Bonanza fanfic : Sol de sangre y veneno

ESTACIÓN LANDON · BONANZA

Sol de sangre y veneno

Un drama de Bonanza escrito porBonanza fanfic :   Sol de sangre y veneno CRIS LANDON

Episodio 1: Pólvora al mediodía

La primera señal de que el día iba a ser insoportable había sido el silencio de los pájaros.

Joe lo advirtió antes de abandonar la Ponderosa, cuando salió al patio con la chaqueta verde colgada de un dedo y encontró el abrevadero cercado por moscas. No soplaba viento. Sobre el tejado del establo, el cielo tenía una claridad tan limpia que parecía recién lavado, pero la tierra ya desprendía aquel olor seco que anunciaba muchas horas de calor.

Hoss estaba ajustando la cincha de Chubb. Levantó la cabeza, miró la chaqueta y sonrió.

—Vas a asarte con eso.

—Todavía puedo distinguir mi ropa de mi piel, hermano. Si llego a confundirme, te aviso.

—Yo te lo digo por tu bien.

Joe le dio una palmada en el brazo y entró en el establo. Cochise lo recibió con un movimiento de orejas y un resoplido contra la palma abierta. Mientras le acariciaba la frente, oyó detrás de él las pisadas de su padre.

Ben llevaba un sobre grueso, doblado por la mitad. En lugar de entregárselo inmediatamente, esperó a que Joe terminara de revisar una hebilla de la cabezada.

—El recibo debe quedar a nombre del rancho —dijo.

Joe se volvió con una expresión de paciencia exagerada.

—Lo sé, Pa.

—Y Dryden tiene que comprobar la suma delante de ti.

—También lo sé.

Ben sostuvo el sobre un instante más. Joe reconoció aquella demora: su padre había pasado los últimos días revisando cuentas, anticipos y pagos pendientes; le costaba desprenderse de una preocupación aunque la pusiera en manos de uno de sus hijos.

Por eso dejó de sonreír.

—Voy a depositarlo, traeré el recibo y me reuniré con ustedes. No pienso perderlo en una partida de póquer antes del almuerzo.

La ceja de Ben se alzó.

—Me tranquiliza que hayas decidido esperar hasta después.

Joe soltó una carcajada. Ben le entregó el sobre y, al hacerlo, le apretó brevemente la nuca, un gesto tan habitual que ninguno de los dos se detuvo a pensarlo. Joe bajó la cabeza bajo aquella mano como lo había hecho de niño y después se apartó para tomar las riendas.

Mucho más tarde, Ben recordaría el calor de esa piel contra su palma. No la broma, ni las cuentas, ni el color del cielo. Recordaría haber tenido a su hijo al alcance de la mano.


Cuando el reloj del banco dio las doce, Virginia City parecía contener el aliento.

El polvo se había asentado sobre los toneles de agua, las ruedas de los carros y los peldaños de los comercios. Un perro dormía debajo de una carreta. Desde la herrería llegaban golpes separados, más lentos de lo habitual; entre uno y otro se escuchaban el zumbido de los insectos y el crujido de alguna tabla bajo los pasos de los peatones.

Joe había dejado a Cochise en el establo de alquiler, donde al menos tendría agua y sombra. Adam seguía allí, hablando con el herrero acerca de una herradura que llevaba varios días dándole problemas a Sport. Ben y Hoss habían ido al depósito de madera y después pasarían por el almacén de suministros. El acuerdo era sencillo: terminar los recados, almorzar juntos y regresar antes de que el calor volviera irritables incluso a los caballos.

Desde la cola de la ventanilla, ese almuerzo se le antojaba cada vez más lejano.

En el banco olía a madera encerada, tinta y ropa húmeda de sudor. Un ventilador de papel, olvidado sobre el escritorio del gerente, se movía apenas cuando entraba una corriente por las puertas. La claridad caía desde las ventanas altas y dibujaba rectángulos pálidos en las tablas del suelo.

Joe había contado tres veces las vetas de un nudo en el mostrador cuando oyó un pequeño tintineo.

Una moneda rodó hasta la punta de su bota.

La niña de la señora Higgins lo miró con los ojos muy abiertos.

—No era para tirarla —explicó.

Joe se agachó para recogerla.

—Entonces tendremos que preguntarle por qué intentó escaparse.

La pequeña soltó una risa y extendió la mano. Tendría unos cinco años; llevaba una cinta amarilla en el cabello y una mancha de harina en el borde de la falda. Joe conocía a su madre desde hacía tiempo. En la panadería siempre había algún bollo roto que, por una misteriosa coincidencia, terminaba en manos de Hoss.

—Gracias, Joseph —dijo la mujer, incómoda por la lentitud con que contaba su dinero—. Hoy tengo los dedos de mantequilla.

—Con este calor, señora Higgins, es un milagro que no se nos derrita también la paciencia.

Dryden sonrió al otro lado de la ventanilla sin interrumpir la cuenta. Joe devolvió la moneda y apoyó un codo sobre el mostrador. La niña continuó observándolo.

—¿Tu caballo tiene manchas?

—Unas cuantas.

—Lo vi por la ventana. Mamá dice que no debo tocar los caballos de los demás.

—Tu mamá tiene razón. Pero, si ella te da permiso, otro día te lo presento.

La niña miró inmediatamente hacia arriba, dispuesta a iniciar la negociación. Su madre iba a responder cuando las puertas se abrieron de golpe.

El ruido no se pareció al de un cliente que entraba con prisa. Una de las hojas chocó contra la pared y el cristal vibró en su marco. Joe se volvió antes de que la primera orden terminara de llenar el salón.

—¡Quietos! ¡Las manos arriba!

Tres hombres.

Eso fue lo primero que contó. Después vio las armas, los pañuelos sobre las bocas, los guardapolvos de viaje. El que había hablado era ancho de hombros y llevaba el sombrero tan bajo que los ojos quedaban dentro de una franja de sombra. Otro, alto y huesudo, sujetaba el revólver con demasiada rigidez. El tercero permaneció junto a la puerta, vigilando la calle.

Joe sintió el peso de su propia arma contra la cadera izquierda.

No movió la mano.

Había un anciano cerca del escritorio del gerente, un empleado con un libro abierto y una mujer que acababa de llevarse ambas manos a la boca. La señora Higgins tenía a la niña pegada a la falda. Si intentaba desenfundar, cualquiera de ellos podía recibir el primer disparo.

Alzó lentamente los brazos.

—Tú, detrás de la ventanilla. La caja —ordenó el hombre de hombros anchos.

