Bonanza Fanfic : Black Friday, capítulo 3: El camino de salida

ESTACIÓN LANDON · NOVELA POR ENTREGAS

Bonanza: Después de los créditos

BLACK FRIDAY

El hombre que volvió a casa

CAPÍTULO 3

El camino de salida

Joe se niega a abandonar a Steve Friday y comienza a preparar la salida de Chiso. Pero conseguir una carreta será apenas el primer obstáculo.

Bonanza Fanfic : Black Friday, capítulo 3: El camino de salida

La lámpara empezó a humear poco después de medianoche. Joe advirtió primero el olor, una aspereza leve que se mezcló con el de la medicina y le hizo levantar la cabeza. Había estado contando las respiraciones de Steve sin proponérselo; al perder la cuenta, comprendió que acababa de dormirse. No debió de ser más que un instante, pero tenía el cuello rígido y una sensación desagradable en el estómago, como si durante aquel breve abandono hubiera dejado caer algo importante.

Se levantó despacio, protegiéndose el costado con el brazo derecho. La luz amarilla se había reducido a un pequeño triángulo desigual. Giró la rueda de la mecha y esperó hasta que dejó de salir humo. Después movió la lámpara sobre la cómoda, buscando el lugar donde pudiera iluminar el reloj sin proyectar su propia sombra sobre el vidrio de la ventana. Cada decisión de aquella noche exigía una atención absurda. Incluso para acercar una taza tenía que pensar dónde iba a poner los pies y qué movimiento podía interpretar Steve si despertaba desorientado.

Friday dormía de lado, con la mano sobre la culata. Había dejado de temblar hacía un rato. El sudor le había pegado el cabello a la frente y la camisa se le adhería al pecho, pero el aire entraba con menos esfuerzo. Joe acercó el dorso de los dedos a su cuello. No parecía tan caliente. Permaneció inclinado unos segundos, permitiéndose sentir alivio antes de recordar que solo estaba comparando una impresión con otra.

Su padre habría mandado buscar al médico otra vez.

El pensamiento llegó con tanta claridad que lo irritó. No podía abandonar la habitación cada vez que deseaba disponer de una respuesta mejor. Geis estaba a poca distancia y, sin embargo, parecía tan inaccesible como si hubiese un río crecido entre ambos edificios. Joe retiró la mano y volvió a sentarse. Había apoyado los pies sobre una pequeña caja para descargar el peso de la espalda. Ahora la apartó. Necesitaba una postura que no le permitiera dormirse tan fácilmente.

Desde abajo llegó una risa, seguida del arrastre de una silla. Alguien salió por la puerta del hotel y caminó bajo el porche. Joe escuchó hasta que los pasos se perdieron. La vida nocturna del pueblo seguía su curso con una indiferencia que empezaba a resultarle ofensiva: un hombre enfermo, una fecha señalada, alguien jugando a las cartas a menos de veinte pasos. Se preguntó cuántas veces habría pasado él mismo junto a un edificio sin saber que, detrás de una ventana, otra persona estaba viviendo la peor noche de su vida.

Steve movió los labios. Joe se inclinó un poco, pero no llegó a entenderlo. Luego el enfermo estiró una pierna y la manta cayó al suelo. Joe dejó la taza que sostenía sobre la mesa y se agachó para recogerla. El costado le dio una punzada; buscó apoyo con la mano derecha, tocó el borde del plato y lo desplazó lo suficiente para que cayera.

El ruido fue pequeño. Por la noche, dentro de aquella habitación, pareció un disparo.

Joe ya estaba incorporándose cuando vio el revólver.

Steve se había vuelto sobre la espalda con una rapidez imposible de reconciliar con la debilidad de las últimas horas. Tenía el brazo extendido y la boca entreabierta. El cañón temblaba levemente, dirigido al centro del pecho de Joe. No hubo tiempo para sentir miedo de una manera reconocible. Primero percibió la distancia, la luz reflejada en el metal y la presión de la manta contra sus dedos. Después supo que no debía moverse.

—Steve —dijo.

Friday no respondió. Lo miraba por encima del arma con unos ojos que buscaban a otra persona. Joe podía oír su propia respiración y una corriente de aire pasando por el resquicio de la ventana. Le pareció inconcebible que el cuerpo pudiera necesitar respirar con tanta fuerza cuando el movimiento del pecho lo acercaba a una bala.

Abrió despacio la mano y dejó que la manta terminara de caer.

—Soy Joe. Estoy junto a tu cama.

El revólver se desplazó apenas. Joe sintió que sus rodillas querían doblarse y las mantuvo firmes. No miró hacia su propia arma. La llevaba a la izquierda, a un movimiento de distancia, pero Steve tenía el dedo sobre el gatillo. Intentar ser más rápido significaba aceptar una pelea que ninguno de los dos había elegido despierto.

—Se ha caído un plato —continuó—. Lo he tirado yo. Mira la mesa.

Steve movió los ojos sin bajar el cañón. El plato estaba en el suelo, entero, apoyado de canto contra una pata. Joe no comprendió por qué ese detalle le resultaba tan importante. Quizá porque se había preparado para ver algo roto y el hecho de que siguiera entero hacía más absurda la posibilidad de morir por ello.

