BLACK FRIDAY El hombre que volvió a casa CAPÍTULO 5

ESTACIÓN LANDON · NOVELA POR ENTREGAS

Bonanza: Después de los créditos

BLACK FRIDAY

El hombre que volvió a casa

CAPÍTULO 5

Lo que pesa un disparo

BLACK FRIDAY  El hombre que volvió a casa  CAPÍTULO 5

Geis cortó la manga por encima del codo. La tijera avanzó con un ruido áspero a través de la tela endurecida, y Joe tuvo que apartar los ojos cuando el médico empezó a retirar el pañuelo. Se había pegado a la herida durante el viaje. El primer tirón le produjo una punzada tan viva que clavó los dedos de la mano izquierda en el borde de la silla. La vecina acercó un recipiente con agua; Geis humedeció la tela y esperó antes de continuar.

Desde la mesa del fondo llegó un gemido. Parr estaba acostado con la cabeza vuelta hacia la pared y una manta sobre las piernas. Había dejado de preguntar si iba a morirse. La quietud que siguió a aquellas preguntas no tranquilizaba a Joe. Cada tanto miraba el pecho del hombre hasta comprobar que seguía moviéndose.

—La bala ha abierto un surco —dijo Geis—. No parece que haya quedado dentro.

Joe asintió. Le costaba acomodar el brazo en el lugar donde el médico quería tenerlo. La piel tiraba desde el hombro hasta la muñeca y el raspón de la pelea había vuelto a abrirse en un borde. Cuando Geis levantó la palma y vio la marca de la cuerda, dejó escapar una respiración por la nariz.

—¿También ocurrió en el camino?

—Los caballos se asustaron.

El médico no preguntó por qué. Limpió la sangre con una paciencia que obligó a Joe a permanecer consciente de cada zona dolorida. Hasta entonces había conseguido pensar en el regreso como una sola tarea: mover un caballo, mantener despierto a Parr, llegar al pueblo. Ahora el cuerpo se le estaba separando en lugares que reclamaban atención por su cuenta. El hombro golpeado contra la raíz, el costado, la palma, el brazo. Le dolían incluso las mandíbulas de haber apretado los dientes.

El sheriff aguardaba junto al escritorio. Había colocado el revólver de Parr sobre una hoja de papel y lo observaba como si fuera a encontrar en el metal una explicación que los hombres aún no habían conseguido darle. En la calle se oían voces. La vecina cerró la puerta para que dejaran de entrar polvo y curiosos.

—Necesito que me lo cuente otra vez —dijo el sheriff.

Joe volvió la cabeza hacia él. Geis tenía el brazo entre las manos y no le permitió moverse más.

—Cuando termine —intervino el médico.

—Puedo hablar.

Pero al empezar descubrió que no era tan sencillo. Recordaba la voz desde la loma, la cuerda tensándose y la mano del otro hombre. Entre aquellas imágenes había movimientos que le pertenecían a su cuerpo y que todavía no encontraba cómo convertir en palabras. Había dejado caer el peso hacia un lado antes de decidirlo. Había sentido la tierra contra la boca. Después disparó hacia un borde de chaqueta porque esperar un segundo más podía permitir que un revólver apareciera entero.

El sheriff le pidió que retrocediera hasta la cerca de piedra.

Joe lo hizo. Explicó las huellas recientes, el lugar donde había detenido a la yegua y la posición de Cochise. Al mencionar al segundo hombre se volvió hacia la mesa. Parr tenía los ojos abiertos. Estaba escuchándolo.

—Él disparó primero —dijo Joe—. Yo todavía estaba montado.

Parr cerró los párpados. Joe esperó una protesta, una corrección. No llegó ninguna. El sheriff anotó algo y levantó la cabeza.

—¿Vio a Jakes?

Joe miró la ventana cerrada. Una mosca recorría el marco por dentro, buscando una abertura. Le recordó otra habitación, otra conversación con Geis, y se obligó a regresar al cauce seco.

—Vi parte de un hombre entre las ramas. No la cara. La voz era suya.

El sheriff dejó de escribir.

—¿Está seguro?

Joe sintió una impaciencia caliente en la nuca. Había venido escuchando a Jakes desde el martes. Conocía la manera de pronunciar su apellido, la pausa antes de dar una orden, la aspereza de la voz cuando dejaba de fingir cortesía. Aun así, comprendió lo que el sheriff estaba preguntando. Había una diferencia entre reconocer a un hombre y poder señalar el instante exacto en que le había visto el rostro.

—Estoy seguro de la voz —respondió—. No voy a decirle que vi algo que no vi.

Geis levantó la mirada hacia él antes de seguir trabajando. Joe sintió el contacto de la aguja y dejó de hablar unos segundos. El sheriff esperó. Esa espera, sin presionarlo ni completar por él lo que faltaba, fue la primera cosa de aquella conversación que le permitió aflojar un poco la mano.

Parr abrió los ojos otra vez.

—Era Jakes.

La frase no fue más que un hilo de voz. El sheriff se acercó a la mesa y Joe quiso volverse, pero Geis le sujetó el codo.

—Quieto.

Joe obedeció, con los ojos fijos en el borde de la manta que cubría al hombre herido.