Dryden permaneció inmóvil un segundo de más.

El atracador golpeó el mostrador con la culata. La niña dio un respingo.

—¿Te has quedado sordo?

—Necesito la llave —respondió el cajero. Su voz apenas tenía volumen—. Está en mi bolsillo.

—Pues sácala despacio.

Joe dio medio paso hacia atrás. Lo suficiente para quedar más cerca de la señora Higgins; no tanto como para parecer que se apartaba de los demás. Notó el roce de unos dedos pequeños contra la manga de su chaqueta.

No miró hacia abajo.

—Todos al suelo —dijo el hombre de la puerta.

El anciano se arrodilló con dificultad. El empleado cerró el libro por puro reflejo antes de obedecer. La señora Higgins intentó bajar, pero su hija se había aferrado a ella y las faldas se le enredaron alrededor de los tobillos.

El hombre huesudo se acercó.

Joe vio su mano: el índice demasiado hundido en el guardamonte, un temblor corto que no conseguía dominar. Aquel hombre tenía tanto miedo como las personas a las que apuntaba, y eso lo volvía más peligroso.

—Despacio —murmuró Joe a la mujer—. Yo la ayudo.

—He dicho que no se muevan —saltó el hombre.

Joe volvió a mostrar las palmas.

—Solo está tratando de sentarse.

El líder lo observó por primera vez. Sus ojos se detuvieron en la cartuchera.

—Merritt. Quítale eso.

El de la puerta se adelantó. Joe giró apenas la cadera para permitirle sacar el revólver sin que hubiera un tirón inesperado. Sintió una vergüenza absurda al verse desarmado, como si estuviera fallando en algo que Ben esperaba de él, y enseguida reconoció lo absurdo de aquella idea. Su padre habría preferido verlo entregar diez armas antes que morir por una.

Merritt guardó el revólver en su propio cinturón.

—Un zurdo —comentó.

—Vuelve a la puerta —dijo el jefe.

Dryden dejó caer las primeras monedas dentro de una saca. El sonido, tan común unos minutos antes, se volvió intolerablemente fuerte. Joe podía oír también su respiración y la de la niña, cortada por pequeños sollozos que intentaba contener contra la falda de su madre.

Se agachó con cuidado.

—Mírame —le susurró—. ¿Recuerdas las manchas de mi caballo?

La pequeña negó con la cabeza sin entender.

—Después vamos a contarlas. Pero ahora necesito que abraces a tu mamá.

La señora Higgins le dirigió una mirada de agradecimiento que a Joe le dolió recibir. No había hecho nada todavía. No podía prometerles nada.

—¡Más rápido! —gritó el hombre huesudo.

El jefe se volvió hacia él.

—Cole, deja de gritar.

Al escuchar aquel nombre, Cole pareció enfurecerse aún más. Miró hacia la puerta y luego hacia los clientes, buscando dónde descargar la humillación. La niña rompió a llorar de verdad.

El revólver bajó hacia ella.

—¡Hazla callar!

Joe levantó la cabeza.

Vio el cañón, el puño rígido, la cara blanca de la madre. No tuvo tiempo de calcular cuánto podía avanzar ni dónde iba a golpear al caer. Solo supo que la niña estaba delante del arma.

—¡Abajo!

Se lanzó contra ambas, rodeando con el brazo a la mujer y empujándolas hacia el ángulo del mostrador.

El disparo estalló cuando todavía estaba moviéndose.

Durante un instante Joe creyó que alguien lo había golpeado con una barra de hierro. El impacto le encendió el hombro derecho y el dolor le cortó la respiración. Su cuerpo chocó de costado contra la madera; las piernas perdieron apoyo y cayó junto a la señora Higgins, con el oído lleno de un zumbido que borró los gritos.

Intentó tomar aire.

No pudo a la primera.

La niña estaba debajo del brazo de su madre, mirándolo con una inmovilidad espantosa. Joe bajó los ojos hacia ella, buscando sangre en la cinta amarilla, en el vestido, en las manos.

—¿Está…? —La palabra se le deshizo.

—Está bien —dijo la señora Higgins—. Joseph, está bien.

Solo entonces miró su propio hombro.

La tela azul se había oscurecido debajo de la chaqueta. Apoyó la mano izquierda y sintió humedad caliente entre los dedos. Apretó por instinto. El dolor se hizo más profundo, pero la presión le dio algo en que concentrarse.

El sobre del depósito había caído cerca de su rodilla. Una esquina blanca sobresalía contra el suelo.

Pensó, con una claridad ridícula, que no debía olvidarlo.

Después volvió a escuchar.

—¡Maldito idiota! —El jefe había agarrado a Cole por el guardapolvo—. ¡No tenías que disparar!

—Se me vino encima.

—¡Era un hombre desarmado!

Aquella discusión duró apenas unos segundos, pero bastó para que el mundo exterior cambiara. Se oyó una voz en la calle, el golpe de unas botas, un grito pidiendo al sheriff. Merritt apartó el pañuelo del cristal y retrocedió.

—Rafe. Tenemos compañía.

El líder soltó a Cole.

Joe quiso arrastrarse detrás del mostrador. Apenas logró mover una bota. La señora Higgins empezó a quitarse un pañuelo del cuello para dárselo, pero Rafe se volvió y ella se quedó petrificada.

La mirada del atracador descendió hasta Joe.

Primero hubo cálculo. Después, reconocimiento.

—Cartwright —dijo.

Joe sintió un frío que no tenía relación con la herida.

Desde fuera llegó la voz de Roy Coffee, firme y próxima.

—¡Los hombres que están dentro! ¡Dejen las armas y salgan con las manos levantadas!

Rafe miró otra vez la chaqueta verde.

—Mira lo que tenemos aquí.

Joe apretó el hombro y trató de incorporarse antes de que lo tocara. No quería darle el gusto de encontrarlo completamente indefenso. Apoyó una rodilla, sintió que el suelo se inclinaba y volvió a caer sobre la cadera.

Rafe lo agarró de la ropa, por debajo del cuello.

El tirón le arrancó un sonido breve, involuntario. La herida pareció abrirse de nuevo y una nube gris le tapó los bordes de la vista. El hombre lo sostuvo antes de que se desplomara, no por compasión, sino porque necesitaba llevarlo hasta la puerta.

—Camina.

Joe vio pasar el rostro de la niña junto a su pierna. Tenía los ojos fijos en su mano ensangrentada.

Quiso decirle que no mirara.

El cañón le tocó la sien.


Al otro lado de la calle, Ben todavía llevaba en la mano una lista de clavos.