—Joe —repitió Friday al fin.

La voz parecía venir desde muy lejos. El enfermo enfocó su rostro, miró el arma y contrajo los dedos con tal violencia que Joe sintió una sacudida en todo el cuerpo. Pero Steve solo estaba intentando retirar la mano. Bajó el revólver hasta apoyarlo sobre su propio vientre y se quedó mirándolo.

Joe no se acercó enseguida. Necesitó varios segundos para convencerse de que el cañón ya no iba a volver a levantarse.

—Sí —respondió—. Joe.

Friday cerró los ojos. La vergüenza le alteró la cara antes de que pudiera ocultarla. Se pasó la mano libre por la boca y después la dejó caer sobre la sábana, abierta, inútil. Joe sintió que el miedo empezaba a llegar cuando ya no tenía para qué servirle. Le golpeó el estómago con una náusea breve y le dejó las piernas extrañamente livianas.

Se sentó, aunque la silla estaba demasiado lejos para hacerlo con naturalidad. Al arrastrarla produjo un chirrido. Ambos lo escucharon.

—Te lo advertí —murmuró Steve.

Joe miró el revólver apoyado sobre su vientre. Había oído disculpas peores. También había oído hombres utilizar una advertencia como si, una vez pronunciada, los eximiera de todo lo que pudieran hacer después. No estaba dispuesto a discutirlo mientras le temblaban las manos.

Esperó a recuperar el aliento y extendió la izquierda, con la palma hacia arriba.

—Dámelo.

Friday volvió la cara hacia él. Su mano se cerró por reflejo alrededor de la culata, pero no levantó el arma.

—No.

—No sabes dónde estás cuando despiertas.

—Ahora lo sé.

Joe mantuvo la mano extendida. El costado le dolía desde la espalda hasta el vientre y la muñeca derecha latía bajo la tira de tela. Estaba cansado de tener que convencer a todo el mundo de algo elemental, y el hecho de que ahora fuera Steve quien se resistía le produjo una tristeza más difícil de manejar que la ira.

—Hace un momento me mirabas sin conocerme. Yo no voy a levantarme de esa silla con un arma apuntándome cada vez que se caiga algo.

Steve bajó los ojos. Durante unos segundos Joe creyó que iba a entregársela. En cambio, Friday giró el tambor hacia la luz y buscó la pequeña puerta de carga con unos dedos que no obedecían bien. Joe comprendió lo que intentaba hacer y acercó la lámpara sin tocarlo.

Las municiones fueron quedando sobre la sábana. El ruido era leve, casi doméstico. Friday tardó tanto que Joe sintió el impulso de ayudarlo, pero se contuvo. Había algo que su amigo necesitaba terminar por sí mismo. Cuando el tambor quedó vacío, Steve lo hizo girar y lo mostró antes de apoyar el revólver junto a la almohada.

Joe recogió las balas en la taza seca del lavabo y la dejó sobre la cómoda, a la vista.

—Están ahí.

Friday asintió. Seguía sin mirarlo. Joe se agachó con más cuidado, levantó el plato y lo puso de nuevo en la mesa. Después extendió la manta sobre las piernas de Steve. El enfermo le sujetó un instante el borde de la manga, justo por encima del vendaje.

No dijo nada. Tampoco hacía falta una conversación que a ninguno le quedaban fuerzas para sostener.

Joe permaneció de pie hasta que Steve lo soltó. Luego se sentó y observó cómo volvía a dormirse con la mano sobre una culata que ya no podía hacerle daño. El alivio no llegó de inmediato. Cada vez que cerraba los ojos veía el pequeño círculo oscuro del cañón y sentía otra vez el plato desplazándose bajo sus dedos.

Mucho después, cuando el cielo empezó a perder oscuridad detrás de la persiana, advirtió que llevaba rato mirando la taza donde había dejado las municiones. Desvió los ojos hacia la puerta. No quería acostumbrarse a vigilar a Steve del mismo modo en que los otros lo vigilaban desde afuera.

***

El doctor Geis llegó cuando apenas comenzaban a barrer el porche. Hollis lo acompañó por el pasillo y abrió la puerta con un cuidado que despertó a Joe antes de que los oyera hablar. Había conseguido dormir unos minutos con la cabeza apoyada contra la pared; al levantarse demasiado rápido, una punzada le cerró el costado y tuvo que sujetarse del respaldo.

Geis lo observó. Después miró al enfermo, la palangana y las toallas extendidas sobre una silla. No hizo comentarios. Dejó el maletín junto al lavabo y se acercó a la cama.

Joe se apartó para darle lugar. El alivio de ver unas manos experimentadas sobre el cuerpo de Steve fue tan intenso que por un momento no consiguió enfadarse. Escuchó las preguntas del médico, la respuesta ronca de Friday, el pequeño ruido de los instrumentos sobre la madera. Geis examinó su garganta, le tomó el pulso y le apoyó el oído y después el estetoscopio sobre el pecho. Le pidió que respirara hondo. Steve lo intentó y tosió.

