobre ustedes.

Joe levantó la cabeza. La confirmación le produjo un alivio que llegó acompañado de vergüenza: había necesitado que otro hombre hubiera mirado el mismo instante para dejar de temer que se deshiciera al contarlo.

El sheriff apoyó la pluma.

—Lo del arma vacía no resuelve por sí solo todo lo demás. Tenemos que saber lo que Berry sabía cuando disparó. Lo que hizo para provocar la salida de Friday. Por qué siguió apuntando después. No voy a dejarlo marchar esta noche, pero tampoco puedo escribir una sentencia aquí, sentado con usted.

—No se la estoy pidiendo.

—Quiero que lo sepa antes de que otro venga a decírselo peor.

Joe miró el cuaderno. El sheriff había mandado avisar a un juez que pudiera escuchar el asunto sin tener la muerte de Billy Wyllit en medio. Tendrían que declarar todos. También Steve, cuando estuviera en condiciones. Mientras tanto, Berry permanecería encerrado y sin sus armas.

—Wyllit no va a decidirlo —dijo el hombre.

Joe apoyó la cabeza contra la pared. La cal estaba fresca en comparación con su piel. Había pasado tantos días intentando evitar que el juez consiguiera lo que deseaba que la posibilidad de otra autoridad le pareció, por un momento, una distancia inmensa.

—¿Le ha dicho algo? —preguntó el sheriff—. Friday. ¿Sobre por qué salió así?

Joe miró hacia la puerta que los separaba del enfermo.

—Creía que Berry me seguiría si se marchaba conmigo.

—¿Se lo había dicho Berry?

—Se lo pregunté. No me contestó.

El hombre lo anotó sin intentar completar el vacío. Joe agradeció que lo hiciera. Demasiadas personas habían estado dispuestas a rellenar lo que no sabían con la historia que mejor les permitía vivir consigo mismas.

Cuando terminaron, el sheriff le entregó el sombrero que había quedado en el patio. También su revólver. Kessler lo había recogido junto al escalón después del traslado y comprobado que nadie lo tocara. Joe reconoció la pequeña costra de polvo cerca del armazón. Lo había dejado en el suelo para sostener la mano de Steve y no había vuelto a pensar en él.

Lo recibió sin mirarlo mucho tiempo.

—¿Puedo seguir aquí? —preguntó.

El sheriff frunció el ceño, sorprendido por la pregunta. Después pareció entender que Joe no estaba preguntando por el hotel.

—Sí. Y si necesita salir del pueblo cuando el médico lo permita, tendremos su declaración. No va a curarse mejor encerrándose por voluntad propia.

Joe bajó los ojos. La frase encontró un lugar doloroso. No estaba seguro de que el hombre hablara solo de quedarse en Chiso.

Wyllit en el corredor

Wyllit no intentó entrar al cuarto de Steve. Joe lo encontró en el corredor, de pie junto a una ventana que daba al patio. La carreta vacía permanecía bajo el cobertizo. El juez tenía la vista puesta en ella y parecía medir el colchón, las correas, todo el trabajo que había estado a unos minutos de servir.

—Geis dice que ha sacado la bala —dijo al verlo.

Joe se detuvo. Le costaba permanecer de pie sin buscar un apoyo, y la cercanía de Wyllit le devolvió una ira para la que el cuerpo ya no tenía fuerzas.

—La ha sacado.

El juez asintió. Llevaba una cartera en la mano. La abrió, sacó varios billetes y se quedó con ellos entre los dedos sin llegar a ofrecérselos.

—El médico, la habitación, lo que haga falta.

Joe miró el dinero. Pensó en los gastos, en el caballo que había comprado, en la cuenta que no había terminado de resolver. Aquel dinero podía ayudar. También podía transformar algo que todavía sangraba en una suma que Wyllit guardaría bajo la palabra pagado.

—Hable con Geis —respondió—. Y si ayuda, no le pida a Steve que se lo agradezca.

Wyllit cerró la mano. Por un instante Joe creyó que se marcharía. Después el hombre volvió a guardar los billetes y permaneció junto a la ventana.

—No pensaba pedírselo.