Había escuchado el disparo desde el fondo del almacén. Al principio pensó en un caballo desbocado, un accidente, una pelea; luego el nombre del banco pasó de boca en boca y dejó la lista sobre el mostrador sin terminar de soltarla. Cuando salió, seguía atrapada entre dos dedos.

Hoss iba detrás de él.

Vieron a Roy junto al abrevadero y a un ayudante que hacía retroceder a los curiosos. Las ventanas del banco reflejaban el sol. Durante un segundo, Ben no comprendió por qué no alcanzaba a distinguir nada en el interior.

Joe tenía que estar allí.

La idea no llegó como una revelación dramática. Fue una certeza sencilla, doméstica, ligada al sobre de aquella mañana: su hijo había ido a depositar el dinero.

Después se abrió la puerta.

Ben vio primero la chaqueta. Luego la cabeza inclinada de Joe, el brazo derecho inmóvil, la mano izquierda apretada contra la sangre.

El hombre que lo sostenía levantó el revólver para que todos lo vieran.

—¡Bajen los rifles!

La lista se desprendió de los dedos de Ben. Dio un paso sin saber que lo daba.

—Joseph.

La voz apenas le salió. A su lado, Hoss hizo un ruido como si hubiera recibido un golpe en el pecho.

Joe levantó un poco el rostro.

Lo encontró enseguida.

Ben supo que lo había visto por el cambio en sus ojos: una súbita atención bajo el aturdimiento, un esfuerzo por mantenerse allí. Aquello casi lo hizo avanzar otra vez. Su mano buscó la culata del revólver; Hoss le cerró los dedos alrededor de la muñeca.

—Pa —susurró—. No.

Ben no se resistió. Podía ver el gatillo junto a la cabeza de su hijo.

—Roy —dijo Rafe—, quiero nuestros caballos delante de la puerta. Los tres. Y el dinero se viene con nosotros.

—El muchacho está herido —respondió el sheriff—. Déjalo y hablaremos.

Rafe apretó el arma contra la sien de Joe. Él cerró los ojos un instante.

—No voy a hablar dos veces.

Ben logró acercarse hasta quedar a unos pasos de Roy. Hoss continuó a su lado, sin soltarlo del todo.

—Escúchame —dijo Ben al atracador—. Puedes tener un caballo fresco. Agua. Lo que necesites para salir. Pero mi hijo necesita un médico.

El hombre lo estudió con un interés que Ben lamentó haber despertado.

—El señor Cartwright.

—Está perdiendo sangre.

—Entonces será mejor que no nos hagas perder tiempo.

Joe movió los labios. Ben se inclinó levemente, como si la distancia pudiera ceder por voluntad.

—La niña…

No oyó más. Quizás Joe tampoco consiguió decirlo.

Ben miró hacia el banco. Una mujer lloraba detrás del cristal.

—Está bien —respondió, sin apartar los ojos de su hijo—. La niña está bien, Joseph.

Vio que Joe comprendía. Una tensión mínima abandonó su cara y entonces la palidez se volvió todavía más visible. Ben conocía aquel rostro de todas las maneras posibles: dormido, enfadado, encendido por la risa, cerrado en un orgullo que tanto se parecía al suyo. Nunca había soportado verlo buscando fuerzas donde ya no quedaban.

—Voy a acercarme —dijo.

Rafe torció el arma.

—Un paso y se acaba.

Joe consiguió mover la cabeza. Apenas una negación.

Ben se detuvo.

Durante el silencio siguiente oyó agua caer del bebedero, una puerta que alguien cerraba lejos, el jadeo de un caballo. Todo seguía existiendo mientras un desconocido decidía cuánto tiempo podía vivir su hijo.

Roy levantó una mano hacia los ayudantes.

—Traigan las monturas.

Hoss se separó de Ben lo necesario para mirar las esquinas, los tejados, las ventanas. Buscaba una posibilidad con la desesperación de quien no sabe quedarse quieto cuando alguien pequeño necesita ayuda. Pero no había un ángulo limpio. Joe cubría el torso del atracador, y Cole y Merritt mantenían sus armas sobre la calle.

—Lo soltarán —dijo Roy—. Quiero oírlo.

Rafe sonrió debajo del pañuelo.

—En cuanto salgamos de la ciudad. Siempre que nadie nos siga.

Ben no creyó una palabra. Tampoco podía discutirla sin poner a Joe en mayor peligro.

Un ayudante apareció con los caballos. El de Rafe era un alazán oscuro, sudado bajo la silla; los otros dos llevaban las riendas atadas juntas. Merritt colgó las sacas del pomo. Cole montó con una torpeza nerviosa que hizo saltar al suyo hacia un costado.

Joe miró a Ben otra vez.

Su boca tembló, más por el esfuerzo que por el miedo.

—Pa…

La palabra cruzó la calle entera.

Ben tuvo que aferrar su propio cinturón para no tender los brazos.

—Te veo, hijo —dijo—. Estoy aquí.

Rafe lo obligó a volverse hacia el caballo. Para subirlo, tuvo que apartar el arma de su cabeza; Ben y Roy lo vieron al mismo tiempo, pero Merritt se había colocado a un lado con el revólver apuntado al pecho de Joe. El espacio de una oportunidad se cerró antes de existir.

Rafe lo empujó sobre la montura. Joe quedó atravesado delante de la silla, doblado por la cintura, con una pierna buscando inútilmente un apoyo. El movimiento le arrancó un gemido que Ben sintió en los dientes.

—¡Así no! —exclamó Hoss.

Rafe montó detrás y sujetó a Joe por el cinturón.

—Recuerden el trato. Un solo jinete detrás de nosotros y lo dejo en el camino.

Hundió los talones.

Los cascos golpearon el suelo con un estrépito de piedras y polvo. Ben alcanzó a ver la mano izquierda de Joe cerrarse alrededor de una correa. Después los tres caballos enfilaron hacia el extremo sur del pueblo.

Nadie disparó.

La nube de polvo quedó suspendida mucho después de que los jinetes desaparecieran.


Adam llegó cuando Ben ya estaba caminando hacia el establo.

Había oído el disparo y luego rumores contradictorios: un robo, un muerto, el hijo de Cartwright. Esa última frase lo había hecho correr. Ahora vio las manchas oscuras junto a la entrada del banco y la expresión de Hoss, y no preguntó si era verdad.

—¿Hacia dónde?

—Sur —respondió Ben.

Adam se volvió hacia Roy.

—¿Cuántos?

—Tres. Uno lleva a Joe delante de la silla. Está herido en el hombro.