—La fiebre sigue —dijo el médico—. Menos alta que ayer, por lo que parece. Ha perdido demasiado líquido y está muy débil.

Joe asintió, atento a cualquier indicación que pudiera volver útil el día. Geis revisó el sobre de medicina, preguntó cuánto había tomado y observó la cantidad de agua que quedaba. Cuando vio la taza de las municiones no apartó enseguida la mirada. Después volvió a Steve y le acomodó la sábana sobre el pecho.

—Necesita descanso. Comida en pequeñas cantidades y que no lo dejen sin beber.

El comentario hizo que Joe levantara la cabeza. El médico lo advirtió, pero continuó guardando los instrumentos. Solo cuando Hollis se retiró con la bandeja de la cena, Joe se acercó lo suficiente para hablar sin obligarlo a alzar la voz.

—Eso también lo necesitaba ayer.

Geis cerró el maletín. Tenía un cerco de sudor alrededor del cuello de la camisa, aunque la mañana seguía fresca.

—Sí.

La respuesta desarmó parte de lo que Joe tenía preparado. Había esperado una excusa, una referencia al peligro o al carácter de Friday. Aquel asentimiento lo dejó frente a un hombre que sabía perfectamente qué había hecho. No lo volvía mejor, pero le quitaba a Joe la posibilidad de discutir contra algo sencillo.

—¿Qué ha cambiado?

El médico miró hacia la puerta cerrada.

—Wyllit me ha pedido que lo examine. Quiere saber cómo estará el viernes.

Joe sintió el peso de la noche regresando de golpe. La lámpara, el caldo, la invitación a ver los toros. Incluso aquella visita tenía que encontrar un lugar dentro de los cálculos del juez. Se volvió hacia la cama. Friday seguía despierto y había oído lo suficiente para comprenderlo.

—¿Y qué va a decirle? —preguntó Joe.

Geis sostuvo su mirada.

—Que está enfermo. Que hoy no puede sostenerse en pie más que unos momentos. Y que no puedo adivinar cómo estará dentro de dos días.

Por primera vez, Joe escuchó algo firme en su voz. Geis se inclinó para recoger el maletín, pero se detuvo al ver el vendaje de la muñeca. Le tomó el brazo antes de que pudiera apartarlo. La tela se había pegado a un borde del raspón.

—¿Esto ocurrió aquí?

—En la caballeriza.

El médico miró la forma en que Joe sostenía el codo contra el costado. Le indicó que se levantara la camisa. Joe iba a negarse, más por cansancio que por orgullo, pero Steve abrió los ojos un poco más y dijo que lo hiciera. Había en su tono una impaciencia antigua, casi familiar. Joe terminó obedeciendo.

Geis examinó el hematoma con una delicadeza que no evitó el dolor. Le pidió que respirara, que levantara el brazo y que volviera a bajarlo. Joe sintió la presión de los dedos buscando el borde de cada costilla y se obligó a permanecer inmóvil. No quería darle a Steve la oportunidad de oír cuánto le dolía.

—No encuentro una fractura evidente —dijo Geis—. Pero el golpe es importante. Si empieza a faltarle el aire o el dolor empeora, venga a buscarme.

Joe bajó la camisa.

—¿Vendrá usted si no puedo ir?

Geis levantó los ojos. Steve giró la cabeza hacia la pared, y el silencio que siguió fue tan incómodo que Joe casi deseó no haberlo dicho. Casi.

El médico abrió el maletín otra vez. Sacó una venda limpia y empezó a retirar el paño ensangrentado de la muñeca.

—Vendré —respondió.

Joe no añadió nada. Lo dejó trabajar. El escozor del raspón fue disminuyendo a medida que Geis limpiaba la piel. Con el amanecer entrando por el resquicio de la ventana, pudo ver las pequeñas astillas que todavía habían quedado en uno de los bordes. El médico las retiró con paciencia. Aquel cuidado tardío no borraba la tarde anterior. Joe lo aceptó, sin embargo, porque ya había aprendido en pocas horas lo que podía costar rechazar una ayuda imperfecta.

Antes de irse, Geis indicó que volvería después del mediodía. Joe le preguntó si Steve soportaría un viaje en carreta. El médico miró al enfermo y luego la calle que empezaba a despertarse detrás de la persiana.

—Hoy no se lo aconsejo. El traqueteo, el calor, tantas horas lejos del agua… Podría empeorar mucho. Si la fiebre baja y recupera fuerzas, tendremos otra conversación.

Joe asintió. No era la respuesta que quería, pero era una respuesta. Se apartó para dejarlo salir y, cuando quedaron solos, acercó la silla a la cama. Steve parecía más lúcido que en cualquier otro momento desde que lo encontró. El cansancio seguía allí, y también algo más: una atención que había dejado de dispersarse detrás de la fiebre.

—Ahora —dijo Joe.

Friday lo observó.

—Billy —añadió Joe—. Quiero que me hables de Billy.

