ESTACIÓN LANDON · NOVELA POR ENTREGAS
Bonanza: Después de los créditos
BLACK FRIDAY
El hombre que volvió a casa
CAPÍTULO 6
La hora que nadie detuvo
La noche en el hotel
Hollis encendió la lámpara cuando ya no fue posible distinguir el agua dentro del vaso. Joe había pasado un rato con los ojos cerrados, sin llegar a dormirse. Percibió el roce de la cerilla y abrió los párpados justo cuando la llama encontraba la mecha. Durante un instante le pareció demasiado brillante. Volvió la cara hacia la ventana y esperó a que las paredes recuperaran sus dimensiones.
La calle olía a madera mojada. Habían lavado el porche de enfrente y ahora el calor que todavía guardaban los tablones devolvía al aire una humedad agria. Desde aquella altura Joe no podía ver el sitio donde había caído Jakes. Agradeció que la baranda lo ocultara y sintió vergüenza de agradecer algo tan pequeño.
Geis llegó poco después, con el maletín sujeto contra una pierna y la camisa arrugada sobre el vientre. Se había lavado las manos, pero conservaba una línea oscura junto a una uña. Dejó el sombrero en la cómoda, comprobó la frente de Friday y le pidió que se incorporara. Joe intentó acercar la silla para ayudar. El médico lo detuvo con una mirada.
—También sé levantar a un hombre sin que usted se desarme delante de mí.
Steve obedeció despacio. Había una mejoría que solo se advertía después de haberlo visto tan enfermo: sostuvo la cabeza sin esfuerzo, pudo beber sin que Joe tuviera que vigilar cada trago y protestó por el sabor del preparado que Geis le ofreció. Sin embargo, al intentar apoyar los pies y levantarse, las rodillas cedieron lo suficiente para obligarlo a sentarse de nuevo. El sudor apareció de inmediato sobre su labio.
Joe observó al médico. Geis no necesitó que formulara la pregunta.
—Con estas piernas no va a ir sentado en un pescante durante horas. Si lo llevan, tendrá que ser acostado, bien sujeto y con paradas. Y yo quisiera otra noche antes de decidirlo.
—La tendrá —respondió Joe.
Friday lo miró, pero no discutió. Aquella obediencia tardía tendría que haber tranquilizado a Joe. En cambio, sintió que había algo detrás que no alcanzaba a ver. Steve estaba siguiendo los movimientos del médico con una atención demasiado despierta, como si necesitara calcular cuánto de lo que acababan de decir pertenecía a su cuerpo y cuánto a las decisiones de los demás.
Geis volvió hacia Joe la silla que Hollis había colocado junto a la lámpara. Le desabotonó la camisa sin esperar permiso y comprobó que el vendaje del brazo seguía seco. Después apoyó dos dedos en el costado. Joe aspiró bruscamente y se quedó rígido hasta que el médico retiró la mano.
—¿Le cuesta más respirar que antes?
—Cuando usted hace eso, sí.
Geis no sonrió. Lo hizo respirar otra vez, escuchó con la cabeza inclinada y le preguntó si había tos, mareos o dolor al permanecer quieto. Joe contestó con una precisión cansada. Le parecía que ya había entregado demasiadas partes de sí mismo durante aquel día: el brazo al médico, la voz al sheriff, la mano izquierda a un instante que seguía repitiéndose sin pedirle permiso.
—Necesita dormir —concluyó Geis—. En una cama.
Joe miró a Steve. Su amigo tenía la vista puesta en la taza de las municiones.
—Me quedaré hasta que se duerma.
—Me refería a usted.
El médico se enderezó. Permaneció callado unos segundos antes de guardar el paño que había utilizado para secarse las manos. Cuando volvió a hablar, su voz había perdido el tono de las indicaciones que podían obedecerse con facilidad.
—Hay un hombre en mi consultorio que vive porque usted lo trajo. Hay otro en la oficina que vive porque usted estaba mirando. No puedo devolverle la tarde. Pero sí puedo pedirle que no se haga otra herida tratando de sostenerse despierto.
Joe bajó la mirada. Le resultó más difícil recibir aquello que cualquier reprimenda. Friday se movió en la cama, recogiendo las piernas para dejar espacio junto al borde.
—Duerme un poco, Joe. Esta vez sabré llamarte por tu nombre.
La referencia a la noche anterior quedó entre ellos con una delicadeza inesperada. Joe levantó los ojos hacia él. Steve no apartó la mirada. Después señaló el revólver y, ante Geis, abrió el cilindro, retiró las municiones y las dejó dentro de la taza. El sonido fue pequeño y concreto. Joe pudo seguirlo hasta el final.
Aceptó acostarse en su cuarto cuando Hollis prometió quedarse durante la primera hora. No quería aquella promesa, no quería descubrir que necesitaba escucharla, pero el cuerpo había empezado a rendirse por lugares que no lograba controlar. Al levantarse, la rodilla derecha vaciló. Geis lo tomó por el codo antes de que chocara con el marco.
Su habitación conservaba el calor de la tarde. La cama estaba abierta y alguien había sacudido el polvo del alféizar. Joe se sentó en el borde, se quitó las botas con ayuda del talón y apoyó el cinturón sobre la silla. Aún había una recámara vacía en el revólver. La vio al abrirlo para comprobarlo y durante unos segundos se quedó mirando aquel hueco.