Joe quería creerlo. No pudo decidir si tenía derecho a exigir más aquella tarde. Se apoyó contra el marco contrario, dejando entre ambos el ancho del corredor.

—¿Dónde estaba cuando salió?

Wyllit miró la carreta.

—En mi casa.

La respuesta fue tan simple que Joe tuvo que esperar antes de poder escucharla entera. El hombre no había estado mirando desde un balcón, ni dando una orden al final de la calle. Había retirado el dinero y vuelto a su casa, como si el mecanismo que había puesto en marcha pudiera detenerse porque ya no deseaba verlo funcionar.

—Había dicho que lo diría delante de todos.

—Lo hice esta mañana. En el almacén. Delante de Berry, también.

Joe lo miró. Aquel detalle no cambiaba lo ocurrido. Cambiaba, sin embargo, la responsabilidad de quien había esperado hasta el mediodía junto al porche.

—Dígaselo al sheriff.

—Ya se lo he dicho.

El juez seguía teniendo los dedos cerrados sobre la cartera. Joe advirtió que le temblaba una mano. No quiso que aquel temblor lo volviera inofensivo. Tampoco quiso seguir mirándolo como si no pudiera sentirlo.

Desde la habitación llegó una voz baja. Hollis llamó a Joe sin alzar el tono, y él se separó de la pared antes de que terminara de pronunciar su nombre.

Friday estaba despierto. No del todo; sus ojos tardaban en seguir los movimientos y parecía escuchar cada sonido desde muy lejos. Hollis le humedecía los labios con un paño. Joe se acercó a la cama y ocupó la silla que el hombre dejó libre.

Steve movió la cabeza hacia él. El intento de incorporarse terminó en una contracción del rostro. Joe apoyó una mano sobre la manta, cerca de la que aún podía mover.

—Quieto. Geis ha terminado.

Friday miró el vendaje. Después cerró los ojos con una expresión que Joe no supo leer. Tenía las pestañas húmedas. La lámpara del corredor dejaba una franja amarilla junto a la puerta y el resto del cuarto se había vuelto azul con la última luz del patio.

—¿Berry?

—En una celda.

Steve tardó en volver a mirarlo.

—¿Tú?

Joe sintió la pregunta en las costillas, en el brazo, en la parte de sí mismo que había seguido esperando una explicación mientras los otros preparaban vendas.

—Aquí.

Friday dejó salir el aire despacio. Su mano buscó la manta y tiró de ella unos centímetros. Joe quiso ayudar, pero se detuvo antes de tocarlo. Necesitaba saber si aquel gesto pedía abrigo o intentaba ocultar algo que su amigo ya no podía soportar mirar.

—No hablaremos ahora —dijo—. Descansa.

Steve separó los labios. Lo que salió no llegó a formar una frase. Joe acercó el paño y esperó hasta que pudiera tragar. La piel de su amigo tenía un olor extraño, mezcla del sudor viejo, el preparado del médico y la ropa que habían retirado demasiado deprisa. Joe reconoció, debajo de todo eso, el olor humano de un hombre enfermo. Algo tan sencillo que ninguna reputación podía reemplazar.

Se quedó hasta que Friday volvió a dormirse. Geis lo revisó antes de que cerraran el patio y dispuso turnos sin preguntar si Joe tenía intención de aceptarlos. La mujer de la cocina permanecería hasta medianoche. Hollis dormiría unas horas y después la relevaría. El médico había instalado sus cosas en el cuarto vecino para no tener que cruzar la calle cada vez que lo necesitaran.

Joe escuchó el reparto con la cabeza baja. Cuando intentó ofrecerse para la primera mitad de la noche, Geis señaló la cama que habían terminado de armar junto a la mantelería.

—Desde ahí oirá si lo llamamos.

No dijo que pudiera salvarlo por no dormir. Joe agradeció que no lo hiciera.

Hollis le prestó una camisa. Era demasiado ancha en los hombros y la tela estaba desgastada en los codos, pero no tenía sangre. Joe se la puso lentamente, con ayuda para pasar el brazo derecho, y dejó la suya doblada sobre una silla. Había manchas de dos hombres diferentes. No consiguió distinguirlas y decidió no intentarlo.