Steve dejó pasar unos segundos. Fuera, una escoba raspaba las tablas del porche. El sonido iba y venía con una regularidad que hacía más difícil soportar el silencio.

—Sacó primero —dijo al fin.

Joe no se movió.

—Wyllit también lo ha dicho.

Aquello pareció sorprenderlo. Friday miró hacia la ventana, pero esta vez no estaba buscando al vigilante. Parecía buscar la habitación donde había ocurrido algo que llevaba años intentando recordar de una manera distinta.

—Entró por detrás de mí. Yo estaba de pie junto a la barra. Me llamó por el nombre y, cuando me volví, ya había empezado a sacar. Disparó tan cerca que me quemó el costado. Yo tiré después.

Joe escuchó sin interrumpirlo. Steve hablaba con una claridad seca, sin el temblor que había tenido durante la noche. Levantó un poco la camisa para mostrar una cicatriz estrecha sobre el flanco. Joe la miró y volvió a su rostro. La marca probaba que había sido herido alguna vez. No podía contarle por sí sola quién había apretado primero el gatillo ni qué habían dicho antes.

—¿Lo conocías?

—Lo había visto esa mañana.

—¿Habían discutido?

Friday sostuvo su mirada. Joe sintió que esa era la parte que hubiera preferido omitir.

—Quería que la gente lo mirara. Yo era una manera de conseguirlo.

—Te he preguntado si discutieron.

Steve se acomodó contra la almohada. El movimiento le exigió una pausa antes de continuar.

—Sí. Me pidió que saliera. Le dije que buscara a alguien de su tamaño. Se rieron de él.

Joe dejó descansar las manos sobre las rodillas. Podía imaginar la escena con una facilidad que le desagradó: hombres bebiendo, un muchacho fanfarroneando, una respuesta breve que lo dejaba expuesto delante de todos. Había visto comenzar peleas por mucho menos. También había oído a su padre hacer callar una mesa entera antes de que una humillación encontrara un arma.

—¿Querías que se rieran?

Friday bajó la mirada hacia la sábana.

—Sí.

La sinceridad tuvo más peso que una defensa. Joe se quedó observando su cara, intentando encontrar al hombre que había conocido entre las muchas cosas que aún no sabía de él. Steve le devolvió la mirada antes de que pudiera formular otra pregunta.

—Pude irme. Me refiero a antes, cuando volvió a entrar. Lo vi en el espejo de la barra. Pude cruzar hacia la puerta de atrás. No lo hice.

—¿Por qué?

Steve tardó tanto que Joe creyó que no iba a contestar.

—Porque todos sabían quién era yo.

La escoba volvió a raspar bajo la ventana. Alguien llamó a un niño en la calle. Joe oyó ambas cosas con una intensidad extraña, como si el mundo siguiera proporcionándole pequeños detalles para evitar que mirara demasiado tiempo aquella respuesta.

Friday no estaba diciendo que hubiera deseado matar a Billy. Estaba confesando algo menos fácil de condenar de una sola vez: que había preferido conservar su lugar en una habitación llena de hombres antes que abandonar una pelea que todavía podía evitar.

—No sabía que iba a disparar de esa manera —añadió Steve—. Pero sabía que volvería.

Joe se frotó la cara con la mano sana. Había pasado la noche confiando en que la historia de Friday le permitiría ordenar las cosas. Ahora tenía delante un relato en el que su amigo podía haberse defendido y, aun así, cargar con una responsabilidad que no cabía en la palabra inocente.

Steve cerró los ojos.

—Si eso cambia lo que piensas de mí, prefiero saberlo ahora.

Joe miró la taza de las municiones. Después la puerta, las toallas tendidas y el pan que había quedado envuelto en la servilleta. Había cosas que cambiaban. La habitación no había cambiado de lugar, ni Jakes había dejado de esperar abajo.

—Voy a salir a buscar una carreta —dijo—. Para cuando el médico permita moverte.

Friday abrió los ojos, desconcertado.

Joe se puso de pie.

—Y cuando pueda sacarte de aquí, hablaremos del resto.

Antes de bajar, Joe se quedó en su propia habitación el tiempo suficiente para lavarse y cambiar el vendaje que Geis le había puesto. No llegó a hacerlo. Al intentar desatarlo vio la limpieza del nudo, el cuidado con que el médico había protegido el raspón, y decidió dejarlo en paz. Se mojó la nuca, pasó una toalla sobre el pecho y trató de enderezarse delante del espejo. El moretón del costado había adquirido un color violáceo. A plena luz parecía más grande, aunque quizá solo fuera que ya no podía engañarse con las sombras de la lámpara.

Se afeitó despacio. La navaja le exigía una firmeza que la noche había vuelto insegura. Cuando terminó, su cara recuperó algo de la edad que tenía antes de entrar en Chiso. Se miró unos segundos y pensó que, si Ben lo hubiera visto en aquel momento, habría reconocido enseguida la forma en que mantenía el brazo junto al cuerpo. Eso le produjo una añoranza tan brusca que tuvo que ocuparse de cerrar la navaja para apartarla.