Parr tardó en continuar. Respiraba por la boca y cada pocas palabras buscaba agua con la mirada. La vecina le humedeció los labios. El sheriff le preguntó si comprendía lo que estaba diciendo y si se encontraba en condiciones de responder. Parr asintió de una manera tan pequeña que Joe casi no llegó a verla.

Lo había contratado Jakes. Le había prometido dinero por acompañarlo hasta el cruce y ayudarlo a hacer regresar a Cartwright. Tenía que situarse abajo, cerca del árbol, y obligarlo a soltar los caballos. La idea era quitarle el animal nuevo y devolverlo al pueblo sin medios para sacar a Friday. No habían hablado de dispararle.

Joe escuchó aquella última frase mientras Geis limpiaba la sangre de su piel. Era cierto que Jakes había gritado después del primer disparo. También era cierto que había elegido un lugar desde donde podían apuntarlo sin ser vistos. La diferencia entre lo planeado y lo ocurrido parecía importante para Parr. A Joe le resultaba cada vez más difícil encontrarle valor.

—Pensé que iba a sacar —añadió el hombre.

El sheriff lo miró sin responder de inmediato.

—¿Lo vio hacerlo?

Parr tenía la frente cubierta de sudor.

—No. Vi que se movía.

Joe bajó la cabeza. Durante un instante volvió a estar en la yegua, mirando las dos armas y tratando de conseguir espacio para sus caballos. Un movimiento. Al otro hombre le había bastado con eso para decidir que podía matarlo.

Geis terminó el vendaje y apoyó con cuidado el brazo sobre sus piernas. Después le indicó que se levantara la camisa. El hematoma de las costillas se había extendido y tenía una zona nueva, rojiza, donde la caída había golpeado el suelo. Joe evitó mirar la cara del médico mientras lo examinaba. No quería recibir otra orden de acostarse que tal vez no pudiera cumplir.

El sheriff preguntó a Parr quién había decidido el lugar de la emboscada. La respuesta fue breve. Jakes conocía el camino. Jakes le había indicado dónde esperar. Jakes había dicho que Cartwright se resistiría menos si no tenía sitio para girar los animales.

La puerta se abrió antes de que terminara.

Wyllit apareció en el umbral, con el sombrero en una mano. Miró primero a Parr, después a Joe y por último al sheriff. Había una inquietud visible en su cara. Por primera vez parecía haber llegado a una escena cuya disposición no había elegido.

—He sabido que hubo un accidente.

Joe se volvió hacia él. El médico le estaba bajando la camisa y tuvo que detener el movimiento para no tirarle del vendaje.

—No ha sido un accidente —dijo el sheriff.

Wyllit cerró la puerta a su espalda. La vecina se apartó un poco de la mesa, apretando el recipiente contra el delantal.

—Estoy intentando entender qué ha ocurrido.

—Entonces escuche —respondió el sheriff.

Joe observó el pequeño cambio en el rostro del juez. No había levantado la voz ni había hecho un gesto abiertamente hostil, pero la manera en que sostuvo el sombrero indicó que no estaba acostumbrado a recibir una respuesta así delante de otras personas.

El sheriff volvió a dirigirse a Parr. Le preguntó si Jakes le había pagado ya. Parr dijo que una parte. El resto lo cobraría al volver. No sabía quién había puesto el dinero antes de que llegara a sus manos.

Wyllit avanzó un paso.

—Yo contraté a Jakes para un asunto muy distinto.

El sheriff levantó los ojos.

—Eso tendrá que explicármelo también.

El silencio dejó oír un carro pasando despacio frente al consultorio. Joe miró a Wyllit y encontró algo que lo sorprendió más que una amenaza: enfado auténtico. El juez no parecía lamentar únicamente que Joe siguiera vivo o que su pistolero hubiera sido reconocido. Había una parte de aquel incidente que lo había ofendido como una desobediencia.

Wyllit se acercó a la mesa, pero Geis se interpuso antes de que pudiera hablar con Parr.

—Ha perdido sangre. Ya ha respondido bastante.

—Necesito hacerle una pregunta.

—Tendrá que esperar.

El médico no se movió. Joe vio la tensión en sus hombros y recordó la mano cerrando el maletín la tarde en que llegó. El hombre que tenía delante seguía teniendo miedo. Ahora estaba utilizándolo de otra manera.

El sheriff terminó de anotar y cerró el cuaderno. Se dirigió a la vecina y le pidió que permaneciera con Geis hasta que regresara. Después miró a Wyllit.

—Voy a buscar a Jakes. Usted puede acompañarme.

El juez no respondió enseguida. Sus ojos descendieron hasta el vendaje del brazo de Joe.

—Nunca autoricé esto —dijo.

Joe sostuvo su mirada. Estaba demasiado cansado para discutir sobre los límites que un hombre había creído poner alrededor de la violencia que pagaba.

—Había otra manera de evitarlo —respondió—. Dejar que me marchara con Steve.

Wyllit apretó los labios. El sheriff abrió la puerta y esperó a que saliera. Joe los vio cruzar la calle hacia el hotel. Jakes estaba allí, bajo el porche. Al reconocerlos dejó de apoyar la espalda contra el poste.

Geis acercó una taza a Joe.

—Beba despacio. Y después irá a acostarse.

Joe recibió el agua con la mano izquierda. Le dolía el brazo bajo la venda nueva, pero al menos la sangre había dejado de correr. Miró a Parr. El hombre estaba llorando en silencio, con los ojos fijos en el techo.

