ESTACIÓN LANDON · NOVELA POR ENTREGAS
Bonanza: Después de los créditos
BLACK FRIDAY
El hombre que volvió a casa
CAPÍTULO 4
Donde termina la calle

El miércoles se alargó alrededor de la habitación hasta perder la forma de un día corriente. Desde la ventana, Joe vio cambiar tres veces los carros estacionados frente al almacén; vio a un perro buscar sombra debajo de cada uno y a una mujer detenerse para acomodar el sombrero de su hija. En algún momento llegó un vendedor con cajas de fruta. Los hombres bajaron a discutir el precio mientras Steve intentaba tragar una cucharada de caldo sin que le provocara otra crisis de tos. Joe se quedó con la cuchara suspendida sobre el plato, escuchando regatear por unas ciruelas, y tuvo que hacer un esfuerzo para recordar que aquella gente no estaba obligada a permanecer en silencio porque él hubiera dejado de entender su tranquilidad.
Friday dormía de manera irregular. A veces despertaba con una lucidez que le permitía discutir sobre la carreta; otras, tardaba en reconocer el cuarto y buscaba el cinturón antes de responder una pregunta. Joe le había dejado el agua a la derecha, el paño sobre la palangana y una taza vacía cerca de la almohada. La disposición de esos objetos empezó a parecerle una tarea importante, como si mantenerlos en el mismo sitio pudiera impedir que la enfermedad avanzara.
El médico regresó después del mediodía. Traía un pequeño paquete de ropa limpia que Hollis le había entregado al pie de la escalera. Geis le tomó el pulso a Steve y permaneció un buen rato escuchándolo respirar. Después se volvió hacia Joe, que estaba apoyado contra la cómoda con la mano derecha escondida bajo el codo izquierdo.
—Ahora va a acostarse usted.
Joe negó con la cabeza antes de pensar en lo que estaba diciendo.
—Tengo que hablar con el sheriff.
—El sheriff seguirá ahí cuando despierte.
—Eso no lo hace más útil.
Geis cerró el maletín sin responder. Miró la silla que Joe había arrastrado junto a la cama, la marca oscura de sudor en el respaldo y la forma en que uno de sus pies buscaba apoyo para aliviar el costado. Luego se sentó en ella, acomodándose con una decisión tranquila que le quitó a Joe la posibilidad de fingir que no comprendía.
—Me quedaré una hora. Hollis puede relevarme después.
La oferta lo tomó desprevenido. Durante unos segundos solo consiguió mirar al hombre sentado donde él había pasado la noche. Podía marcharse al cuarto contiguo, cerrar los ojos y dejar de calcular cada respiración ajena. El deseo fue tan intenso que le produjo vergüenza.
Steve lo observaba desde la almohada.
—Ve —dijo—. El doctor cobra demasiado para que desperdicies su tiempo mirándolo.
Geis levantó una ceja. Joe reconoció el intento de darle una salida y lo aceptó. Guardó su dinero, comprobó que la cantimplora estuviera llena y dejó el sombrero sobre la mesa de su habitación. No se quitó las botas. Se acostó con cuidado, procurando no doblar el cuerpo sobre el lado lastimado, y cerró los ojos con la intención de descansar apenas unos minutos.
Despertó cuando la luz ya no alcanzaba la pata de la cama.
Durante un instante no supo dónde estaba. La pared desnuda, el olor a jabón barato y el sonido de unas ruedas bajo la ventana tardaron en reunirse dentro de su memoria. Después recordó el revólver de Steve y se incorporó de golpe. El costado le respondió con una punzada que lo obligó a quedarse sentado, apretando el borde del colchón. Escuchó. Del otro cuarto llegó una voz baja y luego una tos, menos violenta que por la mañana.
Se levantó, avergonzado por el alivio, y encontró a Hollis junto a la cama de Friday. El empleado había colocado una silla cerca de la puerta y estaba remendando el forro de su chaqueta. Sobre la mesa había un plato con algo de pan y una jarra recién llena.
—El doctor tuvo que marcharse —explicó—. Me dijo que no lo despertara.
Joe miró el reloj. Habían pasado casi tres horas.
—Podría haberme avisado.
Hollis sostuvo la aguja en el aire. Joe oyó su propia voz y comprendió que había convertido un favor en un motivo de reproche. Se pasó una mano por el cabello y dejó escapar el aire antes de continuar.
—Lo siento. Gracias por quedarse.
El empleado bajó los ojos hacia la costura. Steve fingió interesarse por la ventana, concediéndole el pequeño resguardo de no mirar su incomodidad. Joe se acercó al lavabo y se mojó la cara. Había dormido lo suficiente para que el cuerpo empezara a exigirle todo lo que la vigilia había mantenido apartado: hambre, dolor, una sed lenta y persistente. Al secarse, descubrió que estaba pensando con más claridad.
Podía organizar lo que faltaba. Hablar con el sheriff. Conseguir provisiones. Revisar el camino con Kessler y preparar a Cochise antes de que anocheciera. Ninguna de aquellas cosas requería imaginar de antemano todos los modos de morir que cabían entre Chiso y una posta.
Cuando Hollis se marchó, Joe se sentó junto a Steve.
—Saldré temprano. Geis vendrá antes de que me vaya.