Volvió al cuarto de Steve, dejó agua cerca de la cama y le explicó que buscaría a Hollis para que subiera de vez en cuando. Friday escuchó sin interrumpir. Había vuelto a dormirse después de la conversación, pero ahora tenía la mirada clara. Cuando Joe mencionó las municiones sobre la cómoda, se incorporó con cuidado y las observó durante un momento.

—Las veo —dijo.

Joe asintió. No le pidió una promesa. Se dirigió a la puerta con la impresión de estar dejando a un hombre que conocía mejor y en quien, por razones diferentes, le costaba más confiar.

Abajo, el comedor olía a café recién hecho. La muchacha de la cena estaba colocando platos sobre las mesas y el sol iluminaba una hilera de pequeños desgarros en la cortina. Joe pidió huevos, pan y una taza grande de café. Nadie se negó a servirlo. La facilidad lo tomó desprevenido. Hasta que advirtió que Wyllit estaba en el porche y comprendió que aquella mañana era importante que pudiera salir del hotel sin ninguna queja que llevar consigo.

Comió con lentitud. Le dolía inclinarse sobre el plato, así que acercó la silla a la mesa y procuró no derramar el café. La muchacha le dejó más pan sin preguntarle. Cuando Joe levantó los ojos, ella ya estaba recogiendo otra mesa. Tenía una mancha de harina junto a la oreja y las manos ásperas de quien llevaba varias horas trabajando. Joe pensó que quizá hubiera estado despierta antes que el hombre al que todos llamaban juez.

Hollis aceptó subir a ver a Friday durante su ausencia. No lo hizo con entusiasmo, pero tampoco buscó una excusa. Joe le preguntó por alguien que vendiera o alquilara una carreta y recibió una indicación concreta: Kessler, al fondo de la calle que pasaba junto al corral de Mercer. Reparaba ruedas y a veces tenía vehículos usados para vender.

Con el sombrero en la mano, Joe permaneció un instante al pie de la escalera. Llevaba una noche y apenas parte de una mañana en el pueblo. El número de veces que había tenido que calcular una salida le hizo sentir que llevaba mucho más.

Wyllit lo esperaba junto a un caballo castaño, ensillado y cepillado. Había un segundo jinete al otro lado de la calle y un muchacho sujetando las riendas. El juez estaba hablando con un comerciante, pero terminó la conversación al verlo.

—Señor Cartwright. He dispuesto que pueda volver antes del mediodía.

Joe observó el caballo. Era un animal de buenas proporciones, fuerte de cuartos y bien herrado. Podría tirar de una carreta junto a Cochise sin demasiado esfuerzo. La idea apareció antes de que pudiera evitarla. Wyllit siguió su mirada y sonrió apenas, satisfecho de haber elegido bien.

—Necesito otra cosa —dijo Joe—. Un tiro para transportar a Steve cuando pueda viajar. Puedo pagarlo.

El gesto de Wyllit se volvió inmóvil. A su alrededor, los hombres parecieron encontrar cosas urgentes que hacer: el comerciante entró en su negocio, el muchacho acomodó una hebilla que no lo necesitaba y el segundo jinete giró el caballo hacia la calle lateral.

—No creo que mi propiedad le interese tanto como pensaba.

—Sus animales pueden ser excelentes. Ahora necesito sacar a un enfermo de aquí.

Wyllit apoyó una mano sobre el pomo de la silla. Joe tuvo la impresión de que el caballo se había convertido en una frontera entre ambos.

—Geis me ha hablado de su estado. Lo responsable sería dejarlo descansar.

—Eso intento.

—Entonces no lo agite con viajes que no puede hacer.

Joe sostuvo su mirada. Había pasado la noche intentando distinguir cuándo una preocupación era sincera y cuándo servía para sujetar a alguien. La voz del médico había tenido dudas; la de Wyllit tenía una conclusión preparada de antemano.

—Me ha dicho que podría trasladarlo si mejora.

—Si mejora.

El juez repitió aquellas palabras con una suavidad que hizo subir el calor a la cara de Joe. Se obligó a esperar antes de responder. No quería darle al pueblo una discusión que pudiera ser contada después como otra prueba de su imprudencia.

—Gracias por el caballo —dijo al fin—. Voy a usar el mío.

Se colocó el sombrero y se alejó por la acera. Sintió la mirada de Wyllit entre los omóplatos hasta que dobló junto al corral. Solo entonces dejó escapar el aire. El costado le había empezado a doler más con cada respiración contenida.

El taller de Kessler estaba abierto al fondo de un patio. Había ruedas colgadas de una viga, ejes apoyados contra el muro y una tina llena de aros de hierro que reflejaban el sol. El olor a madera recién cortada le recordó a Joe los días de reparaciones en la Ponderosa, cuando Hoss convertía cualquier trabajo de carpintería en un motivo para quitarse la camisa y discutir con quien se atreviera a llamar recta a una tabla torcida.