Joe no supo si lloraba por el hombro, por lo que había contado o por haber descubierto demasiado tarde que las armas convertían un encargo pequeño en algo que podía llevarse toda una vida.

***

Hollis lo acompañó hasta el hotel. No le ofreció el brazo, aunque caminó lo bastante cerca para sostenerlo si las rodillas volvían a fallarle. Joe agradeció aquella discreción. A través de la puerta de la oficina vio a Jakes sentado frente al escritorio del sheriff. Wyllit permanecía de pie junto a la ventana. El cinturón del pistolero estaba sobre la mesa.

La imagen tendría que haberlo tranquilizado. En cambio, sintió una incomodidad que no consiguió explicar. Jakes levantó los ojos cuando lo vio pasar y mantuvo la mirada sobre él hasta que Hollis abrió la puerta del hotel. No había en su rostro la furia abierta de Enos. Parecía concentrado, atento a un trabajo que aún no había terminado.

Subir las escaleras fue peor que el regreso a caballo. Cada peldaño le obligaba a levantar el cuerpo entero y a sostener el dolor hasta poder apoyar el pie. Hollis se detuvo cuando Joe necesitó hacerlo, fingiendo acomodar una de las toallas que llevaba bajo el brazo. No hablaron. Al llegar al piso superior, Joe había empezado a sudar de nuevo.

Friday lo esperaba sentado sobre la cama.

No debía de haberlo conseguido sin ayuda. Tenía una mano prendida del borde del colchón, la camisa pegada al pecho y un esfuerzo visible alrededor de la boca. Su revólver descansaba sobre la mesa, lejos de los dedos. Al ver entrar a Joe dejó de mirar la puerta y recorrió su cuerpo con una atención que se detuvo en cada mancha de sangre.

—Hollis me ha dicho que…

No terminó. Joe dejó el sombrero en la cómoda.

—Estoy aquí.

Friday lo miró a la cara, quizá buscando una forma de reconocer al hombre que se había marchado esa mañana. Joe supo que debía de tener un aspecto peor de lo que imaginaba. El polvo le tiraba de la piel al mover la boca y le habían cortado una manga hasta convertir la camisa en algo que ya no podía cerrar bien sobre el hombro.

Hollis dejó agua limpia y se retiró. Antes de cerrar anunció que traería comida para ambos. Joe asintió sin mirarlo. Le había costado demasiado llegar hasta aquella habitación para decidir qué hacer una vez dentro.

Steve movió las piernas hacia el borde de la cama.

—No te levantes —dijo Joe.

—Necesitas sentarte.

—Hay otra silla.

La respuesta salió más seca de lo que pretendía. Friday se quedó inmóvil. Joe se pasó la mano izquierda por el cabello y descubrió tierra entre los dedos. La dejó caer sobre el suelo con una sensación de derrota pequeña y absurda.

Steve volvió a subir las piernas. Lo hizo despacio, sin apartar los ojos de él. Joe acercó la silla y se sentó con mucho cuidado. Durante unos segundos ninguno habló. Fuera, alguien cruzó el porche con unas botas que arrastraban ligeramente el tacón.

—Era Jakes —dijo Joe.

Friday cerró los ojos. Cuando volvió a abrirlos había desaparecido de su cara el alivio de verlo regresar.

Joe contó lo ocurrido sin detenerse en las partes que no conseguía ordenar. La voz desde la loma. El segundo hombre. Los caballos separándose y el fondo del cauce. Al llegar al disparo que había derribado a Parr, hizo una pausa. Steve lo observó sin preguntar nada.

—Está con Geis —añadió—. Lo traje conmigo.

El enfermo miró la venda alrededor de su brazo.

—Después de que te disparara.

Joe asintió. No quería que pareciera una virtud. Había estado allí, herido, pidiendo que no lo dejaran. La decisión le había resultado más sencilla que subirlo a un caballo.

Friday bajó la cabeza.

—Tenías que haberte ido el martes.

Joe sintió que algo se tensaba dentro de él. Había pasado horas procurando que Steve bebiera, que durmiera, que no lo confundiera con un enemigo. Había comprado una carreta y un animal, había tenido dos revólveres apuntándolo en un camino. Ahora su amigo volvía a ofrecerle la misma respuesta con que había intentado terminar cada conversación.

—El martes ya pasó.

Steve lo miró.

—Mírate, Joe.

—Me he visto. El médico también.

—No tienes nada que demostrarme.

Joe sostuvo su mirada. La frase le hizo más daño de lo que habría querido reconocer. Se había enfadado con Wyllit por creer que podía comprarlo, con el sheriff por esperar y con Jakes por divertirse. No había previsto que Steve pudiera reducir también su presencia a una cuestión de orgullo.

—No estoy intentando demostrarte nada —dijo—. Te encontré enfermo. Pediste agua y te cerraron una puerta. Todavía recuerdo eso con bastante claridad.

Friday apartó los ojos.

Joe respiró hasta que el costado lo obligó a detenerse. Se acomodó en la silla y miró las manos de su amigo sobre la sábana. Había empezado a conocerlas demasiado bien: cuándo temblaban por la fiebre, cuándo buscaban un arma, cuándo se cerraban porque no sabían qué otra cosa hacer.

—Si quieres que me marche porque estás preocupado por mí, dilo así —añadió—. No hagas como si yo hubiera venido a buscar una pelea para sentirme importante.