Friday asintió. Había recuperado algo de color en los labios y parecía sostener mejor el peso de la cabeza. Joe evitó convertir aquella mejoría en una promesa. Había visto suficientes enfermos levantarse demasiado pronto y pasar la noche pagando por ello.
Steve miró hacia la cómoda.
—Lo de anoche…
Joe volvió los ojos hacia él.
El enfermo sostuvo su mirada unos segundos y después la apartó, irritado consigo mismo. Tenía la expresión de un hombre al que le resultaba más fácil soportar una herida que nombrar el daño que había hecho.
—Pude haberte matado.
Joe apoyó ambas manos sobre las rodillas. Al despertar, había recordado el arma antes que la habitación. No quería utilizarlo contra Steve. Tampoco iba a decirle que no importaba.
—Lo sé.
Friday cerró los dedos sobre un pliegue de la manta.
—No era a ti a quien estaba viendo.
—Eso también lo sé.
Permanecieron callados. En el piso inferior alguien dejó caer un cubierto y Steve giró la cabeza hacia la puerta. El movimiento fue pequeño, involuntario. Joe lo vio y comprendió cuánto debía de agotarlo vivir de aquella manera incluso cuando estaba sano.
—Lo siento —dijo Friday al fin.
Joe asintió. Aquellas palabras no borraron la imagen del cañón, pero le permitieron respirar de una forma distinta al lado de su amigo. Se inclinó para recoger el plato y encontró debajo la servilleta en que había subido el pan de la cena. La extendió, apartó las migas con la mano y la dejó doblada sobre la mesa.
—Cuando te duermas, déjalo descargado —pidió.
—Sí.
Esta vez no hubo resistencia. Joe sintió un cansancio tibio detrás de los ojos, menos duro que el de la mañana. Permaneció sentado un momento más, simplemente porque podía hacerlo sin esperar una discusión. Después se levantó y recogió el sombrero.
El sheriff estaba bajo el porche cuando llegó. Hablaba con un hombre que llevaba un saco de harina sobre el hombro. Al ver a Joe dio por terminada la conversación y abrió la puerta de la oficina. Dentro olía a café viejo y a la tierra húmeda con que alguien había barrido el suelo. La espuela del día anterior seguía sobre el escritorio, ahora limpia.
Joe contó lo ocurrido en la caballeriza. Lo hizo despacio, separando cada movimiento: dónde estaba Cochise, desde dónde se acercó Enos, cómo había levantado la carabina y en qué momento apareció Jakes. No necesitaba adornar la pelea. El vendaje y el dolor de las costillas le proporcionaban una precisión que habría preferido no tener.
El sheriff lo escuchó sin interrumpir. Cuando terminó, se levantó y fue hasta la ventana. Un carro pasó delante de la oficina y dejó una nube de polvo suspendida entre ambos edificios.
—Lowe dice que usted le quitó el arma y lo golpeó.
Joe sintió que se le endurecía la mandíbula.
—Después de que intentara romperme la cabeza con ella.
—Eso dice usted.
—Pregunte al caballerizo. Berry también estaba allí.
El sheriff lo miró de una manera que hizo a Joe arrepentirse de haber ofrecido aquel segundo nombre. Cole Berry podía describir la pelea sin omitir un detalle y, aun así, no contar nada que ayudara a entenderla.
—Hablaré con el hombre del establo —respondió el sheriff.
Joe esperó. El otro volvió al escritorio y abrió un cuaderno. Le pidió que repitiera la hora aproximada. Anotó los nombres, el arma y el lugar de la lesión. A Joe le resultó extraño sentir alivio por algo tan pequeño como ver a un hombre escribir lo que le estaba diciendo. Hasta entonces, las palabras parecían desaparecer apenas salían de su boca.
—¿Eso significa que va a hacer algo?
El sheriff dejó la pluma.
—Significa que voy a escuchar al testigo y después hablaré con Lowe. Y con Jakes. Si vuelve a haber problemas, ya no empezaremos de cero.
No era una promesa suficiente para dormir tranquilo. Era más de lo que había conseguido la tarde anterior. Joe decidió conservarlo sin exigirle que se transformara de inmediato en otra cosa.
Antes de salir anunció que iría al establecimiento del camino de la posta al amanecer. Quería que alguien supiera adónde se dirigía y cuándo esperaba regresar. El sheriff levantó la vista del cuaderno.
—¿Por qué me lo dice?
Joe lo observó unos segundos.
—Porque estoy cansado de que las cosas solo sean importantes después de que ocurren.
El hombre sostuvo su mirada y terminó asintiendo. Apuntó el nombre de Rudd cuando Joe lo repitió tal como Kessler se lo había dicho. No le deseó suerte ni intentó disuadirlo. Lo acompañó hasta la puerta, donde permaneció mientras Joe cruzaba la calle.
Aquella tarde, la mujer de la cocina le entregó una cesta con comida. Lo hizo delante de Hollis, sin empujar nada por debajo de una puerta. Había pan, queso y un pequeño frasco de café molido. Joe pagó lo que le pidieron y evitó mirar demasiado tiempo la quemadura de su muñeca. Ella tampoco habló de la primera jarra de agua. Se limitó a recomendar que envolviera el queso en otro paño cuando empezara el calor.