Kessler resultó ser un hombre bajo, de barba rojiza y brazos cubiertos de pequeñas quemaduras. Estaba ajustando un aro sobre una rueda y le pidió que esperara hasta terminar. Joe se apoyó en el marco de la puerta. Le agradó que no utilizara su apellido antes de oírlo. Durante unos minutos pudo limitarse a escuchar el golpe del mazo y observar cómo el hombre comprobaba el asiento de la madera.

La carreta estaba bajo una cubierta, al otro lado del patio. No era nueva. Tenía el pescante gastado, un lateral reparado con tablas de color más claro y una rueda cuyo buje acababa de ser sustituido. Joe se agachó para examinar el eje, comprobó el juego y preguntó cuánto peso podía llevar sin castigar demasiado a los animales. Kessler contestó cada pregunta con precisión. Al parecer era posible hablar todavía de algo que no tuviera una segunda intención.

—Para dos hombres y provisiones, le sobra —dijo—. ¿Piensa llevar ganado detrás?

Joe negó con la cabeza.

—Uno de los hombres tendría que ir acostado.

El cambio en la cara de Kessler fue tan pequeño que en otra ocasión no lo habría advertido. Apartó el mazo del banco y se secó las manos en el delantal. Después miró hacia la entrada del patio.

—Friday.

Joe se enderezó despacio. No iba a mentirle a un hombre antes de pedirle que aceptara un riesgo.

—Está enfermo. El médico dice que podría moverlo cuando baje la fiebre. Necesito tener el vehículo preparado.

Kessler volvió a mirar la carreta, como si acabaran de modificarle el valor. Joe esperó. En el taller había una cuchara sobre un plato vacío y un pequeño hornillo apagado. Nadie más apareció para trabajar con él.

—La vendo —dijo finalmente—. Alquilarla, no. Si ocurre algo y termina deshecha en un barranco, no pienso pasarme meses pidiendo que me paguen.

El precio era mayor de lo que Joe esperaba. También era una cantidad razonable para un vehículo reparado y dispuesto a salir. La discutió un poco, lo suficiente para conservar algo de normalidad en la transacción. Kessler rebajó lo que costaba una de las ruedas y dio por terminada la conversación. Joe pagó de su propio dinero.

Luego preguntó por los animales.

—Mi tiro está fuera —respondió Kessler—. Lo arrendaron para una obra. No vuelve hasta la semana próxima.

—¿Quién tiene otro?

El hombre se llevó una mano a la barba. Parecía haber previsto la pregunta y no encontrar una forma agradable de contestarla.

—Mercer tiene bestias. Y Wyllit, claro.

Joe miró las riendas que colgaban junto a la puerta.

—Alguien más tendrá que mover una carreta en este pueblo.

—La gente que transporta mercancías tiene sus compromisos. Si quiere un tiro que esté libre, sin pedir favores, habrá que buscar fuera. Hacia el camino de la posta. Hay un establecimiento donde cambian caballos y compran animales de labor.

Joe preguntó por la distancia, el estado del camino y las horas a las que podía encontrar a alguien. Kessler buscó un trozo de carbón y dibujó sobre una tabla el cruce donde debía desviarse. No era un mapa complicado: un arroyo seco, una cerca de piedra y un ramal que no debía confundir con la entrada de un campo abandonado. Joe lo observó hasta poder repetir las indicaciones.

Podía ir y volver dentro del día si salía temprano y no perdía tiempo negociando. No era una solución inmediata, pero por primera vez tenía algo más que una negativa. Sintió que parte de la presión acumulada desde el mediodía anterior empezaba a ceder.

—Deje la carreta bajo techo —pidió—. Vendré a buscarla cuando tenga con qué sacarla.

Kessler lo acompañó hasta la entrada. Antes de despedirse miró el vendaje de su muñeca y el movimiento corto con que evitaba girar el cuerpo.

—Lleve una manta doblada en la silla.

Joe creyó que hablaba de la carreta.

—Pondré varias.

—Para usted. Si va a volver montando un animal que no conoce, ese costado le va a dar una mala tarde.

Joe sonrió por primera vez desde que salió del hotel.

—Lo tendré en cuenta.

No había avanzado mucho cuando encontró al joven junto a un caballo alazán. Estaba ocupado con una correa partida. Había desmontado la cincha, apoyado el sombrero sobre una rueda y sostenía una lezna entre los dedos. Tenía una cara angulosa, todavía juvenil, y unos ojos atentos que se alzaron en cuanto Joe pasó frente a él.

—¿Le importaría sostenerlo? —preguntó.

Señalaba el trozo de cuero. Joe miró el caballo: estaba quieto, con una pata descansando y las riendas atadas al poste. No había nada que sugiriera una urgencia, salvo la dificultad de hacer con una mano lo que requería dos. Se acercó y sostuvo la correa mientras el joven terminaba de atravesarla.

Trabajaron en silencio durante un momento. La lezna entraba con un pequeño chasquido y dejaba un olor tibio de cuero removido. Joe observó la precisión de aquellas manos. El muchacho no desperdiciaba movimientos; llevaba las uñas cortas y una vieja cicatriz en el nudillo del índice. Al terminar, tiró de la reparación para comprobarla y levantó la mirada hacia el vendaje.