Ben continuó andando. Adam lo alcanzó antes de la siguiente esquina.

—Pa. Tenemos que saber qué salida tomaron después del corral.

—La encontraremos.

—Y necesitamos agua, vendas y caballos que no se agoten antes de dar con ellos.

Ben se detuvo tan bruscamente que Hoss estuvo a punto de tropezar con él.

—¿Crees que no lo sé?

La dureza de su voz hizo volver la cabeza a un hombre que pasaba. Adam no retrocedió ni la devolvió.

—Creo que lo has visto marcharse herido. Nosotros también. Ayúdame a traerlo de vuelta.

Ben lo miró.

En los ojos de su hijo mayor había una serenidad sostenida a la fuerza. Adam tenía polvo en las rodillas de haberse arrodillado junto a la puerta del banco; solo entonces Ben advirtió que le temblaba un músculo de la mandíbula.

Respiró hondo. El aire le dolió.

—Consigue las vendas —dijo—. Hoss, prepara agua para cuatro. Cochise viene con nosotros.

Hoss asintió y echó a correr.

Roy llegó hasta ellos con la señora Higgins. La mujer estaba desencajada y aún tenía a la niña aferrada a la falda. Llevaba el sobre de Joe en la mano.

—Señor Cartwright…

Ben miró el papel sin reconocerlo al principio.

—Su hijo nos apartó. Él no… No intentó sacar el arma. Fue por nosotras.

La explicación se quebró. La niña escondió la cara.

Ben cerró los dedos alrededor del sobre. Había una huella roja en uno de los bordes.

—Gracias por decírmelo.

La mujer quiso añadir algo, pero Ben ya había bajado la vista hacia la pequeña. Se agachó con esfuerzo, no porque le pesaran las rodillas, sino porque cualquier gesto de cuidado lo acercaba demasiado a aquello que no podía hacer por Joe.

—Ve con tu mamá —le dijo suavemente.

La niña lo miró.

—Me iba a mostrar su caballo.

Ben sostuvo aquellos ojos un segundo antes de levantarse.

No prometió nada. No habría podido soportar que la voz le fallara.

Roy lo acompañó los últimos pasos hasta el establo.

—Haré salir dos grupos por otros caminos. Si ven una partida grande detrás, pueden cumplir la amenaza.

—Iremos nosotros tres.

—Ben…

—No voy a cargar contra ellos, Roy. No mientras tengan a Joseph.

El sheriff asintió. Aquello era cuanto podía pedirle.

Adam regresó con una bolsa de lienzo. Hoss había ensillado ya a Buck y sujetaba las riendas de Cochise. Al ver el pinto, Ben tuvo que detenerse un instante. La montura vacía conservaba el sombrero de Joe, enganchado a una correa que su hijo había dejado allí para entrar al banco.

Lo tomó y lo ató con cuidado a su propia silla.

Hoss lo vio hacerlo.

—Lo vamos a encontrar, Pa.

Ben apoyó una mano en el cuello de Buck.

Al sur, más allá de los últimos edificios, las colinas empezaban a desdibujarse bajo el calor. En algún lugar de aquella extensión su hijo iba doblado sobre una montura, tratando de no caer, quizás esperando oír sus voces.

Ben subió al caballo.

—Vamos.

No volvió a mirar el banco.

Episodio 2: El silbido de la muerte

Joe empezó a medir el tiempo por las cosas que dejaba de sentir.

Primero perdió la noción de las calles. Había reconocido el golpe seco de los cascos sobre el tramo duro de la salida de Virginia City; después vino una bajada, la oscilación del caballo y una sacudida que le arrancó el aire. Desde entonces, el mundo se había reducido al cuero caliente contra su vientre, al olor del animal y al dolor de su hombro.

Más tarde dejó de sentir con claridad los dedos del brazo derecho. La mano pendía a un lado de la montura y rozaba a veces la pata del caballo. Cada roce llegaba tarde, como si perteneciera a un cuerpo separado del suyo.

Lo que no desaparecía era la sed.

Tenía la boca llena de polvo. Cuando intentaba tragar, la lengua se le pegaba al paladar. En alguna parte sobre él, Rafe y los otros dos discutían acerca del camino; las voces llegaban fragmentadas, deshechas por el viento y el golpeteo de los cascos.

Joe intentó levantar la cabeza.

Vio un trozo de cielo, el borde del sombrero de Rafe y una línea de colinas que no supo reconocer. El movimiento le produjo una náusea violenta. Volvió a bajar la frente y apretó la correa que había conseguido atrapar con la mano izquierda.

No debía caerse.

La idea lo sostuvo durante un trecho, hasta que comprendió lo inútil de obedecerla sin hacerse otra pregunta: ¿adónde lo estaban llevando?

Habían dejado atrás las afueras hacía mucho tiempo.

Recordaba la voz del hombre en la calle. Lo soltarían al salir de la ciudad, si nadie los seguía. No había creído la promesa, pero una parte de él se había aferrado a ella de todos modos. Ahora el camino parecía no terminar nunca, y el brazo que Rafe había pasado alrededor de su cintura no tenía nada de protector.

Joe buscó el peso de su revólver.

El vacío junto a la cadera le devolvió la escena del banco: Merritt sacándolo de la funda, la niña, el pañuelo amarillo. Se preguntó si realmente estaba bien. Había oído a Pa decirlo. Sí. Su padre lo había dicho.

Se concentró en recordar su voz.

Te veo, hijo. Estoy aquí.

Mientras pudiera recuperar esas palabras, la calle no estaría del todo perdida.


Rafe detuvo el caballo en un estrecho paso de terreno pedregoso.

La quietud llegó de golpe. Joe tardó varios segundos en comprender que ya no estaban moviéndose; su cuerpo seguía esperando el siguiente impacto. Cuando quiso enderezarse, una mano lo mantuvo inclinado.

—No te muevas.

No habría podido hacerlo mucho más.

Cole desmontó y se acercó, mirando primero la herida y después el rostro de Joe. Sin el pañuelo sobre la boca parecía más joven, pero su juventud no tenía nada que tranquilizara. Había un tic junto a su ojo izquierdo y una mancha de sudor que oscurecía el cuello de la camisa.

—Está dejando sangre.

Joe oyó la frase con una extraña distancia. Quiso contestar que lo sabía, que tenía la mano y la camisa pegadas a ella, pero necesitaba guardar el aire para respirar.

Rafe miró hacia atrás.

—¿Cuánta?

—La suficiente para que nos encuentren si se ponen a buscar.