Geis no intentó quitárselo. Esperó junto a la puerta mientras Joe dejaba el arma y se acostaba sobre el lado menos dolorido.
—El sheriff vendrá mañana a escucharlo —dijo—. Esta noche no tiene que dar más explicaciones.
Joe mantuvo los ojos abiertos hasta que se cerró la puerta.
Del otro lado de la pared, Hollis preguntó a Steve si quería más agua. La respuesta llegó amortiguada, pero lo bastante clara para que Joe reconociera la voz. Se sostuvo de aquel sonido mientras el sueño lo alcanzaba. No vio la Ponderosa. Vio una manga moviéndose debajo de un chaleco, y aun así, por agotamiento, terminó durmiéndose.
El descanso de Joe
Lo despertó el ruido de una silla arrastrada en el corredor. Habían pasado algo más de dos horas. No lo supo hasta que salió y encontró a Rudd junto a la escalera, con una taza en la mano y una manta doblada sobre el respaldo.
Joe llevaba la camisa abierta y el pelo pegado a la frente. Se había incorporado demasiado deprisa. El dolor del costado le subió hacia la espalda y tuvo que apoyar los dedos en la pared antes de poder preguntar qué ocurría.
—Nada —dijo Rudd—. Siéntese antes de que hagamos una excepción.
La broma tenía una sequedad tranquila. Joe tardó un momento en comprender que la silla estaba allí por él y por el hombre de la otra habitación. Rudd había elegido un sitio desde donde podía ver la escalera sin colocarse delante de ninguna puerta.
—¿No piensa acostarse?
—En un rato. Hollis está comiendo. Yo terminé antes.
Joe se quedó junto a la pared. Desde abajo llegaban voces y el olor de un guiso espeso, con cebolla y grasa caliente. No recordaba haber sentido hambre desde el camino. Ahora el estómago se contrajo con una necesidad desagradable, casi dolorosa.
Rudd señaló una bandeja sobre el suelo, al otro lado de la silla.
—Eso es suyo. No lo traje para mirarlo enfriar.
Joe se agachó por reflejo y se detuvo a mitad del movimiento. Rudd dejó la taza, levantó la bandeja y se la llevó al cuarto. Ninguno comentó la torpeza. Era una forma de consideración que Joe empezaba a reconocer: permitir que las cosas sucedieran sin convertirlas en una prueba de lo mal que estaba.
Comió sentado en la cama, sosteniendo el plato sobre las piernas. El pan se deshacía dentro de la salsa. Tenía un gusto intenso a sal que le recordó de pronto cuánto había bebido y lo poco que había comido. Rudd se quedó en la puerta, hablando de la yegua. Había comido bien, no cojeaba y toleraba la cercanía de Cochise mejor de lo que había esperado.
—Mañana puedo ayudarlo a enganchar. Kessler dice que la carreta estará lista en cuanto vayamos a buscarla.
Joe dejó la cuchara.
—Usted tenía trabajo en su casa.
—Lo sigo teniendo.
Rudd lo dijo sin reproche y luego se frotó la mandíbula, como si buscara una forma de explicar algo que le incomodaba menos hacer que poner en palabras.
—Mi mujer sabe que no he encontrado una taberna mejor por aquí. Si tardo, tendrá una idea bastante aproximada de la razón.
Joe habría querido reírse. Lo consiguió apenas, con cuidado de no mover demasiado las costillas. Agradeció la comida, la yegua y la manera en que Rudd había cruzado con él desde la oficina. No supo cómo incluir todo lo demás. El hombre pareció entenderlo porque se limitó a asentir y volvió a su silla.
Friday estaba despierto cuando Joe entró en su cuarto. La lámpara tenía la mecha baja y la taza seguía junto al revólver vacío. Steve observó el plato ya limpio que Joe llevaba en la mano antes de fijarse en su cara.
—Algo has hecho bien esta noche.
—No te acostumbres a darme órdenes.
—No me habría atrevido cuando eras más pequeño. Ben podía oírte protestar desde el otro extremo del rancho.
Joe apoyó el plato en la cómoda. La mención de su padre abrió dentro de él un espacio tibio y peligroso. Recordó una mañana de invierno en la que Steve había aparecido en el patio con una cincha rota y Hoss le había ofrecido ayuda antes de preguntarle qué había ocurrido. Se había reído entonces, apoyado en el pilar del porche, sin imaginar que algún día necesitaría recordar aquella escena para estar seguro de que su amigo había sido otra cosa además de un hombre esperando que lo mataran.
—Si te viera ahora, te haría comer el doble —dijo.
—Tu padre o tu hermano.
—Los dos. Por separado, para que no pudieras negociar.
Steve sonrió. La sonrisa no duró, pero le cambió la cara. Por primera vez desde el martes Joe pudo reconocer sin esfuerzo al hombre que había sabido quedarse callado al lado de un caballo asustado hasta que el animal le permitía tocarlo.
El ruido de unos pasos interrumpió aquel recuerdo. Hollis se detuvo en la puerta y miró primero a Joe, después a Friday.