—No le conviene mojarlo otra vez.

Joe retiró la mano.

—Ya lo sé.

—Lo digo por la sangre. Si vuelve a pegarse, después duele más.

No había burla en el comentario. Joe sintió que estaba reaccionando contra cualquier observación por el simple hecho de estar cansado. Asintió y sostuvo la cincha mientras el joven la colocaba sobre la montura.

—Gracias —dijo el otro—. Soy Cole Berry.

Joe se presentó. Berry lo sabía, desde luego. Lo demostró con una inclinación breve de la cabeza, sin esa satisfacción que otros habían mostrado al reconocerlo. Después comprobó el ajuste de la correa y dio una palmada en el cuello del caballo.

—Lo vi en el establo anoche.

Joe se quedó inmóvil. El patio pareció cambiar de temperatura alrededor de ambos.

—Entonces vio cómo empezó.

Berry asintió.

—Lowe no tendría que haberlo intentado con la carabina de esa forma. En un lugar tan estrecho, si se la sujetan, ya no tiene espacio para trabajar.

Joe miró la cara del joven. Había esperado una confirmación, quizá una explicación de por qué no había intervenido. Berry estaba hablando de la pelea como habría hablado de la correa: un problema de posición, una pieza mal utilizada. La diferencia produjo en Joe un desagrado que tardó en encontrar palabras.

—Lo que no tendría que haber hecho era intentar golpearme.

Berry lo observó un instante y luego sonrió, como si acabara de comprender un escrúpulo que no compartía del todo.

—Eso también.

Al volverse hacia el caballo, el chaleco se abrió y dejó ver el revólver. No llevaba la funda tan baja como Jakes. La había colocado donde la mano encontraba la culata sin torcer la muñeca. Joe se fijó en ello antes de poder evitarlo. Berry siguió la dirección de su mirada y le sostuvo los ojos con una franqueza que resultó más inquietante que una amenaza.

—¿Cómo está Friday?

—Enfermo.

—Eso dicen.

Joe retrocedió un paso. Quería dejar de tener al joven tan cerca antes de responder.

—Entonces no necesitaba preguntármelo.

Berry apoyó una mano sobre el pomo de la silla. Por primera vez pareció vacilar, como si todavía pudiera escoger de qué manera iba a mostrarse.

—Dicen muchas cosas de él. Que es rápido incluso enfermo. Que puede empezar a sacar después que el otro y terminar antes. Me gustaría verlo cuando se encuentre mejor.

Joe miró sus manos. Hacía apenas un momento le había sostenido una correa para ayudarlo. Ahora estaba calculando cuánto tardaría una de ellas en abandonar la silla y bajar hasta el arma.

—Si busca trabajo con ganado, podría aprender algo de él —dijo.

Berry sonrió otra vez, pero la sonrisa ya no intentaba parecer amistosa.

—No he venido por el ganado.

Joe lo dejó junto al caballo. No respondió a la despedida. Avanzó hacia el hotel con la incómoda sensación de haber hablado con un hombre que no necesitaba odiar a nadie para resultar peligroso. Wyllit tenía un hijo muerto. Enos, un hermano. Cole Berry había terminado de reparar una cincha y quería conocer la velocidad de una mano.

Al llegar al porche encontró a Jakes sentado junto a la entrada, con un vaso de café. El pistolero levantó los ojos hacia él y después miró calle abajo, hacia el lugar donde Berry acababa de montar.

—Hay muchachos que no saben esperar —comentó.

Joe se detuvo con un pie sobre el escalón. El costado le recordó que había dormido menos de una hora y que todavía le quedaba un día entero por delante. Aun así, giró hacia él.

—Por una vez, estoy de acuerdo con usted.

Jakes dejó el vaso sobre la baranda. Pareció estudiar la respuesta, buscando una insolencia que pudiera utilizar. Joe no le dio otra. Entró y subió, con la mano derecha apoyada apenas en la pared cuando el dolor se lo exigía.

***

Steve había abierto un poco más la ventana. La luz le llegaba ahora hasta los pies y una corriente de aire movía el borde de la toalla. Estaba sentado, apoyado contra la pared, con el revólver sobre la manta. La taza de las municiones seguía en la cómoda, pero estaba vacía.

Joe lo vio al entrar. No dijo nada de inmediato. Dejó el sombrero sobre una silla, observó los ojos de su amigo y después la firmeza con que sostenía la cabeza. Friday seguía pálido. Parecía, sin embargo, completamente despierto.

—Lo he cargado —dijo Steve.

—Ya veo.

—Lo guardaré antes de dormir.

Joe asintió. La promesa había llegado sin necesidad de arrancársela. Le hubiera gustado sentir más alivio, pero todavía recordaba con demasiada precisión el brillo del cañón durante la noche.

Se sentó y explicó lo de la carreta. Steve escuchó la descripción del eje nuevo, el tamaño de la caja y las indicaciones para llegar al establecimiento del camino de la posta. No lo interrumpió hasta que Joe habló de salir al amanecer del día siguiente.

—¿Piensas ir solo?