Joe sintió que el pueblo estaba formado por movimientos tan pequeños que podían pasar inadvertidos si esperaba una valentía más vistosa. Un médico sentado junto a una cama. Un empleado enhebrando una aguja mientras vigilaba a un hombre enfermo. Una cesta entregada a plena luz. Ninguna de aquellas cosas iba a detener por sí sola una bala. Le permitieron, sin embargo, terminar la tarde sin sentirse completamente solo.
***
El jueves empezó con un aire frío que le sorprendió las manos al salir al pasillo. Geis había llegado antes del amanecer. Estaba examinando a Friday a la luz de la lámpara y le hizo un gesto para que esperara antes de entrar. Joe se quedó junto al marco, con la chaqueta doblada sobre el brazo y las alforjas a los pies.
Steve tenía menos fiebre. El médico evitó decir que estaba mejor hasta terminar de revisarlo. Después lo ayudó a sentarse, le acercó agua y escuchó cuánto esfuerzo le costaba responder sin detenerse a respirar. Friday parecía dispuesto a convertir cada pequeño avance en una razón para levantarse. Geis lo dejó intentarlo. Al ponerse de pie, las piernas le temblaron tanto que tuvo que aferrarse al borde de la cama.
Joe dio un paso, pero el médico ya lo estaba sosteniendo.
—Todavía no —dijo.
Steve volvió a sentarse con una expresión que hizo a Joe apartar la mirada. Había algo insoportable en ver a un hombre acostumbrado a imponerse por la rapidez descubrir que no podía confiar en sus propias rodillas.
Geis se volvió hacia Joe.
—Traiga los animales. Si mañana sigue bajando la fiebre, quizá podamos hablar de trasladarlo. No voy a prometérselo antes.
Joe asintió. No necesitaba que aquel hombre adivinara el futuro. Necesitaba que siguiera diciendo lo que veía, aunque no le gustara escucharlo.
Mientras el médico recogía sus cosas, Joe se acercó a la cama. Friday tenía el revólver sobre la manta y las municiones en la taza. El gesto le produjo un alivio que Steve debió de advertir, porque retiró la mano del arma y la apoyó junto al vaso de agua.
—No tardes —dijo.
Joe se acomodó el sombrero.
—Intentaré que no me cobren por hacerte esperar.
Steve levantó una mano y lo sujetó por la manga antes de que se volviera. No tiró de él. Se limitó a retener la tela durante un instante, con una seriedad que dejó a Joe sin una respuesta preparada.
—Vuelve —añadió.
Joe asintió y salió antes de que la palabra empezara a pesar más de lo que podía permitirse.
La calle estaba casi vacía. Una lámpara ardía en el interior del almacén y el primer carro del día esperaba frente a un depósito, todavía sin conductor. Joe fue a la caballeriza con las alforjas al hombro. Encontró a Cochise descansando sobre tres patas, cálido y vivo en medio del olor a paja. El caballerizo ya había dispuesto la silla sobre el separador.
Por primera vez le habló antes de que Joe preguntara nada.
—No tenía derecho a golpearlo.
Joe estaba ajustando la manta. Se detuvo con la mano sobre el lomo del caballo.
El hombre miraba hacia el patio, como si le resultara más fácil hablarle a la oscuridad que al forastero que había visto pelear sin intervenir.
—Se lo dije al sheriff.
Joe terminó de alisar la manta antes de responder.
—Gracias.
El caballerizo levantó la montura con él para evitar que tuviera que cargar todo el peso sobre el costado dolorido. Después permaneció junto a Cochise mientras Joe ajustaba la cincha y comprobaba las hebillas. Había una sobriedad nueva entre ambos. No llegaron a conversar sobre lo que debería haber hecho cada uno la noche de la pelea. Habían encontrado una tarea que podían terminar juntos.
Joe montó desde un bloque de madera, aceptando aquella ayuda sin hacer comentarios. El primer movimiento de la silla le recordó la advertencia de Kessler. Tendría que llevar a Cochise a un paso constante y reservar las fuerzas para el regreso.
Al salir, levantó la vista hacia el edificio de Enos. La ventana estaba oscura. No supo si el hombre dormía, si lo observaba desde dentro o si ya había ido a ocupar otro lugar.
El último ruido del pueblo fue un cerrojo que se descorrió a su espalda. Luego el camino empezó a ensancharse entre cercas y el aire adquirió el olor de los campos antes del sol. Joe dejó que Cochise eligiera el paso durante un trecho. La rigidez del cuerpo fue cediendo poco a poco. A su izquierda, una franja de hierba conservaba gotas de rocío; más allá, el terreno se levantaba en lomas secas, de un color gris que la mañana iba volviendo dorado.
Después de tantas horas encerrado, el espacio le produjo una sensación casi dolorosa de libertad. Podía mirar una línea de horizonte sin encontrar una ventana en medio. Había pájaros entre los arbustos y un conejo cruzó el camino antes de que el caballo llegara a su altura. Joe descubrió que había dejado de apretar los dientes.
Se permitió avanzar un buen rato sin pensar en Steve. El simple hecho de notar la tibieza del sol sobre la espalda le hizo comprender cuánto se había reducido su mundo desde el martes. Había dejado de percibir casi todo lo que no fuera una mano cerca de un arma o el sonido de alguien deteniéndose detrás de una puerta. Necesitaba recordar que existían otras cosas para no llegar al viernes convertido en otro habitante de aquel cuarto.