—El señor Wyllit quiere hablar con usted.
Joe se puso de pie.
—¿Con cuál de los dos?
—Con Friday.
Steve dejó de sonreír. Durante unos segundos no hizo nada. Después se acomodó contra la almohada y pidió a Hollis que lo dejara entrar.
Wyllit apareció sin Jakes detrás. La ausencia era tan visible que Joe la percibió antes que el cansancio del juez. Llevaba el chaleco abrochado de forma desigual; uno de los botones había quedado fuera de su ojal. Tenía el sombrero entre ambas manos y al ver a Friday acostado pareció olvidar la primera frase que había traído.
—No sabía que estaba tan enfermo —dijo al fin.
Joe sintió una ira rápida, caliente. Se volvió hacia él sin llegar a abrir la boca.
—Lo sabía —respondió Steve.
Wyllit bajó los ojos. El sombrero se deformó un poco bajo sus dedos.
—No estoy hablando de lo que ocurrió con mi hijo.
—Yo tampoco.
La lámpara hizo un pequeño ruido dentro del tubo. Joe se quedó junto a la cómoda, con el hombro sano cerca de la pared. Había imaginado muchas veces aquella visita, casi siempre con una discusión que acababa obligando a Wyllit a reconocer lo que estaba haciendo. Ahora el hombre parecía haber llegado con una parte del reconocimiento y sin saber dónde ponerla.
—Lo de mañana ha terminado —dijo—. He hablado con el sheriff. Nadie tiene autorización mía para…
—No era su autorización la que hacía falta —interrumpió Joe.
Wyllit levantó la cabeza. Por un instante reapareció la rigidez con que había gobernado la mesa del comedor. Después miró el vendaje que asomaba bajo la manga de Joe y la rigidez se quebró.
—No he enviado a Jakes detrás de usted.
Joe recordó el arroyo, la voz por encima de las piedras, el tiempo que había tardado en comprender que la yegua se marchaba. Apoyó la palma izquierda contra el borde de la cómoda.
—Lo pagó para matar a un hombre. Después esperó que se comportara bien durante los días que sobraban.
Wyllit recibió la frase sin moverse. Steve volvió la vista hacia Joe. No había aprobación ni protesta en sus ojos, solo un cansancio que obligaba a escuchar las palabras hasta donde llegaban.
El juez tomó aire por la nariz. Miró otra vez la cama.
—Billy tenía dieciocho años.
—Lo sé —dijo Friday.
—Todavía hacía cosas como si yo fuera a estar detrás para arreglarlas.
La voz de Wyllit se había vuelto más baja. Joe vio que el hombre no estaba hablando con ellos del todo. Había un muchacho en aquella habitación al que ninguno podía ver de la misma manera. Para uno seguía siendo el hijo que esperaba en un patio. Para el otro, una mano buscando un revólver en el reflejo de un espejo.
Steve se frotó lentamente el pulgar.
—Yo también hice cosas ese día que habría podido evitar.
Wyllit alzó los ojos con una violencia esperanzada que hizo estremecerse a Joe.
—Entonces admite que…
—Admito que lo provoqué delante de otros. Que me gustó sentirme más listo. No voy a cambiar lo que pasó después para darle una muerte distinta.
El juez permaneció muy quieto. Joe habría preferido que Friday no hubiera ofrecido aquella parte de sí mismo delante de un hombre que podía utilizarla contra él. Sin embargo, comprendió que ya había pasado demasiados días viendo a todos elegir qué trozo de verdad les resultaba soportable.
Wyllit miró el revólver sobre la cómoda. No preguntó si estaba cargado.
—No puedo perdonarlo esta noche.
—No se lo he pedido.
El hombre asintió con un movimiento breve y torpe. Después se dirigió a Joe, aunque pareció necesitar un esfuerzo para sostenerle la mirada.
—He retirado mi dinero. Lo diré delante de quien haga falta.
—Dígalo mañana en la calle —respondió Joe—. Aquí dentro ya lo hemos oído.
Wyllit salió sin despedirse. Hollis lo acompañó hasta la escalera. Cuando sus pasos desaparecieron, Friday dejó caer la cabeza contra la almohada y cerró los ojos. Joe acercó el vaso, pero su amigo negó con un gesto.
—No sé si eso ha servido de algo —dijo Joe.
Steve tardó en contestar.
—Esta noche no ha venido a mirar cómo me muero.
Joe se quedó con el vaso entre las manos. Era una mejoría demasiado pequeña para todo lo que había costado. Aun así, después de un rato, se lo acercó otra vez y esperó hasta que Friday bebió.
Voces en el corredor
La noche no volvió a quedarse quieta. Bajaron las voces del comedor, se apagó la luz del almacén y un carro atravesó la calle con una rueda que golpeaba a intervalos desiguales. Joe escuchaba cada uno de aquellos cambios mientras se abotonaba la camisa en su habitación. Había dormido, había comido y el temblor de las manos casi había desaparecido. Ninguna de esas cosas bastaba para convencer al cuerpo de que el día había terminado.
Encontró a Berry en el patio del establo.