Merritt permanecía montado, unos pasos más adelante. La saca del dinero descansaba contra su muslo. A su cinturón asomaba el arma de Joe.

Rafe maldijo y descendió. Sin su brazo alrededor de la cintura, Joe resbaló un poco hacia el cuello del caballo. Se aferró a la montura y la rodilla chocó contra la hebilla del estribo.

—Aguántalo —ordenó Rafe.

Cole le agarró la chaqueta. Joe hizo un esfuerzo por no gemir.

El jefe sacó un pañuelo del bolsillo, lo dobló sin cuidado y se lo metió bajo la ropa, sobre la herida. Después tomó la mano izquierda de Joe y la apretó contra la tela.

—Mantén eso ahí.

El dolor le devolvió de golpe la vista. Distinguió los granos de arena en la manga del atracador, la suciedad debajo de sus uñas, una vieja cicatriz cerca de la boca.

—Agua —consiguió pedir.

Cole miró la cantimplora de Rafe.

El hombre vaciló. Necesitaba un rehén vivo y se le notó el fastidio de tener que ocuparse de él. Destapó el recipiente y lo sostuvo ante la boca de Joe. El agua estaba tibia y tenía gusto a metal; parte se le derramó por el mentón antes de que pudiera beber unos sorbos.

Apartaron la cantimplora demasiado pronto.

—Basta.

Joe cerró los ojos. Quería pedir más, pero sabía que no iba a conseguirlo.

—Nos está frenando —dijo Cole.

Rafe levantó la vista hacia él.

—Tú nos metiste en esto.

—No podemos llevarlo hasta el paso.

—Podemos llevarlo hasta que yo diga.

Merritt giró su caballo.

—Hay huellas de ganado más arriba. Podemos cruzar por la quebrada y salir a las lomas.

Joe conocía esa manera de hablar: hombres que se orientaban por las marcas del terreno, que elegían dónde cruzar sin necesitar un camino. Si los dejaba alejarlo mucho más, incluso Hoss podría tardar en encontrarlo.

Pensó en su hermano agachado sobre la tierra, separando una pisada de otra. En Adam mirando hacia las crestas. En Pa, demasiado quieto cuando tenía miedo.

No estaban allí.

Era él quien tenía que hacer algo.

Rafe volvió a montar. La mano le cayó sobre el cinturón y lo sujetó con un tirón. El caballo reanudó la marcha.

Joe apretó el pañuelo contra la herida hasta que los dedos empezaron a dolerle. El alivio de haber detenido un poco el movimiento duró apenas unos pasos.


Hoss desmontó en el primer cruce al sur de la ciudad.

Había huellas recientes en ambas direcciones. Un carro cargado había pasado hacia el oeste; más allá, varias cabezas de ganado habían pisoteado el camino. Hoss se agachó y buscó los bordes que todavía conservaban la tierra suelta.

Ben mantuvo a Buck inmóvil. Le costaba más de lo que estaba dispuesto a reconocer. Cada segundo detenido parecía una decisión tomada contra su hijo.

Adam observaba las colinas.

—Tres caballos —dijo Hoss—. Por aquí.

Señaló hacia el sudeste.

—¿Estás seguro? —preguntó Ben.

Hoss no levantó la voz.

—Uno lleva más peso. Ha hundido las patas al subir. Y el de detrás perdió un pedazo del borde de la herradura.

Ben miró las marcas sin conseguir ver lo que su hijo veía. Sabía rastrear; lo había hecho mucho antes de que Hoss naciera. Pero ahora buscaba a Joe con los ojos antes que con el juicio, y esa prisa lo volvía torpe.

Asintió.

Hoss dio unos pasos y se inclinó otra vez. Tardó más en levantarse.

—¿Qué? —preguntó Ben.

Sobre una piedra plana había una gota oscura.

Adam desmontó para verla. Nadie necesitó nombrarla.

El polvo se había adherido a los bordes, pero el centro conservaba un brillo apagado. Ben sintió que el calor le abandonaba la cara. Miró más allá de la piedra, esperando encontrar otra cosa: un cuerpo, una prenda, cualquier señal de que la pesadilla ya tenía un lugar al que llegar.

No había nada.

—Sigue con ellos —dijo Hoss, como si respondiera a un pensamiento que su padre no había pronunciado—. Las tres monturas continúan.

Adam apoyó una mano en el brazo de Ben.

—Hoss nos llevará.

Ben observó la mancha una vez más. Luego montó.

Durante los minutos siguientes no habló.

A sus espaldas, Cochise avanzaba sujeto a una rienda larga. Cada vez que el pinto sacudía la cabeza, las piezas metálicas de su montura sonaban con una familiaridad dolorosa. Ben esperaba casi oír la voz de Joe protestando porque lo llevaban demasiado despacio.

En lugar de eso, solo escuchaba cuatro caballos y a ninguno de sus hijos reír.


La segunda hora del viaje se deshizo en fragmentos.

Joe recordó un arbusto de flores amarillas. Un cuervo sobre una roca. El chirrido de una correa cada vez que Rafe se acomodaba. No supo si esas imágenes pertenecían al mismo trecho o si había perdido largos intervalos entre ellas.

Tenía el hombro tan dolorido que ya no podía distinguir el borde de la herida. Le ardían también la espalda y las caderas por la posición; una presión dura bajo el vientre le dificultaba respirar cuando el caballo trotaba.

Había soltado el pañuelo durante uno de esos vacíos. Ahora lo encontraba adherido a la camisa y volvía a apretarlo siempre que conseguía recordar para qué estaba allí.

Rafe mantenía una mano sobre su cintura. A ratos la retiraba para manejar las riendas o secarse el sudor, pero regresaba antes de que Joe pudiera hacer nada.

Empezó a esperar esas ausencias.

Todavía no tenía un plan. Solo una sospecha creciente: en algún momento los hombres decidirían que pesaba demasiado, que había visto demasiado o que ya no les servía. Cole había sugerido dejarlo atrás; no había hablado de un sitio donde alguien pudiera encontrarlo.

Joe conocía las quebradas de Nevada. Una persona herida podía quedar a poca distancia de un sendero y aun así desaparecer de la vista.

Miró hacia abajo cuanto le permitió la montura.

El terreno cambiaba. Habían entrado en un camino estrecho, con piedra oscura a la izquierda y una pendiente quebrada a la derecha. No era un precipicio vertical, pero la ladera descendía entre matas secas, salientes y tramos de grava. Más abajo distinguió el cauce de una escorrentía, vacío en aquella estación.

Le bastó verlo para sentir miedo.