El arroyo seco apareció cuando el sol ya alcanzaba las piedras del cauce. Joe desmontó para darle un descanso a Cochise y examinar la huella que debía seguir al regresar. No había agua, pero la sombra se conservaba fresca bajo unos árboles de ramas bajas. Bebió de la cantimplora, comió un trozo de pan y caminó unos pasos hasta que el dolor de las costillas dejó de concentrarse en el mismo sitio.
Detrás de una curva, bastante lejos, oyó el trote de otro caballo.
Permaneció quieto. El sonido se detuvo antes de hacerse visible. Joe sostuvo la cantimplora sin llevarla de nuevo a la boca. Podía tratarse de cualquier viajero. El camino de una posta no era una senda privada, y los hombres que circulaban por él tenían motivos tan sencillos como comprar pienso o llegar a una casa antes del calor.
Volvió a colocar el tapón. Cochise levantó la cabeza y giró una oreja hacia el camino.
Joe montó con más lentitud de la que hubiera deseado y continuó. No aceleró. Si alguien lo seguía, no iba a mostrarle cuánto lo había inquietado un ruido que todavía podía explicar de otra manera.
Durante el siguiente tramo vio la cerca de piedra que Kessler le había descrito. Más allá nacía el ramal hacia el establecimiento. Joe se volvió antes de tomarlo. Al fondo del camino, entre el polvo, alcanzó a distinguir un jinete. La distancia era demasiado grande para reconocerlo. El hombre siguió por la vía principal cuando Joe se desvió.
Tal vez no hubiera sido nada.
Aun así, no dejó de mirar hacia atrás hasta que las primeras construcciones de Rudd aparecieron entre los árboles.
El establecimiento tenía una casa baja, un cobertizo para carros y varios corrales divididos por cercas de distinta antigüedad. Una mujer tendía ropa junto al pozo. Más allá, un hombre estaba intentando convencer a una mula de que no había nada ofensivo en una manta doblada. El animal lo miraba con una dignidad tan obstinada que Joe sintió unas ganas inesperadas de reírse.
Rudd abandonó la discusión con la mula cuando lo vio llegar. Era un hombre ancho, de ojos pequeños y un bigote de color claro que se le movía al hablar. Preguntó qué necesitaba y escuchó la explicación de Joe sin mirar hacia Chiso ni bajar la voz. La normalidad de aquel intercambio tuvo algo de descanso. Joe habló de la carreta de Kessler, del peso que debía transportar y de Cochise, que no estaba acostumbrado a pasar jornadas enteras tirando de un vehículo.
Rudd le ofreció un caballo gris demasiado pesado y una yegua castaña que levantaba la cabeza cada vez que oía su voz. Joe pidió verla caminar, comprobó los cascos y pasó la mano por el lomo, buscando alguna reacción que indicara dolor. La yegua aceptó el examen con paciencia. Tenía el pecho fuerte y una pequeña cicatriz antigua sobre una rodilla, bien cerrada. Rudd aseguró que había trabajado enganchada a una carreta de reparto y que era más fácil hacerla salir que convencerla de regresar al corral.
Joe observó el movimiento de sus patas al trotar. No era un animal hermoso, pero mantenía un paso firme y una atención tranquila que le gustó. Preguntó cómo se comportaba junto a otro caballo y pidió que la acercaran a Cochise. Ambos se olfatearon con recelo moderado. El pinto giró la cabeza hacia Joe, como si quisiera dejar constancia de que cualquier decisión tomada a continuación sería exclusivamente responsabilidad de su dueño.
—No tienes que casarte con ella —le murmuró.
Rudd soltó una risa y empezó a hablar del precio.
Joe negoció sin entusiasmo, aunque con suficiente firmeza para conseguir que incluyera parte del arnés. El hombre lo observó mover el brazo derecho y preguntó si había tenido una caída. Joe respondió que una pelea. No añadió nada. Rudd aceptó la explicación con la discreción práctica de quien comerciaba con hombres que llegaban del camino en estados muy diversos.
Antes de pagar, Joe pidió que engancharan a la yegua junto a Cochise en una carreta ligera. Quería comprobar el paso de ambos y el estado de las correas. Rudd lo ayudó. Durante unos minutos recorrieron el borde del campo, despacio, mientras los animales aprendían a moverse juntos. Cochise protestó con la cabeza al sentir la primera resistencia, pero Joe le habló desde el pescante y el caballo terminó aceptando la tarea. Al verlo, sintió una satisfacción pequeña y concreta. Ya no estaba imaginando una salida. Había dos animales delante de una carreta y ambos podían llevar a Steve fuera de Chiso.
Cuando terminaron, Rudd señaló una mesa bajo el cobertizo.
—Mi mujer ha hecho café. Si quiere comer algo antes de regresar, ahora es el momento. Después se lo llevará el calor.
Joe miró el sol. Había tardado menos de lo que esperaba en encontrar el establecimiento y la compra ya estaba resuelta. Podía concederle unos minutos al cuerpo antes de obligarlo a volver. Se sentó a la sombra, aceptó una taza y comió parte del pan que llevaba. Rudd se quedó cerca, revisando una hebilla, sin exigir conversación.