No había bajado a buscarlo. Quería ver a Cochise, tocarle el cuello y comprobar con sus propios dedos que la cuerda no había hecho más daño del que Rudd describía. El caballerizo había dejado una lámpara colgada en un clavo junto a las pesebreras. A su luz, las patas de los caballos parecían más altas y los movimientos de sus cabezas agrandaban las sombras sobre la pared.
Berry estaba apoyado junto a la entrada, con el sombrero echado hacia atrás. Se apartó para dejar pasar a Joe y lo saludó como si se hubieran citado allí por casualidad. Olía a cuero nuevo y a una colonia de jabón que no pertenecía al establo.
—Me alegra que pueda andar.
Joe siguió hasta Cochise. El caballo volvió la cabeza, le olfateó la manga y le tocó la camisa con los labios. Aquel movimiento sencillo casi lo desarmó. Apoyó la mano izquierda sobre el cuello tibio y se quedó sintiendo el aire salir de los ollares.
—He declarado lo que vi —continuó Berry—. Supongo que ya se lo habrán dicho.
—Lo oí.
—Había otros que no sabían dónde meterse cuando sacó el arma.
Joe separó el pelo junto a la marca de la cuerda. La piel no estaba abierta. Cochise aceptó el contacto sin retroceder y luego volvió a buscar la mano. Joe agradeció tener una razón para no mirar hacia la puerta.
—Usted tampoco estaba cerca —dijo.
Berry soltó una risa baja.
—Lo bastante para saber cómo lo hizo.
La mano de Joe se detuvo un instante. El caballo movió una oreja hacia atrás. Joe volvió a acariciarlo, despacio, hasta que el animal dejó de atender a la voz del otro hombre.
—No voy a enseñárselo.
—No se lo he pedido.
—Lleva haciéndolo desde que me conoció.
Berry dejó de apoyarse en el poste. La luz le alcanzó de lleno los ojos. Era joven, pero no tanto como para que la impaciencia pudiera confundirse con inocencia. Joe vio que estaba molesto por haber sido comprendido antes de terminar de explicarse.
—Jakes era rápido —dijo al cabo.
Joe cerró los dedos sobre la crin. Durante un instante volvió a ver la pequeña marca junto a la oreja del muerto.
—Era un hombre.
—Eso no cambia lo que era capaz de hacer.
—Tampoco lo devuelve.
El silencio dejó oír a la yegua comiendo en el compartimiento de al lado. Berry miró hacia allí y después a las alforjas que Joe había dejado cerca de la entrada. El arnés de Rudd descansaba sobre una viga baja. Era imposible no comprender lo que preparaban.
—Se llevará a Friday mañana.
—Cuando el médico lo permita.
—Wyllit ya no tiene estómago para verlo salir.
Joe se volvió por completo. El movimiento le tiró del vendaje, pero no retrocedió.
—El sheriff no permitirá un tiroteo.
—Ahora tiene bastante con sujetarse el brazo.
La frase no fue pronunciada con burla. Eso la hizo peor. Berry hablaba de una dificultad práctica, como habría hablado del barro en un camino. Joe dio un paso hacia él. La distancia entre ambos seguía siendo suficiente para que los revólveres resultaran una presencia que ninguno necesitaba señalar.
—Si se acerca a Steve, tendrá que responder por ello.
Berry lo observó durante varios segundos. Después bajó los ojos hacia la funda de Joe y sonrió apenas.
—Creí que no iba a enseñarme nada.
Joe sintió la trampa cerrarse sobre la frase que acababa de decir. Le subió calor a la cara. Habría sido fácil avanzar otro paso, decir algo que el otro pudiera devolverle en la calle. Se quedó quieto hasta que la necesidad de hacerlo pasó por su cuerpo sin moverlo.
—Voy a hablar con el sheriff —respondió.
Berry se apartó de la entrada. Joe no lo rozó al salir. Llevaba el hombro rígido y, por primera vez desde que había llegado a Chiso, comprendió que algunos hombres no necesitaban que uno los odiara. Les bastaba con conseguir que actuara como si lo hiciera.
El sheriff estaba despierto. Tenía el brazo elevado sobre una almohada y un vaso de agua en el escritorio. Kessler ocupaba una silla junto a la ventana, con un cinturón que no llevaba aquella mañana y una expresión incómoda de responsabilidad recién aceptada.
Joe relató la conversación sin añadir amenazas que Berry no había pronunciado. Al terminar, el sheriff se pasó la mano sana por la cara.
—Hablaré con él esta noche. Y mañana habrá gente mirando por algo más que por curiosidad.
Kessler se levantó. Había dejado su trabajo para llevar mensajes, buscar vendas y mantener a los curiosos fuera de la oficina. Ahora el sheriff le pidió que acompañara a Berry hasta allí y le explicara que la invitación no admitía una negativa. Joe vio al carretero ajustarse el cinturón antes de salir. No parecía un pistolero. Por primera vez, aquella diferencia le produjo alivio.
El sheriff lo hizo quedarse para tomar la declaración pendiente. Joe se sentó bajo la lámpara y respondió a las preguntas mientras el hombre escribía con dificultad. Desde el sitio exacto donde se encontraba Jakes hasta la dirección del segundo disparo, todo tuvo que adquirir una forma que cupiera en el cuaderno. Joe corrigió una distancia, reconoció que no había visto la mano antes de que desapareciera bajo el chaleco y se negó a decir que había sabido desde el principio lo que iba a ocurrir.