Steve permaneció callado tanto tiempo que Joe empezó a oír su propio pulso. Luego movió una mano sobre la manta y la dejó cerca del borde de la silla, sin llegar a tocarlo.

—Estoy preocupado por ti —dijo.

Joe bajó la mirada. Le había pedido aquella respuesta y, aun así, no estaba preparado para la sencillez con que la escuchó.

Friday hizo un esfuerzo para continuar.

—No sé qué hacer con eso. Hace tiempo que no tengo a nadie a quien pedirle que vuelva.

Joe sintió que el cansancio de ambos llenaba por fin un mismo lugar. Se quedó sentado, observando la mano que Steve no terminaba de acercar. Después apoyó la suya sobre el borde de la cama. Friday le sujetó los dedos un instante y los soltó antes de que alguno tuviera que decir otra cosa.

Hollis regresó con la comida poco después. Trajo un plato para Joe y una taza de caldo para Friday. El olor de la carne le produjo hambre y náuseas al mismo tiempo. Joe consiguió comer unos bocados antes de comprender que estaba sosteniendo el tenedor con demasiada fuerza. Lo dejó sobre el borde del plato y bebió agua. Steve no lo apuró ni hizo ningún comentario sobre la comida que quedaba.

Durante un rato hablaron de cosas que podían mirar sin dolor. La carreta de Kessler. La yegua castaña, su pecho fuerte y la manera en que había aceptado caminar junto a Cochise. Joe explicó que debía de haber regresado al establecimiento de Rudd. Cuando se encontrara mejor podría mandar a alguien a buscarla. Friday escuchó con una atención que parecía desproporcionada para la compra de un animal. Joe terminó comprendiendo que necesitaba imaginar aquel viaje tanto como él.

Después pasó a su cuarto, se quitó lo que quedaba de la camisa y se lavó con la ayuda de Hollis. Fue una humillación pequeña, inevitable: no podía levantar bien el brazo derecho ni pasar la tela por encima de la venda sin que se enganchara. El empleado lo ayudó como si se tratara de algo tan corriente como acomodar una cortina. Le alcanzó una camisa limpia y fingió revisar el agua mientras Joe se la abotonaba con una mano.

Le quedaba una sola camisa en condiciones dentro de las alforjas. Pensó en ello con una preocupación absurda, la misma que había sentido al ver caer un plato entero junto a la cama de Steve. Una parte de la mente seguía ocupándose de cosas pequeñas incluso cuando las otras parecían no tener solución.

Hollis se llevó la ropa sucia. Joe se acostó de lado, con una almohada bajo el brazo herido, y dejó la puerta abierta. Podía oír a Friday moverse en la cama del otro cuarto. Más lejos, los ruidos de la calle iban adquiriendo la lentitud de las últimas horas de calor.

No llegó a dormirse. Cuando cerraba los ojos veía a Parr apareciendo entre las ramas con el revólver levantado. Luego la imagen cambiaba y era él quien se encontraba en el suelo, preguntando si lo dejarían allí. Se volvió hacia la pared y procuró respirar sin mover demasiado las costillas.

Al cabo de un rato oyó hablar a un hombre en el piso inferior. La voz no pertenecía a nadie del hotel. Tenía una inflexión ancha, algo nasal, que Joe había escuchado esa mañana junto a un corral. Se incorporó despacio y se quedó sentado en el borde de la cama hasta que Hollis apareció en el pasillo.

—El señor Rudd está abajo. Dice que tiene un animal suyo.

Joe lo miró. La alegría de oírlo fue tan sencilla que tardó un instante en recordar el brazo y el costado. La yegua había vuelto. La compra seguía teniendo sentido. Podía llegar el viernes con un medio real para sacar a Steve en cuanto el médico lo permitiera.

—Voy a bajar.

Hollis empezó a negarse y Joe levantó una mano antes de que tuviera que hacerlo.

—Me sentaré en el porche. No voy a montar.

El empleado miró hacia el cuarto de Friday. Steve debía de haber escuchado lo suficiente, porque pidió desde la cama que no perdieran la tarde discutiendo por una escalera. Joe se puso el sombrero y acomodó con cuidado la camisa alrededor del vendaje. Al recoger el cinturón vio que la funda tenía polvo seco en el borde. Lo limpió con un extremo de la toalla antes de ceñírselo.

El gesto le produjo una incomodidad nueva. Había llevado aquel revólver durante tantos años que casi nunca pensaba en él mientras se vestía. Ahora recordaba el lugar desde donde había disparado, la presión del gatillo y el modo en que Parr había desaparecido detrás de las ramas. Se ajustó la hebilla sin mirar hacia la cama de Steve.

Rudd esperaba junto al porche con la yegua castaña. Traía su propio caballo de la rienda y tenía una expresión severa que se alteró al ver a Joe.

—Me dijeron que había vuelto herido.

Joe apoyó la mano izquierda en la baranda.

—Ya me ha visto el médico.

Rudd lo observó como si aquel comentario no respondiera demasiado. Después señaló la yegua.

—Apareció sin usted, con una rienda arrastrando. Fui al camino. Encontré sangre en el cauce. Seguí hacia aquí cuando vi las huellas de los dos caballos.