Una caída podía quebrarle una pierna o dejarlo aturdido donde los hombres pudieran alcanzarlo. Su hombro no soportaría otro golpe. Tampoco tenía agua ni arma.

Quedarse significaba confiar su vida a Rafe.

Durante varios pasos sostuvo ambas posibilidades en la cabeza, y las dos parecieron igualmente malas.

Después recordó un invierno en la Ponderosa. Había sido pequeño, lo bastante pequeño para creer que el miedo era algo vergonzoso. Se había quedado atrapado en el desván del granero porque la escalera se desplazó cuando intentaba bajar, y Ben tuvo que subir a buscarlo. Joe había llorado de rabia antes de admitir que no quería dar el paso.

Su padre no se había burlado. Le había puesto una mano entre los omóplatos.

—No tienes que bajar todo de una vez. Mira dónde vas a poner el pie.

Ahora no había un pie seguro ni una mano en la espalda.

Había tierra abajo.

Tenía que llegar a ella vivo.

Cole gritó desde atrás que necesitaban detenerse. Rafe volvió la cabeza, irritado.

La presión sobre el cinturón desapareció.

Joe soltó el pañuelo y buscó con la mano izquierda una parte firme de la silla. No levantó el cuerpo; sabía que no tenía fuerza para hacerlo. Empujó y dejó que el peso de las piernas terminara lo que el brazo apenas había empezado.

El caballo siguió caminando.

Joe se deslizó hacia el borde.

Rafe advirtió el movimiento y lanzó una mano. Sus dedos atraparon la chaqueta por un instante. La tela tiró del hombro herido; Joe soltó un grito, giró con la fuerza del propio peso y sintió que el agarre cedía.

Por una fracción de segundo no hubo nada debajo de él.

Después golpeó la ladera.

No supo con qué parte del cuerpo cayó primero. El aire salió de sus pulmones. La tierra le llenó la boca y una piedra le golpeó el costado. Rodó sin poder detenerse, viendo el cielo y las matas en sacudidas breves. Intentó proteger la cabeza con el brazo izquierdo. El derecho quedó atrapado bajo su cuerpo y el dolor le borró toda imagen.

Una raíz seca frenó su pierna y lo hizo girar otra vez.

El último golpe llegó contra un tronco caído, cerca del fondo de la quebrada. Joe quedó de costado, con la mejilla sobre la grava.

No podía respirar.

Abrió la boca y esperó con un terror más limpio que todos los anteriores. El pecho se negaba a obedecer. Pasó un segundo, quizás dos. Al fin entró un hilo de aire, acompañado de un dolor en las costillas que lo hizo cerrar los ojos.

Arriba se oían caballos.

No movió la cabeza.


—¡Ahí! —gritó Cole.

Joe no sabía si lo habían localizado o si señalaban el lugar donde había caído. Le bastaba escuchar las voces para comprender que todavía podían matarlo.

Mantuvo inmóvil la mano izquierda, aunque el impulso de llevársela al hombro era casi insoportable. Una hormiga le recorrió la muñeca. Sintió piedras bajo el pómulo y algo húmedo en la sien. No intentó limpiarlo.

—Voy a bajar —dijo Rafe.

El corazón de Joe golpeó tan fuerte que creyó que lo escucharían.

Un caballo pateó grava. Caían piedras pequeñas por la pendiente; una se detuvo cerca de su bota. Joe apretó los dientes para dominar un temblor.

—¿Por ahí? —La voz de Merritt sonó más próxima—. Vas a partirle una pata al animal.

—Hay un rodeo.

—Y no sabemos cuánto tarda. Mira cómo ha quedado.

Joe sintió la necesidad absurda de hacerse todavía más pequeño. No podía. Su brazo derecho estaba en una posición que le arrancaba latidos de dolor hasta el cuello.

Oyó un roce metálico. Un arma.

Esperó el disparo.

En ese instante pensó en la mesa de su casa. En la silla de Ben, en la taza que Hop Sing le apartaba porque siempre decía que las otras eran demasiado pequeñas. Pensó en Hoss robándole una patata del plato y en Adam fingiendo leer mientras escuchaba cada palabra de una discusión.

No quiso despedirse de esas cosas.

No se sentía preparado.

—Ya tienes el dinero —dijo Cole—. Déjalo. Nadie nos ha visto bajar. Si vienen detrás, perderán tiempo con él.

El silencio que siguió fue largo.

Joe procuró que el aire entrara apenas por la nariz. Lo consiguió una vez. Luego otra.

Rafe escupió.

—Más te vale que no hayas perdido la saca.

Los caballos se movieron.

Joe escuchó las herraduras alejándose por la cornisa, una protesta de Cole, una última orden. Después el ruido quedó detrás de la piedra y fue desvaneciéndose hasta confundirse con el zumbido de los insectos.

Esperó todavía.

No sabía cuánto. Solo cuando la inmovilidad le produjo un espasmo en la pierna se permitió sacar el aire con un gemido.

Estaba solo.

La palabra contenía alivio y espanto en partes iguales.


Ben levantó la mirada cuando un cuervo cruzó sobre ellos.

No había una razón para hacerlo; quizás cualquier movimiento en el cielo le parecía una señal. El ave pasó sin detenerse y desapareció detrás de una loma. Ben siguió mirando el lugar vacío hasta que Adam se acercó.

—Hay un alto más adelante. Hoss dice que uno de los caballos se detuvo allí.

Ben espoleó a Buck con una impaciencia que enseguida tuvo que contener. El animal empezaba a sudar demasiado. Necesitaban sus fuerzas para el regreso, para cargar con Joe si Cochise no podía llevarlo.

Ese pensamiento le hizo ver, de pronto, a su hijo sentado delante de él, sostenido contra su pecho. Una imagen que podía ser un recuerdo o un deseo. Joe había vuelto a casa así después de una caída, muchos años atrás. Se había dormido agarrado a su camisa y Ben había cabalgado las últimas millas sin apartar los labios de su cabello.

Ahora estaba herido por una bala.

Ben obligó a su mente a detenerse antes de que completara lo demás.

En el lugar del alto había pisadas humanas y varias marcas superpuestas. Hoss las examinó con cuidado. Adam se arrodilló junto a un trozo de tela pegado a una rama.

Era azul.

Lo sostuvo sin estirarlo.

Ben lo reconoció antes de que se lo mostrara. Había visto esa camisa sobre una silla del dormitorio de Joe apenas la noche anterior.

—¿Lo bajaron? —preguntó.

Hoss repasó el borde del camino.

—Dos hombres estuvieron de pie. No veo las botas de Joe.