—¿Por qué se levantó, entonces? —preguntó el sheriff.
Joe miró la tinta todavía húmeda.
—No lo sé. Algo en la manera de moverse.
El hombre sostuvo la pluma sobre el papel. Joe temió que insistiera, que le exigiera transformar aquella percepción en una certeza que nunca había tenido. Finalmente el sheriff escribió algo más y dejó la pluma.
—No voy a cambiar su respuesta porque sea más difícil de explicar.
Joe leyó lo escrito y firmó. Le sorprendió reconocer su letra. Había pasado tantas horas sintiéndose lejos de sus propias manos que aquella firma, con sus inclinaciones de siempre, le produjo una tristeza inesperada.
Cuando salió, Kessler regresaba con Berry. El joven llevaba el cinturón puesto y caminaba sin resistencia. Miró a Joe al cruzarse, pero no dijo nada. Joe continuó hasta el hotel sin quedarse a escuchar. Había acudido a la ley. Necesitaba permitir que aquella decisión significara algo.
Friday dormía. Hollis estaba sentado junto a la cama con las manos sobre las rodillas. Había un cuenco vacío en la cómoda y el revólver seguía abierto, junto a la taza.
Joe se detuvo para escuchar dos respiraciones completas. Después regresó a su cuarto, dejó el cinturón en la misma silla y se acostó sin quitarse la camisa. Desde la ventana veía una franja estrecha de cielo sobre los tejados. Pensó en su padre cerrando el libro al final de la noche, en Hoss buscando algo que comer cuando aseguraba haber cenado suficiente. Le habría bastado oír una de sus voces sin tener que contestar enseguida.
Al cabo de un rato se durmió. Esta vez, cuando la mano de Jakes apareció dentro del sueño, también había un caballo respirando junto a él.
La mañana del viernes
El viernes comenzó con un aire fresco que no sobreviviría mucho tiempo al sol. Joe despertó antes de que llamaran a la puerta. Se había movido durante el sueño y el costado parecía haberse endurecido sobre las costillas. Permaneció acostado, probando cuánto aire podía tomar sin que el dolor le cerrara la garganta. Después se sentó, esperó y buscó las botas.
Hollis le llevó agua caliente. Le contó que Berry había salido de la oficina pasada la medianoche, después de escuchar al sheriff y dejar constancia de que no tenía ningún encargo de Wyllit. Kessler había vuelto a dormir a su casa por unas horas. Antes de retirarse, el sheriff hizo colocar un aviso en la puerta de su oficina prohibiendo cualquier enfrentamiento concertado.
Joe recibió las noticias mientras se lavaba. El agua le quitó el sudor del cuello y el borde de la toalla arrastró una suciedad que no había advertido en su propia piel. Tenía una sombra oscura bajo los ojos y el pelo se le levantaba sobre la frente. No parecía el hombre que había llegado a comprar ganado.
Friday estaba sentado al borde de la cama cuando entró. Había logrado ponerse los pantalones y tenía una media entre los dedos. Joe se quedó mirándolo antes de decidir si aquello era un avance o una nueva razón para discutir.
—Geis dijo que vendría temprano.
—No me ha prohibido vestirme.
Steve levantó la media como si necesitara probarlo. Joe se acercó, se agachó despacio y lo ayudó con la otra. Estaba tan ocupado en evitar que las costillas protestaran que tardó unos segundos en percibir la mano de su amigo sobre el hombro.
—Puedo hacerlo —dijo Steve.
Joe alzó la vista.
—Entonces deja de elegir justo la parte que peor se me da.
Steve retiró la mano. La broma les permitió terminar sin añadir nada. Cuando Geis llegó, encontró a Friday vestido y a Joe sentado junto a él, ambos con una expresión de inocencia que no engañó a nadie.
El médico escuchó, palpó, preguntó. Hizo caminar a Steve desde la cama hasta la cómoda y estuvo a punto de sujetarlo antes de que terminara el recorrido. Friday llegó, apoyó las manos y permaneció allí, con el pecho subiendo demasiado deprisa. Joe vio la humedad aparecer entre sus hombros.
—Otra hora —decidió Geis—. Que coma. Si conserva lo que le den y el pulso baja, hablaremos de llevarlo acostado. Primero quiero ver cómo preparan la carreta.
Joe no discutió. Rudd podía enganchar los animales con ayuda de Kessler; él necesitaba comprar mantas y resolver la cuenta. De pronto, después de tres días, había cosas que podían ordenarse sin pensar primero en un arma.
Friday se volvió antes de regresar a la cama.
—¿Berry se ha marchado?
Joe miró al médico. Geis había comenzado a guardar sus instrumentos.
—El sheriff ya habló con él.
—No te he preguntado eso.
Joe apoyó los codos sobre las rodillas. Podía decir que no lo sabía y terminar allí. Vio en la cara de Steve la atención con que esperaba una respuesta y recordó lo que le había reclamado después del ataque de Enos.