Joe miró el animal. Tenía un arañazo en un cuarto, poco profundo, y el pelo oscurecido donde la silla había retenido sudor. Se acercó lo suficiente para tocarle el cuello. La yegua lo olfateó y volvió la cabeza hacia el bebedero.

—Lo siento —dijo—. No ha sido por ella.

—Eso imaginé.

Rudd guardó silencio mientras Joe revisaba el arañazo. No lo ayudó hasta que lo vio intentar agacharse. Entonces lo detuvo con una mano en el hombro sano y terminó el examen por él.

—No tiene nada que le impida trabajar cuando se le pase el susto. Pero hoy ya ha corrido bastante.

Joe asintió. Hollis había llevado una silla hasta la sombra. Se sentó con la sensación de que las piernas iban a seguir sosteniéndolo unos segundos después de haber dejado de necesitarlas. Rudd se quedó a su lado, con las riendas de ambos animales sujetas en una mano.

—¿Quién le ha hecho eso?

Joe levantó los ojos hacia la oficina del sheriff. La puerta estaba abierta. Wyllit hablaba dentro; no distinguía las palabras, pero sí la regularidad de una voz intentando controlar una conversación difícil.

—Uno de los hombres está con Geis. El otro, con el sheriff.

Rudd siguió la dirección de su mirada.

—Había alguien preguntando por usted cuando se marchó de mi propiedad.

Joe se volvió despacio.

El comerciante le describió al jinete: alto, camisa limpia, una marca junto a la oreja. Había querido saber qué compró Cartwright y por qué camino pensaba regresar. Rudd le había indicado que ya se había ido, sin añadir demasiado. No le gustaba entregar detalles de un cliente a un desconocido armado. El hombre siguió hacia la vía principal y Rudd no volvió a pensar en él hasta que apareció la yegua.

Joe sintió la madera de la silla debajo de sus dedos. La voz de Jakes ya no era lo único que podía ofrecerle al sheriff.

—Necesito que se lo cuente —dijo.

Rudd miró la puerta de la oficina y luego la venda que asomaba bajo la manga.

—Claro que se lo contaré.

Hollis se hizo cargo de los caballos. Rudd cruzó la calle sin precipitarse, con esa manera de caminar de los hombres que pasan buena parte del día subiendo y bajando de un pescante. Joe permaneció sentado en el porche, observando cómo se detenía bajo el umbral y se quitaba el sombrero para hablar.

No oyó lo que dijo. Vio al sheriff levantarse. Wyllit se apartó de la ventana y Jakes apareció por un momento detrás de ambos, todavía sin cinturón. Su cara quedó iluminada por la luz de la puerta. Rudd señaló la marca junto a la oreja.

Joe dejó escapar el aire. Por primera vez desde el cauce, pensó que quizá pudiera terminar el día sin que nadie volviera a disparar.

***

La conversación se prolongó dentro de la oficina. Hollis llevó la yegua y el caballo de Rudd a la caballeriza. Cuando regresó, Joe seguía en la silla. Le ofreció café y él lo rechazó. Tenía la boca seca, pero no quería que la taza delatara el temblor que todavía le recorría la mano de vez en cuando.

Un carro pasó entre el hotel y la oficina. El conductor saludó a alguien en el porche y siguió hasta el almacén. Al quedar despejada la calle, Joe vio que el sheriff había tomado el cinturón de Jakes y lo estaba colocando detrás del escritorio.

Wyllit salió primero.

Se detuvo bajo la sombra, con el sombrero en la mano y una expresión que Joe no pudo leer desde allí. Rudd permanecía cerca del umbral. El comerciante habló con él un momento, pero el juez no pareció escucharlo. Volvió la cabeza hacia el interior de la oficina y Joe lo vio apartarse un poco más de la puerta.

El sheriff apareció junto a Jakes.

No lo llevaba sujeto. Tenía el revólver en la mano, dirigido hacia abajo, y hablaba con una firmeza que obligó a detenerse a un hombre que cruzaba cerca. Jakes mantenía ambos brazos a los lados del cuerpo. Desde el porche, Joe solo alcanzó a oír la última parte de la orden: debía entrar de nuevo y esperar a que prepararan una celda.

Jakes levantó la cabeza hacia el hotel.

Joe se quedó inmóvil en la silla. Había algo diferente en su cara. La serenidad de la tarde anterior se había retirado y dejaba ver un esfuerzo frío, concentrado. El pistolero miró la mano del sheriff, después el espacio libre junto al poste y por último el sitio donde Rudd estaba de pie.

Joe comenzó a incorporarse.

Lo hizo antes de comprender por qué. El cuerpo había reconocido una secuencia de movimientos que la mente todavía no alcanzaba a nombrar: el peso sobre un pie, el hombro girando hacia dentro, la mano desapareciendo bajo la parte abierta del chaleco.

—¡Sheriff!

El hombre se volvió al mismo tiempo que Jakes sacaba el segundo revólver.

El disparo lo hizo chocar contra el marco. Su arma cayó a los tablones y Rudd se apartó con una exclamación. Wyllit quedó inmóvil bajo la sombra, con el sombrero todavía suspendido a la altura del pecho.

Joe ya estaba de pie.

No recordaría después haber decidido sacar. La mano izquierda encontró la culata en el lugar de siempre y el dolor del costado desapareció durante un instante. Vio a Jakes girar hacia el camino, vio que el revólver empezaba a moverse hacia el hotel y sintió el borde del escalón bajo la punta de la bota.