La mujer pasó con un cesto de ropa y le ofreció un trozo de bizcocho. Joe lo aceptó con una gratitud que debió de resultar desproporcionada. Ella sonrió y siguió hacia la casa. En el corral, la mula había decidido que la manta ya no merecía atención y estaba mordisqueando el borde de un poste.
Joe pensó que podría llevar a Steve hasta allí cuando estuviera en condiciones de viajar. Pagar una habitación, una cama en el cobertizo o simplemente permiso para descansar unas horas a la sombra. A partir de aquel lugar habría otros caminos y otros hombres. La influencia de Wyllit no podía extenderse indefinidamente sobre cada pozo y cada puerta.
—¿Tienen sitio para un enfermo? —preguntó.
Rudd dejó de trabajar con la hebilla.
Joe explicó lo necesario: un amigo con fiebre, demasiado débil para montar, un médico que esperaba ver una mejoría antes de permitirle viajar. No mencionó a Jakes. Tampoco ocultó el nombre de Friday cuando Rudd preguntó quién era.
El comerciante dejó el cuero sobre las rodillas. Por primera vez pareció medirlo de nuevo.
—He oído hablar de él.
—Mucha gente lo ha hecho.
Rudd miró hacia la casa, donde su mujer estaba retirando el cesto de la cuerda. Joe comprendió la duda y sintió cómo se apagaba parte de la tranquilidad de los últimos minutos. Había encontrado una mesa a la sombra, un hombre dispuesto a venderle un caballo y una mujer que ofrecía comida sin pedir explicaciones. No quería convertir aquello en otra extensión de la habitación del hotel.
—No le estoy pidiendo que acepte ahora —añadió—. Solo quiero saber si podría detenerme unas horas. Pagaría lo que correspondiera.
Rudd se frotó el bigote. Estuvo un rato callado antes de responder.
—Si llega con un hombre enfermo, no lo voy a dejar tirado junto a la cerca.
Joe sostuvo la taza entre las manos. Aquel compromiso tenía límites que ambos comprendían. Le bastó.
Se puso de pie con cuidado y ayudó a desenganchar los animales. Para el regreso decidió montar a la yegua durante un trecho y llevar a Cochise de la rienda. Quería conocer sus reacciones antes de confiarle el peso de la carreta con Steve acostado detrás. Rudd le ajustó los estribos y comprobó la reparación de una correa mientras Joe guardaba el arnés entre las alforjas del pinto.
—Si algo no le convence, vuelve y lo hablamos —dijo el comerciante.
Joe le dio la mano. Se despidió también de la mujer y tomó el ramal con los dos caballos. La yegua obedecía bien. Tendía a acortar el paso en las zonas pedregosas, pero no buscaba la vuelta del corral ni se asustó cuando una bandada levantó vuelo desde un arbusto. Cochise caminaba a su derecha, con la cuerda lo bastante floja para no sentirse arrastrado.
Habían avanzado un buen trecho cuando Joe recordó al jinete del camino principal.
Se volvió. No vio a nadie.
El aire se había vuelto más caliente y la tierra desprendía un olor seco, mineral. Joe cambió de postura en la silla. Había pasado una mañana razonablemente buena, y esa mejoría del ánimo lo obligó a reconocer cuánto deseaba creer que todo podía resolverse con una compra bien hecha. Tocó con el pulgar la costura de las riendas. No iba a ponerse a esperar un ataque detrás de cada árbol. Tampoco iba a cruzar el arroyo sin mirar primero.
Al llegar a la cerca de piedra, encontró un tramo del camino revuelto por huellas recientes. Había pasado otro caballo desde su llegada. Podía distinguir el lugar donde había detenido las patas delanteras y el giro corto que lo había hecho salir de la huella para subir por la loma.
Joe frenó antes de que la yegua alcanzara la bajada.
El terreno descendía hacia el cauce seco entre dos márgenes de tierra desmoronada. Había matorrales a ambos lados y unos árboles cuya sombra se extendía sobre el fondo. Desde arriba, el camino parecía vacío. Joe permaneció quieto, escuchando. El cansancio le hizo dudar de sí mismo. Tal vez estaba mirando las huellas de un hombre que había apartado el caballo para dejar pasar un carro.
La yegua levantó la cabeza.
Una voz lo llamó desde la izquierda.
—Cartwright. Deje la cuerda del pinto.
Joe sintió que la tranquilidad de Rudd se alejaba de golpe. Conocía aquella voz. La había oído junto a una taza, bajo el dintel de la caballeriza y, hacía apenas unas horas, en el porche del hotel. No veía a Jakes, pero supo que estaba en la loma antes de distinguir la forma oscura entre los matorrales.
No soltó la cuerda.
—Vengo de comprar un caballo.
—Ya lo veo. Ahora va a dejarlo donde está.
Un segundo hombre apareció junto al borde del cauce, más abajo. Llevaba un revólver en la mano y un pañuelo sucio alrededor del cuello. Joe no lo conocía. Tenía una barba escasa y la expresión tensa de quien está haciendo un trabajo que le habían descrito como más sencillo.
La yegua movió una oreja hacia él. Cochise dio un paso y la cuerda se tensó en la mano derecha de Joe.
—¿Qué se supone que debo hacer? —preguntó.