Le contó la conversación del establo. Omitió solo la vergüenza que le había producido comprender la trampa, porque todavía no encontraba palabras para aquella parte. Steve lo escuchó sin interrumpir. Cuando Joe terminó, se quedó mirando el suelo.
—Ya ha empezado contigo.
—Yo no he empezado con él.
Steve levantó los ojos.
—No siempre hace falta.
Geis cerró el maletín con más fuerza de la necesaria. Les dijo que quería encontrar a los dos donde los dejaba cuando regresara. Joe esperó a que saliera para acercar el desayuno a su amigo. Había huevos, pan y café rebajado con agua. Friday comió casi la mitad antes de dejar el tenedor.
—Podemos salir sin pasar por el centro —dijo Joe—. Rudd conoce la calle de atrás. No tienes que demostrarles que puedes atravesar el pueblo.
—No he dicho que quiera hacerlo.
—Lo sé.
Friday miró sus botas, colocadas junto a la cama. Había polvo seco dentro de los pliegues del cuero. Joe se dio cuenta de que nadie las había limpiado desde que había encontrado a su amigo en el callejón.
—Cuando lleguemos a casa de Rudd, decidirás hacia dónde seguir —continuó—. No voy a elegirte una vida entera porque te haya ayudado a cruzar una calle.
Steve lo miró de una manera que Joe no entendió enseguida. Había agradecimiento, pero también una tristeza impaciente, casi un reproche contra sí mismo. Luego tomó otro trozo de pan y lo partió con los dedos.
—Tu padre hizo algo parecido una vez —dijo—. Me pagó lo que me debía y me dejó marcharme sin preguntarme si sabía lo que estaba haciendo.
Joe recordó vagamente aquel día. Él había querido que Steve se quedara. Había confundido la libertad de los adultos con una certeza que ahora le parecía imposible.
—A veces pregunta después —respondió.
Friday sonrió sin alegría.
—Eso sí lo recuerdo.
Joe se quedó hasta que terminó el pan. Después llamó a Hollis, le explicó lo que faltaba preparar y bajó con las mantas que Rudd había conseguido. Steve seguía sentado junto a la cama. Parecía cansado, pero estaba completamente despierto, y Joe se permitió pensar que el viernes podía acabar de otra manera.
La carreta preparada
La preparación de la carreta consumió buena parte de la mañana. No bastaba con echar mantas sobre las tablas. Geis quería una superficie que no transmitiera cada golpe del eje a la espalda de Friday, y Rudd había discutido con Kessler hasta que consiguieron sujetar dos sacos de paja limpia debajo de un colchón que Hollis aceptó prestarles. Joe permaneció junto al portón del patio, alcanzando hebillas con la mano izquierda y tratando de no estorbar cuando los otros debían levantar peso.
Cochise llevaba las orejas vueltas hacia la yegua. Rudd comprobó las correas, hizo avanzar a los animales unos pasos y volvió a detenerlos. El hierro tintineó. Había olor a paja nueva, a sudor de caballo y a una humedad fresca donde acababan de llenar el bebedero.
Kessler se arrodilló junto a la rueda reparada para revisar una clavija. Llevaba el arma de la noche anterior y Joe vio que procuraba mantenerla lejos del polvo. El gesto lo habría hecho sonreír en otra ocasión. Aquella mañana le recordó que la ayuda tenía cuerpos concretos, rodillas que se ensuciaban y trabajos que seguían esperando en otra parte.
Geis llegó cerca del mediodía, más tarde de lo que había prometido. Parr había despertado con dolor y el vendaje del sheriff necesitó un cambio. El médico no intentó disimular su agotamiento. Subió al carro, apretó el colchón con la palma y pidió que añadieran una manta junto al costado por donde Friday iría apoyado.
—Así puede intentarse —dijo—. Despacio. Si empeora antes de llegar a Rudd, se detienen. No conviertan una distancia corta en una obligación de cumplirla.
Joe sintió que algo dentro de él empezaba a aflojarse. Miró hacia el hotel. La ventana de Steve estaba abierta y la persiana se movía apenas. No vio ninguna silueta detrás.
—Iré a decirle que está listo.
Rudd le entregó la manta que faltaba.
—Deje eso primero. Yo subiré con usted. No va a bajarlo solo por la escalera.
Joe llevó la manta hasta el pescante. Kessler estaba terminando de sacar una astilla del borde donde apoyarían los pies. Geis se había inclinado para recoger el maletín cuando desde la calle llegó una voz que hizo que Joe dejara de oír los arneses.
No alcanzó a distinguir las palabras. Reconoció a Steve.
Se volvió con demasiada rapidez. El costado le dio una punzada que lo obligó a detenerse junto al portón. Después cruzó el patio, pasó al corredor lateral y llegó hasta la esquina del hotel. Rudd lo siguió. Joe oyó sus pasos, pero no pudo mirar atrás.
Friday estaba en la calle.
Había salido por la puerta principal y permanecía a unos pasos del porche, bajo un sol que le quitaba todo el color de la cara. Llevaba el cinturón abrochado y la camisa metida de cualquier manera dentro del pantalón. El revólver descansaba en la funda. Las piernas parecían sostenerlo por un acuerdo frágil que Joe sabía incapaz de durar mucho tiempo.