Antes de acostarse, buscó sus alforjas. El dinero de la compra seguía separado del resto. Lo contó una vez, más por necesidad de reconocer algo intacto que por desconfianza, y volvió a guardarlo. No había comprado ganado. No tenía fuerzas para montar. Su padre no sabía ninguna de las dos cosas.

Pensó en pedir papel. No quería una carta que tardara más que él en llegar. Si había una oficina donde despachar un telegrama, Hollis podría decirle dónde. La idea le produjo alivio y, enseguida, un temor que no quiso examinar. Mandar aviso significaba que Ben empezaría a hacer preguntas antes de tenerlo delante.

Se acostó con el cinturón fuera de la cama, sobre la silla. Permaneció mirando el techo hasta que dejó de oír pasos. Del otro lado de la pared Geis pidió agua y alguien contestó con una voz tranquila. Joe cerró los ojos apoyándose en aquella calma prestada.

Durante la noche despertó dos veces. En ambas escuchó a Steve respirar antes de preguntar nada.

La mañana del sábado

El sábado entró en el cuarto con olor a café. No tenía el brillo violento del viernes ni la falsa promesa de que bastaba esperar hasta una hora determinada. Era una mañana fresca, con nubes bajas que cubrían el sol y dejaban sobre las paredes una claridad pareja.

Joe despertó dolorido y, por primera vez en varios días, sin la sensación de que alguien estuviera a punto de disparar. La tranquilidad duró hasta que intentó sentarse. El costado lo obligó a detenerse, pero el dolor era un hecho conocido. Pudo encontrar la manera de levantarse sin que otra persona tuviera que sujetarlo.

Friday estaba despierto cuando entró. Geis acababa de comprobar el vendaje. La noche no había sido fácil, pero la sangre no había vuelto a empapar las telas. Steve tenía algo de fiebre y una sed que no le permitían resolver de una sola vez. Miraba el vaso como si hubiera que pedir permiso antes de necesitarlo.

Joe se sentó a su lado. El médico se quedó unos minutos más, hasta que hubo visto a Friday beber y contestar dos preguntas sin perderse en la respuesta. Después salió a revisar al sheriff, dejando a Hollis en el corredor.

Durante un rato ninguno habló. Joe observaba el hombro inmovilizado, el movimiento corto de la respiración y el esfuerzo que Steve hacía para no mirarle las manos.

—El revólver estaba vacío —dijo al fin.

Friday cerró los ojos. No pareció sorprendido por que hubiera llegado aquel momento.

—Sí.

Joe esperaba una explicación más grande que aquella palabra. La había imaginado durante la noche: el delirio, una confusión, el miedo de cargar delante de él y volver a apuntarle por error. Bastaba una razón que no hubiera sido elegida con plena conciencia.

Steve abrió los ojos de nuevo.

—No tenía que haberte hecho eso.

Joe apoyó la mano izquierda sobre la rodilla. La derecha permanecía cerca del cuerpo, cansada incluso de no hacer nada.

—Entonces sabías lo que estabas haciendo.

Friday miró hacia la ventana. Desde la cama podía ver un trozo del cobertizo y la rueda inmóvil de la carreta.

—Pensé que, si salía, dejaría de buscar la manera de acercarse a ti. Que habría conseguido lo que quería y se marcharía.

Joe mantuvo los ojos en él.

—No te estaba preguntando por Berry.

Steve volvió la cabeza. El silencio se extendió hasta que dejó de servir para esconderse.

—Estaba cansado —dijo.

No lo dijo como quien ofrece una excusa suficiente. Tenía la voz baja y el rostro descubierto de una manera que Joe nunca había visto. Ya no estaba el hombre que calculaba una salida con la mano cerca del cinturón. Estaba el que había llevado durante años el miedo de otros y había terminado por no saber qué quedaba de sí mismo cuando nadie lo temía.

Friday humedeció los labios.

—Llevaba días oyendo sus pasos debajo de la ventana. Antes de que llegaras, nadie entraba. Después entrabas tú, y cada vez volvías con algo más que yo había puesto en tu camino. Anoche pensé que tendrías que seguir haciéndolo mientras estuviera vivo.