Necesitaba tiempo para ver mejor el terreno. El hombre de abajo estaba a pocos pasos del primer árbol. Jakes seguía más alto, protegido por el matorral. Si Joe intentaba volver por donde había llegado, tendría que girar la yegua con Cochise al lado y ofrecer toda la espalda. Si avanzaba, se acercaría al segundo revólver.
—Volver a Chiso —respondió Jakes—. El viaje ha terminado.
Joe miró el margen de tierra que descendía junto a las patas de la yegua. No era profundo, pero estaba cortado por raíces. Podía apearse hacia ese lado. También podía quebrarse una pierna antes de alcanzar el fondo. El costado le latía con una insistencia que le hizo consciente de cada respiración.
—Entonces déjeme pasar.
El hombre de abajo levantó el arma un poco más.
—Deje la cuerda.
Joe aflojó los dedos. Cochise avanzó otro paso hacia él. Necesitaba que el pinto quedara apartado de la línea de tiro, pero no podía ordenarle nada sin que Jakes lo interpretara como el comienzo de algo. La yegua resopló. Había percibido la tensión del cuerpo que llevaba encima y empezaba a moverse de costado.
—Despacio —murmuró Joe, para ella.
El segundo hombre confundió el movimiento. O creyó ver la mano izquierda descender hacia el revólver. Joe no llegó a saberlo. Vio el brazo tensarse y se dejó caer por el lado de la yegua un instante antes del disparo.
La bala golpeó la madera de la cerca detrás de él.
Los caballos se separaron con un tirón brutal. La cuerda le quemó la palma derecha y Joe la soltó antes de que lo arrastrara. Cayó sobre el borde del cauce, perdió apoyo en la tierra suelta y rodó hasta golpear con el hombro una raíz. El dolor de las costillas lo dejó sin voz. Durante unos segundos no hubo nada más que la necesidad desesperada de conseguir aire.
Arriba, la yegua se alejaba al galope. Cochise relinchó desde algún punto a su derecha.
Joe llevó la mano izquierda al arma. La sacó mientras se arrastraba hacia el tronco de un árbol inclinado. Otro disparo arrancó tierra cerca de su sombrero. Sintió una sacudida en la manga derecha y un calor agudo por encima del codo. No miró la herida. Se pegó al suelo, apoyó el hombro sano contra el tronco y esperó a distinguir un cuerpo detrás del polvo.
—¡Le dije que lo parara, no que empezara a disparar! —oyó gritar a Jakes.
La respuesta del otro se perdió entre el ruido de los cascos. Joe alcanzó a ver una rodilla, un borde de chaqueta. Disparó. La bala golpeó el margen a poca distancia del hombre, obligándolo a retroceder detrás del árbol. El estampido le dejó los oídos vibrando. Se quedó inmóvil, con el revólver sujeto a la altura del pecho, intentando recuperar una respiración que no le desgarrara el costado.
La sangre le corría por la parte exterior del brazo derecho. La notó al apoyar la mano en el suelo. No sabía si la bala lo había atravesado o si solo lo había rozado. El dolor era vivo, superficial por momentos, pero se extendía cada vez que movía el hombro.
Arriba crujieron unas ramas.
Joe levantó los ojos. Jakes estaba cambiando de posición. No podía verlo entero, apenas una manga entre las hojas y la presión de una bota sobre la tierra. Apuntó hacia ese movimiento y disparó otra vez. El pistolero se apartó. Una voz maldijo desde la loma.
Joe no había pensado en matar a nadie cuando salió del hotel. Había preparado comida, contado dinero, elegido un caballo. Ahora tenía la boca llena de polvo y estaba tratando de decidir a cuál de dos hombres debía mirar para que el otro no consiguiera un ángulo desde donde alcanzarlo.
El de abajo empezó a moverse primero. Joe lo oyó rodear el árbol, bajar unos pasos hacia el fondo y detenerse. Comprendió lo que intentaba hacer antes de verlo: acercarse lo suficiente para disparar por detrás del tronco que lo protegía. Joe desplazó una rodilla, arrastró el cuerpo hacia una raíz y sintió que el brazo derecho casi dejaba de sostenerlo.
El hombre apareció entre dos ramas, con el revólver levantado.
Joe disparó al mismo tiempo que lo vio.
El cuerpo giró y cayó de costado sobre la tierra. El revólver saltó unos centímetros y quedó junto a una piedra. Hubo un grito, breve, seguido de una respiración agitada. Joe mantuvo el arma dirigida hacia él durante unos segundos y después volvió la cabeza hacia la loma.
Jakes no se movía.
El silencio que siguió fue peor que los disparos. Joe oía al hombre herido intentar incorporarse y cada esfuerzo terminaba en un sonido que no conseguía contener. El sol había alcanzado el borde del cauce. Algo caliente le descendía desde la sien hasta la ceja; no supo si era sudor o sangre. Se lo quitó con el dorso de la muñeca y volvió a mirar entre las ramas.
—Cartwright.
La voz de Jakes llegó desde un lugar algo más alejado.
Joe no respondió.
—Puede quedarse con él.
Hubo un crujido de cuero, después el golpe de un caballo al recibir a su jinete. Joe mantuvo el arma levantada. No se atrevió a interpretar el ruido como una retirada hasta que oyó el galope alejándose por el otro lado de la loma.