Berry estaba frente a él, junto al borde de la sombra del almacén.
No había una multitud ordenada para mirar. Había gente que se había detenido sin decidir todavía qué significaba quedarse: una mujer con una cesta, dos hombres junto al bebedero, el dependiente del almacén con un rollo de cuerda entre las manos. Hollis bajaba el último escalón detrás de Friday. Tenía la boca abierta y una mano extendida que no había encontrado dónde sujetarlo.
—Steve —llamó Joe.
Su amigo giró la cabeza apenas. La distancia entre ellos no llegaba a diez pasos, pero Joe sintió que la calle entera había crecido en aquel espacio.
—Vuelve dentro —dijo, avanzando.
Friday levantó la mano, pidiéndole que se detuviera. No tenía fuerza para una orden; aun así, Joe vio el esfuerzo que hizo por darle forma.
—Esto termina aquí.
Berry observó a Joe por encima del hombro de Steve.
—Solo hemos salido a hablar.
Joe miró las manos del joven. Permanecían sueltas, demasiado cerca del cinturón. Una de sus botas se había afirmado contra una irregularidad del suelo. Joe conocía aquella preparación. La había visto la tarde anterior, antes de que un hombre sacara un arma que nadie creía que tuviera.
—Pues siga hablando cuando él esté sentado —respondió.
Llegó hasta el costado de Friday. Olía a sudor frío y al preparado amargo de Geis. Steve no lo miró, pero su mandíbula se contrajo cuando Joe le tocó el codo.
—No hagas esto —dijo Joe en voz baja.
Friday mantuvo los ojos en Berry.
—Aparta de aquí a los demás.
La frase le atravesó el cuerpo. Joe comprendió que no había salido para discutir, y por un momento la ira fue tan intensa que le permitió olvidarse del dolor.
—Mírame, Steve.
Su amigo no lo hizo. Joe apretó apenas el codo, tratando de darle un punto donde volver.
—Tenemos la carreta preparada. Rudd está ahí. Solo tienes que girarte conmigo.
Vio el movimiento de los ojos de Steve, la manera en que buscaron algo en el rostro de Berry y no lo encontraron. Después Friday volvió un poco la cabeza. Había una determinación terrible en su cansancio, una calma que no tenía nada que ver con haber dejado de sufrir.
—No va a seguirte hasta tu casa por mí.
Joe dejó de apretarle el brazo.
—¿Te ha dicho eso?
Berry movió la barbilla.
—No he amenazado a nadie.
Friday parecía haber dejado de escucharlo. Miró a Joe con una gravedad que lo hizo sentirse otra vez demasiado joven al lado de los hombres que decidían cosas sin permitirle entenderlas.
—Ya te ha visto sacar.
Joe comprendió una parte. La otra, la peor, todavía estaba oculta en la forma en que Steve mantenía la mano derecha separada del cuerpo.
—Eso no se arregla así.
Detrás de Berry se abrió la puerta de la oficina. El sheriff salió sujetándose el brazo vendado. Kessler ya estaba cruzando desde el corredor del hotel. Joe lo vio levantar una mano para avisar y oyó a Rudd ordenar que la mujer de la cesta entrara en el almacén.
—¡Friday! —gritó el sheriff—. ¡Los dos, quietos!
Steve retiró el codo de la mano de Joe.
El movimiento fue pequeño, pero bastó para romper el instante en que todavía podían haber vuelto juntos. Friday dio un paso hacia el centro, intentando colocarse entre Joe y Berry. La rodilla vaciló y su cuerpo se inclinó un poco. Tuvo que corregirse antes de poder apoyar de nuevo todo el pie.
Berry lo miró hacerlo.
Joe vio en los ojos del joven algo peor que la impaciencia. Vio que había empezado a aceptar la escena como si le perteneciera.
—Steve, no saques —dijo.
Friday llevó la mano hacia la culata.
Joe se lanzó contra él.
El disparo llegó antes de que pudiera sujetarlo por completo. Friday dio una sacudida, como si alguien lo hubiera empujado desde un sitio que Joe no alcanzaba a ver. El revólver apareció en su mano con el cañón todavía dirigido hacia la tierra. Joe chocó contra su costado y sintió la violencia de la caída dentro de las costillas lastimadas.
No llegaron a caer de inmediato. Steve se dobló sobre él, pesado de una manera nueva, sin poder decidir dónde poner los pies. Joe sostuvo aquel peso durante una fracción de segundo. Después una rodilla golpeó el suelo y el dolor le llenó la boca de un sabor metálico.
Berry seguía con el revólver levantado.
Joe vio el cañón bajar hacia ellos.
Metió el hombro bajo el cuerpo de Steve y lo hizo rodar contra el borde del escalón, fuera de la línea en que había quedado. Sacó con la izquierda antes de terminar el movimiento. No tuvo tiempo de ponerse de pie. Quedó medio arrodillado, con el costado derecho ardiendo y el brazo extendido por encima de su amigo.
—¡Baja el arma!
Berry se detuvo.
Durante un instante solo hubo polvo suspendido entre ambos. Joe distinguió el pequeño agujero negro del cañón y la presión del dedo del joven sobre el gatillo. No podía ver a Steve entero. Sentía su respiración junto a la pierna y una humedad caliente avanzando bajo la palma derecha.