Adam guardó la tela en la bolsa de las vendas.

Ben habría querido pedirle que se la diera. No lo hizo. Si la tomaba, sabía que iba a quedarse mirándola como había mirado la gota de sangre.

—Hoss —dijo—. Si hay algo que no pueda ver, dímelo.

Su hijo alzó la cabeza. Tenía las mejillas enrojecidas por el sol y el sombrero le hacía una sombra profunda sobre los ojos.

—Te lo diré, Pa.

Ben asintió.

Era una promesa difícil. Le agradeció que no intentara volverla fácil.


Joe tardó varios intentos en incorporarse lo suficiente para apoyar la espalda contra el tronco.

Cuando al fin lo consiguió, tuvo que esperar a que cesara la oscuridad que le cubría los ojos. Respiraba por la boca. El hombro le palpitaba con una insistencia que parecía abarcar todo el brazo; las costillas protestaban al tomar aire y sentía la piel de una rodilla raspada debajo del pantalón.

Movió los dedos de la mano izquierda.

Bien.

Después los del pie izquierdo. Luego el derecho.

Estaban allí. Dolían, pero respondían.

Miró hacia arriba. La cornisa por la que habían pasado los caballos quedaba mucho más lejos de lo que podía subir. Una franja de roca desnuda atravesaba la pendiente, y los arbustos que le habían frenado la caída no ofrecían un apoyo en el que pudiera confiar con un solo brazo.

No iba a salir por allí.

Su sombrero estaba en Virginia City. Al recordarlo, sintió sobre la cabeza todo el peso del sol. Se tocó la sien y encontró sangre mezclada con polvo. Apartó la mano, confundido por la cantidad de lugares donde su cuerpo había empezado a doler.

La chaqueta era un estorbo y una defensa al mismo tiempo. Quiso quitársela, pero no consiguió sacar el brazo derecho. El movimiento le produjo tal náusea que tuvo que inclinarse y esperar.

No podía hacer todo de una vez.

La frase de Ben volvió sin que la llamara.

Miró el hombro. El pañuelo de Rafe seguía dentro de la ropa, torcido y húmedo. Lo recolocó como pudo, manteniendo la mano encima durante un rato. No sabía cuánto había sangrado ni cuánto tiempo podía seguir así. Pensar en esas preguntas lo llevaba a un lugar donde cada respuesta se parecía a una sentencia.

Necesitaba sombra.

Levantó la vista y buscó en el fondo de la quebrada.

Había un grupo de rocas unos metros más allá del tronco, cerca de una curva del cauce. Desde donde estaba, una saliente dibujaba una zona oscura entre dos bloques. No era una cueva, apenas un hueco protegido del sol directo.

Parecía cercano.

Joe dejó escapar una risa seca que no tuvo nada de alegre. Todo estaba cerca para un hombre capaz de ponerse de pie.

Intentó hacerlo de todos modos.

Apoyó la mano izquierda, recogió una rodilla y levantó las caderas. El mundo se vació de color. Volvió a caer sentado antes de comprender que las piernas se le habían doblado.

Durante un momento no se movió. Le temblaba el cuerpo entero, y la vergüenza de no poder levantarse le hizo daño de una manera inesperada. En el banco todavía había sido alguien que podía proteger a una niña. Ahora no conseguía llevarse a sí mismo hasta una sombra.

Se limpió la boca con el dorso de la mano.

—Vamos, Joe —murmuró.

La voz sonó extraña en aquel lugar vacío.

Se puso de costado, buscó apoyo en el antebrazo izquierdo y avanzó una rodilla. Después la otra. El brazo derecho permanecía pegado al cuerpo; cada vez que el hombro se movía, tenía que detenerse para recuperar el aire.

La tierra calentaba a través de los pantalones. Había guijarros que se le clavaban en la palma, pequeñas espinas que se enganchaban en la manga. Se fijó en una piedra blanca a corta distancia y decidió llegar hasta ella antes de volver a mirar las rocas.

Llegó.

Luego eligió otra.

En algún momento perdió de vista el tronco donde había caído. Eso lo asustó más de lo que esperaba: si su familia encontraba la caída, ¿sabría hacia dónde se había movido?

Giró con dificultad.

Detrás de él quedaban marcas en el polvo. Una línea irregular, alguna mancha oscura. No podía permitirse volver. Tampoco tenía nada con que hacer una señal mejor.

Pensó en Hoss.

—Mira bien —susurró, como si su hermano estuviera a unos pasos—. No te pases.

Y continuó.

El hueco entre las rocas creció lentamente. La sombra tenía un borde preciso sobre la arena. Joe se concentró en cruzarlo; necesitaba sentir ese cambio sobre la piel como necesitaba agua.

Cuando por fin lo alcanzó, se dejó caer sobre el costado izquierdo.

La piedra detrás de su espalda estaba más fresca que la tierra. No mucho, pero lo suficiente para que el cuerpo reconociera el alivio. Joe cerró los ojos y apoyó la cabeza, cuidando de no golpear el hombro.

Había conseguido algo.

Escapar. Llegar allí.

Se permitió pensar en su padre encontrándolo. Ben se arrodillaría primero, sin preocuparse por las piedras. Le diría su nombre de esa manera que reservaba para cuando Joe estaba demasiado enfermo o demasiado triste para defenderse. Después vendría una mano en la cara.

Joe levantó la suya, casi esperando sentirla.

Solo encontró el polvo de su mejilla.

Bajó el brazo y abrió los ojos.

Entonces oyó el cascabel.


El sonido era corto, áspero, próximo.

Joe se quedó inmóvil antes de localizarlo. No necesitaba verlo para conocer aquella advertencia; había aprendido a distinguirla cuando todavía salía al campo detrás de sus hermanos.

Giró apenas la cabeza.

A la derecha, junto a una grieta de la roca, una serpiente mantenía la parte anterior del cuerpo levantada. La cola vibraba y el dibujo oscuro de su lomo se confundía con los fragmentos de piedra. Joe no sabía desde cuándo estaba allí ni cuánto se había acercado al buscar sombra.

Su pierna derecha quedaba demasiado próxima.

El miedo le devolvió una lucidez dolorosa. Vio la distancia hasta la bota, el lugar donde descansaba la pantorrilla, el reducido espacio que tenía para apartarse. La mano izquierda seguía sobre el hombro; no podía empujar su cuerpo sin soltar la presión de la herida.

Buscó otra vez un arma que ya no tenía.

Ese reflejo le hizo mover la cadera.

La serpiente se contrajo.