Había un espacio despejado entre ambos. Detrás de Jakes quedaba la puerta de la oficina. Rudd estaba apartado, pegado a la pared; el sheriff había caído junto al marco. Joe alcanzó a ver todo eso con una claridad feroz, inútil para cualquier cosa que no fuera el siguiente movimiento.

Jakes levantó el arma.

Joe disparó.

El estampido llenó la calle. La camisa del pistolero se movió junto al pecho y su cuerpo retrocedió hasta golpear el borde del poste. Disparó mientras perdía el equilibrio. La bala arrancó una astilla de la baranda del hotel, a poca distancia de donde Joe había estado sentado.

Después Jakes cayó sobre los tablones.

Joe mantuvo el revólver levantado. El cañón parecía pesar más de lo que había pesado nunca. No oyó enseguida los gritos, ni la silla que Hollis había derribado al apartarse de la ventana. Solo veía la mano de Jakes alrededor del arma y la posibilidad de que volviera a moverse.

El hombre intentó incorporarse. Apoyó un codo, abrió la boca y se quedó así, como si hubiese olvidado para qué necesitaba aire. Joe dio un paso hacia la calle. Le tembló una rodilla y tuvo que afirmarla antes de avanzar.

—Suelta el revólver —dijo.

No supo si había hablado lo bastante alto para que lo oyeran.

Jakes lo miró. Era la primera vez que Joe lo veía desde tan cerca sin encontrar en sus ojos una intención preparada de antemano. La sorpresa había ocupado el lugar de todo lo demás. Sus dedos se aflojaron y el arma resbaló sobre la madera.

Joe cruzó la calle. Había empezado a sentir otra vez el brazo, las costillas, un latido violento detrás de los ojos. Se agachó para apartar el revólver y estuvo a punto de caer sobre la rodilla. El pistolero seguía mirándolo. Movió los labios, pero no llegó a formar una palabra que Joe pudiera entender.

Al otro lado del poste, Rudd se inclinaba sobre el sheriff.

—Está vivo —dijo—. Geis. Busquen a Geis.

La voz rompió algo de la quietud que había caído dentro de Joe. Volvió la cabeza y vio la sangre en la manga del sheriff. El hombre tenía el antebrazo sujeto contra el pecho, apretando los dientes. Joe dejó el revólver de Jakes lejos de su mano y quiso acercarse, pero Geis ya estaba cruzando desde el consultorio.

El médico se arrodilló junto al sheriff. Le abrió la manga, pidió una tela y ordenó que despejaran el porche. Hollis apareció con una toalla. La vecina llegó detrás y permaneció junto al escalón, esperando instrucciones. En cuestión de segundos, el lugar se llenó de manos ocupadas en hacer cosas que Joe comprendía por separado y no conseguía reunir.

Se volvió hacia Jakes.

El hombre había dejado de intentar incorporarse. Tenía la cabeza ladeada y un brazo extendido sobre las tablas. La pequeña marca junto a la oreja parecía más oscura bajo el ala del sombrero caído. Joe la miró con una atención absurda. Era el mismo rostro que había observado sudar sobre el porche, el mismo que se había acercado para hablar de ganado mientras vigilaba su mano izquierda.

Geis se movió a su lado. Comprobó el cuello del pistolero y después permaneció un momento inmóvil, con los dedos apoyados bajo la mandíbula.

Joe no necesitó preguntarlo.

El médico levantó los ojos hacia él.

—Guarde el arma.

Joe miró su propia mano. Seguía sosteniendo el revólver, dirigido hacia el suelo. El dedo se había quedado rígido junto al gatillo. Lo apartó despacio y trató de introducir el cañón en la funda. Falló en el primer intento. El borde de cuero le pareció demasiado pequeño. Tuvo que mirar hasta conseguirlo.

Al levantar la cabeza encontró a Cole Berry al otro lado de la calle.

No supo cuánto tiempo llevaba allí. Estaba cerca del bebedero, con el cuerpo ligeramente inclinado hacia delante, como si todavía estuviera observando algo que no había terminado. Miraba a Jakes y después a Joe. En su cara no había la misma incredulidad que en los otros hombres.

Joe apartó los ojos.

Wyllit seguía bajo el porche. El juez miró la mancha oscura en el pecho de Jakes y después la sangre del sheriff. Hizo un movimiento hacia el médico, pero Geis le pidió espacio sin levantar la cabeza. Wyllit retrocedió. Por primera vez desde que Joe había llegado al pueblo, nadie pareció esperar sus instrucciones para actuar.

—Necesitamos ayuda para llevarlo dentro —dijo Geis.

Joe avanzó por reflejo.

Rudd lo detuvo antes de que pudiera inclinarse.

—Usted ya ha hecho bastante.

No había reproche en la frase. Joe lo buscó de todos modos, incapaz de saber dónde poner lo que acababa de ocurrir. Rudd le sujetó el hombro sano y lo apartó del cuerpo de Jakes. Después otro hombre se acercó para ayudar al médico con el sheriff.

Joe quedó solo junto al poste.

La calle había vuelto a llenarse de sonidos. Alguien lloraba dentro del almacén. Un caballo tiraba de la cuerda que lo sujetaba al bebedero. Un hombre discutía con otro sobre el lugar desde donde Jakes había sacado el arma. Joe oyó su apellido y se volvió antes de poder evitarlo.