Esperó todavía. El hombre herido había dejado de intentar levantarse y estaba sujetándose el hombro con la mano izquierda. Joe podía ver la sangre entre sus dedos. Al cabo de un rato guardó el revólver en la funda y volvió a sacarlo para asegurarse de que el movimiento no se le había vuelto imposible. Le temblaba la mano.
Se puso de rodillas con un esfuerzo que le hizo ver pequeñas manchas oscuras frente a los ojos.
—Aparta la mano del arma —dijo.
El herido lo miró con una sorpresa casi infantil. Su revólver estaba en el suelo, lejos del alcance inmediato. Aun así, Joe no avanzó hasta verlo abrir la mano que mantenía cerca de la cintura. Después se acercó despacio, arrastrando un poco el pie derecho para evitar el tirón del costado, y recogió el arma ajena.
La herida estaba alta, junto al hombro. La sangre había empapado la camisa y empezaba a oscurecer el pañuelo. El hombre trató de hablar, pero solo consiguió decir que no quería morirse.
Joe se quedó mirándolo un instante. Hacía apenas unos minutos, aquella misma mano había levantado un revólver hacia su pecho. Todavía había pólvora en el aire. Parte de él deseaba sentarse lejos, cerrar los ojos y dejar que otro se encargara. No había nadie más.
Se arrodilló, apretando los dientes, y empezó a abrir la camisa.
—Entonces deja de moverte.
El hombre se llamaba Seth Parr. Lo dijo sin que Joe se lo preguntara, con la urgencia de quien necesita que el otro conozca su nombre antes de decidir qué hacer con él. Joe lo escuchó mientras doblaba el pañuelo y lo sostenía sobre la herida. No podía saber cuánto daño había hecho la bala. Veía sangre y una piel que empezaba a ponerse fría alrededor de la boca. Necesitaba llevarlo hasta Geis.
Parr buscó su brazo con los dedos.
—Él dijo que solo había que hacerlo volver.
Joe levantó los ojos hacia su cara. La frase le produjo un cansancio tan profundo que por un momento no encontró qué responder. Había oído a Jakes gritar que no debía disparar. Eso no cambiaba el revólver en la mano de Parr ni el agujero que tenía en la manga.
—¿Dónde está tu caballo?
El hombre señaló el otro lado del cauce.
Joe miró la pendiente. Tendría que levantarse, encontrar los animales y volver a bajar. Sintió una presión desagradable detrás del esternón. Estaba pensando en demasiadas cosas a la vez y todas exigían que hiciera un movimiento que dolía.
Tomó la mano izquierda de Parr y la colocó sobre el pañuelo.
—Aprieta aquí. Voy a buscar los caballos.
Parr lo sujetó antes de que pudiera levantarse.
—No me deje.
Joe miró los dedos cerrados alrededor de su manga. Había hombres que habían visto caer a Steve junto a una puerta y no habían movido una mano. Se preguntó qué sentiría Parr al encontrarse con esa misma indiferencia. La respuesta no le produjo satisfacción.
—Si quisiera dejarte, no habría venido hasta aquí.
Apartó la mano con cuidado y se incorporó apoyándose contra el árbol. El mareo regresó, breve, acompañado de un latido en el brazo herido. Esperó a que pasara. Después subió por el lado menos empinado del cauce, sujetándose de las raíces con la izquierda.
Cochise estaba más arriba, entre unos arbustos. La cuerda se había enredado alrededor de una rama baja y el caballo tiraba de ella a intervalos, molesto, sin llegar a soltarse. Al ver a Joe dejó de moverse. Él se acercó despacio, le habló antes de tocar la soga y pasó una mano por el cuello sudado. Tenía polvo en los ollares y una pequeña rozadura donde el cuero había tirado con más fuerza, pero parecía entero.
Joe apoyó la frente un instante contra su crin. No fue una caricia pensada. Necesitaba sostenerse de algo que conociera.
Al otro lado del cauce encontró al caballo de Parr atado a un árbol. La yegua castaña no estaba. Desde allí pudo ver las huellas que se alejaban por el ramal, en dirección al establecimiento de Rudd. Si había seguido hacia casa, quizá el comerciante la encontrara antes de que terminara la tarde. No podía ir a comprobarlo.
Llevó ambos caballos hasta el lugar donde había dejado al herido. Parr había empezado a temblar. Joe le dio agua y lo ayudó a sentarse. Cada pequeño avance parecía consumir las fuerzas que había reservado para la tarea siguiente. Cuando consiguieron llegar al margen del camino, Joe tuvo que quedarse un momento inmóvil, con una mano apoyada en la silla, esperando que el dolor del costado le permitiera hablar.
Parr lo observó. Por primera vez pareció advertir que el hombre que lo ayudaba también estaba sangrando.
—Le di —murmuró.
Joe miró su propia manga. La sangre había bajado hasta el vendaje de la muñeca.
—Sí.
Parr apartó los ojos. No dijo que lo sentía. Joe tampoco le pidió que lo hiciera. Desató el pañuelo que llevaba en el cuello, se lo pasó alrededor de la parte alta del brazo y consiguió sujetarlo con un nudo incómodo. No iba a detenerse allí a hacer algo mejor mientras Parr perdía color frente a él.