Joe bajó la mirada. Quiso responder con una frase que detuviera toda aquella oscuridad de una vez. No la encontró. Se acordó de Ben sentado junto a su cama años atrás, después de una caída, esperando a que el enfado de un muchacho dejara sitio al miedo que había debajo. Su padre nunca había parecido necesitar la respuesta perfecta para quedarse.

—Yo quería llevarte hasta Rudd —dijo—. Ayer. En esa carreta. No te había pedido que resolvieras el resto de mi vida muriéndote delante de mí.

Steve se encogió apenas. El movimiento le dolió y tuvo que esperar antes de contestar.

—No pensé que volverías a meterte entre los dos.

Joe levantó la cabeza. Había algo casi absurdo en escuchar aquello después de todo lo que acababa de ocurrir.

—Te dije que me esperaras.

Friday asintió. Se le había humedecido la cara junto a una sien y no intentó limpiarla. Joe permaneció mirándolo hasta que la ira dejó de pedir una voz más alta. No había desaparecido. Había encontrado un lugar junto al dolor, donde podía decirse sin convertir la cama en otra calle.

—No puedo volver a hacerlo cada vez, Steve. No puedo adivinar en qué momento vas a decidir que ya no merece la pena seguir.

—Lo sé.

—Ayer no lo sabías.

Friday recibió la corrección sin apartar los ojos. Después miró su mano derecha, abierta sobre la manta.

—Ayer creía saber demasiadas cosas.

Joe se frotó la cara con la izquierda. Había dormido, pero el cansancio de aquella conversación no tenía nada que ver con el sueño. Le dolía ver a su amigo tan cerca y tan lejos de la persona que había recordado en la Ponderosa. También comprendía que no lo ayudaría exigirle que volviera a ser aquel hombre antes de ofrecerle agua.

Le acercó el vaso. Steve bebió un poco y tuvo que descansar. Joe sostuvo el recipiente entre ambos, sin convertir el gesto en una tregua que resolviera lo ocurrido.

—¿Tienes miedo ahora? —preguntó Friday.

Joe miró el vendaje.

—Sí.

Steve tardó en comprender que no hablaba de Berry.

—Yo también —dijo al cabo.

La confesión no arregló nada, pero le permitió a Joe respirar de otra manera. Era la primera vez que su amigo nombraba un sentimiento que no intentaba transformar en una orden para que los otros se marcharan.

Cuando Geis regresó, Joe no se levantó para dejar la conversación encerrada entre ambos. Le dijo, delante de Steve, que había salido sabiendo que el revólver no tenía municiones. El médico lo escuchó sin sorpresa visible. Acercó una silla, se sentó y preguntó a Friday si seguía queriendo que todo terminara de aquella manera.

Steve miró a Joe antes de contestar.

—No quiero volver a salir así.

Geis no le exigió un juramento. Habló con él despacio, dejando espacio entre las preguntas y las respuestas. Joe permaneció hasta que el médico le pidió un rato a solas. Esta vez salió sin sentir que debía pegar el oído a la puerta.

Los planes para salir

Hollis lo encontró junto al patio. Joe había llegado hasta la carreta y apoyaba la mano sana sobre el borde del colchón. La paja conservaba su olor limpio. Un gato cruzó por debajo del eje sin detenerse y se metió detrás de unos barriles.

—¿Necesita algo?

Joe miró hacia la cocina. La mujer estaba cortando pan. Un hombre a quien no conocía había traído una cesta de huevos y se negaba a que le pagaran. El hotel seguía lleno de incomodidades, pero la gente empezaba a entrar llevando cosas que no necesitaban permiso de Wyllit.

—Tengo que avisar a mi familia.

Hollis le explicó dónde podía despachar el telegrama. Se ofreció a llevarlo, pero Joe prefirió ir después de que Geis terminara. Quería hacer algo que empezara en una decisión suya y acabara sin que nadie estuviera tendido en el suelo.

La calle parecía más estrecha con las nubes. Pasó frente a la oficina y vio la puerta abierta. Kessler estaba sentado dentro. Al reconocerlo, levantó la mano sin llamarlo, y Joe agradeció no tener que cruzar para hablar. No alcanzó a ver a Berry. Tampoco se detuvo a buscarlo.