—La ha sacado —dijo Berry.
Joe mantuvo el suyo inmóvil.
—Ahora la bajas.
Kessler llegó desde un lado con el revólver en ambas manos. Se detuvo lo bastante lejos de Joe para no quedar detrás de él y repitió la orden con una voz que se quebró en la primera palabra, pero no en las siguientes. Rudd había apartado al dependiente del almacén y lo mantenía bajo el porche. El sheriff avanzaba despacio, con el arma en la mano sana.
Berry miró hacia uno, después hacia otro. Joe vio pasar el cálculo por su rostro. No había gloria posible en el espacio que le estaban dejando.
—Al suelo —dijo el sheriff—. Con cuidado.
El joven bajó el cañón unos centímetros. Joe no cambió de postura. Le temblaba el muslo que sostenía el peso y el brazo herido parecía haberse quedado sin fuerza, pero la mano izquierda seguía firme. Berry volvió a mirarlo antes de agacharse. Dejó el revólver en el polvo y retiró los dedos muy despacio.
Kessler se acercó para recogerlo. El sheriff le ordenó que quitara también el cinturón y lo registrara. Joe oyó esas palabras con una claridad dolorosa. Hasta entonces no bajó el arma.
Geis estaba ya a su lado.
Se arrodilló sin mirar a Berry y abrió la camisa de Steve. Joe vio sangre extendiéndose debajo de la clavícula, hacia la parte exterior del pecho. No consiguió saber cuánto había. El médico apartó sus dedos y colocó una tela doblada contra la herida.
Friday abrió los ojos.
Joe dejó el revólver junto a su propia rodilla, lejos de la mano de Steve. Se inclinó sobre él y tuvo que respirar dos veces antes de poder hablar.
—Estoy aquí.
Steve movió los labios. La primera palabra se perdió entre el aire y una tos que lo sacudió contra el brazo del médico.
—Ya… está.
Joe lo miró sin comprender. Después sintió una ira tan desesperada que por un momento se quedó sin voz.
—No. No está. Vas a dejar que te levanten y vas a seguir respirando.
Geis le puso una mano sobre la muñeca.
—Necesito que apriete aquí. Míreme, Cartwright. Aquí.
Joe obedeció. La tela se humedeció bajo sus dedos. Steve soltó una queja baja y trató de apartarse. Aquel sonido le produjo un alivio brutal. Estaba allí. Le dolía. Todavía podía dolerle.
—No lo muevan hasta que yo diga —ordenó Geis a los otros—. Traigan la puerta de la cocina, o una tabla ancha. Algo que no se doble.
Hollis desapareció dentro del hotel. Rudd se quedó junto a las piernas de Friday, preparado para ayudar. Joe vio que el hombre tenía los labios apretados y el sombrero caído a su lado. Se dio cuenta de que debía de habérsele caído al correr y no recordaba haberlo oído.
El sheriff se inclinó para recoger el revólver que Steve había soltado cerca del escalón. Lo sostuvo por el armazón y abrió el cilindro.
Se quedó mirándolo.
Joe levantó la cabeza. La expresión del hombre lo obligó a mirar también, aunque la distancia le impedía ver las recámaras.
—¿Qué? —preguntó.
El sheriff no respondió enseguida. Berry estaba bajo la vigilancia de Kessler, a unos pasos, y su rostro había cambiado al ver el arma abierta. El hombre herido en el suelo movió la mano como si quisiera alcanzar algo que ya no estaba junto a él.
—Está vacío —dijo el sheriff.
Joe sintió que el sol se alejaba sin que la luz cambiara.
Miró a Steve. Su amigo tenía los ojos abiertos y estaba intentando encontrarlo entre el brazo del médico y el borde del sombrero. Joe pensó en la taza sobre la cómoda, en las municiones que habían quedado dentro desde la noche anterior. En las botas sucias. En la calma con que le había preguntado si Berry se marchaba.
No pudo ordenar nada de aquello. No todavía.
Geis apretó la tela junto a su mano y le recordó que no aflojara. Joe volvió a mirar la herida. La sangre no había dejado de salir, pero se extendía más despacio bajo la presión. Friday intentó hablar y el médico le pidió que guardara el aire.
Hollis regresó con dos hombres y la hoja de una puerta. El ruido de la madera sobre los tablones hizo estremecerse a Steve. Joe se inclinó un poco más, hasta que su amigo pudo verlo sin volver la cabeza.
—No voy a dejarte aquí —dijo.
Esta vez no había un callejón alrededor ni una jarra vacía esperando en una habitación. Estaba la calle que todos habían visto, el arma abierta en la mano del sheriff y la respiración irregular de Steve contra el suelo. Joe siguió apretando la tela mientras Geis preparaba el traslado. Cuando le pidieron que se apartara para levantarlo, tuvo que hacerlo despacio, sin dejar de mirarlo.
Friday buscó su manga con los dedos. Apenas consiguió rozarla.
Joe volvió a tomarle la mano y caminó a su lado hasta la puerta del hotel.
Continuará
BONANZA: DESPUÉS DE LOS CRÉDITOS
ESTACIÓN LANDON

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