Lo ayudó a montar utilizando una piedra junto al camino. El hombre podía sostenerse sentado si sujetaba el pomo con la mano sana. Joe ajustó el estribo, comprobó que no se estuviera deslizando hacia un lado y montó a Cochise desde la misma piedra. Después tomó la rienda del otro caballo y comenzó el regreso.
Avanzaron despacio. En los tramos pedregosos, cada movimiento de la silla le atravesaba las costillas y le hacía tensar el abdomen. Descubrió que podía soportarlo mejor si dejaba de anticipar el siguiente paso. Miraba las orejas de Cochise, el trozo de camino que tenían delante y, de vez en cuando, el rostro de Parr para asegurarse de que seguía despierto.
El hombre habló una sola vez durante el primer trecho.
—No fue idea mía.
Joe tardó en responder. Había imaginado muchas veces la forma en que un hombre intentaría explicar por qué había sacado un arma. Le resultó decepcionante que, después del estruendo y del miedo, quedara una frase tan pobre.
—La mano era tuya.
Parr bajó la cabeza. Joe no añadió nada. No quería discutir mientras lo llevaba a un médico. Tampoco podía regalarle la absolución que parecía estar pidiendo.
El camino de regreso fue perdiendo las distancias que había tenido por la mañana. La cerca de piedra tardó demasiado en aparecer; el campo abierto pareció no terminar nunca. Joe bebió cuando la boca empezó a secársele y dejó que Parr lo hiciera en el siguiente alto. En un momento tuvo que desmontar porque el temblor del brazo derecho le impedía sujetar bien la rienda ajena. Caminó junto a Cochise hasta recuperar algo de firmeza.
Steve lo estaría esperando.
Pensó en la palabra que había dicho antes de que se marchara. Vuelve. No había imaginado entonces que iba a tener que repetirla dentro de su propia cabeza, paso a paso, como una tarea que no admitía nada más.
Cuando vio los primeros tejados de Chiso, el alivio lo dejó casi sin fuerzas.
El sheriff salió de la oficina antes de que llegaran a su altura. Había visto el modo en que viajaba Parr y la camisa de Joe. Se acercó a sujetar el otro caballo sin hacer preguntas. Solo cuando Joe consiguió detener a Cochise junto al porche levantó la vista hacia él.
—¿Quién ha sido?
Joe miró a Parr. El hombre mantenía la cabeza baja, con la mano cerrada sobre el pomo. Después observó el camino por donde acababan de entrar.
—Él empezó a disparar. Había otro en la loma.
—¿Lo vio?
Joe sintió otra vez el olor a pólvora en la garganta.
—Lo oí. Era Jakes.
El sheriff no respondió enseguida. Llamó al caballerizo, que había salido al escuchar las voces, y entre ambos ayudaron a Parr a bajar. El hombre soltó un gemido al apoyar el pie. Geis apareció en la puerta de su consultorio cuando ya lo llevaban hacia él.
Joe desmontó después. Al tocar el suelo, las rodillas le cedieron lo suficiente para obligarlo a sujetarse de la silla. El caballerizo lo tomó por el codo sano y esperó sin decir nada hasta que pudo enderezarse. Joe le entregó la rienda de Cochise.
—Le he exigido demasiado.
El hombre miró al caballo y luego su manga empapada.
—A él lo cuido yo.
Joe asintió. Caminó hasta el consultorio con el sombrero en la mano y la sensación de que todo el pueblo estaba viéndolo llegar. Encontró a Geis inclinado sobre Parr. Una vecina estaba calentando agua junto al hornillo; alguien había ido a buscarla al ver la sangre. El médico levantó la vista hacia Joe y señaló una silla con la cabeza.
—Siéntese. Enseguida lo veo.
Joe obedeció. Desde allí podía distinguir una esquina del hotel a través de la ventana. Había gente en el porche. Un muchacho cruzó la calle para enterarse de lo ocurrido y otro salió del almacén con un paquete olvidado entre las manos. Todos miraban hacia el consultorio.
Le habían impedido volver con la yegua. Había regresado con el hombre que le disparó y con una herida que ya no podía esconder bajo el brazo.
Geis volvió a indicarle que no se moviera. Joe apoyó la espalda contra la pared y cerró los ojos un momento, pero los abrió al oír unos pasos detenidos junto al marco.
Hollis estaba en la puerta.
—Friday quiere saber si ha vuelto —dijo.
Joe tragó antes de responder. Le dolía la garganta y tenía todavía la boca seca.
—Dígale que sí.
El empleado miró el pañuelo atado al brazo, la camisa manchada y el polvo adherido a la mejilla. Joe sostuvo su mirada. Habría querido pedirle que no dijera nada más, ganar unos minutos antes de tener que explicar por qué había regresado así. Pero el recuerdo de Steve callando una y otra vez terminó por detenerlo.
—Y dígale que hubo disparos en el camino. Que estoy con el médico.
Hollis asintió despacio.
Joe lo vio marcharse. Desde la mesa llegó un sonido ahogado y Geis pidió a Parr que permaneciera quieto. El sheriff esperaba junto al escritorio con el revólver que Joe había traído del cauce. Todavía no había empezado a preguntar de nuevo.
Por primera vez desde que llegó a Chiso, Joe deseó que lo hiciera delante de todos.
Continuará
BONANZA: DESPUÉS DE LOS CRÉDITOS
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