En el lugar donde había caído Jakes quedaba una variación tenue en el color de las tablas. Joe la vio a pesar de proponerse mirar hacia delante. El recuerdo llegó completo durante un segundo: la sorpresa en los ojos, los labios moviéndose sin formar una palabra. Se apoyó en un poste, esperó a que el presente volviera a tener sonidos y continuó andando.

Tardó más de lo necesario en decidir el texto del telegrama. Quería que Ben supiera dónde estaba sin imaginarlo herido en una habitación de hotel. Quería que no se preocupara y, al mismo tiempo, deseaba con una fuerza vergonzosa que adivinara que debía preocuparse un poco.

Al final avisó que la compra se había demorado, que estaba ayudando a Steve Friday enfermo y que emprendería el regreso en cuanto pudiera. Leyó las palabras antes de entregarlas. Todo lo escrito era cierto. La parte que había quedado fuera parecía ocupar más espacio que el papel.

Mientras aguardaba que lo atendieran, imaginó a Hoss acercándose al escritorio de Ben, preguntando qué ocurría. Hoss recordaría a Steve. Tal vez sonriera al saber que Joe lo había encontrado, antes de preguntarse por qué no regresaban juntos. Ben releería el mensaje. Joe conocía aquel movimiento de las cejas, el modo en que su padre podía quedarse mirando una frase hasta descubrir cuánto faltaba dentro.

Pensó en añadir que se encontraba bien. No lo hizo.

Volvió al hotel despacio, con el costado rígido y una fatiga que empezaba a parecerse al peso normal de un cuerpo cansado. Nadie lo siguió. Aun así, miró el reflejo de dos escaparates antes de alcanzar el porche.

Geis lo esperaba junto al corredor. Joe se detuvo, temiendo una noticia que el médico no había venido a darle.

—Ha preguntado por usted —dijo—. Le he dicho que volvería.

Joe miró hacia el cuarto.

—¿Cómo está?

—Hoy se queda. Mañana volveremos a mirar cómo está. No hay una obligación de salir porque la carreta esté lista.

Joe asintió. Quiso preguntar cuánto tendría que esperar, si el lunes, si otra semana. Comprendió que no había una respuesta que el médico pudiera ofrecerle con honestidad.

Entró sin hacer ruido. Steve tenía los ojos abiertos y el vaso cerca de la mano. La taza de las municiones no había bajado desde el piso de arriba. El revólver estaba en la oficina del sheriff. Por primera vez Joe advirtió que aquella ausencia le permitía mirar a su amigo antes de mirar la cómoda.

—¿Dónde has ido? —preguntó Steve.

—A avisar a casa de que voy a tardar.

Friday bajó los ojos.

—Ben vendrá si cree que lo necesitas.

Joe sintió el deseo inmediato, casi infantil, de que así fuera. Le siguió el cansancio de imaginarse teniendo que contar todo antes de haber conseguido comprenderlo. Acercó la silla y se sentó junto a la cama.

—Le he dicho que estoy ayudando a un amigo.

Steve lo miró durante un momento. Después señaló el jarro, esta vez sin pedir perdón por necesitarlo. Joe sirvió un poco de agua y esperó a que terminara de beber. Afuera, Rudd hablaba con Kessler sobre el estado del camino y la posibilidad de mantener el colchón seco si llovía. Seguían haciendo planes. A Joe le hizo bien oírlos.

Cuando Steve le pidió que abriera un poco más la ventana, pudo levantarse sin que nadie lo sostuviera. Entró aire fresco y movió el borde de la manta. Joe dejó el pestillo en su sitio y regresó a la silla. Aquella mañana todavía no habían salido del pueblo, pero ninguno de los dos estaba esperando a que dieran las doce.

Continuará

BONANZA: DESPUÉS DE LOS CRÉDITOS
ESTACIÓN LANDON

0 Interacciones
Conversación en Vivo
Comunidad Segura
🕒 Puedes volver a comentar en 60s...
Opiniones de la Comunidad

¿Nadie ha roto el hielo todavía?

Tu opinión es importante para nosotros. Sé la primera persona en dejar un comentario.

Empezar conversación ahora