Joe intentó retirar la pierna, pero la bota se enganchó un instante bajo una piedra. El movimiento que habría completado con facilidad unas horas antes se volvió lento, torpe. La cabeza del reptil avanzó antes de que pudiera liberarse.

Sintió la mordedura en la pantorrilla.

Soltó un grito y recogió la pierna con una fuerza nacida del espanto. La bota raspó el suelo. La serpiente cayó hacia la grieta, volvió a tensarse un momento y después retrocedió entre las piedras, dejando un último traqueteo que pareció llenar toda la quebrada.

Joe se arrastró hacia el borde de la sombra.

No llegó lejos. El hombro cedió bajo el movimiento y quedó apoyado en el codo izquierdo, respirando con la boca abierta.

Miró su pierna.

Durante un instante deseó no encontrar nada. Quizás había sentido una espina, quizás el golpe de la roca. Su mente buscó aquella posibilidad con una obstinación infantil.

Pero el dolor estaba allí.

Se acomodó contra la piedra, lo bastante lejos de la grieta para no tocarla, y levantó con dificultad la tela del pantalón. Tenía las manos tan sucias que la piel descubierta le pareció ajena. Vio las marcas de la mordedura y un pequeño hilo de sangre.

Se quedó mirándolas.

El disparo había ocurrido en una sala llena de gente, con su padre a pocos pasos al salir a la calle. La caída había sido una decisión tomada para escapar. Esto no tenía nadie a quien enfrentar ni un camino que elegir. Solo una lesión más, en un sitio donde no podía pedir ayuda y donde la sombra que necesitaba también había escondido el peligro.

Volvió a bajar la tela.

El temblor le dificultaba mantener la mano sobre el hombro. Se obligó a respirar más despacio, pero cada vez que lo lograba recordaba la pierna y volvía a perder el ritmo.

No sabía cuánto tiempo tenía.

Había escuchado historias de hombres que regresaban después de una mordedura y de otros que no regresaban. Nunca había prestado suficiente atención a las diferencias. Ahora todas las historias se mezclaban con la sed, el cansancio y la sangre seca de su ropa.

—Pa…

La palabra salió baja.

Joe miró hacia la curva del cauce. Esperó una respuesta como quien la espera en el dormitorio después de una pesadilla, aunque una parte de él sabía perfectamente dónde estaba.

No llegó ninguna.

El viento movió una mata seca. Un insecto se posó en la punta de su bota.

Joe tragó saliva y no encontró saliva que tragar.

—Pa, por favor…

Esta vez no pudo terminar.

Se le llenaron los ojos de lágrimas. No se molestó en apartarlas. Bajaron por la suciedad de su cara y desaparecieron junto al cuello de la camisa.

El dolor en la pantorrilla empezó a ganar espacio dentro de todo el dolor que ya tenía. Joe intentó aflojar el cuerpo, encontrar una posición que no lo obligara a mover el hombro ni a presionar la pierna. Ninguna duró mucho.

Apoyó la cabeza contra la piedra.

La sombra ya no le pareció fresca.


Hoss se detuvo antes de entrar en el sendero de la cornisa.

Ben acercó a Buck y miró por encima de su hombro.

—¿Qué ocurre?

—Han pasado por aquí.

—Entonces sigue.

Hoss observó la estrechez del camino y después el descenso a la derecha. Llevó la mano a las riendas de Cochise para acortarlas.

—Tenemos que ir de uno en uno.

Adam se colocó detrás de Ben. Desde allí podía ver la rigidez de su espalda y el sombrero de Joe atado a la silla. Pensó en decirle que bebiera, pero no lo hizo todavía. Él mismo tenía la cantimplora sin tocar desde hacía demasiado tiempo.

Avanzaron al paso.

Ben escuchaba el sonido de cada herradura sobre la piedra. Había conseguido acallar parte de sus pensamientos, pero el esfuerzo lo dejaba con una sola imagen repitiéndose: Joe intentando mirarlo mientras lo subían al caballo.

No lo había despedido.

Le había dicho que estaba allí.

Tenía que llegar.


Abajo, más allá de una curva que aún los ocultaba unos de otros, Joe empezó a perder el hilo de las cosas.

No fue de golpe. Al principio confundió una sombra alargada con la pata de Cochise y volvió la cabeza para buscar el resto del animal. Después creyó oír agua. Estuvo escuchando hasta comprender que era el roce de una hierba contra la piedra.

El cansancio lo llamaba con una suavidad peligrosa. No parecía ofrecerle un final, sino una pausa breve: cerrar los ojos, dejar de vigilar la grieta, no sostener durante un momento aquel cuerpo que le pesaba tanto.

Joe los cerró.

Vio el patio de la Ponderosa a primera hora, el abrevadero y a Hoss sonriendo por la chaqueta. Había olvidado que estaban yendo a Virginia City. Quiso decirle que ya se la quitaría después, que no empezara con sus bromas.

Un latido de dolor le devolvió la roca.

Abrió los ojos y tardó en reconocerla.

La mano izquierda había resbalado del hombro. La llevó otra vez al pañuelo, con un esfuerzo que lo dejó exhausto. Necesitaba permanecer despierto. Si oía a su padre, tenía que contestar.

Intentó ensayar su nombre.

—Pa.

Era apenas un soplo.

Las sombras se movieron en el borde de su vista. Recordó el desván del granero, una mano entre los omóplatos, la paciencia de una voz que le enseñaba dónde apoyar el pie. Después el recuerdo cambió: estaba en su cama, mucho más pequeño, y Ben le acomodaba una manta debajo del mentón.

Joe quiso explicarle que tenía calor.

La piedra raspó su mejilla cuando la cabeza se inclinó.

Alzó los párpados otra vez. El cauce seguía vacío. No podía distinguir cuánto había pasado desde la mordedura; unos minutos, muchos más, el tiempo suficiente para que el sol empezara a comerse el borde de la sombra.

Trató de acercar la rodilla sana. Su cuerpo se recogió cuanto pudo, protegiendo el hombro, buscando una comodidad que ya solo existía en los recuerdos.

—No tardes…

Las palabras quedaron entre la roca y sus labios.

Todavía escuchaba. Todavía esperaba reconocer, por encima del viento, el paso de los caballos de su familia.

Pero las voces de la Ponderosa comenzaron a mezclarse con el zumbido de los insectos, y Joe dejó de saber cuáles debía seguir.


Continuará en el episodio 3.

Esta es una obra de ficción escrita por fans y para fans, con fines de entretenimiento y sin ánimo de lucro. Los personajes de Bonanza pertenecen a sus titulares originales.

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