—Puedo encargarle al médico que venga antes de que me marche. Hollis subirá a verte. No debería tardar más de la tarde.

Steve dejó descansar una mano sobre la manta.

—No estaba preguntando quién iba a quedarse conmigo.

Joe sostuvo su mirada. Había pasado tantas horas siendo el único que se preocupaba por la supervivencia del otro que aquella observación lo tomó desprevenido. Se acomodó en la silla para no tener que sujetarse el costado.

—No necesito llevarme una escolta para comprar un animal.

Friday observó el movimiento que acababa de hacer. No lo discutió. Parecía estar calculando algo y no llegar a una conclusión que pudiera decir en voz alta.

Joe se inclinó hacia delante.

—Si sabes algo que deba tener en cuenta, este es un buen momento.

El enfermo dejó pasar unos segundos antes de hablar.

—Wyllit necesita que yo siga aquí. Jakes necesita que salga a la calle el viernes. No siempre van a querer conseguirlo de la misma manera.

Joe pensó en el revólver bajo el dintel de la caballeriza. Jakes había detenido a Enos. Después lo había dejado regresar al hotel, con el arma en la funda y la sangre corriéndole por la muñeca. Hasta entonces había considerado aquella decisión una muestra de disciplina. Ahora comprendió que también podía haber sido una manera de reservarse algo.

La idea lo hizo sentirse observado incluso dentro del cuarto.

—He conocido a Cole Berry —dijo.

Friday levantó la cabeza. Fue un movimiento breve, pero bastó para confirmar que aquel nombre también tenía un lugar en la habitación.

—¿Qué quería?

—Preguntar por ti.

Steve cerró los ojos y soltó el aire despacio. No parecía sorprenderle. Aquello irritó a Joe más que cualquier explicación.

—¿Cuántos son? —preguntó.

Friday volvió a mirarlo.

—Jakes espera por dinero, Wyllit por su hijo, Lowe por su hermano. Berry dice que ha venido a verte sacar. ¿Cuántos más tengo que descubrir mientras camino por la calle?

Steve bajó los ojos hacia el arma sobre la manta. Por un momento Joe creyó que iba a responder con otra de sus frases secas, una forma de recordarle que todavía podía marcharse. Pero el cansancio pareció alcanzarlo de golpe. Se apoyó de nuevo contra la pared y su rostro perdió la dureza que había utilizado durante toda la mañana.

—No lo sé —dijo.

Joe permaneció callado.

—De verdad, Joe. A veces llegas a un pueblo y te reconocen hombres a los que nunca has visto. Algunos te invitan una copa. Otros necesitan comprobar lo que han oído. Después de un tiempo empiezas a mirar todas las manos antes que las caras.

Joe sintió un escalofrío a pesar del calor. Recordó los dedos de Berry sobre la correa y la posición de la muñeca de Jakes junto a la taza. Hacía menos de un día que había encontrado a Steve. Ya sabía exactamente de qué estaba hablando.

Se levantó para cambiar la compresa, más por necesidad de hacer algo que porque el paño se hubiera calentado demasiado. Al inclinarse sobre la palangana vio su propia mano reflejada en el agua: el vendaje blanco, una mancha de sangre junto al pulgar, los dedos tensos alrededor de la tela. Aflojó la presión despacio.

No iba a quedarse allí hasta que la manera de vivir de Friday empezara a parecerle la única posible.

Dejó la compresa limpia sobre la frente de Steve y volvió hacia la mesa. Sacó del bolsillo el dinero que le quedaba para sus gastos, lo contó y separó lo que necesitaba para el animal y las provisiones del viaje. La suma alcanzaba. Por primera vez desde que llegó a Chiso tenía una carreta comprada, un lugar donde conseguir un tiro y la posibilidad de hablar con el médico sin que le cerrara la puerta.

Friday observaba los billetes.

—No sé cómo voy a devolverte eso.

Joe guardó el dinero y lo miró.

—Podrías empezar por decirme las cosas antes de que alguien intente romperme otra costilla.

Steve bajó la cabeza. Una sonrisa breve, fatigada, le movió la boca. Joe no llegó a compartirla. Estaba pensando en el camino de la posta, en las horas que pasaría fuera del hotel y en la facilidad con que un hombre armado podía situarse entre una ciudad y otra.

Se acercó a la ventana sin quedar de frente al vidrio. En el edificio opuesto, Enos había vuelto a su silla. Tenía el labio hinchado y la carabina apoyada entre las rodillas. Más abajo, junto a un bebedero, Cole Berry conversaba con Jakes. Los dos levantaron la cabeza al mismo tiempo cuando un carro pasó entre ellos y el hotel.

Joe se retiró antes de que pudieran verlo.

Miró la cama, el pasillo que quedaba detrás de la puerta y el pequeño reloj sobre la cómoda. Tendría que conseguir que Geis viniera temprano. Hablar con Hollis. Preparar a Cochise y salir antes de que el pueblo empezara a ocuparse de él.

Era miércoles por la mañana.

El jueves tendría que encontrar un camino de regreso.

Continuará

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