Todos lo estaban mirando.

***

Lo hicieron sentarse dentro de la oficina. Joe no recordaría quién había acercado la silla. Rudd le llevó agua y permaneció junto a la puerta mientras Geis terminaba de atender al sheriff en el cuarto del fondo. La herida no parecía mortal. El médico lo dijo en voz alta para que dejaran de preguntar, pero Joe siguió escuchando cada movimiento al otro lado de la pared.

El cinturón de Jakes continuaba detrás del escritorio.

Joe lo miró durante un buen rato. Habían quitado un revólver de la calle y otro había aparecido debajo de un chaleco. Ahora el hombre estaba tendido en el porche y su cinturón seguía limpio, entero, con las municiones alineadas en el cuero. Le resultó intolerable que algunas cosas conservaran tan bien la forma después de que su dueño dejara de necesitarlas.

El sheriff salió con el antebrazo vendado y el rostro gris. Geis lo sostenía por el codo y discutía en voz baja con él. El hombre consiguió llegar hasta el escritorio, se sentó y apoyó la mano sana junto al cuaderno abierto.

Miró a Joe.

—Lo vi sacar.

Joe permaneció callado.

—Había otro revólver bajo el chaleco —continuó el sheriff—. Debí haberlo registrado mejor.

La frase se quedó suspendida entre ambos. Joe miró la venda, el temblor de la mano sana y la manera en que Geis se había colocado detrás para impedirle levantarse otra vez. Quiso decir que no importaba. No pudo. Había importado tanto que un hombre había muerto.

Rudd habló desde la puerta. Dijo lo que había visto, el primer disparo, la caída del sheriff, el arma moviéndose hacia el hotel. Lo explicó con una precisión que a Joe le permitió reconocer la escena sin volver a entrar por completo en ella. El sheriff escuchó y después pidió que Hollis viniera cuando pudiera abandonar la recepción.

—También lo vi yo —dijo otra voz.

Cole Berry había aparecido detrás de Rudd.

Joe levantó la cabeza. El joven se había quitado el sombrero y mantenía las manos a la vista, lejos del cinturón. Parecía dispuesto a comportarse con toda la corrección que la habitación necesitara.

—Jakes disparó al sheriff y después se volvió hacia Cartwright. Lo vi desde el bebedero.

El sheriff asintió. Le indicó que esperara para declarar. Berry se apartó, pero antes miró a Joe con una atención demasiado sostenida. Joe sintió el impulso de preguntarle qué estaba buscando. Le faltó voz para hacerlo.

Geis lo tomó por el hombro.

—Ahora puede volver al hotel. Yo iré en cuanto termine aquí.

Joe miró al sheriff. No sabía si le estaban permitiendo marcharse o si se suponía que debía quedarse hasta que alguien decidiera qué nombre iba a ponerle a lo que había hecho.

El hombre comprendió la pregunta antes de que consiguiera formularla.

—No está detenido. Le pediré la declaración cuando haya descansado. Rudd lo acompañará.

Joe se puso de pie. La habitación se inclinó apenas. Se quedó junto a la silla hasta recuperar el equilibrio y después salió, mirando hacia el lado contrario del porche. Estaban cubriendo a Jakes con una manta. Alcanzó a ver una bota antes de que Rudd se colocara a su lado y le dejara solo el camino que llevaba al hotel.

Nadie intentó detenerlos.

Rudd se quedó al pie de la escalera mientras Joe subía con Hollis. El comerciante preguntó dónde podía dejar la yegua hasta que la necesitaran y anunció que pasaría la noche en el hotel. Había encontrado el camino en malas condiciones, dijo. Regresaría con luz. Joe comprendió que no era toda la razón, pero se limitó a agradecerle.

En el descansillo tuvo que detenerse. Se había llevado la mano derecha hacia el pecho y no conseguía apartarla. Hollis esperó a su lado, mirando hacia la ventana del pasillo. En la calle alguien estaba echando agua sobre los tablones del porche de enfrente. El roce de una escoba llegó hasta el piso superior.

Joe siguió andando antes de tener que escuchar más.

Friday estaba junto al borde de la cama, con los pies desnudos sobre el suelo y el revólver en la mano. Al ver entrar a Joe lo dejó sobre el colchón. Tenía el rostro desencajado por un esfuerzo que seguramente había comenzado con el primer disparo. Había conseguido ponerse la camisa sobre los hombros, pero solo había abotonado parte del frente.

—No sabía dónde estabas —dijo.

Joe lo miró. La imagen de Steve intentando llegar a la puerta mientras abajo disparaban le produjo un dolor diferente, más difícil de localizar. Hollis acercó la silla, le indicó que se sentara y salió para buscar más agua. Ninguno de los dos lo detuvo.

Joe dejó el sombrero en el suelo.

No podía sostenerlo sin que el ala hiciera ruido contra su rodilla. Se quedó mirando el objeto, sorprendido por la insistencia de aquel temblor. Había conseguido apuntar desde un porche. Ahora no conseguía mantener quieto un sombrero.

Steve volvió a apoyar las piernas sobre la cama, sin dejar de observarlo.

—¿El sheriff?

—Geis dice que vivirá. Le ha dado en el brazo.

Friday esperó. No miró hacia el cinturón de Joe ni le preguntó cuántas veces había disparado. Parecía comprender que había una parte de la historia que todavía no podía salir por la misma boca que estaba intentando respirar.

Joe se frotó la palma izquierda contra el pantalón.

—He matado a Jakes.

La frase salió baja, sin la forma que él había imaginado que tendrían unas palabras así. Después de decirla, la habitación continuó igual. La persiana siguió moviéndose un poco con el aire y en el piso inferior alguien llamó a Hollis. A Joe le pareció que algo tan irreversible tendría que haber cambiado al menos un ruido.

Steve inclinó la cabeza.

—Lo oí caer.

Joe levantó los ojos. No había pensado que el sonido pudiera haber llegado hasta allí. Recordó el cuerpo golpeando los tablones y tuvo que mirar hacia el lavabo.

—El sheriff lo llevaba dentro. Ya no tenía el cinturón. Sacó otra arma. Le disparó y después…

Se detuvo. Veía a Jakes girando hacia el hotel. Podía describir dónde estaba Rudd y dónde cayó el revólver del sheriff. Lo que no encontraba era la parte de la historia en que había decidido que un hombre debía morir. Había visto levantarse una mano. La suya respondió.

Friday apoyó los codos sobre las piernas y entrelazó los dedos. El movimiento le exigió un esfuerzo que Joe percibió a pesar del cansancio.

—¿Iba a dispararte?

Joe asintió.

—Entonces no habrías tenido tiempo para una conversación.

La observación no intentaba consolarlo. Precisamente por eso consiguió escucharla. Steve no había dicho que fuera fácil, ni que un hombre como Jakes mereciera morir, ni que debía sentirse orgulloso de haber sido más rápido. Joe se quedó sentado con aquellas pocas palabras, procurando dejarles un lugar entre las imágenes del porche.

—Me miró antes de morir —dijo.

Friday cerró los ojos un momento. Cuando volvió a abrirlos parecía haber retrocedido muchos años sin moverse de la cama.

—Sí.

Joe esperó algo más. Su amigo se frotó una mano con la otra, despacio.

—Algunas veces recuerdas eso durante más tiempo que el disparo.

El silencio que siguió no fue cómodo, pero dejó de parecer una obligación. Joe pudo apoyar la espalda en la silla sin sentir que debía continuar explicándose. Le ardía el brazo. El dolor del costado había vuelto a ocupar todo el espacio entre una respiración y otra. Al inclinarse un poco, descubrió que la camisa se le había pegado al vendaje.

Steve acercó el vaso de agua. No podía levantarse para alcanzarlo, así que lo sostuvo entre ambos hasta que Joe extendió la mano izquierda. El borde de cristal golpeó suavemente sus dientes cuando intentó beber. Bajó el vaso, esperó y lo intentó otra vez.

Friday fingió acomodarse la manta para no mirar el temblor.

Joe bebió varios sorbos. El agua tenía el sabor tibio de la jarra y una leve aspereza de polvo que quizá siguiera dentro de su boca desde el camino. Pensó en el gran salón de la Ponderosa, en el peso conocido de una taza y en su padre levantando la mirada al oírlo llegar. La imagen le produjo un deseo tan intenso de estar allí que tuvo que cerrar los ojos.

No quería llegar con aquella mirada clavada detrás de los párpados. Quería dejarla en Chiso, junto a las tablas que estaban lavando y a un cinturón que otro hombre tendría que recoger.

Abajo volvieron a pronunciar su apellido.

Joe abrió los ojos y vio que Steve también había escuchado. Ambos permanecieron quietos hasta que las voces se alejaron hacia la calle.

Hollis regresó con una jarra y una toalla limpia. Geis vendría en cuanto pudiera dejar al sheriff atendido. El hombre herido del camino seguía dormido. Rudd había llevado los animales al establo y pedido que les dieran agua y descanso. Joe recibió aquellas noticias como si fueran piezas que alguien estuviera devolviendo, una por una, a un lugar donde aún podía reconocerlas.

Cuando volvieron a quedarse solos, Friday señaló la cama vacía del cuarto contiguo.

—Puedo esperar a que despiertes.

Joe miró hacia la puerta. Sabía que necesitaba acostarse, que las piernas apenas lo habían llevado hasta allí y que Geis volvería a insistir. Sin embargo, todavía no podía imaginarse cerrando los ojos en una habitación donde nadie fuera a notar si dejaba de encontrar aire.

—Me quedaré un rato aquí.

Steve asintió. Apartó el revólver de la manta y lo dejó sobre la cómoda, junto a la taza. Después se recostó con cuidado, manteniendo la cabeza vuelta hacia él.

La lámpara todavía no estaba encendida. La claridad de la tarde iba perdiendo fuerza sobre las paredes, y Joe pudo escuchar cómo la respiración de Friday se volvía más lenta sin confundirse por eso con una despedida. Se quedó siguiendo aquel ritmo hasta que el suyo empezó, al fin, a parecerse un poco.

Continuará

BONANZA: DESPUÉS DE LOS CRÉDITOS
ESTACIÓN LANDON

0 Interacciones
Conversación en Vivo
Comunidad Segura
🕒 Puedes volver a comentar en 60s...
Opiniones de la Comunidad

¿Nadie ha roto el hielo todavía?

Tu opinión es importante para nosotros. Sé la primera persona en dejar un comentario.

Empezar conversación ahora